Me agarré a la vía. Hanoi, Vietnam

Días de calma y de sosiego precedieron a la vuelta a la urbe, a la ciudad, al avispero de motos y coches y a los kilómetros de cables que se enredan en manojos inexplicables por encima de las cabezas de los peatones ajetreados. Los mil y un quehaceres de los humanos que se superponen a todo al mismo tiempo en la lógica de las ciudades asiáticas, la vida que deja el ámbito privado y que toma la calle por la fuerza pero sin violencia para representar el gran teatro del mundo a cada metro de calzada, a cada esquina. Un torrente de estímulos que desborda o que debería desbordarme pero que ya no es así. Y éste “estar de vuelta de todo esto” lejos de agradarme me inquieta.

Llegamos a Hanoi, capital de Vietnam y una de las grandes damas de oriente, procedentes de la isla de Cat Ba. Y después de una de esas delirantes secuencias viajeras de bus-barco-minivan-bus-taxi en apenas 4 horas llegué sin problema alguno al hostel de Hanoi. Y lo que vi por el rabillo del ojo en el camino me gustó y me sorprendió: tiendas elegantes, bares con alma, arquitecturas que tenían algo que contar. Algo había en el ambiente que hacía intuir que efectivamente Hanoi no era Saigón. Pero yo andaba en otra parte.

Había llegado al norte con el alma a rastras tras 5 intensos meses de viaje y el cansancio de Hoi An y las ansias de calma y sosiego de Cat Ba sólo querían decir que me aproximaba peligrosamente a una frontera. Ese “estar de vuelta” me inquietaba porque me acercaba peligrosamente al estado de indiferencia, y la indiferencia es por definición, la peor enemiga del viajero. Quise sobreponerme, dejé los bultos y me eché a la calle, directo a los grandes monumentos. Y llegué hasta el Templo de la Literatura, cansado, aburrido e indiferente. Y para colmo estaba hasta los topes de turistas y tampoco era nada del otro mundo. Y agotado me refugié en un rincón callado y me senté a leer un rato. El destino quiso que el David del Delta del Mekong y de Da Lat me reencontrara. Definitivamente un buen tipo y una lástima que nuestros planes de viaje no hubieran coincidido más para total, acabar coincidiendo aquí.

Volví al hostal y sólo tenía ganas de monotonía, de no hacer nada y de vaciarme de estímulos, de trepidantes callejones y de olores confusos. De voces, de gritos y del estrés de cruzar la calle. Plegué velas y opté por abandonarme a un mundo de tutoriales de fotografía, de lentes y de composición, de post-producción y gestión de catálogos, y me fui a dormir. A la mañana siguiente aposté por el sentido común y seguí donde lo había dejado el día anterior. Pero en algún momento de la mañana me dije aquello de “venga va, que sólo se vive una vez”. Replegué los bártulos, agarré la cámara y me eche a la calle. Andé, busqué, alcé la cámara en varias ocasiones, pero nada: al mirar a través del visor la magia que me parecía haber captado desaparecía. Y deambulando por la ciudad me crucé con una calle que se cruzaba con una vía de tren. Y el instinto me dijo que había partido, y como yo a mi instinto le tengo gran cariño y respeto, decidí hacerle caso una vez más.

Me agarré a la vía con todas mis ganas y fue con si aquellos dos raíles de acero me catapultaran de nuevo hacia ese estado en el que hasta los detalles más insignificantes de la realidad cotidiana adquieren una dimensión cósmica. Había partido y agarrado a la vía que cruzaba la ciudad sentí como mi hambre de vida y de realidad y de ansias por conocer se avivaban por momentos.

Dejé la vía que me había guiado a través de mi indiferencia y salté de nuevo a la ciudad al norte del Barrio Viejo y allá estaban todos: la mujer que vendía pies de cerdo -algunos crudos, otros chamuscados-, los señores de la banda blanca del funeral en el templo y la calle de las pajarerías justo antes del viejo puente de hierro reblonado que enmarcaba la bella cara de un anuncio de postal. Consciente de estar en la cuerda floja, en ese frágil límite que separa los sueños de la duermevela, decidí no abrir el mapa para no despertar antes de tiempo. Y anduve durante dos horas más improvisando mi ruta a cada esquina, según soplara el viento o según los semáforos me dieran paso o no.

El hombre que degolla el pescado con barbas en plena calle junto al gato repelente de blanco nuclear que contempla con desdén al mundo entero desde su púlpito granate. Fuego, chispas y risas de anciana que no entiende porqué quiero tomarle un retrato. Por un callejón escuálido me meto en un templete que está sobre un taller mecánico. Me invitan a pasar, pero como es lugar sagrado para la media docena de señores que lo guardan, me hacen descalzarme y bajar la cámara. Y tengo que  presentar mis respetos frente a todos y cada uno de los altares antes de poder sentarme para comprobar que más allá de las sonrisas yo sólo hablo inglés y él sólo habla ruso. Nos reímos y nos damos la mano, y vuelvo a pensar en aquello que “nunca sabré lo suficiente” y que “siempre serán pocas las lenguas que alcance a hablar”. Calle, mercados y puestos callejeros de pescado seco y hombres que toman té con guitarra en mano mientras yo me pregunto a qué se dedicarán realmente para poder estar de parranda a las 12 del medio día.

Ya va siendo hora que abra el mapa de nuevo para comprobar a dónde demonios he ido a parar y empezar a deshacer camino para volver a casa. He andado un buen trecho, pero a fin de cuentas el recorrido ha sido una vuelta grande y tampoco ando tan lejos. Y cruzo el barrio que anda a medio camino entre el turisteo y la movida artística local. Las máscaras de una tienda parecen querer decirme algo, y mirándolas me acuerdo que todavía me queda por visitar el Mausoleo de Ho Chi Minh, el padre del moderno Vietnam. El visionario que unió y organizó el país con el fin de devolver el poder y del destino del país a sus legítimos soberanos, los Vietnamitas.

Ho Chi Minh fue sin dudas uno de los grandes del siglo XX aunque no se le pueda dar el premio Nobel de la Paz -que se llevó Kissinguer- porque ante la invasión extranjera recetó lo único que entienden las democracias occidentales, la Fuerza y la Lucha a Muerte. El pueblo de Vietnam pagó muy cara su libertad, primero contra los japoneses, luego contra los franceses y finalmente contra los americanos: un país arrasado y millones de muertes inocentes. El tío Ho -como le llaman afectivamente los vietnamitas- murió antes del fin de la guerra y en su testamento vital dejó escrito que quería ser incinerado y sus cenizas esparcidas al viento. El tió Ho murió pero el aparato del Partido lo momificó y le construyó un Mausoleo. Y fue ése mismo Partido el que condujo los destinos del país durante las siguientes décadas: otra nueva casta gobernante aferrada a sus privilegios fruto de una lucha de todos que sólo disfrutarían unos pocos. La misma historia que en occidente, pero aquí con banderas rojas, hoces y martillos.

Se acerca la hora, mañana tomaré un vuelo a Bangkok para encontrarme con mis padres y viajar con ellos unas semanas por Tailandia. Y descansar y desconectar de la cámara, del viaje y del blog. Pero antes, esta noche, he quedado con Joaquín y unos amigos suyos. Joaquín, arquitecto y de Madrid, es una de esas amistades de viaje que gracias al denostado facebook se prolongan en el tiempo y 3 años más tarde nos vuelven a reunir en Hanoi, en Social Club Café, uno de esos lugares bonitos que vi de reojo mientras paseaba por la ciudad. Joaquín y su novia Ana forman parte de esos nuevos nómadas españoles bien formados -y mejores personas- que tienen hambre de crecer y que no dudan en cambiar de maceta si la tierra que les nutre parece no dar para más. Ayer Madrid, hoy Hanoi, mañana el Mundo.

Me despido ya de Vietnam. Dudé en venir porque todos lo que me crucé en el camino me hablaron mal o peor de sus gentes. En mis 25 días des del sur hasta el norte sólo puedo decir que me han hecho sentir bien, que me he reído con ellos y que sólo tengo buenas palabras para este pueblo luchador que evoluciona a trompicones hacia un desarrollo que todavía está por ver si será bueno o malo. Al Vietnam del norte y al Vietnam del sur, al pequeño país Dragón sólo me queda decirles Cảm ơn -gracias-, suerte y hasta la próxima.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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