¿Le soñé? Orchha, India

Lo de Orchha es cosa curiosa. Junto a tal cantidad de monumentos uno espera encontrarse una ciudad que los sustente, pero aquí ésta no aparece por ningún lado. Ya te puedes subir a la colina más alta o encaramarte hasta el último torreón del palacio del Rajá que la urbe sigue oculta. Está el espeso bosque de Tumgaranya. Se pierde serpenteando el río Betwa en el horizonte. Y mientras tanto, de la gran ciudad de Orchha, ni rastro.

Suele ocurrir así, suele existir una relación de equivalencia entre una buena porción de construcciones residenciales -pongamos casas para 10.000 personas- a las que corresponde un edificio singular. De modo que un pueblito como Orchha se bastaría con un templo, o con un palacete pongámosle. No es asunto de precisión matemática pero si cosa razonablemente coherente ya que a fin de cuentas -sea en la India, España o el Perú, por muchos reyes y emperadores que haya- al final siempre son gentes comunes las que levantan con su trabajo y sudor estos grandes hitos. Pero aquí ese contrapeso a tanta vanidad en piedra no existe, así que una de dos: a Orccha, o le falta ciudad o le sobran monumentos.

¿Qué ocurrió entonces en este lugar? ¿La ciudad del vulgo era de paja y se la llevó el viento? -la jungla desde luego no se la tragó, esto no es Angkor ni Bagan-. ¿O puede que fueran tan implacables sus gobernantes que aún teniendo poco consiguieron exprimir a su gente y a su tierra hasta el punto de levantar tales maravillas sin apenas contexto urbano?

Orchha_04_Franc-Pallarès-LópezLa Orchha a la finalmente consigo llegar tras mi accidentado desembarco es un pueblo pequeño con poco que contar, encajado entre palacios, templos y grandes tumbas. Tres grandes grupos dispersos y dispuestos con tal gracia en el idílico entorno que harían las delicias de cualquier paisajista romántico inglés. Por un lado los bosques que se pierden a la otra orilla de un majestuoso río, el Betwa, cuyo cauce aparece salpicado de enormes rocas relamidas por el paso del tiempo. Al frente las montañas parduzcas peladas coronadas por templetes renegridos de tanto sol y monzones, sobresaliendo de entre todos el imponente Chaturbhuj, un templo dedicado a Rama que siempre estuvo vacío. Y entre ambos, bosque y colinas, se levanta sobre una isla la gargantilla de macizos torreones que delimitan el fuerte. Se guardan tras los espesos muros árboles venerables y palacios coronados por innumerables chattris de estilo mogol. Todo ello sazonado por la pátina del tiempo y el olvido, fraguada la ruina hasta ese punto justo de decadencia en el que deja de ser lo suficientemente ‘bonita’ como para atraer a las masas que viajan a la India con prisas.

No son los inmaculados mármoles pulidos del Taj Mahal, ni las areniscas exquisitamente talladas de Khajuraho, y tampoco desfilan las hordas de exóticos sadhus de Varanasi. Así que a falta de grandes titulares Orchha queda desierta y ocurre lo inimaginable: si uno madruga un poco y se planta el primero en la taquilla, es muy probable que pueda darse el lujo de pasearse a solas por los patios y los salones desiertos de los palacios, de aventurarse en las profundidades de las mazmorras o de escalar hasta la cima más alta del castillo sintiendo que es él -y nadie más hasta el día de hoy- el que descubrió por primera vez aquel pasadizo secreto. Es en esta soledad a remojo en los primeros rayos de sol, asomando la cabeza entre las rendijas del último mirador, cuando uno sueña despierto y se regocija en estos momentos tan dulces. Saborear de nuevo la emoción que se siente cuando eres crío y descubres con tus amigotes la casa abandonada. Sólo que ahora es un palacio entero y es todo para ti. La eterna fascinación humana por la ruina, la pátina y la telaraña, por la sombra de lo que las cosas fueron y por soñarlas vivas una vez más.

Los sueños duran lo que duran –que suele ser poco- así que acelero mi paso ante la llegada de grupos de turistas y me voy despidiendo del Raj Mahal con un último vistazo a este sorprendente edificio a comentar: por fuera una caja compacta de volumetría sencilla que apenas da pista alguna de lo que se cuece en su interior. Su interior: un espacio vacío cuya quinta fachada es el cielo y rodeado a modo de anfiteatro por cuatro laterales dispuestos en niveles, salones y terrazas que curiosamente aventuran a suponer una vida cortesana encerrada en sí misma –como todas- pero sorprendentemente expuesta sobre sí misma a modo de gran teatro, de circo y a buen seguro arena de intrigas palaciegas que se cocieran en Orchha desde que Rudra Pratap la fundara en 1531 como capital de la dinastía Bundela  hasta que en 1783 perdiera tal condición en favor de la vecina Tehri.

Orchha_31_Franc-Pallarès-LópezSin salir del fuerte -no hay más que subir unas escalinatas y cruzar un patio- se llega al umbral del Jahangir Mahal, un palacio de corte mogol –aunque en Orchha se venere a Rama y no a Alá- construido -cuentan- para una única visita del Gran Emperador Jahangir. Suele pasar que con el paso de los años los trazos de la historia se desdibujan y terminan por fundirse con la leyenda, de modo que si bien es cierto que Jahangir -hijo del gran emperador Akbar- visitó Orchha durante una época de gracia para sus gobernantes rajputs, resulta poco creíble tal despliegue de medios con este solo propósito. Pero caballeros esto es Orchha, ciudad que se deja soñar, así que soñemos. Soñemos con las procesiones de elefantes, soñemos con las enormes comitivas de pajes y ejércitos vistiendo las mejores sedas de colores llameantes. Con la música y las danzas de las bailarinas y el tintineo de los cascabeles en los tobillos de las cortesanas. Las antorchas en los balcones alumbrando la noche. Las antorchas junto a la alberca del patio. La alberca del patio reflejando los rayos de luna al final de la velada cuando todos duermen. La luna en los cielos asomando entre cúpulas de azul turquesa soñadas mil y una noches.

Ahora sólo quedan las albercas secas y las paredes desconchadas, alguna que otra celosía de piedra caída y los rebaños de turistas que finalmente lo copan todo con su cacareo poco discreto. Ha llegado la hora de despertar y retirarme a mi cuarto para intentar dormir un poco, porque mi madrugón de hoy –y el de mañana- no fue fruto de mi disciplina, sino de la devoción de postín india . A las 4 de la madrugada unos espléndidos altavoces berreaban a todo trapo a escasos metros de mi hostal. Siguen las preparaciones del Durga Puja –que parece no llegar nunca, en Kolkata ya las vi- y en Orchha han encontrado una solución genial para acumular buen karma sin tener que deslomarse. Bajo el tendal montado camino del fuerte cada mañana resuenan los vedas pertinentes. ¿Hay alguien recitando? ¿Una cohorte de brahmanes y pujaris? ¿Está el devoto pueblo entero postrado piadosamente saludando al lucero del alba mientras rezan? ¡Al igual! Una cinta mal grabada hace las funciones mientras las calles de Orchha siguen desiertas y yo desespero atormentado entre los almohadones de mi cuchitril.

Orchha_36_Franc-Pallarès-LópezEstaría mejor en el resort de 5 estrellas a las afueras: césped verde y piscina junto al río, pero la India que decidí viajar se aloja en estos sitios, viaja con estos medios y come en estos chiringuitos. En uno de ellos conozco a Ranjeet tras mi almuerzo por 50 rupias –menos de un euro-. Ranjeet se gana la vida haciendo de guía para los turistas, debe tener mi edad -o puede que sea más joven porque yo a todo el mundo le pongo mi edad-, pero el caso es que me entra bien y me acaba preguntando de dónde soy. ¿Español? Me suelta las cuatro frases típicas –que en India implican que su objetivo es mi cartera- y entonces me pide un favor: ¿Sería tan amable de ayudarle con unas traducciones? Dudo por un momento. Le miro directamente a los ojos, para darme cuenta que Ranjeet es buena gente y que no busca nada más.

¿A qué tantas suspicacias? ¿Porqué no me fié de él en un primer momento? Todas estas precauciones y desconfianzas vienen a cuento de que en Orchha, al igual que en Khajuraho, todo el mundo que se me ha acercado con un sonrisa era para acabar pidiéndome dinero por la cara, por costumbre, porque algún turista de camisa blanca impoluta le ha dado por lo bajinis a unos niños, sin mirarles ni a la cara, un billete de 50 rupias -el equivalente a un almuerzo-. Y claro, si a mí me contaran que con molestar a los turistas por Las Ramblas de Barcelona me sueltan billetes de 10 euros, pues yo, como el que más, supongo que allí estaría en las Las Ramblas dando la vara a todo dios. A saber: la limosna lastimera condescendiente no soluciona el problema, lo agrava.

Se me calienta la lengua con este asunto, lo sé y no me gusta porque me avinagro en el momento y me avinagro al recordarlo. Sólo pasó que ayer por la tarde mientras rondaba los alrededores del Chaturbhuj a cada sonrisa, a cada momento, a cada todo, niños, mayores, familias enteras, todos, me venían pidiendo las 50 rupias que el tontaina de turno les dio para quitárselos de encima. ¿Dinero a cambio de amabilidad? Lo siento, no juego. Algo se ha roto llegados a este punto y el principal responsable somos los visitantes foráneos. Lo mismo que sintiera en Khajuraho y tan lejos de las muy humildes Kolkata, Yangon o Phnom Penh.

Orchha_40_Franc-Pallarès-López¡Ok Ranjeet, no se hable más! Esta noche aquí mismo a las 7 en punto. Tú me lo contarás en inglés y yo te lo traduciré al castellano mientras tú tomarás tus notas en hindi y yo me quitaré el sombrero ante tu arte y tus ganas de salir adelante con dignidad, esfuerzo y honestidad, así sí juego. Tomo buena nota de ello, de veras, pero ahora te dejo Ranjeet porque desde los balcones del Raj Mahal vi esta mañana a lo lejos cinco cúpulas junto al río y me quedé con las ganas de ver las tumbas que los Rajás Bundelas mandaron levantar para que nadie se olvidara de ellos una vez muertos.

Qué sorpresa leer entre líneas los nombres de Tamerlán o Samarcanda en los perfíles de las cúpulas estriadas ayer tumbas de grandes reyes, hoy nidos de buitres. Qué delicia una vez más volver a escalar hasta las terrazas inaccesibles a través de pasajes ocultos venidos abajo. Soñar de nuevo, soñar despiertos y soñar mucho porque Orchha es generosa e invita a soñar también al atardecer, allá a la vera del río donde el tiempo y el agua desmigajan inmisericordes restos de templos, y allá más a lo lejos donde hoy en día siguen quemando a sus muertos. Serán una veintena, todos hombres y vistiendo de blanco junto a la pira en llamas, pero hoy no me atrevo a molestar. Para mí no son más que unas posibles buenas fotos y puede que un momento inolvidable, pero para ellos éste será su último adiós a un ser querido.

Yo también me despido, de Orchha, y lo hago también junto al río. Cruzo a la otra orilla hasta las puertas del bosque de Tumgaranya. A mano derecha siguen las imponentes murallas y los palacios sobre la isla-fortaleza. A la izquierda las siluetas recortadas de los mausoleos vacíos. Y aquí en el centro, sobre una roca junto a la orilla, un hombre semidesnudo vistiendo tan sólo un longhi empapado le ofrece una puja al atardecer. Él y yo a solas compartiendo este momento de ensueño. El fuerte estaba y los palacios estaban también. ¿Las tumbas vacías de los reyes? Seguro. Pero ¿Y él? ¿Estuvo allí o le soñé?

Orchha_52_Franc-Pallarès-López

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Genial! La última foto es enorme!!

Leave a Reply to Sergio Carbajo Cancel reply

Tu email no será publicado
Los campos necesarios están marcados con *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title="" rel=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>