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Puedo llegar cuando quiera. Sibolga, Indonesia

¿Qué tendrá Sumatra para que, lo que debería ser el puro trámite de ir de un lado a otro, se acabe convirtiendo siempre en una historia que contar?

Tras otra noche en duermevela estoy de vuelta en Sibolga. Plan de ataque: negociar un bici-taxi para llegar del muelle a la estación de autobuses y tomar el primer colectivo a Bukittinggi. Objetivo: llegar y besar el santo. Para variar ignoro a qué hora saldrá el bus ni cuánto durará el viaje y hoy la buena suerte que suele acompañarme me deja en tierra, al menos durante las siguientes siete horas, tiempo exacto a transcurrir desde el momento en que pregunto y compro el billete hasta que den el pistoletazo de salida para otra carrera de autos-locos sumatrenses –nadie, en ningún lugar del mundo, conduce como ellos-.

Me doy una vuelta por el pueblo para comprar un nuevo ratón. Y el señor de la tienda, que es chino y majísimo, me deja sentarme tras el mostrador para usar su wifi y poder charlar un rato con mis padres. Y la mujer, que debe ser una santa, va y me trae un café riquísimo. Ya ven ustedes cómo se las gastan por Sibolga. Con mi nuevo ratón -el tercero de este viaje-, me voy hacia el mercado, no por nada, por curiosear y comer algo.

Acabo en las entrañas de este mundo aparte que palpitada y transpira con sus propios efluvios, en un rincón oscuro abierto a los cuatro vientos al que a penas llegan tres rayos de sol. Es un mundo de mujeres, nadie habla inglés ni por asombro y ellas son las reinas soberanas. Grandes, pequeñas, algunas tímidas y las más, charlatanas y gritonas. Pido lo que me apetece para que me acaben trayendo lo que les da la gana, mientras todas me miran, se ríen de mí a carcajadas y especulan, creo yo, con quien me casarán –esa pregunta siempre sale-. Y mientras devoro mi arroz con tempe y con cosas que no sé que son, me fijo en el puesto de enfrente cuyas paredes están forradas con copias falsas de los grandes éxitos del momento que siempre acaban siendo los grandes hits del techno Indonesio. Pa’ mear y no echar gota.

Vuelvo a la estación, me busco un buen rincón para leer y respondo amablemente por enésima vez al ejército de curiosos que soy de Barcelona y que sí, que viajo solo, y que no, que no estoy casado, y que sí, que se pueden echar un foto conmigo, y que no, que con una basta, y otra vez que sí, que soy de Barcelona, Messi, Xavi, Iniesta,… ¡Por dios! ¿¡No veis que estoy leyendo!? Que majos que son pero que cansinos… Como diría el gran Joaquín Reyes: “¡Ni las madres manchegas!”. Tras muchos terima kasih –gracias- y otros tantos bye bye –adioses– me cambio de sitio y ya sólo quedan un par de horas. Esto ya está hecho.

Al amanecer atracaba frente a las costas de Sumatra y ya está cayendo el sol cuando parecemos listos para partir. Ésta gente son tan majos que me han dado el asiento de honor: junto a la ventana y detrás del conductor. Esto será en otros lugares, pero en Sumatra siempre mejor que te den lugar en la última fila –consejo viajero- porque estar detrás del Mister Driver –Señor Conductor- quiere decir que verás y sentirás en primera persona el subidón de adrenalina ante los 250 amagos de colisión frontal.

Arrancamos, buen rollo, grandes éxitos del techno Indonesio reventando los bafles del bus y los tímpanos de un servidor. La playa con merenderos y cocoteros a mano derecha bajo los últimos rayos de sol. Hora estimada de llegada a Bukitinggi: 4.30 de la madrugada aproximadamente. Destino Final: Danau Maninjau. Cuando llegue tendré que esperar un rato a que amanezca para poder tomar el siguiente bus, pero eso da igual, estamos en ruta y eso es lo importante.

Avanzamos a trompicones por una carretera que está llena de espontáneos con sus bártulos que mandan parar el bus para preguntar a dónde va. Y digo yo que con un breve intercambio de palabras gentiles bastaría. Pero no, charla que te charla. Tras más de veinte paradas y ningún pasajero nuevo me pregunto que si cuando paran hablan de rutas o destinos, o por el contrario comentan el tiempo, el fútbol o le preguntan al Mr. Driver por el nombre de la canción con la que atormenta al personal.

Cae la noche y con ella el tropel de espontáneos afincados con sus bártulos en los márgenes de la carretera decae –habrán ido a cenar o estar con sus familias, digo yo-. Dejamos atrás la costa y enfilamos de nuevo el interior de la isla. Y en una de éstas… atasco. ¡Ai! ¿Un atasco a estas horas de la noche? Si sólo fuera eso…

En una curva se ha salido un camión que yace volcado en el arcén con su carga desparramada por el suelo. En éstas un grúa excavadora ha llegado al lugar del incidente para dar solución al asunto y poner del derecho al camión –digo yo- pero resulta que por algún motivo extraño el camión sigue tirado en la cuneta y la excavadora medio plantada a un margen de la carretera, con su brazo extendido sobre la calzada la distancia justa –échale menos de medio metro- para impedir el paso de nuestros autobús. Pero esto no es un problema, en absoluto. Esto es una fiesta, un evento, qué digo un evento, esto es un acontecimiento. Todo el pueblo, o mejor dicho, todo el pueblucho de cuatro casas –porque tampoco son mucha más- se ha movilizado al lugar de los hechos, pero no para ayudar. Aquí están todos, grandes y pequeños para comentar la jugada, charlar, vociferar, proferir órdenes sin ton ni son, y para pasar el rato. Qué esto se solucione o no, no es asunto suyo, o sí. Si esto se soluciona rápidamente habrá acabado la fiesta, así que, por un día que pasa algo, hagámoslo durar.

Yo me lo miro, humilde y discretamente tras el cogote del Mr. Driver, pero tras un rato me doy cuenta que allí mandan todos y no manda nadie. Que los policías que se han personado están desbordados y algo hastiados. Vamos, que se la pela. Y en un punto, entre atónito e irritado por su incapacidad de hacer nada -ni bueno ni malo-, empiezo a comentar la jugada en voz alta conmigo mismo. Me lo digo en catalán y por supuesto nadie me entiende menos Mr. Driver que me comprende. En éstas, y ante la inacción total del personal y la inutilidad patente de los agentes del orden, Mr. Driver me dice que baje yo a solucionar el percal. ¿¡Qué baje yo a solucionar el percal!? Ni hablo el idioma, ni sé manejar máquinas excavadoras y por el amor de dios, ¡Qué aquí está la poli! ¿Tendrán ellos algo que decir sobre el asunto –digo yo-? Pues no.

Cansado de esperar me bajo del bus. Voy directo a hablar con la autoridad competente que me mira con carita de “yo qué quieres que te diga”, así que me dirijo hacia el personal que rodea la máquina excavadora para preguntar por qué demonios no mueven el brazo que nos impide el paso. Entre bahasa indonesian, inglés y mucho de lenguaje corporal acabo por entender que la grúa se ha estropeado y que tienen que traer una pieza de recambio… ¡Por dios! Agotado por la noche durmiendo en el suelo del ferry, las 7 horas de espera en Sibolga y la certeza de que mientras tenga un techo bajo el que dormir ya me basta por hoy, me doy media vuelta y les deseo buena suerte en su hazaña mientras todos se descojonan del bulé que se dignó a bajar del bus para poner hilo a la aguja.

Y es que realmente me da igual. Mientras más tarde lleguemos mejor para mí. Habrá amanecido y no tendré que esperar en un rincón de la desolada estación al primer autobús. Tengo las baterías de mi Ipod al 100% y para colmo me ha tocado ventana con lo que podré dormir algo. A fin de cuentas, chicos, es vuestro problema y a mí ya me está todo bien. Tengo la panza llena y una botella de agua y puedo llegar cuando quiera, porque a mí, nadie me espera.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

4 Comentarios

  1. jordi darder

    Bon any Franc! Em pensava que anaves a posar-te l’ armilla i solucionar el món!

    • Bon any igualment! ;D Que va que va, salvar el món. Si alguna cosa m’ha quedat clara en aquest viatje és que hi ha vegades que hi ha gent que senzillament no té ganes que les coses es solucionen. En aquests casos, tanco files i m’enchufo l’Ipod, a l’espera que s’espavilin. Funciona ;)

  2. Dani Ferrer

    Divertidíssim!
    M’has tret un bon somriure, gràcies!

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