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Postales. Lobos. Estambul

No tengo claro lo que ha ocurrido. Ha habido un altercado porque ella nos ha traicionado: aquella noche la pasó en casa de los otros. La resolución es definitiva: ella está fuera y nosotros 3 continuaremos el viaje montados en nuestra Vespino –¿¡Íbamos 4 en una Vespino, con las maletas y sin casco!?-. Nos pide disculpas, suplica perdón pero la decisión es definitiva. Ignoro de dónde venimos y cuál es nuestro destino, pero poco importa pues este altercado confuso no es más que la antesala de lo que está por venir. La moto se va, nos vamos los tres y al mismo tiempo yo me quedo aquí.

Me doy la vuelta para encontrarme cara a cara con un gigantesco lobo negro, grande como un toro bravo, de color negro azabache, muy gastado. No es viejo, más bien antiguo ¿Un dios o un demonio? Jadea. Le cuelga una larga lengua rosada entre los colmillos; clava sus dos grandes ojos -de un extraño amarillo verdoso- en mí. Merodea sigilosamente y cuando se detiene queda con las patas hacia atrás listo para el ataque. Y no está sólo. Otros dos más le acompañan -son más jóvenes y más pequeños pero siguen siendo enormes-. Revolotean junto al mayor, inquietos y excitados, más ágiles pero con la mirada dispersa de la juventud. La de Gran Lobo Negro sigue fija en nosotros.

Somos yo y el otro lobo. Es igual de grande y de antiguo, pero éste es blanco. Está detrás de mí paseándose a mi alrededor a la espera de que ocurra ese algo que no llega nunca, hasta que finalmente la tensión salta por los aires y Gran Lobo Negro se abalanza sobre nosotros dando comienzo a La Persecución. Montando a lomos de Gran Lobo Blanco huyo veloz por una mustia loma pelada al atardecer mientras el Gran Negro nos pisa los talones.

Habiendo dejado atrás estas llanuras nos adentramos en El Bosque. ¿El Bosque? No. En realidad esto no es un bosque. Es un corredor, un pasillo flanqueado a lado y lado por imponentes columnas de madera pintadas de rojo -y azul en los extremos…-. No hay suelo, tampoco se ve el techo, sólo los dos planos infinitos formados por la sucesión de troncos rojos que se pierden en la oscuridad más absoluta. Cortamos el aire a toda velocidad en esta espectacular persecución corriendo en horizontal sobre los troncos y es tan brutal la carrera que a cada zarpazo del Gran Lobo Blanco las columnas estallan en mil astillas con un estruendo atronador mientras, poco a poco, vamos dejando atrás al Gran Lobo Negro.

Gran Blanco me alerta sin palabras -“El Bosque termina y nos disponemos a entrar en La Caja…”-. Una Caja que tampoco es tal. Otro corredor, de madera, en el que hay un orden a seguir, una fila. Tendremos que cruzarlo para llegar al final pero aquí no se puede correr ni adelantar. Es como el interior de un enorme juguete, retumba el eco seco de los mecanismos. No podemos avanzar porque el ritmo lo marcan unas bolas gigantescas -de madera también- que nos cortan el paso por delante y por detrás. Sin poder acelerar no nos queda más remedio que seguir el ritmo marcado en este lento avance entre las bolas mortíferas que en cualquier momento nos podrían aplastar si nos detuviéramos. Por algún motivo el Gran Lobo Blanco sabe que el final se está acercando y me hace saber -seguimos sin cruzar palabra- que una vez lleguemos al otro lado saldremos disparados y habrá que retomar la huida.

Pero algo ha ocurrido: Gran Lobo Blanco está herido de muerte -lo estaba desde el principio aunque yo no lo sabía- y durante la huida ha perdido mucha sangre. Llegados al final de La Caja salimos disparados de nuevo al vacío. Estamos en las montañas, a mucha altura, no hay ningún árbol y todo el paisaje aparece cubierto de nieve. Y aunque haya luz en realidad es noche cerrada. Justo en frente hay un arrastre al que si consiguiéramos subir nos alejaría del peligro. Gran Lobo Blanco no puede seguir, así que ahora cargo con él a mis espaldas mientras salto y me agarro con fuerza a la barra de hierro colgada del cable para huir del suelo y de los lobos que acechan. Aquí estaremos seguros, y ganaremos algo de tiempo hasta que Gran Lobo Negro consiga llegar al final del túnel.

Ya a salvo, colgando sobre el vacío, caigo en la cuenta: “¿A quién queremos engañar?”Gran Lobo Blanco está moribundo, tras el túnel hemos entrado de lleno en territorio enemigo y no hay salida. No podemos huir y nuestra única alternativa es un choque frontal. Habrá que plantar cara, pero no sé cómo. Me dejó caer al suelo y tendido en la nieve el Gran Blanco respira con dificultad, su inmaculado pelo blanco manchado de sangre muy roja. Miro al frente y veo a lo lejos manadas de lobos negros corriendo por las laderas. Está muy oscuro pero aún así distingo sus siluetas negras moviéndose en la noche. Nos están rodeando, saben dónde estamos y vienen hacia nosotros. Abrazado al cuerpo moribundo del Gran Lobo Blanco siento como su vida se me escurre entre las manos, su cuerpo es flácido, como si su carne y sus huesos se hubieran deshecho dejando tan sólo un fardo de piel hueca. Ella ya era mayor y ahora sé que era una Loba. A pesar de nuestra situación desesperada y de la tensión del momento no siento miedo. Ella está a punto de morir y me dice que no me preocupe, que yo también soy Lobo, que puedo aullar, que aúlle, que aúlle con todas mis fuerzas.

Dejo delicadamente sobre la nieve el cuerpo sin vida de la Gran Loba Blanca y al darme media vuelta veo a lo lejos como los dos cachorros que ya salieron del túnel avanzan veloces hacia mí. ¿¡Qué aúlle!?… ¿¡Qué yo también soy Lobo!?… La situación es desesperada, todo está perdido así que tomo aire y aúllo con todas mis fuerzas desde lo más profundo. Y entonces, ocurre el milagro.

La sensación es total y no doy crédito a lo que experimento. Mi pecho se hincha y siento como crujen todas mis costillas mientas mis pulmones se tensan y entonces, exhalo un grito aterrador. Un aullido profundo y continuo que sale de mí, que soy Yo, que parece no tener fin, que resuena por las montañas y los valles, un aullido poderoso y estremecedor. Aúllo mientras los dos lobeznos siguen avanzando hacia a mí y levantado dos dedos de la mano derecha en su dirección aparecen de la nada dos troncos blancos que se estrellan contra los cachorros.

Ahora lo Sé, Yo también soy Lobo. La situación ha dado un vuelco y por primera vez en toda la huida tomo consciencia de que existe la posibilidad de que pueda con ellos. Me doy media vuelta de nuevo y miro hacia la oscuridad más absoluta. No le veo pero sé que Gran Lobo Negro viene hacia mí. No le oigo pero sé que Gran Lobo Negro avanza hacia mí. Lo Sé. Corre al galope en la noche sobre la nieve blanca, con la lengua fuera, con sus colmillos largos como cuchillos cortando el viento, con su mirada clavada en mí. Tomo aire de nuevo y fascinado por la fuerza que sentí en mí hace unos instantes respiro hondo y aúllo de nuevo, sintiendo de nuevo el crujir mis costillas, el espinazo resquebrajándose y todos mis músculos en tensión, expandiéndose con una fuerza sobrenatural durante un instante que se hace eterno. Aúllo, aúllo con un alarido atronador que retumba en las montañas perdiéndose en la nada de esta noche.

Se está acercando, viene hacia a mí, el choque frontal con el Gran Lobo Negro ya es inevitable y yo no lo pienso evitar. Planto cara y a medida que se vacían de aire mis pulmones se va apagando el grito en esta negra noche rodeado de cumbres nevadas mientras todo se va volviendo luz y se funde todo con el blanco hasta que despierto de mi sueño y abro los ojos: Buenos días Estambul.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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