La Otra Orilla. Varanasi, India

Había oído muchas cosas sobre Varanasi pero nadie me había contado que al atardecer las azoteas de la ciudad vieja se cubrían de niños que hacían volar sus cometas de papel. Centenares de cometas enzarzadas en cabriolas imposibles, superponiéndose a los trazos invisibles que dejaban a su paso bandadas de gorriones al caer el sol.

Hay que encaramarse a las alturas de la ciudad -y no dejarse distraer por las cometas y los gorriones- para darse cuenta de otro hecho sorprendente del cual tampoco nadie me había hablado. La ciudad de Varanasi se amontona, acumula y apilona toda ella, hasta el punto de reventarle las costuras, en el margen izquierdo del río Ganges. Crece en vertical apiñada sobre sí misma y sobre su pasado. Más de un millón de almas apretujadas a un lado del río mientras la otra orilla, permanece desierta.

¡Námaste Varanasi! La venerable Kashi, Ciudad de la Luz. Ciudad de Shiva y Párvati, la única que siendo divina mora en la tierra a sabiendas de seguir suspendida sobre el tridente de ‘El Destructor’. Bañada en su orilla occidental por Ma Ganga, la diosa Ganga, la Madre cuyas aguas todo lo purifican. La ciudad más sagrada de toda la India a la que llegué desde Bodh Gaya cubierto de polvo y sudor, tras un trayecto de 11 horas en bus –que supuestamente sólo eran 6- cuando la noche ya había caído sobre el avispero de la ciudad nueva, a los alrededores de la estación de ferrocarriles. Con el suficiente ánimo para negociar un rickshaw a un precio razonable que me lleve al centro abriéndose paso entre el enjambre de motos, coches, rickshaws, autorickshaws, carromatos varios, peatones impredecibles y alguna que otra vaca, sagrada. Otra vez la marea negra estridente -el indio hace de uso del claxon para proclamar, insistentemente, su mera existencia en el mundo-. Otra vez el magma burbujeante que colapsa todas las arterias de la ciudades indias. Ésta fue la parte fácil porque tras apearme frente al arco de Dasasawamedh Ghat Road, me adentro por primera vez en la maraña de callejones de la ciudad vieja, la verdadera Varanasi.

Varanasi_104_Franc-Pallarès-LópezEn apenas cinco minutos ya me doy por perdido en este mundo paralelo que ningunea toda experiencia previa; una versión barroca, colorista y desgastada de las escaleras imposibles de Escher. En apenas un minuto un chaval ya me ha recogido y me guía por el laberinto en penumbra hacia mi supuesto destino, abriéndose paso en la noche con una espléndida sonrisa en la cara. Con las más de trece horas de viaje a cuestas, rezo para que no me líe y me lleve a la tienda de su tío a venderme vete tú a saber qué historias. Pero hoy tengo suerte y esta noche mi lazarillo es un chico honesto que por entre callejones que tuercen a otras callejas que llevan a otros pequeños patios, finalmente me deja en la puerta de la Puja Guesthouse. ¡Dhanyavād Little Mister! ¡Dhanyavād! -¡Gracias Pequeño Señor! ¡Gracias!-. Como cada vez que alquilo una nueva habitación, cumplo con el ritual burocrático del registro -a los indios, el papeleo parece producirles un placer extremo-; me doy mi merecida ducha de agua fría y me dispongo a asaltar la Varanasi nocturna a por algo de comida cuando justo se da un apagón –uno de los muchos que están por venir-. ¿Qué hacer? ¿Ceder y pasar la noche en ayunas? No será para tanto –me digo-, en peores plazas hemos toreado. Me armo de coraje. Me pueden el hambre y las ganas de echar otro vistazo al embrujo por el que vine andando, pero Varanasi se impone. Me detengo en la plazoleta al llegar a la esquina, junto al templete rojo del que sale un gran baniano, hay un par de velas iluminando unos puestos de chucherías.

Es tan negra la noche en pleno corazón de la ciudad, son tan retorcidos los callejones y siguen un patrón tan aleatorio que debo asumir mi situación. De aventurarme ahora a oscuras me perdería seguro y no encontraría mi camino de vuelta. Me rindo ante la lógica de la ciudad y dejo que el día termine junto a este encantador señor que alumbra su puesto con una vela. Le compro –y compraré los próximo días- galletas y agua, y me quiere vender –día sí y día también- tabaco y estampitas multicolor de deidades varias.

Varanasi_006_Franc-Pallarès-López¡Pero al día siguiente amanece! En Varanasi siempre amanece. No importa cuán oscura o larga haya sido la noche. Puede que sea por eso que en esta ciudad de más de 3000 años los edificios más antiguos no tengan más de tres siglos. Porque a pesar de las conquistas y las catástrofes que hubieran abatido a cualquiera, la Ciudad de la Luz siempre renace sobre sí misma desafiando al mundo entero con un nuevo amanecer. Y es precisamente por eso, también, que esta ciudad se levanta en la orilla izquierda y no en la derecha: para saludar de cara al nuevo día mientras se sumerge uno en las contaminadas aguas purificadoras de Ma Ganga –la madre Ganga-. A Varanasi se viene a eso, a bañarse en el río mientras sale el sol. A eso y a morir.

Ésta es una ciudad al borde, al límite entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos, el profano y el sagrado. Una ciudad que cuelga de la temblorosa línea que definen las aguas del Ganges al encontrarse con los peldaños de los ghats -escalinatas que bajan al río-. Es en ese preciso límite desplegado a lo largo de cinco kilómetros donde tiene lugar el mayor espectáculo del mundo: la contradicción insalvable, la paradoja irresoluble, la dualidad más insufrible, el maridaje imposible de los extremos irreconciliables.

La lista podría –y de hecho es- infinita: la muerte en las piras de sándalo en Manikarnika frente a la vida que brota a borbotones de los callejones que llevan a los ghats; la miseria del leproso que se arrastra frente al palacio del Maharajá de Jaipur; la santidad del sadhu que renunció al mundo en busca de la verdad frente al pordiosero mal disfrazado de santón con mirada de cordero degollado que se ofrece para la foto por unas ruppias. La frivolidad del turista occidental cincuentón adinerado –o veinteañero ‘hippie wanna be’- que contempla con desconcierto, fascinación y mal disimulada repugnancia a las hordas de humildes campesinos que –habiéndose gastado los ahorros de una vida para llegar hasta aquí- se abalanzan sobre el río para beber sus aguas sagradas y purgar sus pecados. La función que aquí se representa es infinita, siempre la misma, siempre distinta. Atracción y repulsión, dos caras de la misma moneda, dos estados de ánimo con los que indistintamente alterno mientras deambulo boquiabierto por los ghats y las callejas de Varanasi.

Varanasi_019_Franc-Pallarès-LópezPorque la ciudad sigue existiendo más allá del río. Detrás de las escaleras, de los palacios de los maharajás y de los cafés con vistas y wifi para los turistas occidentales, hay una ciudad de un millón de almas. ¿La parte nueva? Como cualquier ciudad india de nuevo cuño: aplastada por la dejadez y las prisas, y por esa pátina de polvo que acaba impregnándolo todo. Algún que otro gigantesco pandal –estructura temporal de bambú- a medio hacer para el Durga Puja que se avecina, pero poco más. No es la ciudad nueva lo que hace especial a Benarés, hay que perderse en la parte vieja, y aún perdiéndose por ella hay mohalás y mohalás -barrios-. En el sur -no sabría decir exactamente por donde anduve- las calles aparecen desiertas, sorprendentemente desiertas y silenciosas. Pocos hombres, ninguna mujer, y sólo el ruido de los telares del barrio musulmán donde se tejen las mejores sedas de la toda India. Lejos quedan los torsos desnudos de los brahmanes cruzados por el cordón sagrado. ¿Lejos? ¡Todo está amontonado en Varanasi! A escasos minutos a pie reaparecen de nuevo los templetes hindués al giro de una esquina, brotan, se redoblan los tambores de guerra y el desbarajuste monumental de peregrinos vuelve a inundar las calles. Venidos de todos los rincones de la India –por primera vez me cruzo con los coloridos turbantes de los rajastanis- una muchedumbre se arremolina a los alrededores del Kashi Vishwanath, el Templo Dorado, probablemente el templo más sagrado de Varanasi al cual nunca llegaré a entrar.

Demasiada gente, demasiada histeria colectiva –lo intenté de veras-, la cola siempre demasiado larga. Centenares de policías perezosos apostados en las calles de los alrededores. Matando el tiempo con sus metralletas, palos y algún que otro fusil de los tiempos del abuelo palancas. Sorprende que esta ciudad santa no tenga una Basílica de San Pedro, ni una Kaaba. Varanasi es ciudad de templos –muchos, sí- pero no de ‘un gran templo’. Toda ella es sagrada, salpicada de templetes, cada uno a cargo de una orden, o de un pujari -sacerdorte-. Y no sólo templos: pequeños altares empotrados, rincones cubiertos de guirnaldas de flores frescas, imágenes desfiguradas embadurnadas de kumkum rojo. Un nicho en el bajo de una escalera custodiado durante las noches por un niño acurrucado que recoge ofrendas a cambio de bendiciones. ¿Habré pasado 10 veces durante el día frente a esta escalera y hasta esta noche nunca imaginé que en ese hueco hubiera un altar? La realidad de Varanasi está tan sobredimensionada que la percepción de todos sus matices resulta inasumible.

Varanasi_041_Franc-Pallarès-LópezQue nadie venga aquí esperando el gran templo, que nadie venga aquí esperando la ciudad monumental. En las fotos lo parece, en los recuerdos -que siempre son traicioneros- también, pero ésta no es una ciudad que dé grandes aspavientos. Es la densidad y el apilamiento en vertical lo que le confiere monumentalidad. Son los vivos colores de las fachadas desconchadas y los saris estampados de las mujeres. La estrechez de los callejones bloqueados por vacas sagradas -encontré alguna paciendo sola dentro de un templo-. La grandiosidad de las mansiones venidas a menos. La basura pudriéndose en la misma esquina durante tres días, con sus tres noches. Los patios que llevan a patios que llevan a otros patios que llevan a otros patios…

Es estar sentado tomándote un lassi –yogurt frío- tranquilamente y ver pasar el alboroto de una comitiva fúnebre -sólo hombres- cargando a cuestas a un muerto boquiabierto, envuelto en sábanas blancas y cubierto de guirnaldas al grito de ¡Ram Nam Satya Hai! ¡Ram Nam Satya Hai! -¡Rama es el nombre de la verdad! ¡Rama es el nombre de la verdad!-. Saltar del asiento, pagar la cuenta, y seguir la comitiva por los callejones hasta el Manikarnika Ghat, el lugar donde durante milenios, día y noche, las piras han permanecido encendidas para ver arder a millones de fieles. Porque a Varanasi se viene a esto: a morir y arder en llamas hasta que sólo queden las cenizas que se arrojarán al río para mezclarse con el cieno, y que prestos, una cuadrilla de mozos removerá con sus propias manos a la búsqueda de alguna alhaja que hubiera sobrevivido al pasto de las llamas, y todo esto frente a los familiares de los difuntos allí presentes, y todo esto con la mayor naturalidad del mundo.

Me sorprendió no sorprenderme. Lo que aquí acontece es de suma trascendencia -Manikarnika es legendario en la mitología hindú y a fin de cuentas hablamos de la muerte de seres queridos-, pero no hay llantos ni lamentos. Nadie se rasga las vestiduras ni se tira de los pelos. Hay una diligencia metódica que ordena los ritos escrupulosamente marcados a cada momento. Los cuerpos en sus camillas esperando sobre los ghats, los porteadores de leños que vienen y van desde los almacenes justo detrás del ghat, los brahmanes azuzando las llamas para que ardan por completo los cadáveres. ¡Ni tan siquiera huele mal! Resulta, en cierto modo, un descanso saber que la muerte es esto y nada más. Rodeada de tanta parafernalia la muerte se queda en poco. La vida en Varanasi se empecina y sigue su curso.

Varanasi_083_Franc-Pallarès-LópezUnos metros más arriba, junto al templo hundido de Dattatreya Ghat, llevo ya varios días buscando a Telu. Mi amiga Claudia -que pasó por aquí hará 5 años y que conocí en Mae Sot- me manda saludos para su amigo que regenta un puesto de chai -te indio- en este ghat. Pregunto por todas partes sin encontrarlo hasta que doy con un chico de desconcertantes ojos verdes que afirma ser su hermano. Podría ser cierto… ¿Porqué no? Aunque por otro lado llevo ya muchos días zafándome del ejército de embaucadores y liantes varios que patrullan regularmente por las calles de la ciudad. El chico es encantador, me invita a un chai y me cuenta que Telu consiguió un trabajo nuevo, que hoy no está pero si quiero mañana podemos quedar -él ya se encarga de avisarle-. Me lo creo. Me mira directamente a lo ojos -con sus desconcertantes ojos verdes- y con su sonrisa franca insiste en no cobrarme el chai ¡Por dios! ¡Sólo faltaría! ¿Al amigo de una amiga de Telu? ¡No! ¡Nunca jamás! ¡Invita la casa! El chai apenas cuesta nada, pero por mucho menos algún rufián ha intentado cobrarme barbaridades, así que le pregunto a Jagad si sabe de algún barquero. ¿Un barquero? ¡Por supuesto que sí! ¡Aquí mismo mi sobrino Bisaj! Pues no se hable más. Tan sencillo, tan fácil y tan agradable, por un precio razonable ya tengo barquero para el próximo amanecer y una cita con Telu para mañana. Agradezco la ayuda y mi segundo chai por cuenta de la casa juntando las manos y entonando un sentido dhanyavād.

Vuelvo a casa, a encaramarme a mi atalaya, el terrado de la Puja Guesthouse que ofrece desde un sexto piso una impresionante vista de todo Benarés. La ciudad atiborrada a un lado y la otra orilla que sigue vacía. Medio pueblo en las azoteas tomando el fresco y un respiro del agobio de la ciudad. Manadas de monos -cabrones- campando a sus anchas por los terrados, y los gorriones y las cometas reyes indiscutibles de los cielos. Va oscureciendo poco a poco mientras charlo con Juanjo -otro español vagamundo en pleno proceso de reinvención- de todo y de nada, identificándome sin quererlo con más de una -y de dos y de tres- reflexiones que hace sobre todo y sobre nada. Ya es noche cerrada y una vez más veo allá a lo lejos, junto a la orilla del río, miles de lamparitas que prenden corriente abajo. Otras noches fui a su encuentro pero siempre llegué tarde, ésta ni lo intentaré.

Un nuevo apagón y una vez más se va la luz y la ciudad vieja vuelve a quedarse a oscuras. Sólo hay luz en la ribera, prenden los focos de todos los ghats como siguen prendiendo las piras en Manikarnika, noche tras noche, año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio. El resto sigue envuelto en las tinieblas. Desde esta terraza, las azoteas que nos rodean todavía se distinguen por merced de la tenue luz de una luna creciente, pero, entre cubierta y cubierta, las calles se abren como profundos surcos, como pozos abisales de los que mana una negrura sobrenatural. ¿Salir a la calle ahora? ¿A riesgo de perderse en la espesura de una noche tan densa como densa es la historia de Varanasi? Mejor no, mejor esperar a mañana, esperar a otro nuevo amanecer, porque en Varanasi siempre amanece. Esperar a recorrer el río con Juanjo y Bisaj el barquero. Esperar a encontrarme con Telu, el amigo de Claudia, el hermano de Jagad, el tío de Bisaj, para que me cuente sobre su buena fortuna y me muestre los rincones del hotel de lujo donde ahora trabaja como jefe de los barqueros. El hotel de lujo frente a los ghats donde los humildes campesinos de Bihar siguen lavando sus ropas en las aguas turbias de Ma Ganga, en esta nueva función de la misma eterna representación, siempre la misma y siempre distinta.

Sí, esta noche mejor me quedo aquí, mejor me espero a que amanezca, porque en Varanasi, tarde o temprano, siempre amanece.

Si te gustó, no te pierdas “El Encantador de Serpientes”

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

8 Comentarios

  1. Varanasi, oh Varanasi. Como bien dices los recuerdos son traicioneros. Durante los días que estuve en ella, estuve aclimatando mi cuerpo y mi mente a la India, con lo que eso conlleva de estrés, sensaciones nuevas y frustraciones varias. Ahora en la distancia del tiempo he pensando tantas y tantas veces en volver y dedicar un poco más de tiempo a ver, sentir y saborear la gran Benarés, que miedo me da si algún día vuelvo y no me daré de bruces de nuevo con la realidad…

    En cualquier caso, Varanasi es un lugar como no hay otro en el mundo, así que disfruta de esta experiencia única. En el futuro así la recordarás.

    Un saludo

    • En la canción ‘Peces de Ciudad’ de Sabina, dice algo que se me quedó grabado y que siempre lo llevo a cuestas: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Siempre que volví y lo olvidé, me di de bruces. Si se vuelve hay que dejar lo pasado y en el pasado, retomar las ciudades/destinos desde cero.

      Un Saludo Iñaki ;)

  2. Cada día me dan más pereza los blogs, pero luego te leo y me vuelven a entrar las ganas de viajar y contarlo y leerlo y saborearlo todo. Olé.

Leave a Reply

Tu email no será publicado
Los campos necesarios están marcados con *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title="" rel=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>