Me despedí de Camboya con Luz. Kampot & Kep, Camboya

“La luz es como el agua” se titula uno de mis cuentos favoritos de Gabriel García Márquez. Ese día, aquel rincón del mundo fue pura Luz. El cielo era como una cáscara de huevo que alguien pintó de azul por dentro. Una superficie lisa y homogénea con algún girón de nube y arriba del todo un orificio que derramaba luz y más luz. Fue una pura lluvia de luz que caía implacable y vertical a la hora del ángelus, una lluvia que lo llenaba todo y que rebotaba sobre el manto rugoso de las salinas para volver a caer una y otra vez.

El Sol ha dejado de ser el Sol para convertirse en el pozo por la que mana el preciado líquido. El paisaje es plano y, salvo alguna montaña contra el horizonte, está vacío, es Vacío. Los humanos han huido a sus madrigueras y los cobertizos de palmeras y cañas donde se almacenan los montones de sal son los únicos testimonios del paso de la civilización. Esto bien podrían ser las afueras de la Ciudad de los Inmortales de Borges, pero no es más que un rincón del mundo con el que tropecé por casualidad durante mi último día en Camboya.

Me despedí de este país con tres atardeceres en Kampot y una escapada a Kep que me llevó hasta la Playa de Angkaul. Me despedí de Camboya con esos tres días de descanso y trabajo que sistemáticamente terminaban sentado en una terraza frente al río al atardecer. Durante la mañana, la divina rutina de los quehaceres frente al ordenador intercalada con siestas y lecturas en la hamaca. Al caer la tarde, mientras el calor aflojaba y las tormentas daban paso de nuevo a la calma, me calzaba las sandalias y agarraba mi Kindle para regalarme una cena y unas cañas en el frente rivereño de la soñolienta Kampot, una más de las poblaciones de origen colonial que pueblan Laos y Camboya. Dejadas de la mano de diós, con una arquitectura que nunca quiso impresionar pero que conservó algo de ese buen vivir relajado a medio camino entre oriente y occidente. El río es el Kampot, pero bien podría ser el Mekong de Kratie, Stung Treng o Thakek.

Tiempo para no pensar, para hacer borrón y cuenta nueva cara a las semanas en Vietnam que están por llegar. Pero inevitablemente, tiempo para hacer repaso de este mes cruzando Camboya, un mes que la intensidad y la cantidad de las vivencias han convertido en mucho más que treinta días. Las experiencias, los momentos y las reflexiones se van asentando lentamente al tiempo que mi caña de cerveza angkor se evapora en este sol. Kampot, una más de esas ciudades que tiene trampa y de las que si no esperas nada puedes llegar a disfrutar en exceso. Después de 3 días estancado en un ir y venir del río al hostal y del hostal al río decidí alquilar una moto y acercarme hasta el Mar.

Kep era mi destino. Camboya también tiene mar y costa y mariscos y algún que otro centro turístico decrépito destino de hordas occidentales en busca de esa decadencia y desmesura que da cuerpo a sus vivencias por el sureste asiático. Por suerte Kep es el polo opuesto. Kep no es más que un trozo de costa con algunos restaurantes locales frente al mar y junto al mercado donde a diario descargan las barcas de pescadores. Kep es un trozo de costa con palmerales bajo los que algunos hoteles y casas de huéspedes ofrecen la posibilidad de escapar de todo y no hacer nada. Kep es sólo un pedazo de costa, y ni es el más bonito ni el más impresionante de toda la zona, pero algo había en el ambiente y en esa relajada dejadez que me hizo arrepentirme de no haber pasado, al menos, una noche allí.

Las marisqueras, el mar y las barquitas eran la pared de fondo en la hilera de restaurantes, y en éstas pensé que para recuperar el tiempo perdido debería al menos homenajearme con un buen pescado a su lado. Pero entonces no sabía que la jornada y esta bendita tierra me tenían deparada una buena sorpresa para mi este último día en el país. Un último regalo inesperado como pago de mi devoción por Camboya.

Remonté mi moto de alquiler y repasé mi mapa, una fotocopia desgastada de un dibujo hecho a mano que pretendía representar la región. En un punto, al final allá casi en la esquina marcaba Angkaul Beach. Sin referencia alguna y con un recuerdo muy muy vago de lo que era una playa decidí llegarme hasta allí antes de dar media vuelta y regresar a Kampot. Me pasé de largo el cruce pero finalmente, guiado más por la intuición que por las indicaciones de los policías, entré en los dominios blancos de la Sal y de la Luz.

Luz y más luz en un paisaje que me parecía irreal. Alejado de todo y de todos. A solas y sobre mi scooter crucé ese mundo que ahora en mi recuerdo es seguramente más blanco y más ligero de lo que en realidad fue. Un paisaje de fin del mundo, pero de un fin sereno y luminoso, como en un sueño. Y al final de este sueño y de estas salinas el mar azul con su línea del horizonte rota por el rosario de islitas que emergen frente a las costas de Camboya. Y entre esos dos mundos abstractos, el del mar azul y el de las blancas salinas, una línea de costa que es morada de pescadores que faenan en estas aguas.

Aldeas de hojalata y hojas de palmeras plantadas directamente en la arena de la playa, de un modo tan precario que las dota de un encanto y una genuinidad que las dignifica a pesar de su sencillez. Un horizonte roto por islitas y barquitas, y pescadores que recogen redes hechas con hilo negro y caracolas de mar. Y en estos caminos a unos chavales se les estropea la bicicleta y acaban montándose en una moto, ellos, la bicicleta y el bueno del conductor que les vio apuros y les ha echado un cable. Y en estos caminos un par de señoras se comen un helado sentadas en un banco mientras ven pasar al intrépido viajero explorador. Y en estos caminos me cruzo con otro español, Paco de Alicante, que también se ha medio perdido sin saber sabiendo donde iba a parar. Charlamos un rato y a medio charlar me comenta que ya hemos llegado a Angkaul Beach, y esto es y no hay más, y a mí, la verdad, me basta y me sobra.

Va cayendo el día y en sus últimos coletazos la tarde me regala una charla con los pescadores que reparan las redes, un partido de voleibol junto al palmeral y el bautizo de un nuevo bote que se sumará a flota que surca estas aguas en busca de un porvenir. Va cayendo el día y es hora de volver.

Cuando llegue tendré que empaquetar mi mochila, una vez más. Y tendré que ir pensando en empaquetar también mi paso por Camboya, este montón de recuerdos que me llevo de este país tan grande a pesar de su reducido tamaño. De esta gente que son todo amables sonrisas a pesar de la dureza del pasado que no se fue y del presente que les toca vivir día a día. Me despido de Camboya pensado en aquella primera tarde frente al lago con mis nuevos amigos y sus generosas bromas y sus sentidas sonrisas, en la emoción que sentí al ser invitado a formar parte de algo, de ese algo que es la generosidad y la bondad camboyana. Me emociono ahora al comprobar que no fue casualidad, que Camboya es un país mágico porque mágica es su gente.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Maria

    Quanta pau hi ha en aquest article..
    aixxx… molts petonets Franc!!
    després miraré les fotos… jejejeje ara que ja en se!

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