SuperVolcán. Danau Toba, Indonesia

Las enciclopedias definen al Lago Toba como un supervolcán, un cataclismo de magnitudes planetarias que hace unos 70.000 años puso patas arriba el clima del planeta entero. De aquel desbarajuste nació este lago gigantesco de 100 kilómetros de largo por 30 de ancho en el corazón de Sumatra. Pasados los siglos y los milenios, aquella tierra muerta y yerma se convirtió en un lugar tan singular que lo mismo estás paseando entre arrozales junto a la orilla del lago, que ves bosques y paisajes alpinos en las laderas de la montaña, o te tomas un coco bajo las palmeras entre ambos. Y por si el encanto y la calma de este lago no fueran suficientes, la Isla de Samosir y sus alrededores son el hogar de los Toba Batak, un pueblo que levantan casas que parecen barcos a la deriva en medio del monte.

Mi último día en Berastagi amaneció nublado pero poco importaba porque sabía que en cuestión de horas estaría con los pies en remojo a la orilla del Lago Toba. Sin haber previsto nada del viaje pagué la cuenta y dije eso de “Disculpe, ¿Para ir al Lago Toba?”. Era fácil y tomando el bus que salía de la esquina de enfrente sólo necesitaría de dos transbordos para llegar a la pequeña península de Tuk Tuk que le cuelga a la Isla de Samosir, en centro del lago. Una jornada de viaje fácil y limpia a través de la campiña Batak.

Atrás quedan las frondosas junglas de Aceh y la sensación de avanzar por lugares remotos. El territorio Batak es una extensión de tierra fértil y clima templado. Campos de verduras, hortalizas y árboles frutales. Pocos bosques sobre un horizonte interrumpido por la silueta de algún volcán. Cielos azules y aldeas sosas a lado y lado de la carretera. Choca y sorprende este cambio de paisaje tan gradual como radical que va a la par de la desaparición de las omnipresentes mezquitas para dar paso a las más variopintas congregaciones cristinas: los Pentecosteses, los Adventistas del Séptimo Día, alguna que otra iglesia Católica desperdigada y muchos otros credos más que no conseguí retener. Toda esta disparidad de versiones del cristianismo da lugar a pueblos de mala muerte en los que habrán hasta tres iglesias para no más de treinta casitas. Me sorprende constatar que a la febril construcción de mezquitas en Aceh le sigue en Batak la febril proliferación de templos cristianos. Musulmanes o cristianos, los habitantes de Sumatra parecen tener, sea cual sea su credo, un ferviente sentimiento religioso y una pasión por levantar casas para dioses.

El paisaje, más bien indiferente durante todo el trayecto, empieza a ponerse interesante a medida que nos vamos acercando al lago. De repente me doy cuenta que lo que me parecía una llanura era en realidad una meseta que se precipita de forma abrupta sobre el lago. Bosques de pinos y abetos motean las laderas de hierba verde y el azul intenso de las aguas al fondo completan esta escena alpina. Bajamos serpenteando por una carretera de curvas sin fin que a cada giro regala un postal. Al fondo, en las tierras llanas, los campos de arroz maduro amarillean junto a los nuevos brotes de ese verde tan intenso que parece irreal. Es tiempo de siega y de siembra en esta tierra fértil capaz de alternar ambas al mismo tiempo.

A medida que perdemos altura, entre tanta curva, campo y pedazo de lago azul, empiezan a aparecer las cubiertas de las casas de los Toba Batak. Elegantes, estilizadas, caprichosas. Con cubiertas a dos aguas formando una elegante curva en la cumbrera y rematadas en aguja en los extremos. Tradicionalmente de paja, las nuevas cubiertas son ahora de chapa ondulada que envejece mal con el tiempo pero cuyos tonos rojizos casan bien con los fachadas de maderas talladas. Los Toba Batak, al contario de que Karo Batak –sus parientes lejanos de Berastagi- viven en poblados de casas unifamiliares levantadas en una o dos hileras frente una calle o plaza central que es el lugar de encuentro donde se desarrolla la vida diaria. Son espacios cuya esencia es el vacío definido por la espectacular arquitectura que los enmarca  y por el intenso azul del cielo.

Mi paso por el lago me dejó un muy buen sabor de boca, del de esos buenos días recorriendo el mundo montado en una moto. Echarse a la carretera, poco a poco, con toda la calma del mundo disfrutar del paisaje, de la gente y de la arquitectura. A mi ritmo y parando cuando quiero para explorar, para descansar o para charlar con el ejército de curiosos de turno. Fue un buen día en la carretera acompañado de Joline, una chica holandesa que andaba viajando sola por Sumatra.

Más o menos teniendo una ruta clara –la Isla de Samosir tampoco da para muchas variantes- nos dejamos llevar. Y dejándonos llevar encontramos poblados escondidos tras lomas y bosques. Casas tradicionales abandonadas al tiempo que habían envejecido con la sobria elegancia de una buena ruina. Bajamos al lago para ver como se bañaban los búfalos y apostamos por subir a la cima de la montaña para comer. La misma carretera por la que había llegado el día anterior parecía más sinuosa y más empinada en moto, y en medio de una cuesta y a más de cuarenta kilómetros del hostal, mi cadena se salió y en menos que canta un gallo un buen sumatrense se enguarró las manos para enseñarme mecánica al uso y fijar mi moto para el resto del día. Como pago una sonrisa y un buen estrechón de manos, y yo ya aprendí una cosa más.

Llegamos al mirador de Tele al medio día del sol ecuatorial. Nos tomamos una descanso, cominos lo que pudimos y charlé con tres españoles que también se habían perdido por el mundo y llevaban ya como 10 meses. Tras una siesta haciendo tiempo hasta que la luz volviera a estar en su punto emprendimos la vuelta a casa parando a cada rato que el paisaje nos parecía demasiado pintoresco como para pasar de largo. Echándonos a andar por los campos de arroz donde una cuadrilla de jornaleros nos invitaron a té y a falta de palabras nos reímos todos juntos por reírnos durante un buen rato. Un partido de fútbol al atardecer junto a la orilla y unos chavales en cueros dándose el último chapuzón del la jornada a la sombra del volcán.

Se nos está haciendo tarde, y a cada minuto que pasa la luz de torna más cálida bañándolo todo en oro. Siento el impulso de detenerme a cada momento y Joline ya no sé qué pensará, pero no puedo evitarlo. Los dos niños que corren colina abajo hinchando una lona enorme al viento. El horno donde cuecen los ladrillos. Los críos que se bañan con la ropa puesta en la alberca. Dos casitas solitarias que parecen festejar junto al lago al atardecer tras un campo de maíz.

Han sido dos muy buenos días dando tumbos por el lago. Un lugar que por su excesivo tamaño no resulta impresionante –la proporción importa y no siempre más grande significa mejor- pero que te ofrece tal variedad de postales pintorescas que resulta irresistible. Han sido sólo dos días pero me marcho rumbo a la costa oeste convencido de que el Lago Toba es uno de esos lugares exquisitos en su sencillez en los que dejarse perder una semana, dos o media vida. Y me marcho convencido de que siendo un SuperVolcán no lo es tanto por su tamaño desde el aire como por lo intenso y exquisito que sabe a pie de tierra montado en una moto o paseando por sus orillas al atardecer.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. La gente siempre es la gente en cualquier parte del mundo. Al ver las preciosas fotografías que nos muestras de estos bellos lugares tal alejados de la contaminación de la civilización, me hace recordar algunos lugares e México, pero en especial de Huachinango y Nuevo Necaxa, Puebla, de donde es mi esposa y a donde vamos seguido a recargarnos un poco de energìa que se pierde al vivir en las ciaudades..

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