Los Nombres Propios. Mae Sot, Tailandia

En Occidente pecamos o sufrimos del “síndrome de las buenas intenciones”, o así me lo parece a mí desde aquí. Y me lo parece porque así reaccioné en un primer momento cuando me contaron sobre el drama Karen que lleva en marcha décadas y aún así es totalmente ignorado, al menos, en España.

Por un momento pensé que debía contarlo, que debía fotografiarlo, que debía salvar al universo. Exagero un poco, lo sé, pero a pequeña escala fue algo parecido. Luego me sentí un poco frívolo y bastante desconsiderado al tratar de fotografiar el campo de Mae La como si campara por un zoo, ignorando el sufrimiento y la angustia que yacían bajo el mar de chozas: la vida del refugiado, la impotencia de saber que no puedes volver atrás (Myanmar) ni tampoco avanzar hacía delante (Tailandia), que cada día será igual al anterior en esta cárcel que sin serlo, lo es. Entonces vi que me venía grande salvar el mundo yo solito y me di cuenta que no “debía”, pero que si “podría” empezar por otro lado, por el lado humano, por el de Los Nombres Propios.

Tuve la suerte de conocer a Albert en Myanmar. Así que me vine a Mae Sot. Albert me presentó a Line y Line a Koe Taw. Y después de Koe Taw vinieron Phillipa, Pah Me, Peter y toda la troupe de los Ga Yaw Ga Yaw. Y como todavía andaba algo sobrado de suerte, mi estancia coincidió con la celebración del Sweet December y con un road trip de 4 días por Chiang Mai, la frontera con Myanmar y la visita en plena jungla a la aldeas de refugiados de Noh Bo y Maw Kwee.

Me sentí afortunado porque durante unas horas volví a tener 14 años, y estábamos de campamentos maristas. Celebrábamos el comienzo de adviento, y con guitarras, velas y algún cancionero pasábamos un rato juntos, chicos y chicas. Todo era inocente pero con segundas intenciones que no sabíamos como concretar. Era emocionante y las risas nerviosas, tanto de ellos y como de ellas, valían por 10 borracheras y 15 bailoteos desenfrenados en una discoteca. No había alcohol ni era necesario porque la tensión subía por las nubes con tan sólo proponer un juego. Con algo de mirinda, coca-cola y muchas galletas en enormes latas de hojalata tuvimos, en Mae Sot, más que de sobras para pasar una noche memorable, en la que Albert y un servidor acabamos cantando aquello de “pero mira como beben los peces en el río”. Y todo lo estaba reviviendo con 30 años, muy lejos de mi hogar y con un par de nuevos amigos que al cabo de unos días ya serían cinco.

Me sentí afortunado porque aterricé en la Pun Pun Farm y conocí a algunas personas y algunos modos de hacer y vivir que nada tenían que ver conmigo hasta el momento. ¿Qué sentido tiene jugar a un juego del que ya sabes todas las respuestas? ¿No es mejor que te cuenten chistes nuevos o que te sorprendan con algún argumento que te descoloque? La Pun Pun Farm es uno de esos sitios que allá en Barcelona seguramente nunca visitaría, y que una vez visitado sólo puedo decir que lo disfruté. Que aprendí y que me sorprendieron con otros planes de vida. Planes que seguramente nunca lleve a cabo ni falta que hace, pero que expandieron mis horizontes y me hicieron replantearme cosas. A partir de ahí, cuantos más matices y colores tenga mi paleta, más amplias serán mis opciones. Los modos de vida distintos al mío, mientras sean coherentes, siempre tendrán mi respeto y atención.

Pero sobretodo me sentí especial porque me hicieron sentir normal, como uno más del equipo. Fue un road trip en todo regla, a bordo de nuestro lujoso 4×4 de alquiler. Escuchamos el mismo disco 20 veces seguidas, hablamos de todo para luego estar callados durante horas. Nos reímos, me reí y se rieron de mí. Discretos pero precisos, Koe Taw y Phillipa no desperdiciaron ocasión de hacerme la burla y bautizarme con un mote en karen (a ver si alguien lo adivina). Y como uno más del equipo compartieron conmigo su vida. Y me llevaron a su hogar Noh Bo, al campo base del Clan Ga Yaw Ga Yaw, y me fui enterando de su presente, pero sobretodo de su pasado. Del drama de su vidas y sus familias. Amanecí en la jungla envuelto en espesa niebla para ser invitado al primer aniversario de la hija de Pah Me. Y luego más dosis de realidad de la vida de esta gente. El Orfanato de diseño nórdico que quedó como manifiesto a la soberbia de los jóvenes arquitectos occidentales. O La Academia que ofrece la única posibilidad a los jóvenes karen para salir adelante: la Educación -nótese la mayúscula-. Y rematamos la jornada con la visita a Maw Kwee, una aldea perdida en el corazón de la jungla, donde toda visión idílica y edulcorada de la vida de otros tiempos queda vapuleada por la cruda realidad de un día a día lleno de alegrías, pero también de carencias y limitaciones. Cuando ya creía que mis 4 días habían sido una lluvia de experiencias impagables, me quedaba todavía un último capítulo por descubrir.

Me despierto mientras conducíamos por la carretera que bordea el rió Salween, paralelos a la frontera con Myanmar. Un mar de chozas de bambú y techos de hojas secas inunda el valle y se enfila por las colinas, montaña arriba. Todo ello enmarcado en un paisaje idílico que con los últimos rayos del sol roza lo sublime. No comprendo lo que veo, porque no es un pueblo, es demasiado grande. Tampoco es una ciudad, demasiado primitivo. Y pregunto a Line y me responde que estamos en Mae Lha el campo de refugiados más grande Tailandia. Y caigo en la cuenta que una valla de alambre lo cierra y que militares tailandeses vigilan sus accesos. Line le cede la palabra a Koe Taw que pasó en él su adolescencia. Una cárcel sin oportunidades, sin futuro ni porvenir. Hará dos años que mis compañeros de viaje y nuevos amigos tuvieron que dejar a medias una escuela que construían para coger las armas e ir al frente a luchar. Koe Taw esquivó las balas en un ataque y por suerte aquí le tenemos conduciendo el coche mientras Line me lo cuenta.

Dentro del campo tampoco hay dinero y Phillipa se detiene un momento para echarle un cable a un familiar y pasarle un billete de los grandes a través de la alambrada. Mientras, yo, que ya me veía con mi reportaje fotográfico de intrépido viajero, me quedé atónito, avergonzado y lleno de dudas ante la visión de ese lugar bello a primera vista que ocultaba un mar de dramas personales, de gente que paga las consecuencias de las decisiones de otros. Son los débiles, los pobres, los analfabetos que pagan las deudas de un conflicto que padecen y cuyo fin escapa a su voluntad.

Al final del viaje no fueron los grandes titulares los me impactaron y me hicieron comprender. Fueron los Nombres Propios con sus historias personales, fueron Koe Taw, Phillipa, Pah Me y todos los demás. Va por ustedes.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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