Me siento en Ruta. Banda Aceh & Takengon, Indonesia

Vuelvo a estar en ruta. He vuelto a la carretera, a los nuevos paisajes desfilando por la ventana del autobús, a las nuevas camas de hotel barato que son a fin de cuentas mi casa, a volver a empaquetar de nuevo al amanecer, siempre al alba. Estoy en ruta, me Siento en Ruta.

Hace ya 4 días ya que dejé atrás Lampu’uk Beach y mi pequeño nuevo hogar de quita y pon, atrás me queda ya la pequeña rutina que había logrado construir. Esta noche mi bungalow ya no será azotado por los inclementes vientos del Índico, esta noche mi bungalow aparece envuelto entre las livianas brumas del valle del Río Alas. Se ha puesto el sol tras las montañas verdes del corazón de Sumatra y, corrido el velo de la jornada, jirones de bruma toman el valle alzándose sobre el gran río, suspendidas en el aire, como por arte de magia, a la luz de la luna.

Estoy en ruta, me siento en Ruta. 4 jornadas hace ya que dejé atrás Lampu’uk Beach. Dos las pase en Banda Aceh, dos más viajando a través del corazón de esta isla que me tenía enamorado antes de venir y que me sigue enamorando a cada recodo de la carretera, a cada alto en el camino, con cada persona con la que me cruzo.

Banda Aceh, una ciudad antigua renovada por completo de los pies a la cabeza. El famoso tsumani de las navidades del 2004 que azotó los márgenes del océano Índico tuvo su origen frente a las costas del norte de Sumatra y fue aquí donde golpeó con más fuerzas. Más de 150.000 víctimas de un plumazo y más de medio millón de personas sin hogar –se dice rápido- todo en apenas unos minutos y sin previo aviso. La ciudad arrasada y una población devastada. Cargueros tierra a dentro a más de dos kilómetros de la costa y barcos de pesca colgados del tejado de las casas.

Han pasado ya casi ocho años de aquel fatídico 26 de diciembre y cuesta creer que aquí hubiera habido ese nivel de devastación de no ser por un Museo del Tsunami muy futurista pero cerrado a cal y canto, y del par de barcos varados tierra a dentro que han sido convertidos en una especie de parque temático turístico. Por lo demás ni rastro de la ola gigante, ni rastro del desgarro en todas y cada una de las familias ¿Ni rastro?

Voy montado en un labi-labi –furgoneta local con asientos en la parte trasera- y el indonesio de turno me somete al interrogatorio habitual: ¿A dónde vas? ¿De dónde eres? ¿Estás casado? ¿Viajas solo? ¿Cuál es tu trabajo?… Es majo como todos los indonesios que me he encontrado hasta el momento y contraataco con mi batería de preguntas. Fajar tiene mi edad y es de un pueblo a las afueras de Banda Aceh. Está casado y tiene 2 hijos, uno tiene 11 años, el otro murió en el tsunami… Pero él sigue teniendo 2 hijos, aunque uno ya no esté, y aunque aquí nadie hable del tsunami. Al tsunami de muerte y destrucción le parece haber seguido otro de olvido y de ganas de querer mirar al futuro.

Un tsunami que fue trágico pero que no sólo trajo muerte, que también trajo la paz a este rincón de la extensa y diversa Indonesia que durante años clamaba por su singularidad y su independencia. La tragedia hizo que las fuerzas rebeldes del GAM (Gerakan Aceh Merdeka – Movimiento Aceh Libre) y el gobierno de Jakarta depusieran las armas y firmaran la paz en pos de trabajar juntos por el futuro de la población ante la catástrofe. La provincia de Aceh es ahora baluarte del Islam de la ya muy musulmana Indonesia, el primer lugar del sureste asiático en el que desembarcó junto a los mercaderes gujaratis de la India y donde hoy en día se aplica la sharia, la ley islámica.

Pero a pesar de su supuesta radicalidad y de la constante llamada a la oración por toda la ciudad, en Banda Aceh se respira un ambiente muy relajado por las calles. Hay poco que ver, la verdad, y más allá de callejear un rato y de asomarse a sus mercados y los puestos callejeros, lo más destacado de la ciudad es una mezquita del tiempo de los holandeses -construida para ganarse el favor de los locales tras años de conflictos- que destaca por su elegancia y su singularidad y que parece condensar todo el sabor de Las Mil y una Noches con el temple del trópico. Una mezquita coronada por cinco cúpulas de color regaliz, cubiertas de teja roja y paredes blancas rematadas por un catálogo de finos trabajos de marquetería. De día y de noche, la Gran Mezquita de Baiturrahman y los mercados que la rodean son el centro y el alma de esta pequeña ciudad costera que teniendo poco que ver a mí me dejo buen sabor de boca.

Dos días en Banda Aceh y dos días en la carretera camino de Ketambe, la puerta trasera del Parque Nacional Gunung Leuser donde residen los “pequeños hombres rojos”. Dos buenos días de carretera en transporte local, en furgonetas abarrotadas hasta la bandera de lugareños risueños y pacientes cargados con montones inimaginables de fardos y paquetes.

Mi primera jornada arranca con una espera de más de una hora en la estación de bus, a la que le siguen casi 2 horas dando vueltas por toda la comarca de Banda Aceh recogiendo a cuatro encantadoras señoras para acabar volviendo a la estación de autobuses a la que había llegado 3 horas antes. Esto es Indonesia y aquí todo el mundo se lo toma con calma. Arrancamos finalmente y nada mejor para amenizar el viaje que un buen disco de música techno a todo volumen que parece hacer las delicias de todos los pasajeros sin importar la edad. Si no puedes contra el enemigo mejor únete a él, así que ya puestos liémosla parda con las 4 señoras que son 4 maestras camino de Takengon para pasar el fin de semana con sus familias, y que aún estando entradas en años, mantienen una marcha y un buen ritmo envidiables. “Niño que me comas esta fruta”. “Niño que si quieres un coco que nosotras vamos a comprar”. “Niño toma de este pastel que allí España de esto no tenéis”. Así me tratan, como un Rey. Ellas sin hablar inglés y yo sin entender nada de Indonesio.

El paisaje es aburrido mientras seguimos paralelos a la costa camino de Medan, pero al llegar al cruce que nos desvía hace el Valle del Alas la cosa empieza a cambiar. Ganamos altura y el paisaje se vuelve jungla exuberante de palmeras que me recuerdan a palmones de pascua, de escenas de río y merenderos al atardecer y de aldeas coloradas a los márgenes de una carretera que está fuera de las rutas del turismo. El alma de Sumatra en estado puro al atardecer mientras se pone el sol tras la sierra y los lugareños se sientan al umbral de sus casas para charlar con los vecinos o mirar a los niños corretear frente al patio de tierra batida. Casitas de madera coloradas, niños aquí y allá con camisetas del Barça, con los nombres de Messi o de Xavi, una abuela que juguetea con sus nieto tras el último rayo de sol. Estoy en ruta, me siento en Ruta.

Parada técnica nocturna en Takengon, en un hotel más cutre que humilde en el que sólo dormiré para despertar y caminar de nuevo hasta la estación a la búsqueda de un transporte que me lleve hasta la otra mitad del camino. Una segunda jornada de junglas que a cada rato se mezclan con paisajes alpinos que me dejan fuera de lugar. Indonesia será extensa y variada, pero ya la misma Sumatra no deja de sorprenderme. Carretera y manta, y más aldeas pintadas de colores con las más inusuales combinaciones que contradicen todos los cánones y de las que me estoy quedando prendado.

Esta tierra rezuma exuberancia y aislamiento aún estando sorprendentemente bien conectada. Esta tierra es la antesala de mi próxima parada: el villorrio de Ketambe que acabó siendo un trozo del camino del que colgaban desperdigadas algunas casas, unas cuantas ovejas y algún bungalow para turistas fuera de temporada en busca de jungla. Un parada en el camino junto al río Alas que perezoso pero implacable serpentea paralelo a la carretera y sobre el cual, noche tras noche, la niebla se levanta espoleada por el murmullo del agua a la luz de una luna que siempre consigue hacerme sentir en casa. De nuevo, y tras mis dudas y mi parón en Lampu’uk, no sólo estoy en ruta. Siento la alegría ante la incertidumbre de un nuevo día, los nervios y la excitación al llegar a un nuevo destino, el volver a ser capaz de saborear y ver al dios de las pequeñas cosas a cada rincón en el camino. He recuperado la ilusión y por fin vuelvo a sentirme en Ruta.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

7 Comentarios

  1. me fliiiiipan las fotos :) sobre todo la de Barcelona Nasi Goreng jeje qué buena!

    • hehe La verdad es que flipé bastante al encontrarme con el Chiringuito en cuestión justo ya antes de irme para casa a dormir. Lo del Barça y los indonesios es algo que cuesta de entender… Devoción es la palabra que más se acerca ;D Sin ser futbolero no veas el partido que le he sacado a lo de “I’m from Barcelona” :P

  2. Andreu

    Grande Franc! :)

  3. Eso siempre! No sabrán dónde está España, pero el fútbol…lo tienen todos clarísimo! Lo mejor eran las camisas de batik con el escudo del Barça en Yogya, no se podría ser más hortera pero tenía mucha gracia!!!
    Buen viaje :)

  4. Boníssim, com sempre. I boníssim també el Nasi Goreng, així que imagino que el Barcelona Nasi Goreng ja era la òstia, no?

    Una abraçada company!

    • Barcelona Nasi Goreng, que és com Nasi Goreng Standard però entre dues torrades de pa de pagès amb pa amb tomàquet i una miqueta d’all i oli per acompanyar ;D Després de la bomba atòmica, això! ;)

      Cuidat’!

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