A la lumbre de un brasero. Phongsaly, Laos

Sentados a la lumbre de un brasero dentro de esta cabaña, todo lo demás es negra noche. Las ascuas de la cena y una vela solitaria sobre la mesilla del rincón, la única luz. Con el culo dolido por los rústicos taburetes -demasiado duros, demasiado bajos-, sobre un piso de tierra batida. La lluvia cayendo sobre el techo de hojalata y el ondulante vaivén de las brasas son lo único que rompe la calma. ¿La rompen o la acentúan? Hace ya un buen rato que nadie dice nada y ni falta que hace. En esta remota aldea de los Akha, de nombre Peryenxangmai, una vez caída la noche, se pierde el sentido de eso que nosotros entendemos por tiempo.

Tres días en la jungla. Una jungla a veces seca y ligera contrasta con otros tramos de espesa y exuberante vegetación. Siempre cuesta arriba y siempre cuesta abajo. En este mundo, los únicos tramos planos son las cimas de las montañas y los fondos de los valles, en los que nos guste o no, tendremos que descalzarnos para cruzar un río u otro, de aguas cristalinas pero heladas. En ambos extremos es donde descansan las aldeas.

Después de inmolar mi estabilidad emocional invirtiendo la víspera y el día de Navidad en dos largas jornadas de interminable viaje extenuante, cruzando zonas remotas del norte de Laos y sin apenas haber podido tomar aliento y con todas las ropas sucias, me embarqué en este trekking de tres días jungla adentro que nos llevaría en un viaje en el tiempo hacia lugares y costumbres de otras épocas. Un mundo apuntalado en un delicado equilibrio entre la tradición y las ventajas de la vida moderna, colgado de colinas definidas por densa vegetación y envueltas en una permanente neblina que al rato las esconde y al rato las muestra. Una red de caminos superpuesta a este paisaje se esconde bajo la espesa vegetación y conecta un sistema de aldeas de tribus que viven aisladas pero dependientes del mundanal ruido. Bendecidas o manchadas por el progreso siguen su camino al tiempo que, poco a poco, se abren a la visita de los extranjeros.

Las noches las pasamos con las familias, en sus casas de bambú y madera. Donde las hogueras se hacen dentro, donde el humo lo llena todo y los ojos escuecen y te lloran. Duermes con ellos, los hombres a un lado, las mujeres a otro. El piso es duro y frío, de tierra batida. Los muebles son escasos y los cuerpos descansan sobre altillos de esteras de bambú. La cena se mata, se pela, se cocina y se sirve en el mismo espacio. Una gallina que entró de la mano de un chiquillo atada de pies y bocabajo es sacrificada en apenas unos minutos. Desplumada y descuartizada. Cocida y devorada por los comensales y con Lao Lao se riega la comida. Es un licor fuerte, huele a aguardiente y sabe a mil demonios. La luz no se enciende, la luz arde porque no hay bombillas. Sea una vela en la mesilla, sea la hoguera donde se calienta el resto de la familia que espera su turno que sólo llegará cuando nosotros hayamos saciado el apetito. Los niños y las mujeres pueden esperar, los invitados no. Son las costumbres del lugar que nos hacen sentir incómodos pero que hay que aceptar. Se nos permite participar, pero las objeciones o los reproches nos lo llevamos cada uno a su casa, pues aquí están de más.

Cae el sol, y sobre el poblado de casas de bambú y techos de paja se hace la noche. Sólo la vida dentro de las chozas rompe el silencio. La vida en todas sus facetas. Por un lado la tradicional, con sus chácharas y sus risas alrededor del fuego. Por otro lado la moderna, en forma de ruidoso transformador eléctrico que quema combustible para que los ricos de la aldea puedan escuchar música techno a todo volumen en medio de la jungla, en la cima de la colina. Bien alto y bien fuerte para que todos sepan que ellos son los ricos, ellos son los elegidos, aquellos que tienen acceso a la vida moderna y a todas sus bendiciones. Occidente y el progreso traen a las montañas del norte de Laos música techno y decibelios a borbotones. Nos es que lo lleve yo, como embajador del oeste, pero de todo lo que podrían permitirse y escoger, curiosamente escogen esto.

Al día siguiente, después de una noche fría donde el sueño y el descanso han sido escasos, amanece en la aldea. Las mujeres hace rato que andan despiertas, carreteando el agua sobre sus espaldas, cocinando para los hombres, para los animales, y cuando todos hayan comido, supongo que también para ellas. Son esquivas, no se dejan fotografiar. Visten como si el tiempo no hubiera pasado, las ropas occidentales carecen de sentido para ellas. Con sus telas y abalorios de plata sobre sus cabezas parecen reinas de los montes, dignas y orgullosas, y aun cubiertas por una pátina de carestía. Lo visten con la misma naturalidad con la que huyen de las lentes de las cámaras como si del diablo se tratase.

Hemos llegado hasta este rincón del mundo y hemos encontrado lo que andábamos buscando: Una vida “original” en estado puro alejado del turismo convencional. Somos claramente cuerpos extraños que sobramos y en este esfuerzo gratuito e innecesario por acercarnos a ellos me pregunto qué es lo que realmente buscamos al venir hasta aquí. ¿Qué es lo que realmente espero aprender de todo esto? ¿Porqué todo tiene que ser tan auténtico y original? ¿Porqué sólo vale la pena si es así? ¿Y qué implicación real tiene todo esto en mi vida, más allá de foto o la anécdota simpática que contar?

Me hago estas preguntas, les doy cien vueltas y aunque aventure mil respuestas, aún no tengo conclusiones. No se preocupen, cuando lo sepa, seguro se lo cuento. Permanezcan atentos.

Buscando paraísos perdidos. Kentung, Myanmar

Como cada mañana, la llanura sobre la que se asienta Kengtung amanece envuelta en una fría y espesa niebla que lo difumina todo. Arrastrando unas sábanas todavía pegadas a la cara y con los ojos a medio abrir por las lagañas salgo de mi cuarto. Voy en busca de los demás que me esperan desayunando en el porche. Tras ellos está la Calle, y en la Calle se representa la vida, la vida birmana en su sencillez y su autenticidad. Sus ropas comunes, sus casas comunes, la bruma, y las mujeres en sus puestos callejeros. Gentes que vienen y van, toda la escena en riguroso plano frontal. Es como un cuadro que representa a la perfección el porqué sentía que tenía que volver a este país.

De nuevo me siento en lugar que escapa al tiempo real en el que he vivido toda mi vida, un lugar anclado no sólo en el pasado, pero también en una serie de actitudes y valores que parece que siempre acaban por perderse con esto de “la modernidad” y que aquí todavía perviven. Al sentarme a la mesa del desayuno mi alegría de estar de vuelta se transforma en un “This is why I wanted to come back (esto es por lo que quería volver)” mientras señalo la calle. Ellos asienten con una sonrisa cómplice. Somos 4 y durante los próximos 4 días tampoco serán más de 4 los extranjeros que nos cruzaremos en el Estado Shan.

Myanmar se asemeja a una isla a la deriva que flota en el sureste asiático, a medio camino entre el subcontinente indio e indochina. Aislada del exterior por la dictadura militar, el país conserva una frescura o inocencia que hasta en España tuvimos pero que hace ya años dejamos atrás. Dentro del país también hay islas, y Kengtung es una de ellas. Se encuentra al este, encajado entre China, Laos y Tailandia, y desde ahí se me presentaba la oportunidad de volver a visitar una vez más a mi primer amor de este viaje. Y de hacerlo por la puerta trasera del escenario, la salida de emergencia, entre bambalinas y fuera del alcance de los focos. Después de un mes en Tailandia me moría de ganas por volver.

Por aire se puede llegar desde el centro del país, pero por tierra los extranjeros y los locales tienen el paso vedado. Sólo a través del norte de Tailandia se puede entrar y hacia allí dirigí mis pasos. Mi primer compañero de viaje se me cruzó en un pick-up mientras dejaba atrás Mae Salong: Robert un Sueco Finlandés. El dúo restante, en el siguiente bus que nos llevaría de un cruce de carretera hasta la frontera: Steve & Wendy. Una pareja de americanos que debían andar entre los 50 y los 60. Los 4 cruzamos la frontera juntos y juntos recibimos las nuevas. Debido a la situación interna en esa zona conflictiva del país, podíamos entrar, pero deberíamos estar en todo momento acompañados por un guía turístico, correr con sus gastos y tener extremadamente limitados nuestros movimientos.

Dudamos, dudé y como viene siendo norma en este viaje empecé ese proceso donde la realidad se superpone a mis planes, al tiempo que estos se van fundiendo para encajar en las nuevas circunstancias. El resultado es que tenía que amoldarme si quería seguir adelante, con lo que mis 10 días de exploración por el este de Myanmar quedaban reducidos a 4, en compañía, eso sí, de excelente comparsa.

Llegar a Kengtung fue una sinfonía de situaciones de esas en las que uno alza la vista hacia los cielos, respira hondo y se repite eso de: que sea lo que tenga que ser. Finalmente arrancamos de verdad, nos montamos en el bus y salimos de Tachileik, ciudad de fronteras. Y vinieron a reconfortar mi alma nuevos paisajes. Nuevas carreteras que serpenteaban a la par con ríos salvajes que se abrían paso a través de junglas espesas que cual murallas romanas franqueaban el camino. Paisaje virgen, fueran selvas o campos de arroz, con alguna que otra aldea de chozas de paja y bambú. Todo bien doradito, bien envuelto en luz atardecer y mi rostro sonriendo contra el cristal de la ventana. Tras cinco horas, llegada confusa pero puntual a la no-estación de autobuses de Kengtung, cena rápida de lo que sea y primera y única ronda de cervezas a cargo de Steve que celebra y agradece que haya dado la cara y que les haya llevado a destino. Se agradece que se agradezca.

Y David, nuestro guía, nos deleita con el menú de escasas aunque suculentas posibilidades que sobrepasan mis expectativas de la zona, ya de por si altas. Los otros lo notan y llega un momento en que me parece infantil ocultarlo: me voy a quedar con las ganas de hacer la mitad de las cosas que David nos está proponiendo, y sé que son muy buenas oportunidades de vivir experiencias únicas.

Aún así los dos días trekking que disfrutamos valieron su peso en oro. El balance económico final arroja un incremento del gasto, pero hay que saber cuándo es el momento de estirar el presupuesto y cuando ser tacaño equivale a ser tonto. Visitamos aldeas Akha donde las mujeres (nunca los hombres) seguían viviendo como siempre. Con sus rutinas y oficios, con sus trajes, y con sus sonrisas cómplices y sus tímidas miradas. Y David orquestó como perfecto maestro de ceremonias, repartiendo presentes cuando tocaba y a quien tocaba. Suavizando el encuentro entre los locales y los cazadores de instantáneas, al tiempo que nos contaba las mil y unas historias y costumbres de estas gentes. Que lujo de guía, que lujo de compañeros de armas y que lujo de aldeanos. Rematamos la jornada como debe de ser. Junto al lago y al atardecer, con unas cervezas y unos snacks de gusanos fritos a los que ahora resulta que soy adicto.

Al segundo día perdimos por el camino a Steve y Wendy que pagaban peaje por las andaduras del día anterior, así que Robert y yo montamos en el pick-up rojo de David y nos dirigimos hacia Moi Lwe, estación de montaña en los tiempos de la Colonia Británica. Más allá del monumental traqueteo del carricoche por los más infames caminos de montaña, para mí el día tuvo algo de especial, dejando a un lado las incomparables aldeas que una vez más visitamos guiados por Peter el Grande. Durante las semanas previas, mi banda sonora literaria, o el libro que me había acompañado eran “Los tiempo Birmanos” de George Orwell, ídolo literario de un servidor. Sentí que Moi Lwe era algo de aquello que fue, y que podía ponerle rostro a las palabras del texto mientras me paseaba por escenarios decadentes coloniales medio abandonados medio restaurados en la cima de la colina.

La vuelta a casa fue una carrera contrarreloj contra la noche birmana en la que la electricidad escasea y hace de las carreteras birmanas el peor enemigo del chasis de todo vehículo rodado. Carreteras, que a juzgar por el modo en que las construyen deberían llamarlas calzadas, las Calzadas Birmanas. En mi primera visita me quedé con las ganas hablar de ellas pero esta vez los dioses, que son sabios y me tienen bajo su cuidado, me brindaron un nuevo encuentro con su realidad. Llegamos tarde, exhaustos, pero satisfechos del pequeño montoncito de momentos y sonrisas que el día había traído consigo.

Se acababa el tiempo y Myanmar empezaba a quedar atrás, de nuevo. Pero por delante quedaba la certeza que lo vivido y sentido la primera vez no fue fruto de la novedad. Sino que Myanmar, y sobre todo su gente y sus paisajes habían conseguido transportarme como nunca antes a un tiempo que corre paralelo a este mundo cada vez más pequeño y más enmarañado. Donde parece que todos jugamos a ser el de al lado, mirando lo que come, viste o piensa, al tiempo que insistimos en ser más que nunca nosotros mismos. Paradoja de los tiempos modernos que me permite ver lo que veo, para alimentarme de ello, y sin ser yo mismo, serlo más.

Y aún así, me tiene preso la certeza que nadie regala nada y que tomar algo nuevo implica dejar por el camino algo viejo. Y me pregunto si ese algo que dejamos atrás por el camino es lo que precisamente vine a buscar de nuevo a Myanmar.