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Mandalay se escribe con “M”. Myanmar

Hace una hora y media me enteré que hoy es sábado noche. Salgo un momento a comer algo cerca del hostal. La calle está a oscuras y no hay casi nadie. Giro a la izquierda, luego a la derecha, camino una manzana y encuentro un festival montado. La calle está cortada, han puesto un escenario y sobre él hay un monje que recita mantras. Unas cincuenta personas están sentadas en esterillas sobre el asfalto, rezan con él, se postran y se incorporan en un vaivén que parece no tener fin. Un poco más adelante está el puesto callejero de comida india que me han recomendado, y en frente la tienda donde compraré la cerveza. La comida riquísima, unos 60 céntimos de euro. La cerveza no está mal, un euro con cincuenta. Antes, cuando he girado a la derecha casi tropiezo con un bulto… Había un mujer mayor durmiendo sobre la acera. Se cubría la cabeza tapándose las orejas porque el ruido de las motos no la dejaba dormir. Un poco más adelante un vaca está “aparcada” junto a un árbol. Esto es Mandalay, y a pesar de todo lo anterior y hasta el momento, Mandalay se escribe con M, M de moto.

Llevo aquí dos días y he andado un montón: centro ciudad, ciudad periférica, extra-radio. Pero mi historia en Mandalay no empieza aquí, tiene un prefacio que se titula: Estación de Autobuses a la birmana.

Volvamos pues a Yangon donde voy a tomar un bus nocturno que me llevará al norte, a la segunda ciudad del país que tiene por nombre exótico Mandalay. Comparto taxi con Alex, un americano de Tenesse bastante sosete que ha vivido cuatro años en Macao y que ahora andará, como yo, un mes por Myanmar. Él va hacia Bagan, yo para Mandalay, y nuestros caminos se cruzan en ese trayecto que nos lleva fuera de la ciudad, a la estación de autobuses. Una estación en medio de una nada que cuelga de una carretera.

Cuando llegamos no podemos disimular nuestro nerviosismo. Aquí las estaciones están fuera de la ciudad y son como un pueblecito: calles, edificios, buses, gente, más gente, buses y claro, todo en birmano. El caos es total, yo, desde luego, no entiendo nada, y hecho de menos por momentos el sentido práctico de los chinos y las facilidades de viajar por China. Aquí por suerte el taxista sabe a donde vamos y nos entrega a domicilio. Me subo al bus y después de todo no está nada mal, de hecho me alegro de haber escogido el bus en vez del tren para viajar. Tiene un punto kitch de lujo y asientos reclinables con almohada. ¿Se puede pedir más?

El viaje en sí no resulta nada en especial más allá de la parada en medio de la noche en una mega-área de servicio a la birmana. Un lugar verdaderamente extraño a medio camino entre Benidorm y alguna película de vampiros de Robert Rodríguez. Lo dicho: bajo, me lo miro, me lo ando, compro algo de comida después de pasar por el baño y no puedo dejar de sorprenderme. Me pregunto cómo debe ser vivir aquí, en medio de la nada, a camino de todos lados pero aislado en este extraño oasis. Con gente que viene y va, que siempre está de paso. Vociferando a grito pelado lo mismo cada vez que llega un nuevo autobús, día y noche, las 24 horas del día todos los días del año.

Subimos de nuevo, cabeceo, medio duermo, y de repente se oye una musiquilla… ¡Hemos llegado! ¡Por diós! ¡Y hemos sido puntuales! Exactamente lo que no quería. Son la cinco en punto de la madrugada, todavía es de noche y la estación de Mandalay tiene exactamente la misma pinta que la de Yangon: ese endiablado pueblecillo caótico donde soy el único extranjero a la vista. Me incomoda llegar a una nueva ciudad de noche, y claro, al bajar del bus se abalanzan sobre mí no menos de diez taxistas que me llevan a todas partes. Resoplo agobiado, doy dos pasaos atrás y digo veinte veces “que no, que muchas gracias”. Tras unos instantes tomo un poco de aire y hablo con el primero que pasa. Me propone un precio por taxi, que es razonable siguiendo la lógica del país, pero vale más de la mitad del pasaje del bus que acabo de tomar. Le sigo unos pasos y otro señor se pasea con un cartel del hostal que había escogido de la guía, hablo con él y me apalabra un viaje en moto por un tercio del taxi. ¡En MOTO! Con las veces que por miedo le di largas a mi amigo David en Barcelona para no tener que ir de paquete y ahora me monto en una moto, con las dos mochilas, en medio de la noche y en Myanmar. ¡Suena a planazo!

¡Vamos que nos vamos! Por un momento no puedo dejar de pensar eso de “y ahora es cuando me desvalijan en el siguiente descampado”, porque claro, el mundo es un lugar cruel y lleno de malhechores, aunque en realidad esté más lleno de buena gente que de mala. Atravesamos la noche que se desvanece rápidamente ante el avance implacable del alba, a toda velocidad -o eso es lo a mi me parece aunque no creo que pasemos de los cincuenta kilómetros por hora-, sorprendido ante un curioso espectáculo: decenas de personas envueltas en mantas salpican los arcenes de la carretera principal, custodiando no más de tres botellas iluminadas con lamparitas. Luciérnagas gigantes descansando sobre el asfalto. Están rellenas de gasolina, y tal es la carestía en este país que a estas gentes les sale a cuenta pasar la noche en vela junto a la carretera para vender algún litro de la escasa gasolina rebajada que circula en el mercado negro. La primera impresión ante esta imagen es deliciosa, con algún tinte poético. La segunda impresión, la que filtra la imagen a través de la reflexión, produce una intensa tristeza.

Finalmente llegamos al hostaly me hago con la habitación barata: un armario con ventana en un altillo al que se llega por una escalera muy empinada. Y cuando me siento a esperar dos horas hasta poder entrar en el cuarto me doy cuenta que me he dejado el ipod en el bus. ¡Olé yo!

Por unos minutos dudo. Estoy cansado y, aún habiendo invocado a todos los santos habidos y por haber, me da bastante pereza tener que volver a buscar el no sé qué a no sé dónde, y claro: ¡Otra vez en moto! Pero no me dan margen. El chico de recepción me apalabra una moto de ida y vuelta a buen precio, llama a la compañía de bus y dicen me lo guardan. ¡Ala! Volvamos para la estación. Se está haciendo de día, la ciudad despierta y las calzadas se llenan de gente que marcha en todas direcciones, muchos civiles pero sobre todo largas filas de monjes cargando con sus cuencos de limosna. Llegamos de nuevo a la caótica estación, y tras una multitudinaria reunión de birmanos, con mi conductor haciendo las veces de Sherlock Holmes, resulta que el bus ya no está aquí, que está no sé dónde. Yo asiento sin entender palabra alguna, doy las gracias a todos y cada uno de los parroquianos congregados, pongo cara de situación compleja, para luego sonreír a discreción mientras vuelvo a dar las gracias sentidamente y pienso que me está gustando esto de ir en moto arriba y abajo.

Encontramos finalmente el segundo párking de autobuses que está todavía más lejos de ciudad y a la primera reconozco mi bus en medio del cansancio y entre otros veinte posibles candidatos. Y allí, bien guardadito en bolsillo frente a mi asiento, me espera mi conexión con mi pasado emocional perfectamente encapsulado en formato mp3.

La vuelta a casa me sabe a triunfo y en mi tercer viaje en moto ya siento mías las calles de Mandalay. Familiares y comprensibles, ya reconozco los edificios principales mientras anticipo los movimientos del conductor. Definitivamente, mi Mandalay se escribe con M, M de moto.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. CRU

    LA FOTO DEL BUS NO M’ACABA DE QUADRAR AMB LA TEVA DESCRIPCIÓ: “Me subo al bus y después de todo no está nada mal, de hecho me alegro de haber escogido el bus en vez del tren para viajar. Tiene un punto kitch de lujo y asientos reclinables con almohada. Se puede pedir más?” NO EM PUC IMAGINAR COM SERIA EL TREN! :)

    • haha Aquest és un altre Bus, però del que vaig agafar no tenia foto y vaig fer servir aquest altre més punky per il·lustrar el post. Per trens preparat per al post Upper-Class, allò sí que va ser la muerte :D

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