Noches de blanco satén. Pulau Perhentian, Malasia

Ha bajado la marea y me parece que, si quisiera, podría andar por el mar hasta el fin del mundo. Y si bien mirar hacia adelante es importante no menos es mirar de vez en cuando hacia atrás, por aquello de no perderse en uno mismo, o en este mi caso, dejar la orilla de la pequeña Pulau Perhentian demasiado lejos. Serán como las 3 de la madrugada y brilla en el cielo una espectacular luna llena. El agua del mar que me llega por ombligo está tibia, algo fresca, lo justo para sentir el cuerpo en tensión. Todo el universo a mi alrededor está envuelto en un silencio roto por el suave chapoteo del mar contra casco de los botes. Todo el universo en calma y bañado en plata en esta noche de blanco satén.

Cuánto tiempo ha pasado desde que nos dimos las buenas noches y todos fueron a dormir no lo sé. En este momento de eternidad me dejo perder en esta noche tropical de mediados de mayo. Una noche que, como la de ayer y la de mañana, la pasamos en la playa, junto a las hogueras, bebiendo, bailando, charlando, bailando y gozando de la vida como se sólo se puede gozar en una pequeña isla de aguas turquesas, cocoteros y alojamiento barato que raya la indigencia.

En esta islita que se cruza en diez minutos lo pasé a lo grande en compañía de un francés cuyo nombre ya olvidé, y con dos soles del norte: Asta, noruega, y Ana, polaca. Asta, una jovenzuela con escasos 21 años, fotógrafa y abandonada por el momento a una vida nómada por el sureste asiático fotografiando payasos en sus más bizarras variantes. Ana, una polaca de piel tostada por el largo sol del que viene gozando desde hace meses, con una sonrisa cálida que ilumina la escena pero con una mirada glacial que refleja algo que callan sus palabras y que revelan sus maneras. Una superviviente nata que se curtió para tirar pa’ lante, lo mismo que suaviza sus formas cuando ya se siente relajada. Todo un desafio a la inteligencia –porque de tonta no tiene un pelo- y la mano izquierda –porque disfrutar de su compañía sin sufrir percance alguno requiere temple-.

Días de levantarse tarde para darse un baño, leer a la sombra antes de darse otro baño o ir a almorzar al centro de la isla al único bar que tiene internet y que no te cobra un ojo de la cara. Días de dejar que pase el tiempo hasta que llegue el atardecer para cruzar de nuevo la islita e ir a ver al muelle cómo se pone el sol por el occidente. Días que son los previos de las noches que dan comienzo con la proyección de la película petarda de turno que es la excusa para encontrarnos a una hora y en un lugar antes de asaltar los chiringuitos que prenden música en los altavoces y fuego en la playa.

Y por si Asta y Ana no fueran suficiente, van y aparecen de nuevo el Cuarteto Calavera. 4 huracanes catalanes que conocí en Taman Negara y que reaparecen con el estruendo de sus risas en las Perhentian. Patty –con quien resulta que compartimos conocidos de instituto y una buena amiga de universidad-, Alba, Helena y Marta. Los dioses han querido ser generosos conmigo y uno de los días lo paso en compañía de estas 4 espléndidas mujeres de mundo buceando alrededor de la isla. Buceando a tubo y a pulmón para acabar viendo tiburones de un par de metros, nadar con tortugas de mar, quedarme embobado en jardines de colar que desafían cualquier teoría del color que pudiera haber aprendido. Y rematando la jornada  al atracar en un playa que bien podría ser ibicenca o catalana, para ver centenares de anémonas y peces payaso, y un gigantesco pez loro que se pegó un susto conmigo casi tan grande como con el que me pegué yo con él.

Mi paso por las Perhentian -este pequeño paraíso frente a la costa oriental de Malasia- hubiera sido redondo de no haber sido, una vez más, por esta cámara que me ha vuelto a fallar. Frustración, rabia e impotencia que no consigo contrarrestar por mucho que lo intente. Frustración, rabia e impotencia a las que finalmente consigo sobreponerme dejándome mecer en un mar a oscuras de aguas tibias, algo frescas, en una chispeante noche de luna llena que bañó mi mundo entero de un inolvidable blanco satén.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

4 Comentarios

  1. que grande la “do it yourself guest house” de la Coral beach, ¿sigue aun el gato blanco merodeando la hamaca del dueño?…buen viaje. colega de profesión

  2. muy chulo el blog, me encantan las fotos.
    SI te vale, yo la entradilla que pones al inicio de cada entrada, la pondria un poco mas grande porque en algunos terminales se ve demasiado pequeña
    un saludo

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