Se les mueren las casas. Lingga & Dokam, Indonesia

Las Casas se mueren. Tan sólo quedan sus cadáveres languideciendo, esparcidos por la aldea entre las nuevas casitas de colorines que le brotaron en los tiempos modernos. Poco a poco, a la merced del sol, del viento y de la lluvia, las rumahs -antiguas casas comunales- de los Karo Batak claudican al paso de los años y la dejadez. Se les pudren sus patitas y sus costillas, se les levanta la piel y les crecen musgos y telas de arañas en los rincones de lluvia y sombra. Todo se viene abajo y lo que sobrevive es a base de maquillaje y previo cobro de entrada.

“Dime cómo vives y te diré quién eres”. No son más que casas. Sí, grandes, enormes, de diez metros por diez metros en planta y cubiertas por unos techos que se elevan hacía los cielos pudiendo llegar hasta los quince metros de altura. Casas decoradas con motivos que sólo los Karo Batak comprenderán, cuyos colores y geometrías son un conjunto de símbolos que contienen un mensaje oculto para ti y para mí. Sí, no son más que casas grandes que pertenecen a otros tiempos que ya pasaron y que no volverán. Y aún siendo tan solo más que casas, son mucho más que eso.

Al final del primer semestre de mis estudios de Arquitectura, en la asignatura de Proyectos, nos pusieron un ejercicio. Cada uno de nosotros tendría que tomar su hogar de entonces para vaciarlo completamente –exceptuando los elementos estructurales- y rellenarlo con una nueva propuesta: un hogar para sí mismo. Cada uno hizo su propuesta, y yo la mía, y con los años revisando la mía me di cuenta que aquello no era sólo un dibujo, ni una distribución, ni siquiera un hogar. Aquello era, ni más ni menos, que una proyección bastante certera de mí mismo y de la manera de entender mi relación con los demás. Más allá de calificaciones académicas, tan inconscientemente certera y sincera fue mi propuesta que pasados trece años sigue siendo perfectamente válida -con tan solo algunos ajustes de orden menor-.

Os cuento esto porque, no es que lo crea, es que yo sé que una casa no es sólo una casa. Que la tradición centenaria de construir hogares de un pueblo es mucho más que un bonito ejercicio arquitectónico, antropológico o –en los tiempos modernos- una experiencia turística. Es un modo de vida, y es precisamente la forma en la decidimos vivir nuestras vidas, y como compartirlas, lo que nos define como personas. “Dime cómo vives y te diré quién eres”.

Amanecía una nueva mañana encapotada en Berastagi, y tras mi paso por mi primer volcán me había dado un día de descanso que me había sentado tan bien que quería más. Pero había en la región ejemplos de arquitectura vernácula del pueblo Karo Batak que me arrastraban fuera de la cama. Batallé contra mi pereza y me eché a la calle a por un buen desayuno. Era mi cuarto día en el pueblo, no me había dado ni un paseo por el mercado y sus callejuelas y buscaba, porqué no decirlo, excusas para eludir la visita a Lingga y Dokam. Me hice el remolón perdiéndome por los callejones para descubrir que Berastagi es una calle principal que corre montada en la loma de una colina, y que más allá del mercado y de los arrabales hay un paisaje verde de huertas y campos. Y que en los arrabales de gente humilde corretean niños alegres, la mayoría descalzos, frente a los portales en los que las mujeres lavan la colada, tímidas, sonrientes y sorprendidas de la visita de un bulé –extranjero- descarriado que debe andar perdido para haber llegado hasta aquí. No me perdí, me dejé perder.

El paseo y todas estas sonrisas son un bálsamo contra mi pereza congénita y finalmente me lanzo a una odisea de opelets –mini-buses-, de terminales caóticas sometidas a incomprensibles leyes universales de orden local, a indicaciones contradictorias que tras un buen rato conseguirán llevarme a mis dos destinos a través de la fértil campiña batak: los poblados de Lingga y Dokam.

Porqué ocultarlo: no me siento bienvenido. Me siento, o me hacen sentir, un intruso y me incomoda pasearme por las calles con la cámara al cuello. En Lingga hay casas muy maltrechas y otras en espléndido estado de momificación –restauración forzada por expertos en el asunto-. Los adultos me esquivan y me miran con recelo, tan sólo los niños se prestan al juego de risas y buenas intenciones, de fotos simpáticas sin más. En Dokam, por el contrario, ni los niños sonríen. Me piden dinero y hasta se muestran agresivos. Soy el único extranjero, me muevo discreto y sin armar follón, he pagado las tasas que me han pedido los “guardas” del lugar y pido permiso antes de tomar un retrato, pero todo esto no parece ser suficiente. Al final del día me vuelvo a casa con algunas buenas fotos, pero me queda en el paladar un regusto amargo.

A los Karo Batak se les mueren sus casas aplastadas bajo el peso de los nuevos mundos y los nuevos tiempos. ¿Pero qué es lo que se muere realmente? ¿Qué estilo de vida se desvanece? ¿Cuál fue su propuesta de un hogar para sí mismos?

Sus casas son grandes porque viven muchos y todos juntos. Ocho familias bajo un mismo techo, a la lumbre de 4 fuegos que comparten cada dos familias. Echando un ojo el interior de estas grandes casas sorprende ver que el suelo es un plano continuo, sin paredes ni muebles. Todo cuelga de las vigas del techo y por un momento pienso en la arquitectura de Aires Mateus en Azeitao. Orientadas de norte a sur, con sendas terrazas de bambú a cada lado, estas casas tienen en realidad tres niveles que representan la visión del mundo Karo Batak. El plano inferior, los bajos de las casas, son para los animales. Su segundo plano, el intermedio, es el nivel para los humanos sobre el que se eleva ese gran vacío que conforma el volumen de las cubiertas que son, sin lugar a dudas, el elemento característico de su arquitectura. Es el mundo de los dioses y los espíritus. Esos tres niveles conviven superpuestos, separados pero todos bien juntitos.

Y nosotros ¿Cómo vivimos nosotros? No vivimos en casas, vivimos apilados en pisos porque la tierra en la que vivir es más cara que la tierra que nos alimenta. En cada piso vive una sola familia –si es que vive-, y no siempre con un padre y una madre. De los abuelos ya ni hablo. Por supuesto cada uno en su habitación, nunca todos mezclados, y si hay mezcla será una mezcla boba y en silencio frente al televisor. Pero muchas veces ya ni eso, porque siempre hay más de una tele, y sino ya está internet que antes había un puerto de entrada fijo al ordenador de la casa pero ahora seguro que hay wifi, portátiles, smartphones o tabletas.

Los animales ¿Qué animales? Los animales que nos nutren con su carne y con su leche o con sus huevos. Nadie sabe ni dónde están, ni cómo viven –condiciones de pura crueldad la mayoría de las veces- ni tan siquiera cómo mueren mientras tildamos de salvajes a los pueblos que matan a cuchillada limpia, con sus propias manos y a cara descubierta. Yo nunca maté ni vi morir la carne que comí ¿Y tú?

Y los dioses ¿Dónde quedan los dioses y los espíritus? No hay lugar para los dioses en nuestros pisos de techos planos y bajos, justamente la antítesis de las grandes casas Batak. En pos de la eficiencia y de los estándares modernos y de los mil veces malditos modulores, vendimos el alma al diablo y aceptamos vivir en alturas de 2,40m, según normativa –maldito modulor a 2,20m-. Nuestros dioses no viven en casa, viven en las iglesias regentadas por otros que curiosamente son ante todo aire, mucho aire contenido en paredes de piedra donde entra poca luz –oscuras como las casas Batak-. Vivimos en casas de techos planos pero a todos nos siguen gustando la buhardillas de cubiertas inclinadas y estancias de techos altos. Vivimos solos, cada uno en su cuarto pero recordamos con cariño las fiestas en pijama todos compartiendo bajo un mismo techo.

Se mueren las casas de los Karo Batak, pero yo me pongo triste porque sé que se muere algo más. Se les muere su propuesta de hogar y por ende se les muere su manera de ver el mundo. No es la mejor, ni será perfecta, pero cuando la comparo con la nuestra me doy cuenta que perdimos algo por el camino, y que ellos, siendo prescindibles, siguen siendo únicos e son irremplazables.

*propuesta de ejercicio: ¡ATENCIÓN! SE PERMITE SOÑAR DESPIERTO. Agarra papel, lápiz y colorines y dibuja cómo sería tu hogar. Tómate tu tiempo y sin pensar demasiado, piénsatelo bien. Me lo escaneas o le haces una foto, y me lo mandas -contact@outteresting.com- con pequeño escrito explicándome cómo es tu hogar y qué lo hace tuyo y especial. Si me gusta –si es sincero y honesto seguro que me gustará- yo lo público en el blog. No sufras, se pueden usar pseudónimos para mantener el anonimato, pero que sean divertidos, ok? ¡Adelante valientes!

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

4 Comentarios

  1. Qué interesante. es igual que cuando pasas por Ubud y te encuentras que todas las casas parecen templos. Y es que, para ellos, la religión es la base de su existencia, por eso comparten con todos sus dioses su hogar, y cuando vives en una de sus casas te parece que nunca llegas a quedarte sola completamente. No me canso de decir que me encanta tu blog :) Bon Voyage!

    • Buah! Pues no me gané más de una bronca en Bali metiéndome dentro de las casas cuando yo pensaba que era un templo! ;S Más de una, de dos y de tres. Por un lado a veces es como cansino esta obsesión que tienen con la religión y sus ritos, pero tengo que decir que me ha gustado eso de “cuando vives en una de sus casas te parece que nunca llegas a quedarte sola completamente”.
      Nos seguimos viendo por aquí Marina ;)

  2. josefina Ramos

    Acabo de llegir el teu post “Se les mueren las casas” i m’ha pujat un pessic a l’estómac.
    A nosaltres també se’ns moren les cases, no per velles ni per abandonades. Unes són noves, però estàn buides. Ningú les pot comprar, han tingut que posar guarda jurats perquè no hi entri ningú, mentres els joves han de continuar vivint amb els pares. Les altres, de segona mà, van ser comprades amb hipotèques,no gaire ben explicades, per emigrants “extracomunitaris”, paraula molt europea, que pagaven més de lloger, 800 euros, que de compra 500 euros, això sí, a no sé quants anys, sense comptar ningú, ni nosaltres que la feina s’acabaria.. Les famílies, amb nens petits, al carrer! i no ho dic enfàticament. A Ciutat Meridiana, Barcelona ,varies vegades hem anat a intentar parar desnonaments. És tan fort que en diuen Villa Desahucio. A la nostra civilització també se li està morint alguna cosa!!!

    • Uauh! Josefina, no ho podries haver explicat millor… :( Certamente el teu comentari és el contrapunt perfecte i molt ben encertat -per desgràcia per a tots- al post.

      Petons i gràcies per les teves reflexions :)

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