Las gentes humildes de la Imperial Hue. Vietnam

Hue és una ciudad “nueva” que yace en ruinas. Hue es una ciudad histórica con más cicatrices que memorias. Hue és una ciudad nueva y es asiática, y por lo tanto es cuadrada. Un cuadrado que crece y que se replica hacia adentro y hacia afuera a partir de un foso con cocodrilos, tigres y ballenas.

Dispuesta acorde a los 5 puntos cardinales –no olvidemos al centro-, dispuesta acorde a los 5 elementos y a los 5 colores básicos, se alzó frente al sugerente Río del Perfume, en la mitad del país y fue el epicentro político y cultural de la última dinastía que gobernó el país dragón antes de la llegada del poder comunista y las guerras que azotaron esta tierra. Desde principios del siglo XIX hasta el fin de la segunda guerra mundial Hue y sus emperadores reinaron sobre las dos mitades de Vietnam.

Una ciudad cuadrada tallada por canales y salpicada de lagos que me dio la impresión de querer ser una réplica de juguete de la Pequín Imperial. La Ciudad Prohibida Púrpura es el corazón partido y desgajado por el tiempo y las bombas de una corte que pretendió emular a su hermana mayor al tiempo que creía poner de manifiesto su independencia política y cultural. Me paseo al atardecer por el recinto amurallado que en su tiempo contuvo palacios y jardines abarrotados por soñolientas concubinas y que hoy es poco más que unos muros en pie y campos. La Guerra Americana y el paso de los ejércitos del norte comunista asolaron no sólo el legado de piedra sino que dieron muerte a  miles de inocentes de la ciudadela en una de las más sangrientas masacres de la Guerra.

Y hoy en día quedan en pie estos muros en los que es fácil perderse para ir a parar a coloridos palacetes rodeados de canales y árboles que proyectan sus sombras sobre los lienzos de piedra pintados de vivos colores: amarillos cálidos, azules desaturados y granates. Y algún que otro naranja y el verde de las hojas y los musgos que crecen en los zócalos de donde nacen árboles que se proyectan al cielo azul. La Ciudad Prohibida Púrpura no es púrpura, pero es un pequeño laberinto que parece estar habitado por algún que otro espíritu y en el que aventuro momentos sublimes en las solitarias noches de luna llena.

La otra ciudad, la crece fuera del foso pero también en forma cuadrada, es la que visité a la mañana siguiente. Fui directo a los callejones donde los pájaros cantan enjaulados y donde cualquier tramo puede ser un improvisado mercado de frutas donde las mujeres con sus mercancías se sientan a la espera de compradores. Los perros me ladran al pasar y una secuencia de paredes y puertas con pinturas desconchadas me atrapan por momentos: son colores, son texturas, son la belleza en lo feo. Salgo de nuevo a las amplias avenidas y a la vera del río donde un grupo de lavanderas golpean con fuerza las ropas contra las piedras relamidas por el paso del tiempo y del agua. Es una danza, es una coreografía y el ritmo y el compás lo marca el plas plas de las sábanas húmedas bajo este sol mañanero que parece inundarlo todo de alegría.

La ciudad es nueva y está en ruinas y voy en busca de templos que fotografiar pero parece que sólo encuentro colores y texturas y novicios que me sonríen tras las verjas mientras preparan el desayuno. Y un puente de hierro reblonado en el que una carreta espera a su dueño que espera pacientemente pescar algo para el almuerzo. Y vuelvo a un mercado, uno de aquellos que tanto me gustan, de aquellos en los que las aguas mutantes de origen incierto fluyen por el suelo formando charquitos que aguardan al turista intrépido pero incauto que meterá de lleno sus pezuñas en un chas al que le seguirá un grito sordo y una mirada a los cielos antes de comprobar que, una vez más, metió la pata donde no debía.

Las mujeres de los puestos se ríen de mí. ¿Se preguntarán qué hago yo aquí? Me lo pregunto yo también y al cabo de un momento ellas mismas me responden. Una mujer joven per fornida le comenta algo a su compañera y entre carcajadas y risas la otra se sonroja. Y yo me río con ganas y en catalán le suelto que no nos entendemos, pero vaya si nos hemos entendido. Y nos cruzamos miradas picaronas y me despido de ellas como un caballero deseándoles los buenos días y haciéndoles una reverencia. Y al darme la vuelta ya me espera la señora mayor de enfrente que vende trozos de gorrino descuartizado y que ya me ha casado con la del puesto de verduras de tres mesas más allá. Y le digo que no, que yo me caso con ella, que estará mayor, pero que a mí siempre me gustaron maduras. Y se parte la caja de la risa y me rió con ellas antes de salir por piernas no fuera que a alguna le diera por secuestrarme y casarme de verdad.

Voy saliendo, y me espera un coco fresco bajo un árbol frente a uno de esos lagos trazados en la antigua ciudad de Hue antes que sucumbiera a sus antiguas glorias y se convierta en aguas estancadas. Voy saliendo del mercado y me cruzo con una entrañable anciana que trenza un sombrero de paja. Con un rostro que irradia paz y serenidad me despido de la ciudad imperial que cayó en ruinas para acabar siendo tomada, una vez más, por las gentes humildes y sus divinas rutinas. Por las paredes desconchadas de vivos colores y por las jaulas de pájaros cantores que alegran las mañanas y la tardes en los humildes callejones que circunvalan el foso de la Imperial Hue.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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