Los Pequeños Hombres Rojos. Gunung Leuser, Indonesia

Esta jungla no es llana, brota en el corazón montañoso de Sumatra. Subimos y bajamos y volvemos a subir por senderos resbaladizos agarrándonos a ramas, árboles y raíces. A medio camino siempre hay un punto en el que el paisaje adquiere ese aspecto tan sintético: un espacio definido por elementos lineales verticales -troncos de árboles gigantes- que conectan dos masas verdes de follaje, arriba tiemblan ingrávidas las copas de los árboles, abajo palpita en la eterna penumbra el suelo de la jungla. Resulta un paisaje tan sintético y tan simétrico que uno piensa que bien podría dársele la vuelta y ponerlo del revés y nada en el orden de este mundo se alteraría. Y bien podría ser, si no fuera porque los humanos no podemos dejar de vivir con los pies amarrados a la tierra, mientras que las copas de los árboles son el inaccesible reino de los amos y señores del bosque, Los Pequeños Hombres Rojos.

Tras dos días siguiendo el cauce del Río Alas por las carreteras del corazón de Sumatra  llegué a Ketambe, la puerta trasera del Parque Nacional Gunung Leuser, morada de la más diversa fauna que cuenta entre sus glorias con esquivos elefantes pigmeos, tigres, leopardos, gibones de todos los colores y orangutanes, los Pequeños Hombres Rojos. Nuestros primos lejanos, que junto a los gorilas, los chimpancés y los bonobos, se cuentan en los primates superiores más próximos a los humanos, aún siendo los orangutanes un rara avis, por ser los únicos que viven fuera de África –exclusivamente en las islas de Borneo y Sumatra- y por ser la más antigua de las cuatro especies.

Habrán pasado un par de horas desde que comenzamos la marcha, Simon y Karen –una pareja australiana discreta y agradable- y nuestro guía, Urin. El día es soleado y sin lluvia, pero cubiertos por más de treinta metros de follaje sobre nuestras cabezas el suelo de la jungla es eterna penumbra en un silencio relativo: el zumbido incansable de los insectos, el canto de un pájaro lejano y poco más. Poco aunque suficiente para que Urin dé la señal y agazapado entre las hojas que bordean el sendero escudriñe el techo de la jungla. Ha oído algo y él ya sabe quién es. Son Ellos, están allá arriba y Urin, con su mirada experta, ya ha desenmarañado el enredo de ramas y follajes tras el que levitan.

Hasta 4 individuos pacen en las copas de dos árboles gigantescos. Urin nos los va mostrando uno a uno, aunque parece mentira lo difícil que resulta distinguirlos en un primer momento. Por un rato que se me hace eterno, mis ojos se posan en todas y cada una de las ramas que Urin apunta con el dedo sin ver nada, hasta que de repente allí está. Tan arriba, tan lejos pero tan cerca que veo como se detiene por un instante y me mira. Un ser con cuatro brazos –porque las piernas no son tales- que le salen de un cuerpo redondete. Un cabeza negra con dos ojos negros que te clavan una mirada distraída pero certera. Y todo ello envuelto en una manta de pelo rojizo, largo, que le cuelga por todo el cuerpo como mechones deshilachados. El orangután, un animal tan fascinante como esquivo y aquí sobre nuestras cabezas tenemos a cuatro que lenta e implacablemente se desplazan de rama en rama, en un jugar que es en realidad su comer. Durante un largo rato nos movemos por suelo, fascinados, con las cabezas volcadas hacia atrás, con una boca abierta que esboza una sonrisa. La sonrisa de un niño que por primera vez se encuentra frente a otro ser con el que sólo antes había soñado en los libros, en el colegio o frente al televisor.

Atrás queda nuestro primer encuentro con estos seres de cuento y hacemos vía hacía el que será nuestro campamento base durante las dos noches que pasaremos en la jungla. Un lugar idílico junto al río, un respiro de la densa jungla y un vistazo al cielo azul que tan lejos queda de todo esto. El río en esta jungla tan espesa es como un hachazo en la tierra, un corte en la masa verde impenetrable. Una masa cuya impresionante altura viene acentuada por la topografía agreste del lugar. ¿A qué distancia estarán las copas de esos árboles en los que jugarán la manada de gibones blancos al amanecer? ¿30, 40, 50 metros? Puede que más.

Se pone el sol y tras el baño y un intenso café de Sumatra con mucho poso, me pierdo sobre una roca junto al río mientras se cuece la cena. Comida insípida típica de trekking a la lumbre del fuego y vuelta a la vera río. Cae la noche y bailan de nuevo las luciérnagas en una oscuridad densa, compacta. Bailan y son como suspiros en la noche que al balancearse se desvanecen sin dejar rastro tras de si. Y mientras, yo sigo colgado de una roca escuchando música y diciéndome que siempre me gustó la voz de Richard Ashcroft.

Amanece lluvioso y yo sin haber pegado ojo la noche anterior. La taza de café estaba cargada para mantener a un elefante en pie y el rugido incesante del río a escasos metros del tendal tampoco ayudó. Amanece nublado y lluvioso y eso no sólo significa que habrá que caminar empapados toda la jornada. La lluvia y la humedad implican que tarde o temprano las sanguijuelas harán su aparición. Ya las sufrí y haciendo justicia al dichoso insecto, al final no es para tanto, pero no dejan de ser un engorro desagradable que sinceramente no apetece.

Remontamos río arriba por los márgenes siguiendo un sendero empinado y resbaladizo. La humedad es sofocante y al poco de iniciar la marcha estamos todos empapados. Raíces y ramas son al tiempo amigas y enemigas. Amigas por a ellas nos asimos en el último momento antes de caer, enemigas porque hay que andarse con mil ojos: para no trabar el pie, para que no te azote una vara en la cara. Y el rió, el estruendo del río que me mantuvo en vela la noche anterior nos acompaña. Y el río que hay que cruzar.

No me gusta cruzar ríos y hoy lo cruzaremos como seis veces. No me gusta porque aunque es poco profundo la corriente baja fuerte, las rocas del lecho son resbaladizas y cargo a cuestas con el equipo fotográfico. Hasta seis veces para acabar empapados hasta la cintura. Resoplo de mal humor, molesto con Urin aunque él no tiene nada que ver.  Cómo hay que verse, a estas alturas y yo todavía con pataletas de niño chico. El premio a tanto remojo fuera de lugar ha valido la pena y una cascada espléndida en el corazón de la jungla nos da la bienvenida con su voluptuoso caudal. Un manantial de vitalidad que levanta una nube de agua que parece danzar alrededor de un arco iris en algún escaso momento en el que asoma un rayo de sol.

Y tras la vuelta al campamento y una intentona frustrada por secar nuestras ropas empapadas me echo una siesta para despertarme con un buen manchurrón de sangre enorme en el muslo del pantalón. Sanguijuelas, dichosas sanguijuelas… Esta vez al menos no la vi.

Durante la tarde volvemos a la búsqueda del orangután y esta vez encontramos a una madre con su cría. Y por esta vez no los tenemos lejos, están al alcance de la mano, en las ramas bajas de un árbol, a escasos ocho metros. La cría, más curiosa que la madre, no deja de observarnos mientras juguetea con la jungla entera con sus cuatro brazos y sus melenas alocadas que le dan un aire cómico de sabio loco. Que simpática, tan curiosa y tan desmelenada, tan errática y tan ágil. A cada paso parece que va a caer para agarrarse en el último momento a la siguiente rama, mientras se balancean anticipando ya el siguiente paso.

Al tercer día amaneció nublado, también. Seguíamos empapados aunque al menos esa noche evité el café y dormí como un bendito. Simon, Karen y un servidor, algo cansados y satisfechos de nuestro paso por Gunung Leuser, le medio pedimos a Urin que nos lleve de vuelta a la civilización de Ketambe. Urin se hace el remolón -tiene un programa que cumplir si quiere ganarse el sueldo y que su jefe no le riña- pero le convencemos que daremos la cara por él -nada más faltaría-. Finalmente accede y nos lleva de vuelta a casa no sin antes hacer una última intentona por escarpadas lomas cubiertas de vegetación que no nos traen más que sudor, resoplos y el orgullo de echar la vista atrás y pensar que por ahí hemos subido.

Vuelta a la civilización del villorio de Ketambe que tiene aires prehistóricos que me hacen pensar en el Macondo de García Márquez, enclavado en las colinas que envuelven al Río Alas allá al fondo del valle, una calle y cuatro casas no más. Vuelta triste a la civilización para cruzar parcelas que no son ni bosque ni campos de cultivo y que nos golpean con la triste sensación de que avanzan hacia la jungla. La triste sensación que casa con la certeza que ya cargamos. Que los humanos se comen el bosque a bocados, y que por cada bocado humano el mundo de Los Pequeños Hombre Rojos se encoje más, y más, y más, y más… ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde?

Ya no quedan muchos, son más bien pocos, y en estado salvaje muchos menos. Ver sus cuerpos enormes, tan extraños y tan humanos a la vez, levitar cual funambulistas entre las copas de árboles gigantescos. Cruzar tu mirada fascinada con su mirada expectante e indiferente al mismo tiempo, distraída, es una sensación impagable. Constatar la maravilla de la diversidad y de la diferencia, de la esencia del fenómeno que llamamos vida. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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