Somos el atasco. Ton Sai, Tailandia

Es una viñeta cómica que vi alguna vez ahora no recuerdo dónde. En la primera escena aparece hombre dentro de un coche llamando a su mujer para decirle aquello de “cariño llegaré tarde a cenar, estoy en un atasco”. La segunda y última viñeta es una vista general de la calle atestada de coches parados con una frase que reza: “No estás en un atasco, ERES EL ATASCO”.

Khao Sok quedó atrás cuando hacíamos camino de nuevo hacia la playa. No hacia la famosa playa de Leo di Caprio, pero sí hacia las aguas del Mar de Andamán. De entre todos los destinos posibles evitamos Phukets & Koh Pih Pihs. Y si bien no puedo hablar de ellos porque nunca he estado me conformaré con la versión unánime de otros viajeros que he ido recibiendo durante los últimos 5 meses. Viajar como vivir es escoger, y en el viajar como en el vivir siempre es bueno hacerle caso a tus instintos. Un instinto que por esta vez apuntaba hacia Ton Sai.

Llegamos a Ao Nang empaquetados en la parte trasera de la pickup de línea que tomamos en medio de la carretera a Krabi. La primera y la única ocasión en que pudimos escapar de la red de transportes para turistas del sur de Tailandia. Y llegamos precisamente durante el Songkran, el festival del agua que pone fin a la extenuante temporada seca y que se celebra con agua, mucha agua. La gente esperaba pacientemente nuestro paso para bombardearnos con cubos de agua durante todo nuestro camino hasta el embarcadero. Miramos a nuestro alrededor y no entendimos en qué momento alguien dijo que la playa de Ao Nang no estaba de buen ver. Pero fue girar el primer cabo al sur en el longboat para ver aparecer Ton Sai & Railay y entender que no es que Ao Nang no valiera la pena, es que Ton Sai era algo excepcional, un puro decorado en el mejor sentido de la palabra.

Y ahí estábamos, aterrizando en las arenas blancas rodeados por colosos de roca que nacían directamente a pie de playa, y cocoteros, qué dios bendiga a los cocoteros y a la alegría que me provocan cada vez que veo sus desmelenadas copas al viento. La zona de Krabi en general y Ton Sai en particular es meca de escaladores. Esos tipejos menudos y fibrados hasta lo imposible que se agarran con uñas y dientes a una pared totalmente vertical y suben como el que no quiere la cosa. Envidia sana la verdad.

Pero para nosotros fue el punto medio perfecto. Entorno impresionante, puestas de sol épicas y algo de fiesta de baja intensidad. Sexo, drogas y Rock ‘n’ Roll sí, pero sin caer en el desmadre de “no sé qué día es hoy porque llevo 5 días seguidos pillando una turca monumental”. Y para colmo, y seguramente que por eso nos encantó Ton Sai, nos reencontramos con los vecinos del bungalow de Koh Panghan. Gran Omar, Gran Iñaki y Gran Mauricio. Y no venían solos porque allí ya había gente muy maja en este rincón de mundo que tiene como epicentro de la vida social el Mama Chicken. Un destartalado conjunto de cobertizos que albergan un restaurante cogido por los pelos, pero que sirve comida rica, variada y a buen precio. Qué más se puede pedir.

Y cae la noche y siempre hay un par de bares frente a la playa o bajo los cocoteros que ponen musiquilla y cervezas frescas a disposición de la clientela. Y ya la tenemos montada. Pero Ton Sai no es sólo ella misma, también puedes ir a Railay andando por el monte y a través de las rocas bordeando el mar o nadando, porqué no. Y Railay es algo más sofisticado y más caro, y se pierden un poco los aires más desenfadados de Ton Sai. Pero ¡Ai!, qué playas al amparo de mastodontes de rocas esculpidos por el tiempo y el buen gusto y la armonía. Y qué ascensión penosa entre raíces y barro para llegar a la laguna y disfrutar de vistas impresionantes de la zona. El lugar es bello hasta el insulto y uno no puede dejar de maravillarse por el color de las aguas y por la sensación general de que todo parece un decorado donde todo está armónicamente puesto en su sitio. Todo está tan en su sitio que te puedes comer un pad thai que te cocinan in situ desde una de las barcas atracadas en la orilla, pero ¡Ai! Todo está tan en su sitio pero sobra tanta gente. Pienso y le comento a Cristina lo genial que sería todo esto si no hubieran tantos turistas alborotando la playa. Y justo acabo de decirlo que inmediatamente pienso en aquella viñeta, en aquel chiste, y resulta no estamos en un atasco, resulta que somos el atasco.

Mi cámara ha muerto, mañana dejaremos Tailandia y a la madrugada del día siguiente llegaremos a Kuala Lumpur, en la vecina Malasia, para arreglar ésta o comprar una nueva. Mi cámara ha muerto, se ha apagado y no se enciende, y no soy capaz de concebir éste viaje si no puedo retratarlo. Así que apresuradamente hay un cambio de planes y ya, de sopetón, dejó Tailandia tras más de 2 meses habiendo recorrido el norte y el sur.

Me marcho con una sensación agridulce. Un país de una naturaleza impresionante en el sur y de algunos muy buenos momentos en el norte, pero por otro lado un país saturado por un turismo que lleva asentado muchos años y que ha creado unos circuitos de viaje de los que resulta complicado escapar. Tras 6 meses viajando por el sureste asiático me ha resultado demasiado complicado o imposible tomar un bus local en el sur de Tailandia. Y pagando más por el turístico he recibido peor trato y peor servicio que en lo buses locales de tantos otros países más humildes. Para los farangs –extranjeros- siempre lo peor. Los lugares son impresionantemente bellos, sí, pero están muy atestados de niñatos en busca de sólo borrachera y resaca en la playa, y de eso en España ya tengo suficiente como para recorrer medio mundo en busca de lo mismo. Y sí, lo reconozco, no estoy en un atasco, soy parte del atasco.

El cómo llegamos aquí y el cómo se sale de aquí no lo sé, no tengo respuesta. Es por una parte evidente responsabilidad de los occidentales que exportan lo peor de nuestra cultura y de nuestro modo de vida. Y es por otra parte responsabilidad de los locales, no por rendirse ante ello, que el dinero es dinero para todos y todos tenemos que comer. Pero en todo caso sí es responsabilidad suya no mantener los circuitos alternativos reales que de todos modos ya existen en países muchos menos desarrollados turísticamente, y que seguro que ya existían antes aquí. Pero no, nos han metido a todos en el mismo saco y han dejado muy pocas alternativas para salirse del camino marcado. Y todo para sacar más dinero a costa de perder algo de ¿dignidad?

Me costará volver a estos lugares tan increíbles, y no porque no lo valgan, sino porque me siento mal siendo partícipe de esto. Habré estado ya en cincuenta sitios que no tenían nada para ver y por un u otro azar del destino acabé encontrando gente encantadora que hizo de mi experiencia algo especial. Y habiendo comprobado que al final lo que cuenta, y lo que te hace esbozar una sonrisa al recordar, son esos momentos entrañables y no los paisajes espectaculares saturados de turisteo irreverente, decido que me bajo del coche. Sí, he sido parte del atasco, de este atasco, pero hoy me bajo y sigo mi camino andando.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

3 Comentarios

  1. CRU

    i jo, segueixo enamorada d’aquelles platjes!

  2. Un dels millors pots que has escrit (i millors fotos!), em quedo amb l´expressió “El lugar es bello hasta el insulto…”. Et segueixo company!

Leave a Reply

Tu email no será publicado
Los campos necesarios están marcados con *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title="" rel=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>