La última Erección. Jakarta, Indonesia

Lo llaman la última erección de Sukarno y en esencia lo es. Es de Sukarno porque fue idea suya, y fue la última porque el final de su construcción llegaba con el golpe de estado que le derrocaría del poder y lo mantendría en arresto domiciliario hasta su muerte dos años más tarde. Pero ¿Quién es Sukarno? ¿Qué tiene que ver el Monumento Nacional con una erección? ¿Y porqué para hablar de Jakarta sólo me ciño al obelisco que domina la enorme extensión de la Merdeka Square –la plaza de la libertad-?

Este obelisco es el centro simbólico de la identidad nacional de la República de Indonesia, un país -el 4º más poblado del planeta- que como todos, nació de forma artificial como una idea concreta pero abstracta en la cabeza de unos pocos. Para luego convertirse en una realidad tangible –aunque arbitraria y discutible- que debió ser aceptada –a veces por las armas- por los otros muchos.

Finalmente dejé las costas de Sumatra para cruzar el Estrecho de la Sonda y acabar llegando de madrugada a Jakarta –antigua Batavia bajo el jugo holandés-, la megalópolis asiática que ejerce de capital de Indonesia. Llegué totalmente extenuado tras un viaje infernal de más de 44 horas seguidas de autobús, sin apenas haber dormido por no tener dónde apoyar la cabeza, por la música techno de DJ Alligator, mucho de heavy metal y los grandes éxitos de los Scorpions. Llegué con el convencimiento de que aun habiéndome ahorrado un buen dinero, más me hubiera valido tomar un avión en Padang y haber llegado a Jakarta en hora y media.

Los paisajes no estuvieron a la altura de la mitad norte de la isla y lo único que mereció la pena fue la compañía de Ita. Una encantadora maestra rural cincuentona de Bukittinggi que iba a pasar las vacaciones a casa de su hermana en Jakarta y que me pedía consejo sobre qué hacer con un marido vago, que le ponía los cuernos y que sólo quería de ella dinero para él y su querida. Mi respuesta clara: “A kick in the ass (Una patada en el culo)”. Ella se reía sabiendo de antemano que eso era lo que debería hacer, para comentarme luego que en Indonesia, las mujeres hacen caso de lo que digan sus padres, y cuando se casan, de lo que mande el marido, aunque sea vago, bebedor y sinvergüenza. Le acompañaba su hija de doce años, más preocupada por los vídeo-juegos que por los estudios y nuevamente Ita me pedía que le diera consejos a la niña. De poco servirían mis palabras, pero creo que escuchando a Ita al menos encontró algo de complicidad y de consuelo, eso espero.

Nos despedimos de madrugada frente al taxi que habíamos compartido, con la vaga promesa que cuando algún día volviera a Bukittinggi iría a su escuela de aldea para explicarles a los chicos que la educación -y no los vídeojuegos- es la única manera de salir de la pobreza. No pude decirle que no, pero tampoco me dio ningún teléfono ni ninguna dirección. La historia de una persona buena y alegre, atrapada en una realidad triste y sin salida.

Y ahí estaba yo, al alba de un nuevo día en esta ciudad de más de 10 millones de habitantes, plantado en medio de la calle de los hostales baratos con mis dos mochilas, buscando una cama que no fuera las que me ofrecían las pocas prostitutas que aún a éstas horas deambulaban buscando algún cliente rezagado. Necesitaba un afeitado, una ducha y un par de horas de sueño antes de echarme a las calles de Jakarta en busca del Centro Oficial de Canon. Objetivo: reparar la cámara estropeada y comprar una compacta para emergencias. He decidido que, pase lo que pase y cueste lo que cueste, yo sin cámara no viajo.

¿Y la erección? ¡Ah, sí! La erección de Sukarno, símbolo nacional de la nueva Indonesia. Y no tanto porque hubiera una vieja previa. Es que esta Indonesia es tan nueva como que en realidad es la primera. Ya ven ustedes que no hay líder, dictador o visionario que no conciba su paso por el mundo sin un monumento gigantesco, bien grande y que se vea en todas partes -en España nos queda el Valle de los Caídos-. Y en el caso de Sukarno –primer presidente del país y ferviente orador nacionalista-, para los que no lo sepan, exigió que el suyo fuera una re-interpretación de la Linga y la Yoni hindúes –símbolos del falo masculino y de la vagina femenina, un ying-yang algo más explícito-. Bien grande, más grande que el de ninguno para que todos se acuerden de él, que tanto hizo por la patria, la nueva patria, porque antes no había otra.

La República de Indonesia está formada por más de 17.000 islas esparcidas por una extensión vastísima que fue punto de cruce y encuentro de las dos civilizaciones más potentes y antiguas que hubiera conocido la humanidad hasta finales del siglo XV: India & China. Un universo de islas que se vio expuesto sucesivamente a las influencias del hinduismo, el budismo, el islamismo, el cristianismo, el colonialismo (portugués y holandés), el independentismo, el autoritarismo y finalmente el capitalismo salvaje. Y todo eso a tiempos distintos, en geografías dispersas y en muchas ocasiones totalmente aisladas las unas de las otras.

El punto decisivo de la Indonesia actual lo marca la llegada de los holandeses y su Compañía de las Indias Orientales -una empresa privada multinacional con el apoyo político y sobretodo militar del gobierno holandés- que paulatinamente y durante más de tres siglos se iría haciendo con el control de los recursos naturales de esta zona del mundo. Un robo a punta de pistola siguiendo la lógica despiadada, colonial e imperialista que inauguró Portugal y que tan implacablemente siguió la recién formada España de los Reyes Católicos.

Más de 300 años de guerras, de diplomacia tramposa y de un desarrollo cuyo único objetivo era facilitar la extracción de materias primas y hacer la vida más cómoda a los expoliadores. Nunca y en ningún caso, este progreso importado de Europa, ni aquí ni en ningún lugar del mundo, fue en interés de ayudar a los legítimos dueños de la tierras conquistadas. Con el paso del tiempo, la gestión de este vasto imperio necesitó de una clase intermedia: Ni holandeses ni plebe local. Una casta de gentes del país occidentalizadas, muchas de las cuales se formarían en las universidades de los Países Bajos para ayudar a gestionar la colonia a su vuelta. Es entre estas nuevas élites que viajan y ven mundo, que están libres del yugo del trabajo de la tierra, en las que nace la semilla de la independencia del poder extranjero: si ellos -los holandeses- deciden su destino ¿Porqué nosotros no? –principios del siglo XX-.

Habría que esperar a la II Guerra Mundial -invasión de Holanda por parte de Alemania-  para que las Indias Orientales Holandesas cambiaran de dueño. Los japoneses, buscando la complicidad de los indonesios en contra del poder previo, prometieron independencia a cambio de colaboracionismo y fue durante este período donde se gestaron los primeros resortes del futuro estado inventado. Cayó la primera, cayó la segunda bomba, se asesinó a centenares de miles de inocentes en pocos segundos y a mediados de Agosto del 1945 Japón se rendía incondicionalmente. 2 días más tarde -17 de Agosto de 1945- Sukarno proclamaba la independencia y el nacimiento de la República de Indonesia que comprendía todos los territorios de las Indias Orientales Holandesas –al que 18 años más tarde se sumaría Papúa-. Una nueva patria, una nueva nación, una nueva realidad “única” (Indonesia son muchas), “eterna” (de hecho nunca había existido como tal) e “indivisible” (nunca había estado unida hasta ahora) que en realidad no era más que una casualidad de la historia.

Poco había cambiado. La nueva Indonesia seguían siendo más de 17.000 islas aisladas en su mayor parte. Diferentes historias, diferentes credos, diferentes identidades y sólo un hecho en común: haber sido conquistadas y expoliadas por el mismo poder extranjero durante los últimos 350 años. Y de ahí nace un país y una identidad nacional “incuestionable”. De ahí que se forja una nueva historia colectiva y el bahasa indonesia –que ya lo era en cierto modo- se convierte en la lengua vehicular para este mosaico caleidoscópico de cosas sueltas.

Pero el problema no está en el “si estamos juntos o no”, el problema siempre está en quién manda y porqué, y sobre todo, quien controla la caja y los recursos. La nueva Indonesia se forja y se fragua en la Isla de Java principalmente, y en Java estará la nueva élite gobernante y desde allá se tomarán las decisiones que afecten a todos los demás. Pero… ¡Qué le cuentas a la gente de Aceh! ¿Qué sabrán en Sulawesi o en Papúa de unas gentes tan extranjeras a efectos prácticos como lo fueran los holandeses? “Que sí, que puede que lucharan por su independencia, pero no por la mía que ahora, sin saber quienes son, les debo pleitesía”.

Indonesia es un invento de los tiempos modernos. Como lo pueda ser India. Como lo son también la mayoría de los estados africanos que nacieron del repartimiento del botín en la Conferencia de Berlín. Como lo fueran a su manera Alemania, Italia en su momento o las Españas o las Cataluñas a las que tanto nos gusta evocar a efectos eternos e inmutables en su razón de ser tras el paso de los años.

No tengo la certeza, pero tras haber vivido muchas realidades nacionales históricas, grandes glorias de otro tiempos pasados, en este viaje me empiezo a dar cuenta que a una casualidad histórica o a un afán conquistador puntual, le sigue un afán identitario que reforzado con los años tiende a convertirse en realidad “sagrada” e “indiscutible”. Y les suele pasar a los estados viejos que siempre acaban por hacer referencia a aquellos tiempos en lo que fuimos más grandes, en los que fuimos imperio, en las largas tradiciones y en la supervivencia a las adversidades que glorifican y justifican nuestras posturas actuales.

Cataluña fue una vez un imperio marítimo regional cuya extensión abarcaba el sur de Italia, Sicilia y llegó hasta Grecia. Y aún así ese imperio recibía el nombre de Corona de Aragón, siendo su capital Barcelona y no Zaragoza. Hoy en Aragón no se habla catalán, pero sí se habla en el País Valenciano –valenciano, como argentino es el castellano que se hablá en la Argentina, cito a Raimón- y en las Islas Baleares –a pesar de haber sido en parte colonia inglesa-. Aún así algunos defienden que Cataluña siempre fue parte de España, como también lo fuera Portugal (entre 1580 y 1640) y resulta que al tiempo que Portugal recuperaba su independencia, Cataluña lo intentó sin conseguirlo –Guerra de los Segadores-. Por eso hoy Portugal puede ser un estado europeo indiscutible y Cataluña no. ¿Pero qué Catalunya?¿La Marca Hispánica de Wilfredo el Velloso?¿La del siglo XII con la creación de la Corona de Aragón?¿La que dejó Alfonso el V el Magnánimo?¿La del 1640?¿O la del 1714?

Y mientras, la España como estado inventado por los Reyes Católicos se presenta como realidad eterna, homogénea e indiscutible, pero su esencia centralizada actual sólo data de 1714 –Guerra de Sucesión, inicio de la dinastía francesa de los Borbones-. Antes, los monarcas de España juraban lealtad a las leyes de los demás reinos, fueran catalanes o navarros. Pero España deriva de Hispania, como los lusos –portugueses- lo son por Lusitania –la Portugal romana-. ¿Entonces fueron los romanos los que nos hicieron españoles mucho antes de les Homilies d’Organyà? ¿O fueron los Reyes Godos –tribus centro-europeas y muy poco flamencas que ocuparon la península tras el colapso romano- y que tan efusivamente citaban los libros de texto franquistas? ¡Qué follón! Esto se me escapa de las manos así que mejor me matriculo en Historia porque con los titulares incendiarios de las conversaciones de sobremesa no me basta…

Con todo este embrollo lo que quiero decir es todo y nada. A mí, cuando me preguntan que de dónde soy tiendo a responder que yo soy Ibérico –identidad geográfica supranacional- y más concretamente Layetano, que era la tribu que habitaba las marismas de Iluro –mi actual Mataró-. Aún así la gente piensa que soy italiano, francés y muchos israelíes se dirigen a mí con un shalom. Algunos me han confundido con turco, iraní y en India, más de una vez y de diez, se me han dirigido en hindi pensado que era local.

Y con todo este embrollo lo que quiero decir es todo y nada. Y es que en la Indonesia de hoy en día hay muchos indonesios que se sienten muy Indonesios y no dudo de la honestidad de sus sentimientos. Y las muchedumbres que desfilan frente al Monumento Nacional de la Plaza de la Libertad por la que tantos Indonesios murieron, sienten de verdad su pertinencia a esta comunidad que aún teniendo escasos 65 años de existencia no veo que sea ni menos real ni menos ficticia que la catalana o española. Como tampoco dudo de la identidad de la gente de Aceh -que tiene tanto en común con la gente de Java como lo tenga un gaditano con una sueca- y dudo sinceramente que sean ellos mismos para fastidiar a los habitantes de Jakarta.

Pero ahí queda la última erección de Sukarno para recordarnos lo cómico de lo magnánimo. Recordarnos que aún siendo todo esto bien cierto, no deja de ser la invención de un momento dado, una instantánea en el tiempo, o como mucho una convención, y que por una invención o un acuerdo que lo mismo hoy es uno, que lo mismo mañana lo hablamos y pactamos y acaba siendo otro, por eso, no vale la pena partirse al cara ni enfadarse con el vecino ni con tu hermano. Y que siendo la historia, la memoria y las identidades algo tan real, pero al tiempo tan líquido y escurridizo, mejor es tomárselo con calma y dar tres pasos atrás. Para ver el todo -que es inmenso, complejo e inabarcable (definitivamente tengo que matricularme en Historia)- antes de centrarse para defender a capa y espada lo concreto que -sin dejar de ser menos cierto- suele ser parcial, simplista y a falta de contexto, fácilmente manipulable y mal interpretable.

Digo -y no porque no lo piense, lo digo porque lo siento- que hay dos tipos de personas en este mundo: Las que hacen hincapié en los que nos diferencia y separa, y las que hacen hincapié en los que compartimos y nos une. Y siempre, siempre, siempre, es mucho más lo que compartimos que lo que nos diferencia. No es una opinión, es un hecho.

El reto está en casar este hecho con la pulsión natural de las personas a hablar con su propia voz. Un reto sólo apto para valientes poco perezosos con sangre fría y ganas de zambullirse en la complejidad de la realidad y la historia.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Dani Ferrer

    Franc, felicitats, molt bona entrada.
    Interessant conèixer l’història de les Indonèsies.
    Molt interessant la reflexió sobre Catalunya.
    Respecte a això últim, creus que el temps i la distància t’ho fa veure amb perspectiva diferent a abans? O et mantens en els teus criteris pre-Outteresting?
    Una abraçada, que sàpigues que hi ha molta (però molta) neu al Pirineu.

    • Bones Dani!

      Sentir parlar de neu quan aquí a Kerala estic suant com un pollet fa venir ganes de fer una escapa ràpida als Pirineus ;D

      Tema perspectiva Catalunya. Doncs per sort és diferent a la pre-Outteresting, i espero que quan torni sigui diferent a la Outteresting. Perquè per a mi precisament es tracta d’això, d’estar obert a noves postures, a noves comparacions i a continuar evolucionant i fer créixer els nostres punts de vistes amb punts de vista alternatius que els complementin i els enriqueixin. Vaja, el contrari dels fundamentalismes que parteixen de la base que les coses són així i que tots els altres están equivocats.