El Espíritu de Jason. Orchha, India

Yo también miro películas de Jason Bourne.

Jason puede con todo y con todos. Sabe todos los idiomas, va por el mundo con una docena de pasaportes sin problemas, nunca le falta dinero y es capaz de viajar siempre ligerísimo de equipaje –nunca lo verán cargando maletas-. Jason, por supuesto, conduce todo tipo de vehículos y sino los conduce no pasa nada porque puede escalar con los dientes o saltar de trenes en marcha sin partirse la crisma.

Cuando la India me sobrepasa –muy a menudo- yo también miro películas de Jason Bourne para evadirme en su elemental línea argumental. Y no me avergüenzo, no hay nada de malo en ello siempre y cuando, claro está, no te creas que tú también eres Jason Bourne y, sobretodo, no olvides que tu vida no es una película aunque muchas veces te lo parezca.

Hoy el tren que cubre el trayecto entre Khajuraho y Jhansi va medio vacío, así que compro un billete en general class pero me escurro sin problemas en sleeper. Paisaje ocre monocromo sin mucho que ver hasta que al cabo de unas horas leo la palabra Orchha por la ventana. ¿Orchha? ¡Iba a Jhansi pero en realidad mi destino final es éste! Doy un brinco, recojo todas mis cosas y voy directo hacia la puerta. El tren va frenando lentamente, parece que hoy he tenido suerte y me ahorraré hora y media de viaje extra. ¿Pero estamos frenando realmente? Parece que sí, aunque mejor lo confirmo preguntado a este par de locales tan majetes en una conversación que versó así:

Jason (yo): ¡Namasté! ¿Stop Orchha? ¿This train stop Orchha? -así con mímica y todo-.
Milli Vanilli (ellos): No,no,no,no,no –muy efusivos meneando la cabeza-.
Jason (yo): Orchha no stop ¿Jhansi yes? -redoblando mis esfuerzos mímicos-.
Milli Vanilli (ellos): Yes, yes, yes, yes,yes –más efusivos si cabe, meneando la cabeza con una gran sonrisa-.

A pesar de la contundencia de su respuesta sigo sin tenerlo claro. El tren continúa frenando pero a veces he visto hacer esto mismo sin que llegara a parar del todo y estos encantadores tipos, por otro lado, parecen estar muy convencidos. Prefiero asegurarme y repito el bucle de la conversación anterior hasta en tres ocasiones –en India nunca se sabe-. Al final me queda clarísimo: falsa alarma, este tren no para así que tendré que dar un rodeo desde Jhansi. Pero por otro lado va tan tan lento que casi podría saltar… ¿Sí? ¿No? No parece tan descabellado… ¿Saltar de un tren en marcha en India? Claro que sí ¡Por supuesto! ¿Aún yendo cargado como una mula? ¡Sí claro, hombre! ¡Obvio! Por un momento me siento poseído por el ‘Espíritu de Jason Bourne’, que viene a ser algo así como sentirse de Bilbao pero con acento americano.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.” Albert Einstein.

Supongo que en un acto de clarividencia y anticipación propio de un genio como él, Einstein se refería este aventurero de poca monta en el preciso momento en el que salté al vacío –o contra el asfalto- en la dirección contraria a la trayectoria del tren -ignorando todas las leyes de Newton, que total pa’ qué-  aumentado con ello la carga cinética de la hostia que estaba por venir. No bastándome con mi mal arranque, improviso un aterrizaje patizambo que haría las delicias de Takeshi Kitano en su célebre show a la bobería humana, y ruedo por los suelos en una lamentable toma falsa ante la mirada atónita de los pasajeros que aguardan en el andén al tren que sigue frenando y que acabará por detenerse exacta y definitivamente 30 segundos después de mi absurdo alunizaje.

¡Dios! ¡No me lo puedo creer! ¡Se acaba de parar el tren y yo, imbécil de mí, casi me parto la crisma para nada! Por cierto… ¿Me he roto algo? ¿Estoy de una pieza? ¿Me puedo levantar? Poder levantarme puedo, pero lo que viene a ser el amor propio hoy se queda por los suelos de la estación de Orchha.

¿Cómo describir este sentimiento de ridículo absoluto mezclado con la ira más furibunda que me corroe las entrañas sazonado con el asombro de haber salido indemne? ¡Pedazo de cabrones que me habrán jurado hasta diez veces por la gloria de su madre que el tren no paraba y que ahora no tienen narices de asomar la cabeza cuando TODO el tren me está mirando por las ventanas con los ojos abiertos como platos! Todo el tren y todo el andén, así unos cientos de personas contemplando como ese despojo humano que soy yo se incorpora cargado como una mula. ¿Y el silencio? ¡Qué silencio! ¡Por dios que alguien diga algo! Pero todos callan, rufianes… ¿¡Es que no hay piedad para los tontos!? Rotundamente No. Todos esperan a que haga algo, a que diga algo. ¿Dignidad dónde estás? ¿Dónde fuiste glamour del viajero que hasta hace unos minutos se sabía dueño de sí mismo y del mundo entero? Al toro campeón, al toro -me repito en fuero interno- y siempre de cara y siempre por los dos cuernos.

Como el que no quiere la cosa me levanto lentamente, con naturalidad -ya ves tú que naturalidad, pero vaya… se intenta-, con el estilo de esa gente que, como Jason, hacen estas cosas un día sí y al otro también. Me tomo mi tiempo, ni demasiado lento ni demasiado rápido, sereno, controlando la situación. ¡Y me sacudo el polvo! Así, como sorprendido de estar cubierto de tierra y arañazos. Y desfilo, elegante, con la cabeza bien alta y la mirada perdida en el infinito a través de ¡Varios cientos de metros de andén! ¡Por el amor de dios! ¿Es que no termina nunca esta estación? Tengo que hacer malabarismos para esquivar los cientos que miradas se clavan en mí, que buscan mis ojos, que buscan por encima de todo una explicación al despropósito que acaban de presenciar y que no comprenden.

“No la hay hijos míos, no la hay”– me digo para mis adentros mientras me empieza a subir la risa y ya no puedo parar de reírme, de cagarme en Milli Vanilli y en todos sus ancestros tanto por la rama paterna como por la materna, de pensar en Jason y en cómo se puede ser tan capullo, y en que al final, sin lugar a dudas, el peor enemigo de uno es siempre uno mismo.

¿Y Orchha y sus palacios y cenotafios? ¡Señor ten piedad! ¡Un respiro! Orchha por hoy tendrá que esperar como me espero yo sentadito a que aparezca un rickshaw junto al paso a nivel, al lado de un chiringuito hecho con tres tablas y un banquito en el que me tomo como premio de consolación una burbujeante Mirinda de color naranja radiactivo que está como el caldo. ¿Qué otras grandes aventuras me esperan a la vuelta de la esquina? ¿Sobreviviré un día más a mí mismo? ¡Viajar, qué grande es viajar!

El Valor de la Duda. Cuentos Chinos de la India 2/3

En una ocasión, cuando Buda viajaba con un grupo de monjes por el país de Kosala, al norte de Kausambi, llegó a Kesaputra, un pueblo de los nobles kalama. Los kalama, cuando oyeron el rumor de que el asceta Gautama había llegado a Kesaputra, fueron a su encuentro; y al abordarle le dijeron:

– Señor, hay en nuestro pueblo algunos religiosos y brahmanes que alaban sus propias opiniones, pero que implacablemente desgarran las de los otros. En realidad, señor, los religiosos y brahmanes vienen continuamente a Kesaputra para hacer eso. Y cuando los escuchamos, las dudas y las vacilaciones surgen en nosotros, pues no sabemos quiénes de ellos están diciendo la verdad y quiénes la mentira. ¡No sabemos a quién creer!

– Vuestras dudas, kalamas, están bien fundamentadas -respondió el Iluminado-. Bien fundadas están ciertamente vuestras vacilaciones; pues surgen con respecto a una materia que está abierta a duda.

Grabaos bien mis palabras, kalamas. No creed nada sobre la base de la simple herejía, pensando que debe ser cierto porque lo habéis oído desde hace mucho tiempo. No creáis en las tradiciones simplemente porque son antiguas y han sido transmitidas a través de muchas generaciones. No creed nada por simples rumores que la gente pueda extender sin utilizar su capacidad de razonamiento.

No creed nada sólo porque esté de acuerdo con el testimonio de vuestras escrituras. No creed nada sobre la base de la suposición o la mera deducción. No creed nada porque la presunción vaya a su favor. No creed nada sólo porque concuerde con vuestras ideas preconcebidas. No creed nada por la simple autoridad de vuestros maestros y sacerdotes; sólo porque ellos puedan ser agradables al hablar, tengan una personalidad encantadora o exijan el respeto de la gente.

Siempre que por vosotros mismos sepáis: “Estas enseñanzas no son buenas, están llenas de faltas, son condenadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen a la disputa, la ruina y la pena”, siempre que sepáis eso, kalamas, rechazadlas.

Pero siempre que conozcáis por vosotros mismos, tras una completa investigación: “Estas enseñanzas son buenas, están libres de faltas, son alabadas por los santos, cuando se siguen y se ponen en práctica conducen al bienestar y la felicidad nuestra y de los otros seres”, entonces, kalamas, aceptadlas como ciertas, vivid según ellas, actuad de acuerdo con ellas.

“Lo mismo que los prudentes comprueban el oro cortándolo y examinando la veta que deja al frotarlos sobre una piedra de toque, así deberíais aceptar mis palabras sólo tras examinarlas de acuerdo con vuestra propia experiencias y razón, y no simplemente por respeto a mí.”

Así habló el Supremamente Despertado a los kalamas de Kesaputra.

–  F I N  –

Y Muy Salvaje. Khajuraho, India

Bañábase desnuda la bella Hemavati en el estanque de Rati Talab, entre flores de loto y reflejos de luna en una noche tibia de verano. Era hija de Hemraj, brahman Purohit del Raja Indrajit, de la casa de los Gaharwar, en la ciudad sagrada de Kashi –Varanasi-. Tal era su belleza, tal el porte de su busto, el talle de su cintura y el brillo en la redondez de sus caderas empapadas, que Chandra –el diós lunar- no pudo resistirse, y haciéndose hombre bajó a la tierra y poseyó a la bella Hemavati.

Desesperada, Hemavati maldeció a Chandra por haber mancillado su honor, y Chandra, queriendo enmendar sus errores prometió a Hemavati que sería madre de un gran hombre: ‘Parte ahora hacia el oeste, marcha lejos de Kashi hasta llegar al bosque de los khajurs’.

Siguiendo la estela de Hemavati, yo también dejo atrás Varanasi y marcho hacia el oeste en busca del desparecido bosque de los khajurs –palmeras datileras- donde todavía siguen en pie los Templos de Khajuraho, el legado del mitológico Chandravarman, el hijo de la Luna que parió la bella Hemavati. Estos templos son el legado en piedra que la dinastía Chandela dejó al mundo y uno de los ejemplos más sublimes de arquitectura y escultura –aquí ambas se funden- de la India.

Fue otra noche muy fría en la sleeper class, aunque esta vez estuve menos solo. Me acompañaban en el vagón la Rusa Galina que venía haciendo auto-stop desde Moscú con su tienda de campaña –una mujer fuerte y bien torneada, de armas tomar si se gira mal tiempo-, y Matt el Australiano, que hacía poco había descendido de los Himalayas después de pasar varios meses de voluntario en un orfanato en Nepal. Otra noche de traqueteo y frío punzante deseando que llegue ya el nuevo día cuando al fin, las tierras de Madhya Pradesh nos regalan una delicia de amanecer. Lentamente un sol rosado se va alzando sobre un horizonte incierto que se pierde entre suaves colinas y brumas matutinas. Una hierba alta y dorada lo cubre todo, y la campiña aparece moteada por grandes árboles de un verde oscuro casi negro y parches de tierra fresca de campos recién arados. Si no fuera por algún colorido sari trabajando ya a estas horas, juraría a pies juntillas que este tren desfila por la meseta, allá lejos en Iberia. Pero la visión alucinógena de un enorme nilgai comiendo de un árbol –antílope local también conocido como ‘toro azul’- me despierta definitivamente de mis sueños y mis elucubraciones. Amanece en India y estamos llegando ya a Khajuraho.

Khajuraho_13_Franc-Pallarès-LópezCon la estación de tren a 7km al sur, el trayecto hasta el pueblo acaba rozando lo absurdo. Un escuadrón de autorickshaws nos esperaba desde hace rato y entre la quincena de turistas y los Mr. Driver estalla la batalla por un precio razonable –uno que al menos no sea abusivo-. Una batalla donde el temple, la velocidad y la convicción son claves. Bien jugada: rápida y certera, tenemos ya nuestro rickshaw con un par de italianas, pero la guerra no ha terminado. Si la batalla de hace apenas unos minutos era entre foráneos y locales por ese precio razonable, la siguiente batalla es a muerte sólo entre occidentales: todos luchamos por ‘la habitación barata’. Así que bajo las promesas de una propina –que hace apenas unos minutos regateábamos con firmeza- y apelando a la virilidad de nuestros jinetes, se entabla una endiablada carrera de autos locos hasta el pueblo. Avanzan por el flanco derecho la joven americana fornida que carretea un sitar a cuestas -me contará más tarde que aprende por el camino- y el chico majo que teniendo medio culo fuera del asiento no deja de sonreír. El bólido de la Rusa Galina y Matt el Australiano nos pisa los talones cuando dejamos atrás el aeropuerto entre nubes de polvo y bocinazos -¿Hay aeropuerto en Khajuraho?-. Todos midiendo los tiempos hasta el próximo cruce, elucubrando los radios de curvatura óptimos de la siguiente rotonda, y en última instancia jaleando a nuestros Mr. Driver con la mente puesta en esa habitación barata que por la mera presencia de tanta clientela quedará en quimera y no más.

¿Una ducha? ¿Una cabezadita para descansar del viaje? Eso es para los débiles y los infieles. A cada minuto que pasa, el sol sigue su ascenso imparable, y los devotos de la caja oscura nos debemos a la mejor luz, y a vernos obligados a deambular cámara en mano a ciertas horas y no a otras. La siesta tendrá que esperar.

Khajuraho_25_Franc-Pallarès-LópezPero hoy ya voy tarde: cada día tiene un sólo amanecer y hoy ya tuve el mío. Y voy con prisas y cansado, y peor todavía, vengo de Varanasi. Los templos de Khajuraho son sencillamente impresionantes y no tanto por su tamaño -aunque algunos son enormes moles de roca-. Su estado de conservación es excelente a pesar de sus mil años -la dinastía Chandela floreció entre el 950 d.C. y el 1050 d.C.-, y en una arquitectura como ésta, donde la escultura y la atención al detalle no son adicionales a la volumetría sino que conforman la volumetría en sí misma, eso significa que venir a Khajuraho es poder contemplar las excelencias artísticas de la India en toda su plenitud. Abrumado por tal desbordante acumulación de matices, el ojo inexperto corre el riesgo de dar, sin querer, la batalla por perdida con un paso en falso atrás, marchándose con la sensación de que habiendo visto uno estaban vistos todos. Y es que en la arquitectura, como con un buen vino, una buena película o un partido de fútbol, es necesario entrenar el paladar para poderlos disfrutar. No basta con mirar embobado y asentir mecánicamente. Hay que hacer el esfuerzo de ver para poder llegar a comprender.

No pueden no gustarte estas montañas de piedra labrada, pero resulta demasiado tentador zanjar la visita con un “todo más de lo mismo”. A mí me pasó…

Todavía resacoso de la avasalladora Varanasi, me despistaron los rebaños arquetípicos de turistas occidentales y los jardines afrancesados con los que desafortunadamente decidieron ambientar estas perlas. Ante la exquisitez de una joya barroca, siempre vestirla con sobriedad, siempre con sobriedad. La magia de una ruina consiste, precisamente, en que siga siendo una ruina. Y resulta que el sol ya está demasiado alto, y que realmente necesitaba aquella siesta, y que para colmo ya me han intentado avasallar con malas maneras antes de entrar al reciento. Al insistente chico no le bastó con que declinara amablemente su oferta hasta en diez ocasiones, sino que me siguió interpelándome bruscamente, y hasta que no me crucé y subí el tono no se dio por aludido. Algo hastiado, encuentro un banco apartado a la sombra de un árbol y me tumbo a dormir y a esperar que caiga el sol. ¿Dos horas? ¿Tres? No lo sé, voy abriendo un ojo a cada rato para pasar revista hasta que harto de esperar me pongo de nuevo en marcha.

¿Y los templos? Exquisitos, deliciosos, recargados, barrocos por fuera y por dentro. Rabiosamente elegantes de perfil, imponentes al frente; misteriosos en sus entrañas. Siempre siguiendo el mismo patrón, el del templo dentro del templo, la muñeca rusa que guarda en su interior el sancta sanctórum donde habita el ídolo, a veces en forma de Vishnú, en otras ocasiones en forma de sobrios lingams representando a Shiva.

Khajuraho_35_Franc-Pallarès-López¿Y el porno? ¿Dónde está el porno? Sí, porno, mucho porno y muy salvaje. Toda descripción o relato previo a una visita a Khajuraho parte de este detalle como el hecho singular a destacar. E indiscutiblemente lo es porque pocos ejemplos de erótica sagrada pública habrá en el mundo entero. Y sí, hay porno y muy salvaje en los muros de Khajuraho –un pobre burro petrificado, del susto supongo, da fe de ello-. Y yo también vine –secretamente, claro, no se lo digan a nadie- para echar una miradita, rápida. Pero tampoco hay tanto y seguro que cosas más subidas de tono hemos visto todos, así que no vengan aquí sólo para ‘eso’. A ‘eso’ me refiero al Kama Sutra que allá por donde va levanta polvareda y supongo que dice mucho de nosotros que así lo haga, y dice mucho también de ellos –los constructores de Khajuraho- que hablaran tan abiertamente de un asunto que cuando no es tabú se trata con una frivolidad apabullante. Otra cara mal disimulada del mismo conflicto interno -léanse niñas cantoras que tienen que lamer martillos y desnudarse sobre bolas de demolición-.

El Kama Sutra es precisamente ni lo uno ni lo otro, y claro, acá en occidente como ya no somos mojigatos nos quedamos con el eso de lamer un martillo, o lo que es igual: con que el Kama Sutra no es más que un manual de posturas exóticas –y yóguicas, porque hay que estar muy en forma para dar la talla-, cuando en realidad era -y sigue siendo- un tratado sobre la sexualidad, como los hay también en la tradición literaria India sobre la alimentación, la salud, la astronomía o cualquier otro aspecto importante que afecte al ser humano. Una sexualidad que no se entiende ni como pecado, ni como libertinaje frívolo sin ton ni son. Una sexualidad divina -en el sentido más mundano de la palabra- donde el único pecado es precisamente ése: la frivolidad,  y donde el énfasis se pone en la percepción del sexo como un arte del juego y el placer hacia, para y por el otro.

Khajuraho_43_Franc-Pallarès-LópezAl final sólo fueron dos noches y me marcho de Khajuraho con mal cuerpo. Me sentí echado con cajas destempladas y algo tuvo que ver aquel aeropuerto en un pueblo tan pequeño como éste y los vuelos diarios a Delhi. Un ruta aérea ciertamente ruinosa pero que sigue siendo rentable porque alguien sigue estando dispuesto a pagar el precio. Ese alguien son muchos de aquellos rebaños arquetípicos de turistas occidentales que, estando en todo su derecho a venir aquí en avión y partir cuanto antes tras un chapuzón en la piscina del hotel, han trastocado sin remedio eso que yo llamo el “equilibrio del ecosistema turístico” basado en el respeto mutuo y el precio justo de las cosas.

Me resultó imposible moverme por el pueblo sin ser constantemente abordado, interpelado y achuchado por gente que directa y grotescamente sólo quería sacarme las perras. No sólo eso, es más, exigían dinero casi por todo a cambio de casi nada. Porque sí, porque se lo atribuían como un derecho y a mí como una obligación. Y no es que fueran miserables -ciertamente gente muy humilde-, pero con gente más humilde me crucé en Camboya, Myanmar o en Kolkata aquí mismo en la India, y nunca me encontré esto. Sólo una vez, sólo en Pulau Nias, y en aquella ocasión como en ésta, la responsabilidad era gran medida del turista extranjero que llegó repartiendo dinero sin ton ni son, por lástima que no por querer ayudar, por ser magnánimo sin tener en cuenta que de este modo no mejora nada, sólo empeora.

El viaje continúa y ancha es India, pero resultó triste y agotador sonreír y que a cambio te pidieran dinero.

La Semilla de Mostaza. Cuentos Chinos de la India 1/3

Un día, cuando la estación lluviosa hubo terminado, Krsa Gautami, la esposa de un hombre rico, estaba muy apenada por la pérdida de su único hijo, un niño que acababa de morir, cuando empezaba a tener edad para andar.

En su pena, Krsa Gautami llevaba al niño muerto a todos sus vecinos de Kapilavastu, pidiéndoles una medicina. Al verla, la gente sacudía la cabeza con tristeza, pues se apiadaban de ella.

– ¡Pobre mujer! La pena le ha hecho perder el sentido. A este niño ya no le pueden ayudar las medicinas.

Incapaz de aceptar el hecho de la muerte de su hijo, Krsa deambuló entonces por las calles de la ciudad, pidiendo ayuda a cualquiera que encontraba.

– ¡Por favor, señor, dadme una medicina que cure a mi niño! –le dijo a un hombre.

El desconocido miró a los ojos del niño y vio que estaba muerto.

– Ay, no tengo medicinas para tu hijo –le contestó-. Pero conozco a un médico que puede darte lo que necesitas.

– Por favor, señor, dígame dónde puedo encontrar a ese médico.

– Buena mujer, ve a ser al Shakyamuni, el Buda, que reside ahora en el Parque Bania.

Krsa acudió a toda prisa al Nigrodharama; y los monjes la llevaron ante Buda.

– ¡Reverendo señor, dame la medicina que curará a mi hijo! – le dijo llorando.

El señor Buda, océano de la compasión infinita, miró con piedad a la mujer sobrecogida por la pena.

– Has hecho bien en venir aquí a buscar esa medicina, Krsa Gautami. Ve a la ciudad y consigue un puñado de semillas de mostaza –le dijo el Perfecto, añadiendo después-: las semillas de mostaza deberán cogerse de una casa en la que nadie haya perdido un niño, esposo, padre o amigo.

– ¡Sí, señor! –exclamí Krsa, muy contenta-. ¡Conseguiré la semilla de mostaza enseguida!

La pobre Krsa Gautami fue de casa en casa con su petición, y la gente, apiadándose de ella, le decía:

– Aquí tienes las semillas de mostaza, coge todas las que quieras.

Entonces, Krsa les preguntaba:

– ¿Ha muerto en vuestra familia algún hijo o hija, padre o madre?

– ¡Ay! Los vivos son pocos, pero los muertos muchos. ¡No nos recuerdes nuestra pena más profunda!

Y no hubo ninguna casa en la que no hubiera muerto algún pariente, algún ser querido.

Fatigada y con la esperanza perdida, Krsa Gautami se sentó al lado del camino, observando apenada las luces de la ciudad que parpadeaban encendiéndose y volviéndose a apagar. Y finalmente, las sombras profundas de la noche sumergieron el mundo en la oscuridad.

Considerando el destino de los seres humanos, el hecho de que sus vidas se encienden para volverse a extinguir, la desconsolada madre comprendió de pronto que Buda, en su compasión por ella, la había enviado para que aprendiera la verdad.

– ¡Qué egoísta soy en mi pena! –pensó-. La muerte es universal.

Dejando aparte el egoísmo de su afecto por su hijo, Krsa Gautami fue al borde de un bosque y tiernamente puso el cuerpo muerto sobre un montón de flores silvestres.

– Hijito – le dijo tomando la mano del niño-. Pensaba que la muerte sólo te había sobrevenido a ti; pero no es a ti sólo, pues es común a todas las gentes.

Y lo dejó allí, y cuando el amanecer iluminó el cielo oriental, regresó junto al Perfecto.

– Krsa Gautami –le preguntó el Tathagata-. ¿Conseguiste un puñado de semillas de mostaza en una casa en la que nadie haya perdido nunca a un pariente o amigo?

– Eso, señor, ya ha pasado –dijo ella-. Concédeme apoyo.

– Buena mujer, la vida de los mortales en este mundo se ve turbada y es breve, e inseparable del sufrimiento – declaró Buda-. Pues no hay ningún medio, ni lo habrá nunca, por el que los que han nacido puedan evitar la muerte. Todos los seres vivos son de tal naturaleza que deben morir, alcancen o no la vejez.

“Lo mismo que las frutas que maduran temprano están en peligro de caer, los mortales, cuando nacen, están siempre en peligro de morir. Lo mismo que los recipientes de arcilla que hace el alfarero terminan rotos, así sucede con la vida de los mortales. Jóvenes y viejos, los estúpidos y los prudentes, todos caen en el polvo de la muerte, todos están sometidos a ella.”

“De los que se separan de esta vida, vencidos por la muerte, un padre no puede salvar a su hijo, ni los parientes a sus familiares. Mientras los parientes miran y se lamentan, uno a uno los mortales desaparecen, como bueyes llevados al matadero. La gente muere, y su destino tras la muerte estará de acuerdo con sus actos. Esos son los términos del mundo.”

“No por llorar ni lamentarse obtendrá nadie la paz de la mente. Por el contrario, su dolor será mucho mayor y arruinará su salud. Enfermará y palidecerá; pero con sus lamentos no se restaurará el cuerpo muerto.”

“Ahora que has oído al Tathagata, Krsa, rechaza la pena, no dejes que entre en tu mente. Cuando veas a alguien muerto, debes saber con seguridad: “Nunca volveré a verlo en esta existencia.”

“Y lo mismo que el fuego de una casa incendiada se apaga, también una persona sabia y contemplativa esparce el poder de la pena, con experiencia y rápidamente, tal como el viento esparce las semillas del algodón.”

“El que busca la paz debe sacarse la flecha de las lamentaciones, los anhelos inútiles y las punzadas de dolor que él mismo se provoca. El que se ha quitado esa flecha malsana y se ha tranquilizado, conseguirá la paz de la mente. Verdaderamente, quien haya vencido a la pena estará siempre libre de ella, sano e inmune, confiado, feliz y cerca del nirvana, eso es lo que digo.”

– F I N –

El Encantador de Serpientes. Varanasi, India

Los encantadores de serpientes en realidad no encantan serpientes. Es todo más sencillo. La cobra –un animal defensivo que no atacará sino es atacada- reacciona ante el movimiento del encantador que sopla su ‘pungi’ sin parar, meciéndolo constantemente desde una distancia prudencial. Son los vaivenes de la flauta lo que sigue la cobra y no la música –perciben las vibraciones, pero no la música como nosotros la entendemos-.

La cobra parece estar bajo un hechizo y el público nos quedamos fascinados por la esbelta figura desplegada del animal, por la textura y las marcas de su piel, por el atuendo del faquir y por el exotismo del entorno en general. Pero no hay magia ni hay hechizo, tan sólo una dinámica bien aprendida y unas respuestas ya conocidas de antemano, lo demás, el embrujo, lo ponemos nosotros, o mejor dicho: nuestra ignorancia del asunto sumada a nuestras ganas de creer para tener qué contar.

Varanasi está lleno de encantadores de serpientes. Las calles y los ghats están atiborrados de ellos. Lucen sus mejores galas e interpretan a la perfección su papel. La pose, la mirada entornada al infinito, los gestos lentos y delicados. Estos encantadores seducen y hechizan a millares de personas.

Tras una semana en Varanasi no he podido sacudirme de encima esa sensación de que todo lo que ha ocurrido a mi alrededor, al final se podría resumir en un ‘sálvese quien pueda’. Todo es rito, pero un rito que me suena hueco. ¿Cargado de simbolismo? Sí, puede, y seguro que muy antiguo y muy complejo, no lo dudo. ¿Que mis percepciones y valoraciones se apoyan en la ignorancia y la novedad? También lo asumo. Pero en general, el ambiente en los ghats y en las calles no exhala valores, no se perciben valores. No hay hermandad, no hay reflexión, no hay compasión. Es un torbellino de gentes venidas de todos los rincones de la India y del mundo entero para ver, cumplir y partir. ¿Cumplir con qué? Con lo que mande el brahmán de turno si hay suerte y recursos –aquí al menos tendremos unos conocimientos sólidos-. O cumplir con lo que bhaddars y yatrawals –cazadores de peregrinos- manden a cada momento en un tour guiado por el ‘TOP 10’ de la santidad en Varanasi. Puede que tampoco ayudara el que mi hostal estuviera junto a la calle que une el Templo de Kashi Vishwanath y con el Lalita Ghat. Y puede que al pasar no menos de cinco veces al día por esa calleja y verme atropellado sistemáticamente por estampidas de peregrinos abriéndose paso a codazos y empujones, yendo ahora al río ahora al templo, pensará más en unos San Fermines que una experiencia íntima y espiritual.

Pero no me resigno. Sigo deambulando por la ciudad y sí que en algunos casos, un hombre mayor, aquella anciana sentada rezando frente al río, algo sí se ve. Y es entonces cuando entramos los turistas y extranjeros variopintos. Unos con un hambre voraz por devorar todo momento fotogénico, por raspar algún instante mágico más allá del atropello y la marabunta –que también cotizan en los álbumes de recuerdos, pero en otra categoría-. Y luego están los otros también, esos que vinieron aquí de ‘turismo catártico’, con esas ansias de ser más místicos que los más místicos, más papistas que el Papa, hasta rozar absurdos que sorprenden hasta a los indios.

Puede que con estas palabras me delate, pasando a engrosar las filas de esos peregrinos sedientos y desorientados que buscan ver y cumplir para poder partir con la conciencia tranquila a riesgo de no haber comprendido nada. Lo sé y lo asumo. Porque pasados los meses tras mi primera visita me enteré de que más allá de la Varanasi de romería, la de postalita y estampita, la del circo de sadhus de pastiche y encantadores de serpientes que en realidad no encantan serpientes, más allá de toda esta parafernalia, Varanasi es -y siempre ha sido- meca del conocimiento; y que esa mitad suya tan desconocida es en realidad tan intrínsecamente esencial como la otra de las postales.

Ciudad de conocimiento, ciudad de poesía, de medicina, de danza, de música, de literatura. Ciudad de artistas y eruditos que han conservado e innovado saber humano durante milenios. Por aquí pasó Buda, Sankara, Ramananda, Trailinga Swami, Kabir, Guru Nanak, Tulsidas, Ananda Mayi Ma y muchos muchos más. Todos ellos grandes nombres de los que apenas sabemos nada en occidente, y todos ellos grandes nombres que hablaron precisamente de lo que cojeamos en occidente. El saber en Varanasi sigue vivo aunque se enfrente al dilema de los tiempos modernos. Por un lado la muerte lenta de las tradiciones frente a la imparable invasión cultural de occidente -remasterizada por el potente tamiz indio-: los jóvenes se miran en espejos muy distintos a los de sus padres. Por el otro lado, una nueva avalancha de occidentales huyendo precisamente de lo que los jóvenes indios abrazan y buscando aquello que estos jóvenes repudian: saber y tradiciones milenarias que puedan dar respuesta a la desazón que se cuece en sus siglos XXI particulares. Otra paradoja más a añadir a la infinita lista que ya acumula la ciudad.

Me fui de Varanasi sin saber lo que sé ahora. Me entero por K. Chandramouli que “el Ganga Aarti -ritual frente al río que reúne multitudes a diario- ha sido reintroducido recientemente, más con fines comerciales a modo de representación teatral, que a fines sagrados”, y caigo en la cuenta de que pasé por Varanasi con lo ojos muy abiertos, pero poco más. Me quedé embobado con la simpleza de la serpiente, con la mirada fija en el ir y venir de cachivaches varios que trajinaban siete mozos bienintencionados en siete escenarios muy bien dispuestos en Dasaswamedh Ghat. Embobado por la música y el incienso, por el atrezo en general. Pero durante mi estancia en esta ciudad sin parangón en el mundo entero -y probablemente en la historia de la humanidad y eso es mucho decir- pasé de largo de las escuelas música y danza, no conocí a ningún pandit -erudito del sánscrito- y ni tan siquiera me dejé caer por la venerable Universidad para echar una ojeada. Le di la espalda sin saberlo a una de las principales fuentes que alimentan esta ciudad sin parangón, para quedarme sólo con la postal de los que se limitan a beber de ella.

A Varanasi hay que venir con tiempo y sin prisas, y en última instancia y sobretodo, con algo más que un par de ojos bien abiertos y demasiadas tarjetas de memoria. ¿El qué? No lo sé… Tendré que volver.

INspira/08 “Not close enough”

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Título original: War PhotographerAño: 2001 / País: Suiza / Director: Christian Frei / Sinopsis: Multipremiado documental sobre el fotoreportero norteamericano James Nachtwey, considerado uno de los mejores fotógrafos de guerra del mundo. El film relata la historia de Nachtwey al tiempo que trata los sentimientos y dilemas a los que se enfrentan todos aquellos fotógrafos y periodistas que están cubriendo conflictos bélicos. (FILMAFFINITY)

La Otra Orilla. Varanasi, India

Había oído muchas cosas sobre Varanasi pero nadie me había contado que al atardecer las azoteas de la ciudad vieja se cubrían de niños que hacían volar sus cometas de papel. Centenares de cometas enzarzadas en cabriolas imposibles, superponiéndose a los trazos invisibles que dejaban a su paso bandadas de gorriones al caer el sol.

Hay que encaramarse a las alturas de la ciudad -y no dejarse distraer por las cometas y los gorriones- para darse cuenta de otro hecho sorprendente del cual tampoco nadie me había hablado. La ciudad de Varanasi se amontona, acumula y apilona toda ella, hasta el punto de reventarle las costuras, en el margen izquierdo del río Ganges. Crece en vertical apiñada sobre sí misma y sobre su pasado. Más de un millón de almas apretujadas a un lado del río mientras la otra orilla, permanece desierta.

¡Námaste Varanasi! La venerable Kashi, Ciudad de la Luz. Ciudad de Shiva y Párvati, la única que siendo divina mora en la tierra a sabiendas de seguir suspendida sobre el tridente de ‘El Destructor’. Bañada en su orilla occidental por Ma Ganga, la diosa Ganga, la Madre cuyas aguas todo lo purifican. La ciudad más sagrada de toda la India a la que llegué desde Bodh Gaya cubierto de polvo y sudor, tras un trayecto de 11 horas en bus –que supuestamente sólo eran 6- cuando la noche ya había caído sobre el avispero de la ciudad nueva, a los alrededores de la estación de ferrocarriles. Con el suficiente ánimo para negociar un rickshaw a un precio razonable que me lleve al centro abriéndose paso entre el enjambre de motos, coches, rickshaws, autorickshaws, carromatos varios, peatones impredecibles y alguna que otra vaca, sagrada. Otra vez la marea negra estridente -el indio hace de uso del claxon para proclamar, insistentemente, su mera existencia en el mundo-. Otra vez el magma burbujeante que colapsa todas las arterias de la ciudades indias. Ésta fue la parte fácil porque tras apearme frente al arco de Dasasawamedh Ghat Road, me adentro por primera vez en la maraña de callejones de la ciudad vieja, la verdadera Varanasi.

Varanasi_104_Franc-Pallarès-LópezEn apenas cinco minutos ya me doy por perdido en este mundo paralelo que ningunea toda experiencia previa; una versión barroca, colorista y desgastada de las escaleras imposibles de Escher. En apenas un minuto un chaval ya me ha recogido y me guía por el laberinto en penumbra hacia mi supuesto destino, abriéndose paso en la noche con una espléndida sonrisa en la cara. Con las más de trece horas de viaje a cuestas, rezo para que no me líe y me lleve a la tienda de su tío a venderme vete tú a saber qué historias. Pero hoy tengo suerte y esta noche mi lazarillo es un chico honesto que por entre callejones que tuercen a otras callejas que llevan a otros pequeños patios, finalmente me deja en la puerta de la Puja Guesthouse. ¡Dhanyavād Little Mister! ¡Dhanyavād! -¡Gracias Pequeño Señor! ¡Gracias!-. Como cada vez que alquilo una nueva habitación, cumplo con el ritual burocrático del registro -a los indios, el papeleo parece producirles un placer extremo-; me doy mi merecida ducha de agua fría y me dispongo a asaltar la Varanasi nocturna a por algo de comida cuando justo se da un apagón –uno de los muchos que están por venir-. ¿Qué hacer? ¿Ceder y pasar la noche en ayunas? No será para tanto –me digo-, en peores plazas hemos toreado. Me armo de coraje. Me pueden el hambre y las ganas de echar otro vistazo al embrujo por el que vine andando, pero Varanasi se impone. Me detengo en la plazoleta al llegar a la esquina, junto al templete rojo del que sale un gran baniano, hay un par de velas iluminando unos puestos de chucherías.

Es tan negra la noche en pleno corazón de la ciudad, son tan retorcidos los callejones y siguen un patrón tan aleatorio que debo asumir mi situación. De aventurarme ahora a oscuras me perdería seguro y no encontraría mi camino de vuelta. Me rindo ante la lógica de la ciudad y dejo que el día termine junto a este encantador señor que alumbra su puesto con una vela. Le compro –y compraré los próximo días- galletas y agua, y me quiere vender –día sí y día también- tabaco y estampitas multicolor de deidades varias.

Varanasi_006_Franc-Pallarès-López¡Pero al día siguiente amanece! En Varanasi siempre amanece. No importa cuán oscura o larga haya sido la noche. Puede que sea por eso que en esta ciudad de más de 3000 años los edificios más antiguos no tengan más de tres siglos. Porque a pesar de las conquistas y las catástrofes que hubieran abatido a cualquiera, la Ciudad de la Luz siempre renace sobre sí misma desafiando al mundo entero con un nuevo amanecer. Y es precisamente por eso, también, que esta ciudad se levanta en la orilla izquierda y no en la derecha: para saludar de cara al nuevo día mientras se sumerge uno en las contaminadas aguas purificadoras de Ma Ganga –la madre Ganga-. A Varanasi se viene a eso, a bañarse en el río mientras sale el sol. A eso y a morir.

Ésta es una ciudad al borde, al límite entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos, el profano y el sagrado. Una ciudad que cuelga de la temblorosa línea que definen las aguas del Ganges al encontrarse con los peldaños de los ghats -escalinatas que bajan al río-. Es en ese preciso límite desplegado a lo largo de cinco kilómetros donde tiene lugar el mayor espectáculo del mundo: la contradicción insalvable, la paradoja irresoluble, la dualidad más insufrible, el maridaje imposible de los extremos irreconciliables.

La lista podría –y de hecho es- infinita: la muerte en las piras de sándalo en Manikarnika frente a la vida que brota a borbotones de los callejones que llevan a los ghats; la miseria del leproso que se arrastra frente al palacio del Maharajá de Jaipur; la santidad del sadhu que renunció al mundo en busca de la verdad frente al pordiosero mal disfrazado de santón con mirada de cordero degollado que se ofrece para la foto por unas ruppias. La frivolidad del turista occidental cincuentón adinerado –o veinteañero ‘hippie wanna be’- que contempla con desconcierto, fascinación y mal disimulada repugnancia a las hordas de humildes campesinos que –habiéndose gastado los ahorros de una vida para llegar hasta aquí- se abalanzan sobre el río para beber sus aguas sagradas y purgar sus pecados. La función que aquí se representa es infinita, siempre la misma, siempre distinta. Atracción y repulsión, dos caras de la misma moneda, dos estados de ánimo con los que indistintamente alterno mientras deambulo boquiabierto por los ghats y las callejas de Varanasi.

Varanasi_019_Franc-Pallarès-LópezPorque la ciudad sigue existiendo más allá del río. Detrás de las escaleras, de los palacios de los maharajás y de los cafés con vistas y wifi para los turistas occidentales, hay una ciudad de un millón de almas. ¿La parte nueva? Como cualquier ciudad india de nuevo cuño: aplastada por la dejadez y las prisas, y por esa pátina de polvo que acaba impregnándolo todo. Algún que otro gigantesco pandal –estructura temporal de bambú- a medio hacer para el Durga Puja que se avecina, pero poco más. No es la ciudad nueva lo que hace especial a Benarés, hay que perderse en la parte vieja, y aún perdiéndose por ella hay mohalás y mohalás -barrios-. En el sur -no sabría decir exactamente por donde anduve- las calles aparecen desiertas, sorprendentemente desiertas y silenciosas. Pocos hombres, ninguna mujer, y sólo el ruido de los telares del barrio musulmán donde se tejen las mejores sedas de la toda India. Lejos quedan los torsos desnudos de los brahmanes cruzados por el cordón sagrado. ¿Lejos? ¡Todo está amontonado en Varanasi! A escasos minutos a pie reaparecen de nuevo los templetes hindués al giro de una esquina, brotan, se redoblan los tambores de guerra y el desbarajuste monumental de peregrinos vuelve a inundar las calles. Venidos de todos los rincones de la India –por primera vez me cruzo con los coloridos turbantes de los rajastanis- una muchedumbre se arremolina a los alrededores del Kashi Vishwanath, el Templo Dorado, probablemente el templo más sagrado de Varanasi al cual nunca llegaré a entrar.

Demasiada gente, demasiada histeria colectiva –lo intenté de veras-, la cola siempre demasiado larga. Centenares de policías perezosos apostados en las calles de los alrededores. Matando el tiempo con sus metralletas, palos y algún que otro fusil de los tiempos del abuelo palancas. Sorprende que esta ciudad santa no tenga una Basílica de San Pedro, ni una Kaaba. Varanasi es ciudad de templos –muchos, sí- pero no de ‘un gran templo’. Toda ella es sagrada, salpicada de templetes, cada uno a cargo de una orden, o de un pujari -sacerdorte-. Y no sólo templos: pequeños altares empotrados, rincones cubiertos de guirnaldas de flores frescas, imágenes desfiguradas embadurnadas de kumkum rojo. Un nicho en el bajo de una escalera custodiado durante las noches por un niño acurrucado que recoge ofrendas a cambio de bendiciones. ¿Habré pasado 10 veces durante el día frente a esta escalera y hasta esta noche nunca imaginé que en ese hueco hubiera un altar? La realidad de Varanasi está tan sobredimensionada que la percepción de todos sus matices resulta inasumible.

Varanasi_041_Franc-Pallarès-LópezQue nadie venga aquí esperando el gran templo, que nadie venga aquí esperando la ciudad monumental. En las fotos lo parece, en los recuerdos -que siempre son traicioneros- también, pero ésta no es una ciudad que dé grandes aspavientos. Es la densidad y el apilamiento en vertical lo que le confiere monumentalidad. Son los vivos colores de las fachadas desconchadas y los saris estampados de las mujeres. La estrechez de los callejones bloqueados por vacas sagradas -encontré alguna paciendo sola dentro de un templo-. La grandiosidad de las mansiones venidas a menos. La basura pudriéndose en la misma esquina durante tres días, con sus tres noches. Los patios que llevan a patios que llevan a otros patios que llevan a otros patios…

Es estar sentado tomándote un lassi –yogurt frío- tranquilamente y ver pasar el alboroto de una comitiva fúnebre -sólo hombres- cargando a cuestas a un muerto boquiabierto, envuelto en sábanas blancas y cubierto de guirnaldas al grito de ¡Ram Nam Satya Hai! ¡Ram Nam Satya Hai! -¡Rama es el nombre de la verdad! ¡Rama es el nombre de la verdad!-. Saltar del asiento, pagar la cuenta, y seguir la comitiva por los callejones hasta el Manikarnika Ghat, el lugar donde durante milenios, día y noche, las piras han permanecido encendidas para ver arder a millones de fieles. Porque a Varanasi se viene a esto: a morir y arder en llamas hasta que sólo queden las cenizas que se arrojarán al río para mezclarse con el cieno, y que prestos, una cuadrilla de mozos removerá con sus propias manos a la búsqueda de alguna alhaja que hubiera sobrevivido al pasto de las llamas, y todo esto frente a los familiares de los difuntos allí presentes, y todo esto con la mayor naturalidad del mundo.

Me sorprendió no sorprenderme. Lo que aquí acontece es de suma trascendencia -Manikarnika es legendario en la mitología hindú y a fin de cuentas hablamos de la muerte de seres queridos-, pero no hay llantos ni lamentos. Nadie se rasga las vestiduras ni se tira de los pelos. Hay una diligencia metódica que ordena los ritos escrupulosamente marcados a cada momento. Los cuerpos en sus camillas esperando sobre los ghats, los porteadores de leños que vienen y van desde los almacenes justo detrás del ghat, los brahmanes azuzando las llamas para que ardan por completo los cadáveres. ¡Ni tan siquiera huele mal! Resulta, en cierto modo, un descanso saber que la muerte es esto y nada más. Rodeada de tanta parafernalia la muerte se queda en poco. La vida en Varanasi se empecina y sigue su curso.

Varanasi_083_Franc-Pallarès-LópezUnos metros más arriba, junto al templo hundido de Dattatreya Ghat, llevo ya varios días buscando a Telu. Mi amiga Claudia -que pasó por aquí hará 5 años y que conocí en Mae Sot me manda saludos para su amigo que regenta un puesto de chai -te indio- en este ghat. Pregunto por todas partes sin encontrarlo hasta que doy con un chico de desconcertantes ojos verdes que afirma ser su hermano. Podría ser cierto… ¿Porqué no? Aunque por otro lado llevo ya muchos días zafándome del ejército de embaucadores y liantes varios que patrullan regularmente por las calles de la ciudad. El chico es encantador, me invita a un chai y me cuenta que Telu consiguió un trabajo nuevo, que hoy no está pero si quiero mañana podemos quedar -él ya se encarga de avisarle-. Me lo creo. Me mira directamente a lo ojos -con sus desconcertantes ojos verdes- y con su sonrisa franca insiste en no cobrarme el chai ¡Por dios! ¡Sólo faltaría! ¿Al amigo de una amiga de Telu? ¡No! ¡Nunca jamás! ¡Invita la casa! El chai apenas cuesta nada, pero por mucho menos algún rufián ha intentado cobrarme barbaridades, así que le pregunto a Jagad si sabe de algún barquero. ¿Un barquero? ¡Por supuesto que sí! ¡Aquí mismo mi sobrino Bisaj! Pues no se hable más. Tan sencillo, tan fácil y tan agradable, por un precio razonable ya tengo barquero para el próximo amanecer y una cita con Telu para mañana. Agradezco la ayuda y mi segundo chai por cuenta de la casa juntando las manos y entonando un sentido dhanyavād.

Vuelvo a casa, a encaramarme a mi atalaya, el terrado de la Puja Guesthouse que ofrece desde un sexto piso una impresionante vista de todo Benarés. La ciudad atiborrada a un lado y la otra orilla que sigue vacía. Medio pueblo en las azoteas tomando el fresco y un respiro del agobio de la ciudad. Manadas de monos -cabrones- campando a sus anchas por los terrados, y los gorriones y las cometas reyes indiscutibles de los cielos. Va oscureciendo poco a poco mientras charlo con Juanjo -otro español vagamundo en pleno proceso de reinvención- de todo y de nada, identificándome sin quererlo con más de una -y de dos y de tres- reflexiones que hace sobre todo y sobre nada. Ya es noche cerrada y una vez más veo allá a lo lejos, junto a la orilla del río, miles de lamparitas que prenden corriente abajo. Otras noches fui a su encuentro pero siempre llegué tarde, ésta ni lo intentaré.

Un nuevo apagón y una vez más se va la luz y la ciudad vieja vuelve a quedarse a oscuras. Sólo hay luz en la ribera, prenden los focos de todos los ghats como siguen prendiendo las piras en Manikarnika, noche tras noche, año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio. El resto sigue envuelto en las tinieblas. Desde esta terraza, las azoteas que nos rodean todavía se distinguen por merced de la tenue luz de una luna creciente, pero, entre cubierta y cubierta, las calles se abren como profundos surcos, como pozos abisales de los que mana una negrura sobrenatural. ¿Salir a la calle ahora? ¿A riesgo de perderse en la espesura de una noche tan densa como densa es la historia de Varanasi? Mejor no, mejor esperar a mañana, esperar a otro nuevo amanecer, porque en Varanasi siempre amanece. Esperar a recorrer el río con Juanjo y Bisaj el barquero. Esperar a encontrarme con Telu, el amigo de Claudia, el hermano de Jagad, el tío de Bisaj, para que me cuente sobre su buena fortuna y me muestre los rincones del hotel de lujo donde ahora trabaja como jefe de los barqueros. El hotel de lujo frente a los ghats donde los humildes campesinos de Bihar siguen lavando sus ropas en las aguas turbias de Ma Ganga, en esta nueva función de la misma eterna representación, siempre la misma y siempre distinta.

Sí, esta noche mejor me quedo aquí, mejor me espero a que amanezca, porque en Varanasi, tarde o temprano, siempre amanece.

Si te gustó, no te pierdas “El Encantador de Serpientes”

INspira/07 “Candy”

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“When he was 4 years old, he once wandered 6 blocks away from home at 3 o’oclock in the morning. He was found in a neighbour’s kitchen, up on a chair, taking through their candy drawer.

Whatever drawer he was opening now must have something pretty sweet on it.”

El Árbol de Buda. Bodh Gaya, India

Puede que esta escena no haya cambiado en siglos: Al alba, bajo un cielo sin nubes, pequeños grupos de mujeres y niños caminan sobre los arenales del lecho seco de un gran río, uno más de esos muchos grandes ríos marchitos ‘sin nombre conocido’ que surcan la India.

Entre jirones de bruma y cañaverales se entrevén las siluetas espigadas de ellas, envueltas en sus saris y muselinas, tan irreales como los contornos de niños que corretean con el magro ganado desvaneciéndose en la neblina entre risas. Al alba, los colores mustios y las voces lejanas de las madres que llaman a sus hijos, confunden al viajero y le invitan a soñar que sigue soñando. De no ser por el viento templado que te azota la cara, y por algún que otro bache en el camino desde Gaya, es posible que no supieras decir si dejaste ya de soñar o sigues atrapado en el anhelo de la India que temes no llegar a conocer nunca.

Dos mil quinientos años atrás, otro hombre saludaba al nuevo día junto a este mismo río, el Nairañjana. Fue aquí donde se encontró con la joven Sujata que, tomándolo por un dios, le dio a comer gachas dulces de arroz cocido con leche. Fue en un bosquecillo que había cerca de este río ahora seco, donde al atardecer de ese mismo día se topó con el segador Svastika que le dio los ocho puñados de hierba aromática con los que aquel hombre dispondría el Trono del Diamante bajo un gran árbol Bodhi. El hombre que se sentó a meditar bajo aquel gran árbol se llamaba Siddhartha Gautama, príncipe heredero del reino guerrero de los Shakya a los pies de los Himalayas. Pero el hombre que se alzó al alba del nuevo día era ya otro. Tras su lucha contra Mara y sus demonios –la duda y el miedo, el hambre, la sed y la pereza-, ganó la batalla sobre sí mismo y, poniendo a la Tierra por testigo, reclamó su nueva condición de Buddha.

Bodhgaya_37_Franc-Pallarès-LópezAndo algo cansado tras una larga noche en tren, pasando mucho frío en la sleeper class y apenas habiendo pegado ojo por temor a pasarme mi parada. A las 5 de la mañana llegaba a una alborotada estación de trenes en medio del estado de Bihar. Demasiada gente para una ciudad pequeña como Gaya: los andenes atiborrados, y los vestíbulos y también todo el frente de la estación. Gente durmiendo en el suelo entre bultos y más bultos por todas partes. En Gaya no hay nada remarcable pero a escasos 11 kilómetros al sur se encuentra el Templo Mahabodhi, el lugar en el que el Buddha Shakyamuni alcanzó la iluminación y que pasados más de dos milenios sigue siendo lugar de peregrinación para budistas y no tan budistas. Así es la India, capaz de dar a luz a una religión universal como el Budismo; hacer que prácticamente desaparezca de su territorio; y acabar absorbiendo sus lugares de culto como si le fueran propios a su religión hinduista. Son tan pocos los monjes budistas que se hacen casi tan raros como nosotros, los turistas. Todos los rincones del templo y sus cuidados jardines están copados de peregrinos hindúes, siempre en grupos y siempre dirigidos por un brahmán orquestando las pujas -rituales-. Hoy han venido a Bodh Gaya para celebrar el Shraaddha, el festival de los ancestros, y como para los hindúes Buddha no es más que otra reencarnación de Visnhú, a final todo sigue dentro del guión. ¡Infinita capacidad de la India de absorber y asimilar la heterodoxia!

Los peregrinos de hoy son gente muy humilde. Gentes sencillas de campo que han visto muy poco de este mundo: todo les sorprende, todo les fascina. Hay en todos ellos una mansedumbre, un desconcierto y una candidez tal, que resulta imposible no empatizar con ellos. Se les ve desconcertados e ilusionados a la vez. Siguen con devoción incondicional las palabras y los gestos del pujari –sacerdote del templo- y en sus rostros se lee a ratos incomprensión, a ratos esperanza. Y luego están rus ropas sencillas, y sus cuerpos delgados y fibrosos, con los tendones marcándose bajo una piel oscura apergaminada.Y están también las prisas del que no se siente en casa, que contrastan con la calma de los escasos monjes budistas –todos extranjeros- que se toman su tiempo leyendo y meditando en los alrededores de árbol Bodhi.

Bodhgaya_21_Franc-Pallarès-LópezLa prisa y la calma, ambas opuestas y ambas complementarias. Puede que ésta sea una de las diferencias más remarcables entre los laicos y los religiosos. A unos les basta con pasar por allí, cumplir el ritual y a fin de cuentas, fichar para acumular algo de buen karma que les ayude en la próxima reencarnación. Pedir un favor al Buddha, a la Virgen Negra o besarle los pies al santo de turno. A los otros, los religiosos, no les basta con pasar por allí. Meditar y reflexionar les es tan vital como respirar, comer o dormir. Dos mundos que también en  Bodh Gaya se cruzan sin llegar a tocarse. Éste es un centro espiritual que, como todo centro espiritual –independientemente del credo, en España los tenemos a montones-, al final siempre se ve mancillado por su hermano gemelo bastardo, superpuesto o suplantado por el ambiente de feria y mercadillo de baratijas religiosas que poco o nada tienen que ver con ese fin último más elevado que fue su razón de ser. Y a lo que aquí, a más a más, se le añade el hecho de contar con un pequeño ‘parque temático’ del budismo con varios templos cada uno de un país y una escuela distinta.

Así que paseando por sus calles lo mismo te encuentras con el Templo Butanés, con otro Japonés, con un Tailandés y así suma y sigue. Un ‘parque temático’ –de poco interés y poca calidad arquitectónica comparados con sus originales– que ofrece imágenes impagables como la de la venerable anciana hindú adorando a un Buda en un templo de estilo zen. Suma y sigue, y un buda es un buda, sea éste un templo japonés y yo una devota hindú. Y por si la fusión de credos y estilos no fuera suficiente, al no encontrar alojamiento en la zona de bien, acabé pasando un par de noches en el pequeño barrio musulmán, justo detrás del Templo Chino. Un pueblito de gentes muy humildes que, aún viviendo justo al lado de la espiritual Bodh Gaya, quedaban años luz en tiempo y en el espacio, si bien no en cuerpo, si en el alma.

Bodhgaya_46_Franc-Pallarès-LópezLa contradicción y la paradoja no son sólo cuestiones exclusivas de nuestros tiempos, la cosa viene de lejos y Bodh Gaya tan solo es un ejemplo más. Lo importante, supongo, es no resistirse, dejarse llevar, pero sin perder el norte. Ese norte, en Bodh Gaya, lo marca un árbol bajo el cual se sentó un príncipe que teniendo todo lo que se pueda desear, le pareció prescindible. Conmovido y atormentado tras haber entrevisto tras los barrotes de su jaula dorada la vejez, la enfermedad y la muerte, decidió renunciar al mundo dejando atrás mujer, hijo, amigos y riquezas, para buscar un camino que pusiera fin al sufrimiento propio y al ajeno. Esto es lo que encontró dentro suyo y bajo este árbol hoy sagrado: Las Cuatro Nobles Verdades. Sobre ellas meditó durante 7 semanas antes de levantarse y emprender de nuevo su marcha hacia su próximo destino, mi próximo destino: Kashi, La Ciudad de la Luz, la mundialmente conocida como Varanasi.

Si te gustó, no te pierdas los tres ‘Cuentos Chinos de la India’,
una mini-selección de tres cuentos que contó Buda
y que siempre me acompañan.

INspira/06 “Find my direction magnetically”

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Such is the way of the world
You can never know
Just where to put all your faith
And how will it grow

Gonna rise up
Burning back holes in dark memories
Gonna rise up
Turning mistakes into gold

Such is the passage of time
Too fast to fold
And suddenly swallowed by signs
Low and behold

Gonna rise up
Find my direction magnetically
Gonna rise up
Throw down my ace in the hole

Espejismos. Kolkata, India

Naranjas. Miles de naranjas. Centenares de miles de naranjas. ¡Qué despropósito! Ni un melón, ni una papaya y ni un solo mango. Tan sólo todos los millones de naranjas que parecen haber podido reunir en un insensato ejercicio de exhibicionismo.

En mi quinto día en la ciudad creía haberle tomado ya el pulso, haber comprendido que aquí, por cada metro cuadrado, sencillamente ocurren 20 cosas más al mismo tiempo que en una ciudad, pongamos, como Barcelona. Así que para pasar una tarde tranquila ideé un plan sencillo: Tomar el metro hasta MG Road y girar la primera calle a la derecha en dirección al río. Tras andar escaso kilómetro y medio me encontraría con el gran Puente Howrah y con el Mercado de Flores del Mullik Ghat al atardecer. Sobre el insulso mapa de la guía no se podía anticipar ningún inconveniente a tan asumible hoja de ruta. Pero ay de los imprudentes que caminen por la India sin esperar lo más inesperado a cada vuelta de la esquina.

Kolkata_105_Franc-Pallarès-López

No ando más de cien metros antes de advertir que la supuesta avenida gris del mapa que debería llevarme directo al río está cortada. Cortada por camiones tuneados al más puro estilo hindi de los que penden tendales de lona azul. Y el suelo todo cubierto de paja. Y entre el suelo de paja y el techo azul de los tendales millones de naranjas amontonadas. Centeneras de hombres vendiendo naranjas. Y otros centenares carreteando sobre la cabeza cestas enormes que cargan, evidentemente, más naranjas. La sensación de irrealidad se impone y mientras avanzo con la boca abierta todo el mundo me saluda y me pide la foto para el compañero –nunca para ellos mismos, son tímidos estos indios-. Y yo pregunto ¿Porqué naranjas? ¿Porqué no otras frutas? ¿Y porqué compran éstas y no las otras? Porque a mí, al fin y al cabo, ¡Todas me parecen iguales! Y ellos se ríen y me piden otra foto meneando la cabeza como sólo ellos saben hacerlo. Y yo no me detengo, sigo adelante, porque a fin de cuentas esto era sólo una triste línea gris en el mapa y a mí me está esperando el río Hooghly al atardecer.

¿Les suena aquello de salir del fuego para caer en las brasas? Pues aquí fue justo al revés: Salí de las brasas para saltar -con los dos pies- directo a las llamas. Al desbarajuste del Mercado de las Naranjas le siguió el desbarajuste del Mercado de las Alhajas, el del Mercado de las Especies, el de los Herreros, el de las Ropas, y una secuencia interminables de bazares dispuestos en calles de apenas pocos metros de ancho colapsadas hasta los topes –y un poco más-. Un magma espeso y burbujeante de seres humanos que parecen salir de todas partes y al que se le suman los ricksaws, las motos, los carros cargados hasta la bandera, y por si fuera poco algún coche iluminado que se ve con la ¿Valentía? ¿Osadía? ¿Falta total de sentido común? de pretender circular por la calle con semejante algarabía.

Doy vueltas sobre mí mismo –literalmente- con la cámara en mano, arrastrado por remolinos de gente vociferando en plena ebullición. Totalmente desbordado por este bombardeo inmisericorde de estímulos a cada cual más sugerente, más estimulante. Deliro por unos instantes y fantaseo con que esto no es real: tiene que ser un montaje. No puede ser que todo el mundo esté aquí, lo mismo que no puede ser que hubiera tantas naranjas todas juntas tan solo unas calles más atrás. El resto de la ciudad debe estar ahora mismo vacío y en las despensas de media Kolkata tampoco quedan naranjas. Pero no es así, ésta es su realidad en estado puro: intensa, desbordante, caleidoscópica y abrumadoramente apabullante. Un día cualquiera, así, sin más.

Kolkata_109_Franc-Pallarès-LópezSe acaba Cotton Street, llego a un cruce y no hay más calle por donde seguir ¿Me he perdido? Pregunto por el Mullik Ghat y veinte manos me señalan al frente, a la no-calle. Ante mi mirada incrédula -y mi insistencia- a las veinte primeras manos se le suman otras veinte manos más que me insisten meando al unísono la cabeza como sólo los indios saben hacerlo. Se retiran los carros, los camiones y la riada de gente y por un instante se asoma una minúscula puerta al otro lado: el camino. Debo cruzar aquel umbral para adentrarme en las entrañas de ladrillo de la mole de azul pálido. ¡Y en las entrañas de la ciudad encuentro otro bazar! Más estrecho si cabe, más denso, más irreal. Un bazar lleno hasta los topes pero sin el consuelo del cielo abierto. Serpenteo por el hormiguero intentando mantener el rumbo hasta que finalmente llego a la desembocadura. Un delta, tan fértil de vida y frenética actividad que hace las delicias de mi atormentada alma. Las calles, los viaductos, los camiones de carga y descarga que alimentan y se alimentan de los bazares. Tranvías rellenos de gente en plena hora punta. Porteadores paseándose con sus descomunales mercancías sobre la cabeza y al fondo, omnipotente, el gran Puente Howrah: poesía de los ingleses hecha de pura lógica y metal.

Ya está cerca, ya está aquí el río. Cruzar unas cuantas calles más, jugarse la vida un par de veces anticipando las trayectorias de media docena de vehículos dispares que parecen coincidir precisamente donde a uno le da por pararse a tomar aliento, y ya estamos listos: Mercado de Flores, de color y un ambiente inevitablemente descafeinado después del desbarajuste del que vengo.

Terriblemente agotado –es más mental que físico pero me pesa en el cuerpo lo mismo- no me queda otra opción que emprender el camino de vuelta, esta vez por la avenida principal, Mahatma Gandhi Road. No menos caótica, con aceras porticadas tan desbordadas que de hecho, andar por en medio la calle se me presenta como la opción más razonable –en última instancia, así lo hacen ellos-. La ciudad palpitando de forma espasmódica pero acompasada; un par de paradas más para tomar algunas fotos a unos encantadores señores que regentan una sastrería del tiempo de los ingleses, o de otros chicos que venden pantalones tejanos. Fachadas de edificios coloniales sobre las que incomprensiblemente siguen naciendo árboles; todas ellas cubiertas por una capa de tiempo y mugre. Algunas de ladrillo, muchas de hormigón mohoso que resiste mal a los monzones, y de vez en cuando alguna joya de marquetería venida a menos: balcones con aires mogoles que le dan sabor de oriente de las mil y una noches.

Kolkata, una ciudad tan exasperante como emocionante. Una ciudad que al rato te noquea con sus histerias y miserias, y al rato deja con el paso cambiado sorprendiéndote un domingo por la mañana con avenidas desiertas de hombres, que no de pollos…

Kolkata_066_Franc-Pallarès-LópezPollos. Miles de Pollos. Centenares de miles de Pollos. Todos los millones de pollos que parecen haber podido reunir en otro insensato ejercicio de exhibicionismo. Subiendo por Mirza Ghalib Street hasta Market Street los domingos por la mañana sólo encontrarás cestas y más cestas de pollos. Algún que otro humano también -claro-, vendiendo o carreteando manojos de pollos atados a lado y lado de su bicicleta. Y dentro del mercado más pollos si cabe. Y también enormes pescados –el mar no anda tan lejos-. Y también alguna que otra cabeza de ¿!Vaca!? -habría que ser hindú para comprender las connotaciones religiosas y humanas que tiene jugar con la cabeza de una vaca en Kolkata-. Y a pesar de todo este hombre juguetea con la vaca sagrada y exige su foto.

Perderse por los diferentes mercados es un macabro salto a una dimensión paralela tan repulsiva que te atrapa. Aunque pueda que la exquisita amabilidad de la gente ayude algo –estos rincones quedan lejos del trajín turístico y todos aquí son encantadores- y puede que ayude también la atmósfera de inframundo que se experimenta dentro de estos edificios neoclásicos, con sus órdenes y ritmos, impregnados de una densidad que se masca y remojados en una luz cenital etérea que a ratos tiene algo de místico. Lo repulsivo, con lo amable, con lo etéreo. Un cóctel de buenas sensaciones que me catapulta hasta la zona administrativa alrededor de Lal Dighi y a los márgenes del río. Otro mundo, neoclásico también, pero vacío, yermo. Todavía es demasiado pronto y Kolkata, la ciudad impracticable, se hace la remolona bajo las sábanas de domingo para seguirme deleitando con sus avenidas vacías.

Avanza la mañana, sigue subiendo el sol imparable y me acerco para echar un vistazo a ese río que dio sentido a la fundación de la ciudad, allá en la zona de los embarcaderos donde hay poco que ver más allá de la gente bañándose en las aguas color chocolate del Hooghly -a falta de agua, limpiarse en aguas sucias es mejor que no limpiarse-. De aquí al norte, serpenteando entre calles coloniales decadentes salpicadas de chabolas –tristes plásticos contra un muro- y talleres en plena vereda. Busco la Iglesia Armenia, vestigios de una Kolkata multicultural que una vez existió, y me sorprendo al encontrar el pequeño edificio impoluto sepultado por la ciudad nueva que se ve tan y tan vieja. Irrumpo discretamente por el lateral en pleno sermón del domingo, lleno hasta los topes de fieles de tez clarita. Un edificio mágico, tan blanco en una ciudad tan gastada; con el piso alfombrado en una ciudad de asfaltos desmigajados; alumbrado por decenas de lamparitas que caen del cielo. Cantan, ofician misa media docena de sacerdotes siguiendo el ancestral rito armenio y me maravillo al contemplar por este ventanuco otro pedazo de pasado atrapado en el tiempo.

De Armenia a China en sólo tres manzanas, en una China Town que brilla por la ausencia de ojos rasgados y hanzis –caracteres chinos- y en el que abundan las barbas largas y los trazos estilizados del Corán. Alguna mujer sepultada bajo un niqab negro destaca sobre una mayoría aplastante de hombres en plena zona musulmana –curiosamente en la Kolkata hindú también cuesta ver mujeres por la calle-. Retratos de la Meca presidiendo todas las tiendas y restaurantes, y en el momento de la oración, un estallido atronador de almuecines compitiendo fieramente por la clientela no hacen más que alejar los pocos vestigios que pudieran quedar de esta supuesta colonia China. El barrio es de lo más intenso y sugerente, pero se me acabó el tiempo: el implacable sol del trópico ha alcanzado su cenit dejando las calles sin sombra bajo la que refugiarse.

Huyo al sur de la ciudad, de vuelta a mi glamurosamente decadente habitación roja. Huyo a por mi ducha de agua fría y mi siesta en cueros bajo las aspas del ventilador que baten sin parar a la espera de que llegue la tarde, y con ella el cielo se vuelva negro y descargue la nueva tormenta proveniente de las aguas del Golfo de Bengala. Las aguas de las que bebe el Maidan, el gran parque de Kolkata, un jardín asilvestrado, un gran manto verde salpicado por grandes árboles que cumple la precisa función de devolver algo de esperanza a una ciudad que se ahoga sobre si misma. El lugar para pasear a caballo oliendo a hierba fresca tras el chaparrón; prados donde revolcarse y celebrar las victorias de cricket; algunos arbustos tras los que esconderse en compañía de las discretas mujeres que ofrecen sus servicios al mejor postor.

Kolkata_094_Franc-Pallarès-LópezTodos llegan al Maidan en busca de un respiro, huyendo de la obstinada la ciudad arisca, porque soñar sale barato y en el Maidan es más fácil: a lo lejos, sobre un mar alborotado de copas verdes, tintinean contra el cielo azul cúpulas de mármol blanco. Un espejismo que aún siendo físicamente real es, por su concepción y su entorno, reflejo de una pantomima de vanidades vagas. Un monumento a una emperatriz muerta, que siempre estuvo vacío y que llegó tarde a una ciudad pobre faltada de casi todo. El Victoria Memorial es el espejismo que completa Kolkata, la paradoja última que da sentido a ese todo. Al igual que el espejismo del oasis es precisamente la ilusión que manifiesta la realidad última de la crudeza del desierto, así el Monumento a la reina Victoria es, en su absurdidad, la culminación que pone en evidencia la brutalidad y la precariedad de Kolkata. Una ciudad exhausta que es al mismo tiempo esperanza y desazón para los millares que día tras día siguen llegando del campo en busca de ese futuro mejor que sencillamente no existe. Esperanza y desazón también para los que ya nacieron atrapados en esta maraña de la que posiblemente nunca lograrán escapar.

Intentando hacerle comprender a una buena amiga de Barcelona mi paso por Kolkata, le contaba algo tal que así:

“Imagínate que te colocaran en el centro de una habitación cuyas paredes, techo y suelo, estuvieran todas forradas de pantallas. Imagina que todas estas pantallas encendidas al mismo tiempo proyectaran a todo volumen cada una algo distinto, e imagínate por un instante que para colmo todas y cada una de esas pantallas emitieran algo que a ti te pareciera irresistiblemente interesante: dulce, brutal, bello, angustiante, putrefacto, alegre, decadente, elegante, tierno,… ¿¡Te lo imaginas!?”

Pues así es como me sentí en Kolkata cada vez que salí a la calle durante los 10 días que pasé en esta ciudad, que a pesar de sus muchos pesares, fue mi bautizo en la India y uno de mis grandes amores en este viaje.