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La Semilla de Mostaza. Cuentos Chinos de la India 1/3

Un día, cuando la estación lluviosa hubo terminado, Krsa Gautami, la esposa de un hombre rico, estaba muy apenada por la pérdida de su único hijo, un niño que acababa de morir, cuando empezaba a tener edad para andar.

En su pena, Krsa Gautami llevaba al niño muerto a todos sus vecinos de Kapilavastu, pidiéndoles una medicina. Al verla, la gente sacudía la cabeza con tristeza, pues se apiadaban de ella.

- ¡Pobre mujer! La pena le ha hecho perder el sentido. A este niño ya no le pueden ayudar las medicinas.

Incapaz de aceptar el hecho de la muerte de su hijo, Krsa deambuló entonces por las calles de la ciudad, pidiendo ayuda a cualquiera que encontraba.

- ¡Por favor, señor, dadme una medicina que cure a mi niño! –le dijo a un hombre.

El desconocido miró a los ojos del niño y vio que estaba muerto.

- Ay, no tengo medicinas para tu hijo –le contestó-. Pero conozco a un médico que puede darte lo que necesitas.

- Por favor, señor, dígame dónde puedo encontrar a ese médico.

- Buena mujer, ve a ser al Shakyamuni, el Buda, que reside ahora en el Parque Bania.

Krsa acudió a toda prisa al Nigrodharama; y los monjes la llevaron ante Buda.

- ¡Reverendo señor, dame la medicina que curará a mi hijo! – le dijo llorando.

El señor Buda, océano de la compasión infinita, miró con piedad a la mujer sobrecogida por la pena.

- Has hecho bien en venir aquí a buscar esa medicina, Krsa Gautami. Ve a la ciudad y consigue un puñado de semillas de mostaza –le dijo el Perfecto, añadiendo después-: las semillas de mostaza deberán cogerse de una casa en la que nadie haya perdido un niño, esposo, padre o amigo.

- ¡Sí, señor! –exclamí Krsa, muy contenta-. ¡Conseguiré la semilla de mostaza enseguida!

La pobre Krsa Gautami fue de casa en casa con su petición, y la gente, apiadándose de ella, le decía:

- Aquí tienes las semillas de mostaza, coge todas las que quieras.

Entonces, Krsa les preguntaba:

- ¿Ha muerto en vuestra familia algún hijo o hija, padre o madre?

- ¡Ay! Los vivos son pocos, pero los muertos muchos. ¡No nos recuerdes nuestra pena más profunda!

Y no hubo ninguna casa en la que no hubiera muerto algún pariente, algún ser querido.

Fatigada y con la esperanza perdida, Krsa Gautami se sentó al lado del camino, observando apenada las luces de la ciudad que parpadeaban encendiéndose y volviéndose a apagar. Y finalmente, las sombras profundas de la noche sumergieron el mundo en la oscuridad.

Considerando el destino de los seres humanos, el hecho de que sus vidas se encienden para volverse a extinguir, la desconsolada madre comprendió de pronto que Buda, en su compasión por ella, la había enviado para que aprendiera la verdad.

- ¡Qué egoísta soy en mi pena! –pensó-. La muerte es universal.

Dejando aparte el egoísmo de su afecto por su hijo, Krsa Gautami fue al borde de un bosque y tiernamente puso el cuerpo muerto sobre un montón de flores silvestres.

- Hijito – le dijo tomando la mano del niño-. Pensaba que la muerte sólo te había sobrevenido a ti; pero no es a ti sólo, pues es común a todas las gentes.

Y lo dejó allí, y cuando el amanecer iluminó el cielo oriental, regresó junto al Perfecto.

- Krsa Gautami –le preguntó el Tathagata-. ¿Conseguiste un puñado de semillas de mostaza en una casa en la que nadie haya perdido nunca a un pariente o amigo?

- Eso, señor, ya ha pasado –dijo ella-. Concédeme apoyo.

- Buena mujer, la vida de los mortales en este mundo se ve turbada y es breve, e inseparable del sufrimiento – declaró Buda-. Pues no hay ningún medio, ni lo habrá nunca, por el que los que han nacido puedan evitar la muerte. Todos los seres vivos son de tal naturaleza que deben morir, alcancen o no la vejez.

“Lo mismo que las frutas que maduran temprano están en peligro de caer, los mortales, cuando nacen, están siempre en peligro de morir. Lo mismo que los recipientes de arcilla que hace el alfarero terminan rotos, así sucede con la vida de los mortales. Jóvenes y viejos, los estúpidos y los prudentes, todos caen en el polvo de la muerte, todos están sometidos a ella.”

“De los que se separan de esta vida, vencidos por la muerte, un padre no puede salvar a su hijo, ni los parientes a sus familiares. Mientras los parientes miran y se lamentan, uno a uno los mortales desaparecen, como bueyes llevados al matadero. La gente muere, y su destino tras la muerte estará de acuerdo con sus actos. Esos son los términos del mundo.”

“No por llorar ni lamentarse obtendrá nadie la paz de la mente. Por el contrario, su dolor será mucho mayor y arruinará su salud. Enfermará y palidecerá; pero con sus lamentos no se restaurará el cuerpo muerto.”

“Ahora que has oído al Tathagata, Krsa, rechaza la pena, no dejes que entre en tu mente. Cuando veas a alguien muerto, debes saber con seguridad: “Nunca volveré a verlo en esta existencia.”

“Y lo mismo que el fuego de una casa incendiada se apaga, también una persona sabia y contemplativa esparce el poder de la pena, con experiencia y rápidamente, tal como el viento esparce las semillas del algodón.”

“El que busca la paz debe sacarse la flecha de las lamentaciones, los anhelos inútiles y las punzadas de dolor que él mismo se provoca. El que se ha quitado esa flecha malsana y se ha tranquilizado, conseguirá la paz de la mente. Verdaderamente, quien haya vencido a la pena estará siempre libre de ella, sano e inmune, confiado, feliz y cerca del nirvana, eso es lo que digo.”

- F I N -

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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