S-21 / “La Escuela”. Phnom Penh, Camboya

¿Cómo contar algo ya contado mil veces aún siendo incapaz de entender su significado real? Un significado que sólo puede comprenderse desde dentro, desde el dolor. Un dolor que, pudiendo ser buenamente compartido, escapa a toda concepción mental. El dolor extremo y gratuito que sólo los humanos son capaces de hacer a otros humanos. Un sufrimiento que es la proyección de un odio visceral hacia otros, hacia “el otro”. Un odio que es hijo del miedo, ¿pero miedo a qué?

El 17 de Abril de 1975 se declaró el Año 0 en Camboya. Ese día el ejército del Jemer Rojo, liderado por Pol Pot, tomó la ciudad de Phnom Penh y derrocó al dictador Lon Nol que durante los últimos 5 años había gobernado el país con la ayuda del amigo americano. El mismo amigo que le ayudó en su golpe de estado, el mismo que bombardeó impunemente amplias zonas fronterizas de Camboya, el mismo que llevaba años intentando machacar al país de vecino en la tan cinematográfica Guerra de Vietnam.

Durante años Pol Pot y su camarilla habían controlado zonas periféricas en el este del país en el que instauraron su visión particular del comunismo. Un comunismo maoísta volcado en la concepción de una sociedad totalmente agraria, una sociedad “ideal” previa a todo progreso, a toda burguesía e incluso previa al feudalismo. Una sociedad totalmente horizontal y libre de los venenos de la familia, la religión o la educación.

Ese mismo día, el 17 de Abril de 1975, se procedió al vaciado de las ciudades. En cuestión de horas todos los habitantes recibieron la orden, a punta de pistola, de abandonar sus hogares y sus pertinencias para desplazarse a las zonas rurales. Las familias fueron separadas, el dinero abolido y todos los militares, policías y funcionarios del antiguo régimen, junto sus familias, fueron aniquilados. El resto marchó durante días por los caminos de todo el país dirección a los campos de trabajo. Los niños, los ancianos, los enfermos y las embarazadas. Marcharon hasta donde pudieron y los que no dieron para más encontraron la muerte en el camino. Los arcenes aparecían salpicados de cadáveres y en las carreteras los camiones reventaban los cuerpos a su paso.

Al final del camino, a los supervivientes les aguardaba un infierno en la tierra en una de las mil versiones que es capaz de adoptar bajo el ingenio de los humanos. Un infierno en las llanuras de arrozales de Camboya, bajo el sol implacable del trópico, en jornadas de trabajos de doce, catorce o más horas. Sin apenas comida, sin apenas descanso, bajo la amenaza de muerte constante. Enfermedades y miedo como pan de cada día. Con las familias desmigajadas, borrando cualquier rastro de humanidad.

La “Gente del 17 de Abril”, los antiguos habitantes de las ciudades, habían sido los últimos camaradas en unirse a la revolución y por la tanto eran sospechosos por principio. Las milicias, campesinos reclutados y adoctrinados en las zonas más pobres y rurales del este de Camboya eran la base sobre la que se levantaba la estructura de poder. Una estructura de poder y mando que se sustentaba sobre el miedo y el odio. Un odio que manaba desde la cima y que se iba extendiendo y amplificando a medida que descendía hasta los niveles inferiores. ¿Y en la cima quién? En la cima el núcleo duro de la revolución. Los que se hacían llamar camaradas pero que bien se cuidaban de vivir en un mundo aparte donde no les faltó de nada ni a ellos ni a sus familias. Una camarilla de camboyanos formados y educados en París. Una camarilla de pseudo-intelectuales que lo primero que hicieron fue arrasar cualquier atisbo de insteligenstia. Los que hablaban idiomas, los que tenían estudios o los miopes con gafas fueron acusados, torturados y sentenciados a muerte bajo la etiqueta del “Enemigo Interno”, imaginarios espías de la CIA o el KGB. Mantener al pueblo ciego, mudo e ignorante. He aquí una de las principales prerrogativas de todo sistema totalitario. Pensar está mal visto. Pensar, razonar y preguntar el peligroso.

Yo ya sabía a lo que venía, lo había leído ya en muchas ocasiones y había visto reportajes en la televisión. Era el S-21, el mayor centro de tortura durante el Jemer Rojo. Un lugar en el que entraron cerca de 20.000 presos y de los que sólo sobrevivieron 7. Una antigua escuela de bien que fue reconvertida en centro de detención y terror durante los 3 años, 8 meses y 20 días que duró la pesadilla. Recorrer sus patios, sus pasillos y sus aulas deja sin palabras. Sin palabras. Yo sabía lo que venía a ver porque ya lo había visto, y me quedé mudo. Fascina y horroriza lo primario y lo básico de todo el complejo, de las herramientas de tortura, de las celas levantadas a toda prisa en hileras mal puestas de ladrillos. Fascina y horroriza descubrir, una vez más, cuan fácil es hacer sufrir a otro ser humano. Qué poco basta para atormentar a niños, mujeres, ancianos, bebés, todos ellos inocentes, y todos ellos culpables de haber nacido en el momento y el lugar equivocados. El S-21 es un infierno que choca y sorprende por su sobriedad. Nada de cavernas ardientes ni calderos envueltos en llamas eternas. Tan solo unas aulas vacías de paredes peladas y suelos a cuadros amarillos y blancos. Y en el centro somieres y más somieres, uno en cada aula. Todos iguales, todos distintos.

Somieres. Algo me ha atrapado y no puedo no fotografiarlos a todos. Sin saber porqué llega un punto en el que me parece un sacrilegio olvidarme alguno de ellos. Como si dejar de hacerlo fuera obviar lo que en ellos ocurrió. Retratos. Metros y más metros de los retratos de la víctimas. Sus caras y sus miradas me han atrapado también. Murieron hace años pero sus miradas siguen vivas, muy vivas.

Mudo y con el alma abatida dejé las aulas, cogí una moto y me fui a “El Campo”.

Continúa en el siguiente post…

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

4 Comentarios

  1. CRU

    buff… si només mirant les fotos i llegint el teu post se m’han posat els pèls de punta, no vull imaginar-me què es deuria sentir estant allà i veure-ho en directe…

  2. Vips

    Por muy mentalizado que se esté, uno nunca está preparado para ver semejantes barbaridades. Una cosa es leerlo o verlo por la tele, y otra sentir en esas paredes el dolor del pasado…. piel de gallina!

One Trackback

  1. By La capital de Phnom Penh | lacompanyiaesmoltgrataperonosaltresanemtirant 22 Mar ’15 at 10:25 pm

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