Las Calzadas Birmanas. Myanmar

De todo este universo llamado Myanmar una de las cosas que más me caló fueron sus calzadas. No fue su estado. Ni sus dimensiones ni direcciones. Están en mal conservadas, son estrechas y no casi siempre llegan hasta donde quisieras. Lo que me chocó fue ver como las hacían.

Habrá 100 razones más en este país y en el mundo entero para que a alguien se le encoja el corazón, pero cada vez que pasaba junto a ellos, no podía dejar de sentir esa punzada en el pecho. La mano de obra que las construyen son mujeres y chavales en su mayoría. El proceso es primitivo, lento, exasperante, es un trabajo duro y minucioso, de hecho es artesanal. Se agachan, pican piedra, la recogen y la cargan en cestos, la transportan, la apilan y la aplanan. Y mientras, otros hierven el alquitrán en los bidones y sus humos putrefactos lo impregnan todo. Todos se cubren el cuerpo y las caras. Y bajo el sol abrasador y envueltos por el humo y el polvo de los camiones que no dejan de pasar, siguen de rodillas, agachados, picando piedra, recogiéndola, cargándola y colocándolas una a una.

Creo que lo que me encoge el corazón es saber que ellos saben que esto no durará. Que su trabajo, a pesar de ser necesario, es en vano. Que en pocos meses, todo sucumbirá al trote de los camiones, a las lluvias, al sol, al terreno en perpetuo movimiento. Yo lo sé, pero ellos lo saben mejor. Lo saben porque lo sufren y aún así no tienen alternativa.

Bajando por el Río Grande de Myanmar, un monje, a media voz y pasada la media noche, pedía carreteras para la gente. Lo entendí, pero no lo comprendí. Comprendo ahora que sin carreteras este país es un mar de aldeas que son como islas, y que la gente, sin carreteras, se muere porque no llega al hospital, o no prospera porque no hay quien compre sus cosechas, o no mejora porque no llega a las escuela. En este país nunca faltan carreteras decentes para que lleguemos a los destinos turísticos estrella. Ni tampoco se hecha en falta un metro de buena calzada que no conecte el rosario de bases militares. Si es necesario, se construyen carreteras que cortan la selva a pedazos, y así se aísla a los “rebeldes” y al mismo tiempo se garantiza el acceso a las fuerzas del “orden”.

Y mientras, cruzando el país, se siguen viendo a esas mujeres y a esos chavales agachados, envueltos en el polvo, el calor y los vapores del alquitrán. Piedra a piedra reconstruyen, una vez más, las Calzadas Birmanas.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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