Las Dos Torres. Kuala Lumpur, Malasia

Las dos Torres Petronas despuntan en cielo de Kuala Lumpur, dos agujas plateadas de cantos afilados brillando en la negrura de la noche. Las Torres Petronas fueron el hito que puso a Malasia -en general- y a Kuala Lumpur -en particular- en mapa mundial de las ciudades más avanzadas, la hija ejemplar de una de las economías más dinámicas del planeta. Fue el mito de las dos Torres Petronas el que alimentaba mis expectativas mientras me dirigía por primera vez hacia una ciudad a la que volví hasta 4 veces más y que en mi imaginario había crecido por encima de su tamaño en la realidad.

Fue esa ilusión, cocinada a fuego lento en mi cabeza durante tantos años, la que me hizo ver en aquella madrugada de miércoles una ciudad venida del mundo de los sueños. Una megalópolis asiática idílica en la que elegantes torres de apartamentos de acero y cristal se alzaban orgullosas iluminadas en la noche sobre pedazos de jungla parcheada por cinturones de autopistas de corte occidental. Un mundo perfecto de ficción desfilando ante mi mirada atónita y mi mandíbula desencajada mientras Cristina seguía durmiendo en el sillón de al lado. De noche todos los gatos son pardos y una fotografía es, por definición, una ilusión. Y fue así que a la mañana siguiente y durante los días posteriores fui descartando la errónea idea preconcebida que cargaba a cuestas para zambullirme en la ciudad real que me hechizó con su naturalidad y fresca variedad. Una ciudad que también contaba con sus muestrario de callejones truculentos y barrios periféricos dignos, pero sin alma ni gracia alguna.

A la cuarta Kuala Lumpur que visité la encontré todavía de noche y totalmente vacía. Serían las 5 de la madrugada cuando desembarcaba por sorpresa, procedente de las Islas Perhentian, en una terminal que desconocía. Despertaba al alba del día anterior en un paraíso pero con el corazón encogido por una morriña intensa que se explicaba, en gran parte, porque ese día se casaban mis amigos Marta y Víctor. Había pasado toda la jornada viajando y esperando como ocho horas para volver a viajar de noche. Todo el mundo iba a estar allá, todos juntos y todos guapos y todos alegres y felices. Y sin saberlo yo lo sabía. Sabía que los echaba de menos.

Hice tiempo en la soledad de un restaurante abierto hasta el amanecer, esperando que abrieran el monoraíl. Esperando a que amaneciera para que esta ciudad me pareciera menos dura, aunque la verdad era que ya me sentía como en casa. Cuando a las ocho de la mañana llegué al hostal lo primero que hice fue conectarme para ver si algún despistado se había dejado el skype abierto. Y sí, allí estaban todos, todos bien entonados y alegres y felices porque un par de los nuestros se habían casado aquella tarde. Amanecía en mi pequeña Kuala Lumpur y yo, ya con el corazón contento, saluda en vivo a mis amigos en las madrugadas del Maresme.

Kuala Lumpur ya me la siento como muy mía. Muy mía no tanto porque la visitara tantas veces. Me la siento tan mía porque Kuala Lumpur es en realidad una ciudad pequeña y abarcable. Un trocito de mundo muy bien conectado por una gran variedad de transporte público de última generación. Una ciudad que te podrá ofrecer alojamiento algo caro pero que a cambio te regala comida variada por todas partes y a buen precio. Variada y abarcable: su Chinatown, su Little India y sus zonas de grandes megamalls –grandes centros comericales- están en realidad a un tiro de piedra los unos de los otros. Las elegantes Torres Petronas por otra parte tampoco están tan lejos y siempre puedes dejarte caer dándote un paseo. Es una ciudad que mezcla bien su pasado colonial británico con sus callejones mugrientos y sus boutiques de diseño vanguardista donde todo lo que se vende tiene precios prohibitivos.

Es una ciudad nueva cuyo nombre significa en realidad “confluencia del río fangoso”. Una ciudad que tiene su fundación en unas minas de estaño explotadas por emigrantes chinos -1850- y que empezó a crecer a golpe de ladrillo bajo mano inglesa alrededor de 1890. Una ciudad que es tan nueva que avistándola desde la Torre KL nos damos cuenta con Cristina que su perfil no nos impresiona, y dándole vueltas descubrimos que es porque muchos edificios están a oscuras al caer la noche, para extrañamente constatar al día siguiente paseando por el centro que muchos de ellos siguen vacíos aún teniendo ya varios años.

Tengo una extraña sensación caminando por una ciudad de megamalls muchos de los cuales ya pasaron sus mejores años y vegetan en la más triste de las decadencias, mientras a tres cuadras más allá se renueva la apuesta de querer seguir siendo eternamente la más joven y la más guapa del baile. Solamente eso y nada más. Ese tipo de apuestas vitales que envejecen mal y que aquí se hace tristemente plausible.

Es una ciudad que luce orgullosamente su independencia reconquistada, al tiempo que jóvenes acampan en la Merdeka Square pidiendo un sistema político hecho por y para cuatro. Una Kuala Lumpur que se jacta de estar en vanguardia y que lo está por reflejar también los problemas del mundo entero: Una multiculturalidad intrínseca a si misma que parece no estar del todo resuelta. Una minoría china que lleva centenares de años viviendo allí y que siendo emprendedora por naturaleza disfruta de menos derechos que los “técnicamente” malayos. Otra minoría antigua -pero renovada recientemente- que viene de India, Sri Lanka, Bangladesh, Pakistán o de la vecina Indonesia. La casta inferior obrera que levantó las dos Torres y todo lo demás. La que fue bienvenida cuando nadie quería trabajar tan duro por tan poco y que ahora es etiquetada como un “problema” aún debiéndosele gran parte de las glorias tan insignes de las que presume Malasia.

Una gloria que, una vez más, es reflejo del dinero que es poder, y del poder que es dinero. Un poder económico que quiere manar de la vanguardia, pero que reside, guste o no, en el estaño, el aceite de palma –que ha arrasado centenares de miles de hectáreas de selva virgen- y del todo poderoso petróleo. Las Dos Torres se llaman Petronas, y Petronas vende petróleo. Es el oro negro el que una vez más pagó vanidades y sueños locos que aún siendo prescindibles no dejan de maravillarnos.

Kuala Lumpur, por no hablar de Malasia, es un pequeño rompecabezas con sus escasos 28 millones de habitantes. La ciudad y el país son reflejo de muchos mundos y muchos tiempos condensados en un mismo instante y en un mismo lugar. Y aún así, tras mi 5ª visita, me la siento muy mía. Como un pueblo grande, como un joven portento adolescente que en la virulencia de la afirmación de su contrariada identidad despierta una empatía que mana del saberse que todos hemos estado o estamos atrapados en los mismos retos y las mismas incertidumbres.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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