Más de 100 rincones que valen la pena. Luang Prabang, Laos

Luang Prabang llegó sin avisar. Estaba atardeciendo mientras nos caía encima un buen aguacero, justo en ese momento en el que la luz se torna mágica convirtiendo mechones de lluvia en cortinas doradas sobre el paisaje gris plomizo. En la popa del bote andábamos Serge y un servidor, para no perder detalle de los paisajes que son la antesala de la “Ciudad” y que durante más de seis horas nos acompañaron en el último tramo del descenso del Nam Ou antes de llegar a la capital del norte de Laos.

Luang Prabang llegó sin avisar cuando de pronto, a la orilla del río, empezaron a asomar elegantes siluetas estucadas de blanco y rematadas por maderas oscuras. Y dando la bienvenida al viajero, un rosario de terrazas se asomaban a la rivera del río al amparo de grandes árboles recubiertos de musgo y tiempo. Referirse a ella como Ciudad es errar. Hay que pensarla más como una Aldea grande, sencilla y elegante. Como una dama madura que soportó bien el paso del tiempo y las limpiezas de cara que le cayeron tras ser nombrada Patrimonio del Humanidad.

Si tuviera que describirla, diría que el rostro de la dama es en realidad la suma de infinitos rincones, pliegues y arrugas, cada una con su pequeña historia que contar o descubrir. Centenares de esquinitas encantadoras, de jardincillos, de edificaciones humildes y elegantes, con el frescor y la naturalidad de los tiempos coloniales en las provincias donde el buen vivir se impuso a la necesidad de aparentar e impresionar. No creo que se pueda definir Luang Prabang con una sola gran perspectiva. Es más para degustarla a fuego lento y con paso distraído, perdiéndose en sus matices a las diferentes horas del día.

Todo se mezcla en el amable laberinto de la Ciudad-Aldea, que en su tiempo fuera capital del país y que actualmente sigue siendo el centro espiritual de Laos. Todo se diluye de una forma muy natural y es por eso que los puntos turísticos se encuentran rodeados por un mar de cotidianeidad laosiana, y es por eso que la cotidianeidad laosiana se encuentra rodeada de hoteles, restaurantes y pagodas. Y deambulando por sus callejones, lo mismo uno se encuentra de repente en un templo, que sin saberlo ya volvió a la calle, que a la vuelta de la esquina está el hotel afrancesado de precios prohibitivos. Las barreras y los límites están, pero son difusos y se superponen los unos sobre los otros. Todos formamos parte natural del paisaje: los turistas, los laosianos y los monjes. Es una ciudad con una actitud decididamente relajada donde uno ya no le siente la ambición de “querer ser más”. Parece que “ya llegó”, que “tiene todo lo necesita” y que “buscar más” podría romper el encanto.

Y tal como llega se va, y basta con bajar al río y cruzar uno de los puentes de bambú y zas!, la Aldea-Ciudad se esfumó y ya estamos de vuelta al Laos rural que había quedado río arriba: campos, casitas, peleas de gallos y los locales haciendo gala, una vez más, de su arte del buen vivir.

Realmente la ciudad no tiene más. Dos días serían suficientes para ver “todo lo que hay que ver”, pero Luang Prabang tiene trampa y es que este rincón del mundo es un lugar para ser saboreado y disfrutado. Y sin querer uno llega a ese punto en el que los atardeceres a la orilla del río pueden ser dos o pueden ser diez y no cansar. Y así suma y sigue con cada uno de los más de 100 rincones que definen el rostro de esta refinada aldea.

Y cuando se quiere escapar del barullo de esta calma sin fin, siempre puedes darte un paseo por las cascadas de Kouangxi a una escasa hora en autobús. Qué las fotos hablen por sí solas y les inviten a soñar con lugares mágicos y a rebosar del encanto de los cuentos. Lugares en los que parece que la naturaleza y el azar van guiados por una mano caprichosa pero precisa, cuyo único objetivo fuera maravillar a los corazones humanos con sus aguas turquesas y sus luces doradas del atardecer. Todo ello enmarcado en un vibrante mosaico de verdes.

Luang Prabang es un buen lugar de paso para quedarse. Un rincón donde la sencillez y la humildad de un pasado bien llevado evolucionaron en la justa medida hacia un presente que la dotó de un glamour muy fresco y llevadero. Y es por eso que todos los que pasaron por ella y la supieron saborear no pueden sino marcharse con el corazón un poco más alegre que cuando llegaron.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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