Los ‘Hoa’, ser y saber. Hoi An, Vietnam

¿Se acuerdan de Lucky Luke? No sé en qué película había una secuencia en la que montaban un pueblo del oeste en 3 minutos, y en un hueco libre entre el banco y el salón aparecía un chino que montaba una lavandería. Siempre me pregunté qué hacía un chino en el salvaje oeste. Pasaron los años y entre viaje y viaje y libro y libro descubrí que Lucky Luke no iba errado y que los chinos llevan muchos años -siglos- moviéndose. Y que si bien llegaron hasta el salvaje oeste para construir ferrocarriles porque no iban a hacer parada en el vecino Vietnam.

La pequeña joya de Hoi An es hija, en parte, de este proceso: un puerto comercial frente al río Thu Bon y junto al mar al que arribaron a mediados del s. XVII centenares de refugiados chinos a raíz de la caída de la dinastía Ming a manos de los manchúes. Los chinos “han” llegaron y se asentaron, y se mezclaron con los locales vietnamitas en este importante enclave comercial que también estaba habitado por japoneses y otras naciones comerciantes a lo largo del mar de la china en contacto con el océano Índico -India, Arabia y África-, pivotando sobre las islas de las especies y el archipiélago Indonesio en general.

Hoi An es fruto del legado de esa época y de los años y siglos que la siguieron. Los chinos trasplantaron su cultura y mantuvieron sus cultos levantando templos a sus ancestros. Estos comerciantes construyeron sus mansiones fruto de las riquezas del comercio y apostaron por el refinamiento más que por la ostentación. La ciudad floreció y en el frente ribereño y en las callejuelas brotaron casas y villas y así creció la pequeña urbe. El destino quiso, y la llegada de los colonos franceses ayudó, que los flujos comerciales se desviaran al norte, hasta Da Nang, y fue así como Hoi An cayó en el olvido y desapareció del escenario de la historia permitiéndole sobrevivir en el estado “intacto” hasta nuestros días.

Pasaron 200 años y hoy Hoi An es Patrimonio de la Humanidad y un casco antiguo momificado que ha pasado por un lavado de cara y alguna que otra operación de cirugía estética para a hacerla más visitable a nuevas olas de inmigrantes de paso, los comúnmente denominados turistas. Los puritas que me había cruzado por el camino me avisaron de lo evidente: Hoi An ya no es lo que era: poca es la gente que parece vivir en un casco antiguo lleno de hoteles y tiendas de recuerdos. Y tenían razón, pero en este caso, fuera quien fuese quien cortó el bacalao, decidió hacerlo con algo de cariño y sensibilidad. Y si bien Hoi An no deja de ser un museu plagado de tiendas de souvernirs con cierta calidad, en esta ciudad se aplica aquello de quien tuvo retuvo. Como siempre, lo único que hace falta es algo de tiempo y ganas para correr las cortinas para ver que se cuece entre bambalinas.

Busqué y rebusqué como gusto de hacerlo y encontré y mucho. Encontré un sinfín de templos en buena forma en los que me fascinaron las combinaciones de colores y gusté de perderme en sus detalles, en sus manchas, en sus secuencias de espacios que misteriosamente estaban casi todos vacíos. Busqué y rebusqué y pagué entrada a algunas de las antiguas mansiones y me deleité en sus juegos de luces y el diseño exquisito de sus mobiliarios y sus patios con sus macetas y el musgo de sus pavimentos. Busqué y rebusqué y tuve la suerte de que –por esta vez- me encontraran.

Algunos descendientes de aquellas familias que arribaron a estas costas huyendo de una muerte segura hace más de 350 años guardaban el recuerdo de su origen. Origen y memoria que celebran cada año y que coincidió con mi paso por uno de los muchos templos a los ancestros que salpican la ciudad. El rito, la ceremonia, los trajes de gala, el clasismo y el buen sentido común de dejarme caer al olerme que algo se cocía puertas adentro y presentarme con mi mejor sonrisa respetuosa para que acabaran invitándome a participar de su historia. De su historia y de su banquete y de sus risas y de la dignidad de saberse descendientes de inmigrantes que llegaron a tierra extraña y prosperaron.

Hoy en día, aquellos chinos “han” son los vietnamitas “hoa”, una minoría bien formada que ocupa un lugar privilegiado en la clase media-alta de la sociedad de Vietnam. Estos descendientes de aquellas primeras familias se preocupan por venerar a sus ancestros, pero aún más se preocupan por perpetuar sus costumbres, una de las cuales tiene que ver con la obsesión por la formación y la educación. Fue esta “obsesión” por la educación la que me permitió entrar por la puerta grande a este momento tan especial. Fueron las ganas de una madre y profesora de inglés porque su hijo practicara la lingua franca de nuestros tiempos las que me llevaron a sentarme a su mesa para compartir sus bocados con un quinteto de abuelitas risueñas y muy hambrientas, implacables con los palillos. Pero fue la tranquilidad y la naturalidad con la que aquel chaval de 11 años aceptó los deberes de su madre en domingo y se puso a preguntarme por mi vida. No lo hacía por curiosidad –que se le veía en la cara que no– pero percibí que lo hacía con gusto porque entendía que era por su bien.

Los japoneses llegaron, los chinos llegaron, los vietnamitas ya estaban. Los japoneses se fueron, los chinos prosperaron, los franceses llegaron y todo se lo llevaron. La ciudad cayó en el olvido y los tiempos modernos la convirtieron en vedette, pero algo de aquel orgullo y del sentido común les sigue dictando que, a pesar de todo y frente la adversidad, el clan y el conocimiento son las claves de la prosperidad, ahora y antes.

Frente al río y al atardecer, apostado en una terraza-atalaya, escribo y brindo con una Saigon –zumo de cebada local- por lo mejor de la cultura china, de ahora y de antes, y por algo más que empieza a cocerse a en mi interior y que huele a cansancio después de ya casi 5 meses en éste no parar por las lejanas tierras de oriente.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. A

    M’ha agradat molt el post, com sempre, i genials les fotografies! Algunes són de pausa obligada :)

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