Rutas. Descubriendo el Imperio Khmer. Camboya

¿Qué fue el Imperio Khmer?

Por allá el siglo VIII, en la región actualmente conocida como Camboya, nació un nuevo imperio, una unidad política fruto de la resistencia contra las invasiones de otros reinos provenientes de Indonesia. El Imperio Khmer nacería con Jayavarman II alrededor del Tonlé Sap, el gran lago proveedor de agua y comida. Heredero de la cultura, filosofía y religión hindú, Jayavarman II se proclamó Dios-Rey y inició la construcción de la Ciudad de Angkor -cada dios-rey dejaría para la posteridad su propio templo- paralela a una expansión territorial que llevaría las fronteras del reino hasta los actuales Laos, Tailanda, Sur de Vietnam y partes de Malasia y Myanmar. (ver mapa en cabecera

Bajo el empuje de los pueblos Siameses y por causas todavía desconocidas -posible falta de alimentos por mala gestión del sistemas de riego, o puede que también pestes- el Imperio finalizó su fase de decadencia cuando en 1431 la Ciudad de Angkor fue conquistada y saqueada por esta nueva potencia regional. Los pueblos siameses absorbieron gran parte de la cultura khmer, mientras que su realeza y aristocracia se desplazaron hasta la actual capital de Camboya: Phnom Penh.

¿Qué ruta haría si tuviera que volver?

Si bien la Ciudad de Angkor concentra la mayor -de hecho es impresionante- cantidad de restos arqueológicos, aquí os propongo una ruta a través de Camboya visitando “El Legado del Imperio Khmer” para degustar y saborear piedras recorriendo el país y atravesando otras realidades y paisajes más allá del foco turístico de Angkor.

Esta ruta y este post, en realidad nacieron de una conversación con Débora, una española establecida en Siem Reap y casada con un Camboyano. Cenábamos en casa de Tomás -increíble la tortilla y la sobrasada, de la “que fem a casa” (la que hacemos en casa)- un amigo de Glòria, una chica de Mataró como yo y mi contacto en la ciudad.

Débora tenía visitas de España, y después de haber visitado incontables veces los templos de las afueras de Siem Reap tenía preparado un plan especial para esta ocasión. En el suyo me baso para perfilar el mío. Vamos allá.

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Día 1 / Phnom Penh > Battambang

Empezamos en Phnom Penh, la capital de Camboya, y tomamos un bus (5h-6h) hacía la segunda ciudad del país, Battambang. Llegando a media tarde nos queda margen para darnos una vuelta por el centro y echar una ojeada al mercado central. La ciudad en si misma tiene poco que visitar, pero sus gentes y el ambiente callejero bien merecen un paseo.

Día 2 / Battambang

Al día siguiente visitaremos uno de los templos situado a las afueras de la ciudad: Wat Banan. Podemos llegar en moto o en alguno de los tuk-tuk. Wat Banan tiene el encanto de estar situado en la cima de una colina con lo que ofrece buenas vistas de la zona. Como siempre, es mejor visitarlo temprano al amanecer y a última hora, no sólo por la calidad de la luz, sino que por el calor y por la menor cantidad de turistas. Comparado con la joyas de Angkor es relativamete sencillo, pero perfecto como primer toma de contacto. Durante el resto del día se puede visitar otros templos en la zona o la cuevas que los Jemeres Rojos usaron durante la guerra. También se puede descansar y guardar fuerzas para las siguientes jornadas de visita a Angkor.

Día 3 / Battambang > Siem Reap

Es un día de viaje através de los ríos que llevan al Tonlé Sap, el corazón de Camboya y uno de los principales motivos por lo que Angkor está donde está. El Tonlé Sap fue al Imperio Khmer el equivalente del Nilo a los egipcios, o el Tigris y el Eúfrates a los imperios mesopotámicos. 

Durante la travesía de unas 8h en barco se puede contemplar la vida de los nómadas lacustres así como las aldeas flotantes vietnamitas. Una toma de contacto con la realidad más humilde del país para acabar llegando a Siem Reap, el campo base para explorar Angkor y Roluos.

Día 4-5-6 / Siem Reap

Toca madrugar para asistir a uno de los amaneceres en el templo de los templos de Angkor: el Angkor Wat. Después, a bordo de nuestra bicicleta, tenemos por delante la inabarcable zona arqueológica de Angkor (más info en el siguiente apartado ¿Qúe visité en Angkor?)

Dos días serían suficientes (en realidad ni una semana entera sería suficiente) para visitar Angkor si hemos hecho un poco de pre-selección de lugares. El tercer día lo dedicaremos a Roluos, una zona al este de Siem Reap menos turística en la que podremos explorar a nuestras anchas sin tener “hordas turisteras” merodeando a nuestro alrededor. El paseo hasta llegar ofrece la posiblidad de cruzar aldeas y interactuar un poco con los camboyanos.

Día 7 / Siem Reap > Beng Mealea / Banteay Srei

Ha llegado el momento de dejar la bici. Siempre nos podemos dar un día de descanso y fiesta en Siem Reap, pero si todavía hay fuerzas es hora de alquilar un coche (si somos varios) o una moto (si somos pocos) y echarse a la carretera.

Las ruinas de Beng Mealea, a 40km de Angkor, son lo que teníamos en mente cuando nos hablaron de templos perdidos en el corazón de la jungla. Pocos turistas se acercan hasta aquí por lo que disfrutarlos casi a solas es una delicia. El Banteay Srei es una pequeña joya aislada. Su color y la extraña escala de las edificaciones lo hacen algo singular para visitar.

Día 8 / Preah Vihear

Carretera y manta para llegar hasta las colinas en la frontera norte con Tailandia. El Preah Vihear fue motivo de litigio entre ambos países hasta que la Unesco falló en favor de Camboya. La singularidad del templo está en su ubicación en la cima de una montaña y el contraste de sus paisajes con todo lo visitado hasta la fecha. La opción del viaje por carretera también nos permitirá cruzarnos con la vida diaria de las gentes de Camboya, más allá de tanta piedra y monumento.

Día 9 / Siem Reap > Phnom Penh

Toca finalizar la visita de los conjuntos arqueológicos y volver a Phnom Penh. Se pude hacer en bus, pero también existe la posibilidad, mucho más atractiva, de hacerlo en barco a través del Tonlé Sap para acabar llegando al atardecer a la capital del país, refugio de los reyes jemeres en el ocaso de su imperio.

Y luego…

Un par de días podrían bastar para visitar Phnom Penh para luego dirigirnos a las soñolientas costas del sur, en Kep o Kampot. O podríamos también cerrar la visita a Camboya con una escapada a Sen Monorom para disfrutar de uno de los mejores paisajes de Camboya y pasar un par de días con los elefantes que viven en Heaven (el paraíso).

¿Qué visité en Angkor?

Angkor se disfruta visitándola un poco al tun-tun. Mejor en una bicicleta a nuestro aire y concentrando esfuerzos al principio y al final del día: menos calor, mejor luz y menos gente. Durante las horas centrales el sol y el calor pueden ser implacables.

Comentar también que existen 3 tipos de entrada: 1 día / 3 día (no necesariamente consecutivos) / 7 días. Yo compré la segunda de modo que entre jornada y jornada de visita podía descansar en Siem Reap y recuperar fuerzas para los madrugones.

Con esta pequeña guía sólo pretendo dar un repaso a los sitios que visité, comentar el porqué me gustaron y proporcionar algún consejillo. Pero no olvidéis que lo más importante para disfrutar de la magia de la ciudad perdida es dejarse llevar e improvisar un poco.

Angkor Wat es sin lugar a dudas la reina del baile, pero no por eso la chica más bella de la fiesta. Considerado el complejo religioso más grande del mundo, Angkor Wat atrae las miradas de todos y ese puede ser su principal problema. Es difícil no sentirse parte de una atracción de feria. Los amaneceres valen la pena, pero como comenté en el post anterior, es importante llegar pronto, coger buen sitio y llevar buena música para huir del follón del gentío. A parte de lo obvio y de la vista al templo, lo que sí recomendaría es perderse un poco por los límites del recinto y dejarse caer por las construcciones cerca del foso exterior.

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Bayon, el templo de las mil caras que sonríen al infinito. Magnífico y mi favorito. Llegar al atardecer cuando ya todos empiezan a volver a casa. Llegar al amanecer y explorar el templo a solas mientras el día va clareando poco a poco. Perderse en silencio por las galerías inferiores. Bayon, la perdición de cualquier amante de la fotografía, incapaz de decidir cual es el mejor punto de vista.

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Ta Prohm es el paradigma del templo misterioso abandonado en la jungla y deborado por árboles gigantescos. Esta imagen idílica sería cierta de no ser por la hordas de turistas que lo infestamos. Al igual que Angkor Wat y Bayon es muy importante llegar a primera y a última hora para saborear un poquito la atmósfera misteriosa de este templo de postal.

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El Preah Khan, a pesar de ser uno de los principales complejos, recibe menos visitantes por ser menos paradigmático. Fue el segundo templo que visité después de Angkor y me gustó, tanto el acceso como las mil galerías derruidas y los colores de sus paredes. Darse un paseo por el recinto exterior para volver a abordar el templo de nuevo y ver como va apareciendo entre la jungla.

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Angkor Thom es el nombre que recibe lo que podríamos considerar propiamente la Ciudad. Visitando el conjunto la cruzamos constantemente y personalmente me fascinaron sus puertas flanqueadas por líneas de guerreros y demonios. La terraza de los elefantes no tiene mucho misterio pero vale la encaramarse a ella para imaginar la plaza central llena de vida y bullicio hace 800 años.

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Mebon sería un templo secundario aunque tiene un tamaño considerable. Es bastante distinto del resto y supongo que eso me atrajo. En cierto modo parece más un templo de culturas pre-colombinas que no un templo asiático. Sus torres hechas de ladrillo tienen un tono especial y haberlo visitado alrededor del medio día le confirió el carácter de lugar onírico azotado por el ardiente sol vertical.

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Baphuon, otro templo tipo pirámide pre-colombina. A primera hora de la mañana, cuando ya ha amanecido la luz del sol se refleja sobre los lagos que flanquean la vía procesional de acceso. Durante mi visita el acceso a la cumbre estaba cerrada pero circunvalarlo ya valió la pena.

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Ta Nei podría ser considerado con un templo de tercera, pero me pareció una joya escondida en la jungla. Es pequeño y se llega por un camino de tierra pero si consigues llegar te puedes pasar una hora sin que aparezca un alma. Es bastante céntrico y tiene mucha sombra, por lo que es una buena parada en las horas de calor y bullicio.

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Justo al lado de Baphuon. Otra pequeña joya en la que descansar de las grandes glorias atestadas de gente. Vale la pena perderse un poco por los alrededores o andar por la piscina lateral. Por la mañana hay buena luz, pero puede que por la tarde sea incluso mejor.

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Ta Som es otra parada intermedia para descansar de grandes glorias. Me gusto su acceso, discreto, como caído del cielo en medio de la arena. En su interior hay un curioso árbol caído que sigue floreciendo en horizontal y la puerta del fondo está bien cubierta por un árbol que la arropa.

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Thommanon. Lo dejé para el final porque tiene poco que contar, pero pasé por él decenas de veces camino de todas partes. Me gustó la perspectiva que ofrece desde la carretera aunque de cerca, curiosamente, pierde un poco su magia. Buena parada para descansar gracias a su ubicación.

Cuando las piedras tienen Alma. Angkor, Camboya

Mil son los caminos que pueden llevarte a descubrir el alma de Angkor. Acertar con el correcto no es fácil pues son muchos y dependen de cada cual, pero aventurarse y apostar por uno es casi imposible, y aún así me atrevo con Angkor y digo que la mejor manera de maravillarse ante ella es viviéndola como un niño de 11 años.

Angkor, un gigantesco complejo de ruinas enmohecidas por el tiempo bajo el techo de la jungla, montañas de piedra tallada y ennegrecida por el implacable sol de Camboya. Angkor, un lugar único en la tierra que empecé a visitar con apenas 13 años cuando llegó a mis manos un libro sobre las maravillas del mundo y en sus páginas aparecieron las caras de Bayon, las raíces que desmigajan Ta Prohm o los reflejos en el lago de las cinco solemnes torres que se elevaban hacia cielo en el corazón del más famoso de todos los templos, el Angkor Wat.

Como buen peregrino de la piedra y devoto de la foto perfecta cumplí con el ritual de “los Madrugones de Angkor”. Religiosamente me levanté a las 4 de la madrugada, me vestí y bajo un cielo de estrellas pedaleé hasta Angkor Wat. En la oscuridad de la noche apareció ante mí el impresionante foso que lo rodea e imaginé que veía sus cinco torres tras el muro de selva que arropa el recinto. Pero no era así, Angkor Wat es un complejo extenso pero relativamente plano, y hay que cruzar la vía procesional de entrada sobre las aguas del foso para atravesar el muro de piedra por una pequeña puerta que contrasta con la grandiosidad del conjunto.

Fue entonces cuando la silueta del templo, desdibujada por la noche, apareció al final de la avenida. Serían las cinco de la mañana, quedaba una hora para que saliera el sol y esto se llenara de turistas. Una marea humana con su cacareo gallináceo y una lluvia de flashes ingenuos que pretenden iluminar la inabarcable superficie de la mole. Sólo hay una manera de huir de ello y es estando en primera fila, a la orilla del agua y con mi banda sonora particular consigo escapar de todo ello y relajarme para disfrutar del momento. Por un instante me emociono, emborrachado por la música y el recuerdo de cuando era un crío y miraba y remiraba las hojas de aquel libro. Y leía y releía la historia de aquellos grandes reyes que ni entonces ni ahora recuerdo. Ver como los recuerdos llegan del pasado para mezclarse con el presente siempre me provoca una sonrisa.

Y a pesar de la magia del momento y de dos madrugones, debo decir que la victoria de Angkor no está en la foto perfecta, está en los detalles. En la soledad, en el silencio, en las infinitas figuras que danzan y luchan sobre quilómetros de frisos olvidados por el tiempo. En los rincones que sin aparecer retratados en las postales contienen en sí mismos la magia de la ciudad perdida. En los montones de piedras que surgen por todos lados, derrumbadas y apiladas de tal modo que sólo cabe pensar que sufrieron el ataque de titanes enfurecidos por la vanidad de reyes y hombres. Y al cabo de un poco uno descubre que los titanes no se fueron, siguen ahí, están por todas partes y su morada no es la jungla, su guarida se llama Ta Prohm. En este lugar en la tierra, el templo de Ta Prohm, donde altivos y orgullosos se elevan contra el cielo azul los impresionantes árboles que con sus raíces desmigajan sin piedad las ingenuas ambiciones de eternidad de los hombres. Es esa combinación de orden humano y desorden natural lo que fascina año tras año a millones de almas venidas de todos los rincones del planeta. Fascinante.

Pero el alma de Angkor también se hallaba escondida en las pequeñas joyas desparramadas en los lugares menos visitados, en las horas más intempestivas, cerca del ocaso y del amanecer. Es entonces, en medio de esos lugares y esos momentos, en los que el alma de un adulto se transforma de nuevo para volver a ser, una vez más, un chiquillo de 11 años. Saltar, explorar, perderse. Sentarse, descubrir, esconderse. Explorar y Descubrir. Angkor es un lugar que hay que saber buscar para poder encontrar. Angkor es un lugar que no sólo existe fuera sino que también depende de lo que haya dentro. No sé cuántas veces me detuve ante las puertas de Angkor Thom. O cuántas vueltas di sobre mí mismo en el Preah Khan. Lo que sí recuerdo a ciencia cierta es que estuve 3 veces en Bayon.

Fue Bayon quien me robó todas las sonrisas y acaparó todas mis miradas y mis suspiros. El universo vertical de torres de piedra de las que brotan infinitos rostros sonriendo a los cuatro vientos. Bayon es como esas personas que por fuera agradan pero no sorprenden. Basta con cruzar el umbral de su presencia para descubrir un universo finito pero inabarcable. Así sentí que era Bayon, desde el primer instante en mi primera visita: un universo finito pero inabarcable. Es un templo pequeño si lo comparamos con sus hermanos mayores pero su sutil constitución hizo que a cada vuelta, a cada recodo se desplegaran infinitos puntos de vista, a cada cual más bello, más misterioso, más sugerente. El corazón que descubre Bayon ya no tiene 11 años, tiene 30, y siente que podría tener 60. De esas piedras mana una sensación de inalterable cambio constante. A cada vuelta el sol ha variado su posición y siento que siendo lo mismo me parece distinto.

Le visité 3 veces y cada una de ellas fue distinta y todas la misma. ¿Porqué sonríen esas caras que todo lo ven y que nada miran? ¿Qué oculta el universo subterráneo de galerías sobre las que se levanta en templo? ¿Qué simboliza la torre en ruinas sobre la que gravita todo el conjunto?

Al tercer día, mi madrugón no fue para Angkor Wat. Dejé atrás los enjambres de turistas y me regalé un momento a solas con Bayon. Después de tres jornadas de exploración había encontrado mi lugar entre todos los templos y las ruinas, y aún ahora me pregunto el porqué. Y sin saberlo sé que el mío es Bayon, porqué en cierto modo Bayon es como yo.