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Postales. ARTE urbano. Bandung

Eran una pareja de australianos encantadores. Me vieron sentado solo en un escalón mientras esperábamos el autobús que nos tenía que llevar a las cascadas de Kouangxi a las afueras de Luang Prabang. Se presentaron y me preguntaron por mi nombre y mi pedigree, perdón, mi procedencia. Barcelona, yo. Ellos, Sidney.

Charlamos y subimos a la minivan y camino de las archifamosas cascadas comentábamos la bondades de Luang Prabang, y ella, que de joven había recorrido las costas de Tailandia cuando Phuket no era más que un pueblo de pescadores, comentó lo sorprendida que estaba por la falta de grafitis. Yo inmediatamente secundé la opinión. Su mirada se iluminó para desvanecerse acto seguido cuando comenté, sinceramente y sin malicia alguna, lo mucho que echaba de menos los grafitis y el arte urbano en general. Estábamos de acuerdo en el hecho: la falta de grafitis, pero no el fondo. Para mí el ARTE urbano es sinónimo de que algo vivo y con contenido palpita en el alma de una ciudad, para ella, el ARTE urbano es urbano, pero no es arte, es vandalismo y es indeseable.

La palabra Arte, como la palabra Artista, siempre me ha parecido de lo más escurridiza y no me gusta usarla. Pero la uso aquí, no por enaltecer gratuitamente, pero por pura falta de vocabulario. Sí, hecho de menos el ARTE urbano de Barcelona. Ese regalo que personas anónimas hacen día a día a la ciudad, a la gente, a nosotros. Embellecen el espacio urbano y lo dotan de contenido poético y de mensaje para los que sepan escuchar con las orejas, pero sobre todo, con el corazón abierto. Y lo hacen porque no les queda más remedio, porque la belleza – bonita o fea- y la poesía bullen dentro de ellos de un modo que no pueden contener y  deciden compartirlo a costa de su tiempo, su dinero y sus problemas con la “ley”.

Habrá gente que los llame incívicos, vándalos o maleantes. Y yo diré que el papelillo del corazón que expone las miserias de personas sin oficio ni beneficio no puede ser comparado con los Periodistas que se desviven por denunciar y exponer a los verdaderos criminales y corruptos. Gentes decentes que visten traje y corbata, frente a los maleantes que cargan mochilas llenas de botes de spray. No es lo mismo el niñato que mancha una pared que el chaval, joven o adulto, que a falta de altavoz te regala un pedazo de paisaje urbano con contenido.

Durante un montón de años, cada tarde sobre las 3, me dejaba caer por el Schilling para tomar uno sólo. Durante ese montón de años solía llegar por la calle de Rauric  pasando frente a un Grafiti que personificaba y personifica una de las esencias de esa Barcelona que me gusta y que echo de menos. Esa parte de la Ciudad que resiste a seguir siendo lo que fue y que quiere seguir repensándose una vez más. Era el Corazón de Barcelona y un día le tome un foto con la que me identifiqué durante mucho tiempo.

Ando en Bandung y algo en el aire huele distinto. Veo, finalmente después de 8 meses, paredes cubiertas de regalos, de bellezas, de esbozos de sueños truncados en almas jóvenes que lejos de sucumbir o patear contenedores deciden empuñar los pinceles o los sprays para expresarse de forma sincera, bella y honesta, conscientes de lo efímero de su esfuerzo, pero conscientes también que el mero hecho de hacerlo ya valió la pena.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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