La playa de la basura era el Paraíso. Phu Quoc, Vietnam

A cada día que pasa, el mundo me parece un lugar más extraño, y al mismo tiempo, a cada día que pasa siento que el mundo podría resumirse en unos pocos lugares comunes.

Sentado sobre un tosco palacete de maderas curtidas por la brisa del mar se alzan ante mí mil banderas de Vietnam, mil estrellas amarillas sobre un fondo rojo. No es un cementerio, ni una parada militar. Son mil botes anclados en la bahía esperando el momento para zarpar. No sé si es por el hipnótico vaivén de los mástiles sobre el cielo azul, o por los 6 tragos de aguardiente que por cortesía he tenido que tomar antes del medio día, pero saboreo estos instantes consciente de que pasarán a mi posteridad. Aterricé en Phu Quoc buscando el paraíso de arenas blancas y cocotero a la orilla del mar que me prometieron las guías de viaje y algún blog claramente miope. Tras escasas 24 horas seguía buscando.

La pasada noche la pasé soñando mucho y durmiendo poco y todavía es hora que tengo el alma inquieta: Cerré un guión de Almodóvar con Antonios Banderas y Verónicas Forqués. Asistí a una misa católica pagana. Visité Medina Azahara con el catedrático de primero que con voz tartamuda me reía las gracias. Y es todavía hora, que frente a las 1000 banderas que ondean sobre este cielo azul, una fina veladura de vagas sensaciones me hace pensar que soñé muchas cosas más. En menos de 24 horas quedaron atrás CamboyaAntón.

Antón fue mi último compañero de viaje de quita y pon. Menudo y fibrado, de ojos azules y cresta rubia. Antón era un ruso de San Petersburgo y en su anecdotario vital destacaba sus paso por minas subterráneas, a 2 kilómetros bajo la estepa siberiana, durante 15 meses de su vida trabajando como topógrafo. Tiene pinta de majo pero bebe demasiado, necesita de marihuana para poder dormir y me aborrece con comentarios de putero. No lo tenía claro y a la cuarta alarma no dejé que sonara la quinta. A las 6 de la mañana todavía no había aparecido en la habitación que compartíamos y decidí arrimar anclas y alzar las velas. Me volvía al centro de Doung Dong, desilusionado por la playa Bai Truong (Long Beach) salpicada de basura y peces muertos al pie de hoteles de lujo y aislado de todo.

A las 7 ya estaba en el centro, feo y sin gracia, pero al menos palpitaba vida y cotidianidad. A las 8 ya arrancaba mi moto, dispuesto a llevarle la contraria al mal fario que cargaba a cuestas y listo para descubrir la supuesta isla paradisíaca: Encontraría la playa blanca con el cocotero! Me perdí por perder el mapa que me voló del bolsillo en pleno trayecto, deshice camino, reencontré la senda y tras varios chascos de pseudo-paraísos llegué a Ganh Dau, un pueblecito pesquero en la punta noroeste de la isla.

Me pareció bello de lejos pero lleno de hedores y basura de cerca. Me di margen para intentar levantar los ánimos, desencantado con Phu Quoc y con Vietnam en mi segundo día en el país. Y caminé hasta los límites, aguantando el tirón de mi escasa buena ventura. Y fue entonces cuando me crucé una vez más con pura vida, alegría y sonrisas. Entre callejón y callejón, sonrisas brotaban de los umbrales de las puertas y de los porches de la casas. Miradas alegres me borraron las sombras que ni el sol del trópico había podido aclarar.

Sonría yo, sonreían ellos. Nos saludábamos todos y algunos me invitaron a sentarme junto a ellos. Me ofrecieron abundante aguardiente que tuve que torear como pude. Compartieron conmigo sus mariscos frescos recién pescados: pulpitos, cangrejos, caracolas, gambas y varias cosas que ignoro pero que fueron a parar directamente al buche. Sentados descalzos en el porche de la casa que hacía de escenario, hablábamos como podíamos y un rebaño de niños nos miraban divertidos desde la calle como si lo nuestro fuera una función y ellos los espectadores.

Atontado por el aguardiente decidí esperar a que el sol y alcohol bajaran. Y fue entonces que encontré mi palacete de ceniciento, amueblado con mesas de bambú y sillas rojas de preescolar. Durante casi tres horas releí algo de Kerouac y Calvino, y fue entonces, cuando al levantar la vista, volví a contemplar la bahía. Bajo la calma blanca de un sol implacable, una barquita cruzaba el horizonte. Tan sólo un montón de porexpan, una silla de plástico y dos remos. El agua calmada y de un azul intenso, nubes y palmeras a lo lejos y basura en las orillas. Pensé de nuevo en el infinito universo de lugares extraños que dan forma a este mundo, y me sorprendí de nuevo recordando lo sencillo que es entenderse. Basta una sonrisa sincera, agradecimiento y respeto, y ya todos nos podemos sentar alrededor de la misma mesa.

Me quedaba por delante una visita al mercado taciturno, que no el nocturno turistero que anunciaban las guías. Crucé el rió y la luz del crepúsculo empezó a tornarse mágica, y a la misma velocidad que el sol descendía y se alteraban los matices del ambiente, a la misma velocidad corría yo por el mercado y por la calle, totalmente desbordado por el momento, intentando empaparme de todo y todos.

Mientras los últimos rayos del sol alumbran las últimas escenas del día pensé en lo que había vuelto a aprender una vez más. Ya basta de decir que no, que sonreiremos sí o sí, y lo que empezó con muy mal pie termina siendo un día de esos que recordaré con cariño durante mucho tiempo. Vietnam me daba la bienvenida a su manera y yo se lo agradezco de todo corazón.

*Al día siguiente volví a calzar la moto y después de recorrer de cabo a rabo el sur de la isla encontré la playa del cocotero, aunque no fuera tan paradisíaca. En las fotos se verá bien porque así lo quise, pero tiene trampa. Así que antes de escoger un destino, infórmense bien, crucen referencias y ojo con las fotos, aunque sean las mías. A malas les puede pasar lo que a mí, que buscando el paraíso de Phu Quoc acabé encontrándolo en un pueblo de playas de basura bañadas por aguas turquesa, chabolas de hojalata ardiente bajo el sol y gente muy humilde con un corazón enorme.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.