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Postales. Noche de Reyes. Puducherry

 A veces para estar realmente dentro tienes que salir a fuera y volver a entrar, porque lo peor y lo mejor del ser humano es que a todo se acostumbra uno, a lo bueno y a lo malo. Porque precisamente por el simple hecho de tener algo justo en frente de tus narices no eres capaz de enfocarlo. Tienes que dar un paso atrás y alejarte un poquito para poder verlo bien… ¿Sabes a lo que me refiero?

En este viaje tan largo y tan lejano me es imposible no acostumbrarme a todo. Sin querer la novedad se diluye a cada paso, a cada minuto, y siento como me fundo yo con ella y como ella se funde conmigo, y pierdo sin querer algo de lo más preciado que cargo en mi mochila: la capacidad de sorprenderme y de maravillarme ante lo cotidiano, ante el hecho de estar viviendo mi sueño más loco: vagar por el mundo siendo dueño de mi camino y de mi destino.

Para los que no lo sepan cargo en mi mochila con una excelente filmoteca que ha ido creciendo durante este viaje. Un pequeña petaca negra de cantos rodados que atesora cerca de 500 películas, la inmensa mayoría muy buenas historias muy bien contadas que me hacen compañía cuando me siento solo, que me cuentan cuentos que desafían mi modo de pensar y sentir o que me inspiran para que mis fotos y mis relatos os lleguen o os puedan arrancar una sonrisa cómplice.

Es una sensación mágica que me viene sucediendo desde el principio y que siempre –por suerte- me pilla de improvisto. Estoy enfrascado frente al ordenador viendo una película, tan metido en la historia que por un momento no sabría decirte dónde estoy –como cuando te levantas en cama ajena- y termina el film y salgo a la calle a por agua, algo para picar o un par de cervezas. De repente doy un salto en el tiempo y el espacio y ese contacto súbito con la realidad que me envuelve me sienta como un bofetón en la cara – de los buenos, de los que te espabilan-.

En las calles que apenas dos horas antes me parecían mediocres y vacías de contenido se despliega ante mí el espectáculo de la vida, de la inabarcable India. Una manada de ricksaws enloquecidos avanzan a toda velocidad hacia mí berreando con sus bocinas y los huecos en los que consigo escurrirme para hacerme camino se llenan de motos Honda modelo Hero. El ruido que horas antes me irritaba profundamente se convierte en una cacofonía absurda sin sentido que conecta con lo más profundo de mí y que me hace sonreír. En el cruce de Mahatma Gandhi Road con Ananda Ranga Pillai Street se levantan nubes de humo de las parrillas a pleno trapo capaces de cocinar los montaditos más suculentos, aceitosos y baratos que uno pueda imaginar en el mínimo tiempo posible. El Kentucky Fried Chicken está a reventar y la cola se le sale por la puerta. El polvo del suelo, las boñigas de vaca sagrada y las tiendas de ropa barata que luce incluso menos bajo las frígidas luces de neón. He andado apenas treinta metros hasta la tienda donde compraré un par de cervezas medio frescas. Donde dos borrachines tristes pagan junto a mí unas pocas rupias por un trago de whisky barato en vaso de plástico de usar y tirar que les aliviará el alma por unos instantes, cada vez más cortos.

Salir a la calle para volver a cruzarte miradas con esa marea de rostros de tez oscura, casi negra, marcados en la frente como cicatriz de pandillero con una tosca línea de ceniza blanca. De la simpática mujer madura en sus buenas carnes que monta de costado, con mucho glamour, en la parte trasera de otra Hero. Con su larga cabellera negra recogida en un larga trenza que le cuelga por la espalda, con sus gafitas que son gafotas y que le dan un simpático aire infantil. Con su mirada perdida, tranquila y confiada, cabalgando tras su marido a través del bullicioso sábado noche de Puducherry.

Estoy ya llegando casi de vuelta a mi antiguo almacén decadente que seguro vio tiempos mejores antes de convertirse en casa de huéspedes de diligente devoción católica, y me paro en la tienda de enfrente para comprar agua y poder pasar la noche. El tendero me devuelve el cambio y me regala un caramelito de café.

Hoy es 5 de Enero, Noche de Reyes, de sueños, de ilusiones, de inocencia –quién la pudiera recuperar…-, y como todos sabréis es noche de cabalgata y de batalla campal por agarrar el insensato máximo número de caramelitos posible, aún a riesgo de morir aplastado bajo la ruedas de la carroza del Rey Melchor.

¿Qué que me han traído los Reyes Magos de Oriente este año? Una habitación barata mugrienta con un aire decante a colonialismo francés del sur de la India que me encanta. Dos Kingfisher que eran frescas al empezar este relato pero que a estas alturas ya están tibias. Y una mesa y una silla oxidada sin respaldo donde poder escribir lo que acabo de sentir cuando salté a la calle.

¿Qué que les traigo yo, sin ser Rey ni ser Mago, pero habiendo estado viajando 15 meses por Oriente? Que cuando su día a día y sus vidas les parezcan mediocres y vacías de contenido, den un paso atrás para tomar distancia, salgan de ellas un momentito para volver a entrar. Y verán como las mil grandes cosas a las que ya se habían acostumbrado toman un nuevo brillo y les parecen regalos caídos del cielo sólo aptos para privilegiados que saben saborear las cosas buenas de la vida tal como vienen.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

6 Comentarios

  1. Cata

    Gracies pel teu regal! Gran regal! Petons!

  2. xelo

    Molt be Franc.
    un peto

  3. Maria Mora

    Parar i mirar enrera i endavant.. a vegades ens falta temps!
    Bona diada de reis Frankie!!
    una abraçada des de Vallveric!!

    • Abraçada rebuda a Tamil Nadu! ;D Temps… sempre ens falta temps per tot, però no pateixis que quan torni t’agafo el marit i el nen i me’ls enporto de passeig i deixem sola una estoneta :*

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