Soñé con banderines & seppukus. Tunxi, China

Un sueño, unos más de los muchos que me asaltan cada noche, y aún así vaya Uno.

A lo largo de mi vida los sueños nunca han sido premonitorios pero sí definitorios. Siempre han acabado por mostrarme claramente y sin tapujos lo que sin saber yo ya sabía. Han actuado como una especie de simulador emocional de la realidad, poniéndome al límite para experimentar en mis propias carnes situaciones extremas en el inocuo universo virtual de los sueños y así poder acabar comprendiendo mi realidad en ese momento dado. Empecemos pues:

 “Desconozco el entorno o la situación. El caso es que tengo frente a mí una mesa recostada sobre una pared y en esa pared hay un montón de telas de colores. Estoy a punto de suicidarme, mediante el ritual seppuku japonés -niños no me lean a Mishima!- que consiste en abrirse el estómago en canal con una espada corta. El caso es que al final no lo haré pero en su lugar tomaré un veneno que me matará. Todo está dispuesto, no hay motivo aparente y yo estoy en calma. La razón no está clara pero tampoco es el Tema. El ritual dispone que deje una especie de recuerdos o banderines de despedida a mis seres queridos donde les dirijo mis últimas palabras y me despido para siempre. El número de banderines es limitado y tengo que escoger de quién me despido y es aquí donde viene el problema. Hay demasiada gente a la que le quiero decir cosas que no dije en vida y de repente, con lágrimas en los ojos, me doy cuenta que prefiero vivir y decírselas en persona. Lo que ocurre después es irrelevante y ya no lo recuerdo. Fin del sueño“.

 

La escalera a Huangshan. Anhui, China

Finalmente salgo de la ciudad para ir al campo y la primera parada es Huangshan, las Montañas Amarillas. Fue toda una apuesta logística viajera invertir 4 días y un incremento presupuestario para desviarme de mi ruta y venir a las que posiblemente sean las montañas más bellas de toda la China. Para llegar aquí decidí seguir apostando fuerte y compré billete en clase turista para uno de los trenes de provincias chinos en un trayecto de 13 horas desde Shanghai en un vagón donde el único “demonio blanco” fui yo.

En todo momento estuve flanqueado por 3 abuelitas chinas, que podrían haber sido encantadoras pero que resultaron ser bastante cerditas. “Las 3 abuelitas cerditas y sus 6 nietos encantadores pero también cerditos”. Éste podría ser el título de un cuento, pero fue una cómica pesadilla en la que los 9 miembros del clan se debatían en un tragar y regurgitar comida sin parar. Patas de pollo, pipas, verduras y restos de arroz pasaban de los platos a las bocas y de las bocas al suelo del vagón. Entre tanto y a cada rato una sufrida limpiadora barría y cual artistas contemporáneos enfrentados al desafío del lienzo en blanco, las abuelitas y los nietos recomponían nuevas constelaciones y ensayaban nuevas variaciones de basura en el piso.

Este happening espontáneo tan solo se interrumpía al paso del vendedor de calcetines ambulante con su carrito y sus dramáticas y sentidas demostraciones de uso y resistencia. Y este happening tan solo se interrumpía por el paso del carrito de la comida. Todo era susceptible de ser comprado y devorado por este clan incapaz de saciar sus ansias por comer.

Y todo esto tenía lugar de forma aislada y tangente al resto de la vida del vagón que permanecía en condiciones decentes y que asqueados y fascinados miraban de reojo a nuestra hilera y se cubrían las narices al tener que pasar junto a nosotros. Fue agotador pero fue divertido, y cuando pasada la media noche llegué exhausto a Tunxi mi sentido común me decía que me duchara, pero fueron mis entrañas las que asqueadas se retorcieron cuando tras la ducha reolfateé mi camiseta.

El primer trayecto en minivan hasta llegar a la base de la escalera fue precioso. Me encontraba por primera vez en medio de una zona rural china, con sus montañas tapizadas del verde de bosques de bambú, de plantaciones de té y de pinos. Y aguas en forma de ríos y niebla y lluvia. ¿Lluvia? Y es que resulta que en China hay tifones, los mismos que me recibieron en Shanghai, pero que no satisfechos con aguarme la fiesta allá, pensaron también que podrían añadir colorido las anécdotas de mi paso por estos parajes. Y se cebaron, vaya que si se cebaron…

Vista desde afuera, mi ascensión por “La Escalera” podría definirse como penosa. Vivida desde dentro tuvo momentos de rabia, desesperación y determinación ibérica. Fueron 3 horas casi sin parar subiendo por una escalera eterna. 3 horas en las que no paró de diluviar, haciendo de cada escalón un salto de agua y de cada tramo una cascada. 3 horas en las que mi visibilidad fue cero por la niebla, por las gafas empapadas y por la capucha de un chubasquero de usar y tirar que me protegió de la lluvia pero que me coció en los vapores de propio mi sudor. Con toda la ropa completamente empapada de agua y de sudor llegué finalmente a la cumbre, deshidratado y dispuesto a pagar cualquier precio por una botella de agua. Y bebí y bebí, y pensado que ya había llegado pregunté por el hotel donde había hecho la reserva suponiendo que las cumbres de las montañas son siempre una. Pero en Huangshan son varias, muchas, demasiadas. Durante un hora más deambulé por los caminos, malprotegiendome del viento y de la lluvia con un paraguas barato y maldiciendo los elementos a viva voz. En algún momento, en la nada en la que te deja la niebla, el cansancio y los brotes de desesperación, me crucé con un par de occidentales vestidos de los pies a la cabeza con la última tecnología en ropas de montaña, y maldiciendo mi no-previsión y mi estupidez llegué finalmente al hotel.

La habitación con su ducha de agua caliente, sus toallas limpias y sus sábanas calientes había sido el único rayo de esperanza al que me había aferrado durante las 4 miserables horas, pero resultó ser un cuarto de literas en un edificio anexo. En el pasillo se apilaban montones de zapatos empapados que pretendían secarse. Todos me miraban sorprendidos con una mezcla de lástima e incredulidad. Allí estaba yo, a las 5 de la tarde, goteando y jadeando y sin ropa de recambio. En un acto de soberbia ignorancia había decido cargar con lo justo, y lo justo no planteaba tifones en la cumbre ni mudas secas, ni toallas. Me quité las ropas, las escurrí como pude en el baño y en calzoncillos de estrellitas me quedé en aquella habitación con siete hombres más y un televisor que no dejaba de tronar. Me envolví en las mantas para intentar entrar en calor y me aislé en mi burbuja musical mientras esperaba a que pasaran las 14 horas hasta el nuevo amanecer.

Iluso de mí no perdí al esperanza de un día soleado. Iluso de mí creí que los tifones se iban como se va una tormenta de verano. Amaneció más gris que el día anterior y no me quedó otra que ponerme de nuevo las prendas empapadas y salir al paso para conseguir llegar al teleférico y salir de ese infierno en las nubes. Me hice con un mapa nuevo, pues el viejo se había deshecho en mis manos el día anterior, y aún así tardé una hora en encontrar el maldito teleférico. Escaleras arriba, escaleras abajo. La desesperación de la tarde anterior había hecho que este último tramo en la montaña me pareciera más corto de lo que realmente era.

Destruído y encantado de la vida por haber escapado del infierno, me vuelvo a reconciliar con el mundo y con China. Primero con mi compañera de cabina. Una señora que emigró y que después de pasar por Lyon ahora vive en Minesota pero que ha vuelto para ver a su padre de 80 años, arquitecto también, y que por el aspecto que tiene podría pasar por 65. Su consejo cuando le pregunto por el secreto: ”No estresarse”. Lo tomo como una broma de los dioses y pienso en lo bien me habría ido este consejo unas 16 horas antes cuando andaba maldiciendo absolutamente todo en medio de esa Escalera me llevaba directa hacia el infierno en las nubes.

Ya luego en el bus de regreso a Tunxi, mi compañero de asiento es un chaval que viaja con su novia por el país y que empezará la Universidad en septiembre. Después de charlar un rato abre su bolsa y me obsequia con una barrita de chocolate. Como un niño chico me relamo los labios manchados de cacao mientras miro por la ventana y ya me río de lo que me pasó en la montaña, y me relajo y me re-enamoro de este país y de esta gente.

¿Cuánto vale un recuerdo? Hangzhou, China

¿Haber vivido algo hace mucho tiempo nos da autoridad para hablar de ello? Hará unos días, mientras callejeaba por Pekín me preguntaba qué quedará en mi recuerdo de todo esto, cuál será la versión que rememoraré en mis días que están por venir.

Tengo la no triste, pero sí melancólica sensación de que todo lo vivido sólo servirá para moldear mi carácter de un modo más sutil, pero que los recuerdos en sí mismos tendrán poca validez a la hora de actuar porque serán vanos, inciertos y edulcorados por el paso de los años. Mi carácter torneado por estas vivencias dará respuesta a cada momento como consecuencia de la realidad vivida pero sin poderla tener como referencia concreta o como punto de apoyo.

Tengo la sensación que usamos un pasado novelado para justificar actitudes y necesidades presentes. Y tengo la sensación que este escrito no es más que un estadio más en ese proceso de asimilamiento y digestión existencial viajera.

Ahora no recuerdo cómo, cuándo ni dónde, pero un día vi a un niño reír, reír con todas las ganas con las que un niño chico puede reírse, y se me pasó por la cabeza la pregunta “¿Cuánto de esta risa quedará en este niño cuando crezca?”. Fue un chispazo y tal como vino se fue. Me pareció simple, pero ahora que lo pienso el tema está cargado de trasfondo. ¿Hasta qué punto lo que somos viene determinado por lo que hemos vivido o viene determinado por lo que creemos y recordamos haber vivido? ¿Cuánto vale realmente un recuerdo?

Y todo esto viene a mi cabeza a las orillas del Lago de Oeste en Hangzhou, mientras espero a que pase el chaparrón e intento disfrutar cada momento de este viaje, consciente que de los 1000 instantes vividos cada día, la mayoría se desvanecerán para siempre el preciso instante en que suba al próximo autobús.

Ciudades amables & ciudades hostiles. Hangzhou, Shanghai & Suzhou. China

¡Y es que parece mentira! Cuando las cosas se ponen del revés volver a reconducirlas no es fácil, pero tampoco imposible. Éste viene siendo un poco el ejercicio en general: reconciliación con Shanghai, con los chinos y con los tifones. Mil historias que no caben en un post pero que intentaré resumir.

La primera parada fue en Hangzhou. Primera experiencia totalmente solo en un vuelo lleno de locales y ejercicio superado de llegar del aeropuerto al hostal sin hablar palabra de chino. La ciudad muy grande -éste es un país lleno de mega-ciudades totalmente desconocidas en occidente- y la zona del Lago del Oeste sorprendentemente bonita, extremadamente bien cuidada y con buen un gusto que escasea en estas tierras. Pasé todo el día paseando por los parques, los templos, los jardines y pasando un calor infernal. La humedad debía ser del cien por cien y estuve permanentemente empapado en sudor. La jornada la cerró una velada en un Jazz Club con banda en directo y encantadora y bella compañía fruto del CouchSurfing, no si antes darme un paseo por el mercado nocturno y ver como en una de las principales explanadas una formación de señoras maduras movían el esqueleto a ritmo de techno.

¿Y Shanghai? Pues la verdad es que tuve un gran desencanto. No sabría cómo explicarlo pero tuve la sensación que quien estaba pensando la ciudad tenía la cabeza en otra parte. Me pareció un lugar totalmente invivible excepto por los dos motivos que me refería todo el mundo con quien hablé. Por un lado las grandes oportunidades económicas y laborales. Por el otro la increíble fiesta nocturna que deriva de las altas rentas. Y sigo preguntándome dónde quedan la calidad de vida y las otras bondades por las que nos gusta vivir en un lugar y no en otro. La ciudad propiamente dicha tampoco me impresionó. Nada comparado con el skyline de Nueva York, ni de lejos. Todo está fuera de escala y la gran mayoría es de dudoso buen gusto. Tuve la sensación que realmente todo está a medio cocer y que posiblemente dentro de unos años, cuando este consolidada, ofrecerá algún rostro claro. La extraña bienvenida, las lluvias tifónicas que azotaban la ciudad y una muy incómoda experiencia con mi host de CouchSurfing me hicieron venir ganas de salir por patas de ese lugar.

Pero antes de abandonar definitivamente Shanghai me acerqué a Suzhou, la Venecia de Oriente. Suzhou está en proceso, si es que no ha concluido ya, de convertirse en otro parque temático turístico a la china. La gran parte de los canales se secaron hace tiempo y son calles, amplias zonas de la ciudad vieja fueron derruidas y ahora empieza la “recuperación” y la “reconstrucción”. Son esos procesos que no se sabe bien cómo acabarán. La ciudad y sus jardines Patrimonio de la Humanidad están inundados de turistas chinos que corretean y hacen gala de la más absoluta falta de respeto: parecen no ver diferencia alguna entre Disneyland y El Jardín del Administrador.

Pero a pesar de todo y de la marabunta que vocifera en los enclaves principales, Suzhou bien merece una visita. Sus jardines, su arquitectura y sus canales y callejones permiten captar la esencia de lo que aquello pudo llegar a ser. De aquel mundo de comerciantes cultivados que fomentaron las artes y el refinamiento y hicieron de Suzhou un pequeño paraíso urbano en la tierra. Lo mejor de una civilización plasmado en unos ideales que se materializaron en las casas de los grandes señores y comerciantes y en sus jardines.

Gracias a los dioses al final también tuve mi momento de reconciliación con Shanghai, y es que después de salir de fiesta con Indy -debota CouchSurfer– y acabar en un bar de reagge con un grupo variopinto en la otra punta de la ciudad, un servidor, algo entonado, consiguió que el bendito taxista le llevara de vuelta a casa. Todo un reto que tuvo final feliz.. Posiblemente éste fuera el momento más dulce de todos. La vuelta a casa, pasadas las doce, cruzando la noche veloz sobre la maraña de viaductos, cruzando y dejando atrás el mar de torres chispeantes reflejadas en las mil superficies de la megalópolis empapada de lluvia.

Pekín que se llama Beijing. China

Ahora ya puedo decir que Pekín me ha enamorado, pero todo sea dicho, no ha sido nada fácil. Han sido necesarias casi una semana y una caleidoscópica variedad de situaciones para llegar a esta conclusión.

Nada más aterrizar, la ciudad se me presenta inmensa y extraña. Una niebla espesa lo cubre todo y literalmente, más allá del margen de la autopista no se ve nada. Un muro de árboles separa el asfalto del vete tú a saber qué. Y mientras nos vamos acercando al “centro” empiezan a emerger de entre la niebla torres y más torres de edificios que se esfuman en la nada a la misma velocidad que aparecieron. Mi primera impresión es la de un lugar fuera de escala, a la americana, pero más impersonal. Todo está lleno de edificios esparcidos sin ton ni son, mediocres la mayoría, a lado y lado de mega avenidas que parecen más autopistas que calles.

Ésta es la ciudad que conozco durante los primeros días. Combinada con la zona en la que vive mi amiga Nazuki con su pareja y donde estaré acampado las tres primeras noches. Es una zona de grandes complejos de torres impersonales rodeadas de jardines y aisladas en medio de la nada. El novio insoportable resultará ser en realidad un ex, y un maltratador, y acabaremos huyendo literalmente de él a un hostal al cabo de los tres días. Durante este tiempo no he visto el sol y la ciudad me parece un lugar invivible pero es entonces cuando empieza la transformación.

Es después de conocer a los compañeros de trabajo de Naz, de acabar bailando flamenco sobre una mesa durante la inauguración de un bar de tapas y de haber podido visitar trocitos de la otra Pekín. Esa Pekín que va más allá de los grandes monumentos y las glorias nacionales. La Pekín de los parques, de los hutongs -zonas residenciales tradicionales- y sobretodo después de ver por todas partes como los pekineses se toman la vida con una pachorra envidiable. Su falta de complejos y el buen rollo que desprenden me hace venir ganas de aprender chino para poder comunicarme con ellos.

La huída al hostal viene seguida de una cenita guay en casa de otros amigos y allí empiezo a volver a comprender aquello de que las primeras impresiones, si bien pueden ser ciertas, siempre son parciales. Gente guay, comida guay, música guay y después de una sesión de racismo chino-japonés con el portero de un bar, conseguimos rematar y cerrar la noche encima de un tejado, con una copa de vino en la mano y una ciudad en calma que duerme a nuestros pies. Este tejado será precisamente el techo de mi última casa en Pekín donde nos mudaremos al día siguiente para pasar un par de noches más.

Mi estancia culmina con una cena formal en un buen restaurante. Buen ambiente y buena conversación entre Nazuki y un amigo suyo sobre los fascismo en sus respectivos países, Japón y Alemania. Poco tengo que decir, me callo, escucho y aprendo. Y mis últimas horas las pasamos tomando una última cerveza en un bar de esos con personalidad propia, lleno de bohemios locales y que pone el broche de oro a esta conquista.

Sí, Pekín me ha conquistado. Me parece un buen sitio para vivir a pesar de las duras condiciones climáticas. Una ciudad muy de personas y de buenos sitios donde vivir, comer y beber. Volveremos a vernos Pekín, dalo por hecho.