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La Mirada del Otro. Kolkata, India

Agnes Gonxha Bojaxhiu, una niña nacida hace más de 100 años en los Balcanes otomanos que rigen los Sultanes desde el Palacio de Topkapi en Estambul. ¿Te suena…?

Kolkata, antaño una de las perlas de Oriente y cuna de la cultura bengalí en la que se fraguó la élite cultural e intelectual que llevaría a India hasta la independencia del Imperio Británico. ¿Te suena…?

Con el tiempo aquella niña tomaría el nombre de Teresa en esta ciudad que ahora se llama Kolkata, pero siempre se llamó Calcuta. ¿Te suena ya?

La niña creció, la niña partió, la niña cambió, y con los años quedó un cuerpo doblado por el paso del tiempo y el trabajo incansable. Una cara surcada de arrugas, muchas, que bien podrían ser el reflejo de las demasiadas penurias que a buen seguro vieron aquel par de pequeños ojos inquietos. Hoy todo lo queda de ella lo tengo frente a mí: una tumba sencilla, algunas flores y unas velas, y una virgen con el niño. Unos la llaman santa, otros fanática. Como yo no sé, vine a verlo con mis propios ojos.

Deboradores de Almas,

Y aquí estoy yo, paseándome por el pequeño museo de la “Casa Madre”, enterándome de la vida de esta mujer tan famosa y tan desconocida al mismo tiempo. Sencillo, pequeñito, naïf. Un discurso vital de un ser humano indiscutiblemente singular, pero cuyo mensaje subyacente empieza a resultarme inquietante. Un mensaje implícito machacón con referencias constantes a la “Salvación de las Almas”, con cuadros de un Jesús que clama por su “Sed de Almas”. Escritos de la Madre Teresa a la búsqueda de más y más almas hundidas en la miseria que hay que devolver al buen camino antes de que sea demasiado tarde.

Ni que decir que plantarse en la otra punta del mundo para dar lecciones de espiritualidad a otros pueblos ya es arrogante de por sí. Pero plantarse en un lugar como la India -con todo lo que carga a cuestas esta civilización- es la expresión máxima de la ceguera que produce la ignorancia y el menosprecio -la ignorancia es arrogante, se suele decir-. Siempre me pareció muy perverso cambiar credos por comida casi tanto como siempre me costó comprender porqué teniendo un credo católico –yo pasé 13 años en colegio Marista- había que cobrar un peaje por ayudar –a mí, desde luego, no es eso lo que me contaron los hermanos-.

Ya van muchos meses de viaje, pero me sigue ocurriendo que a cada momento que me salgo de mi zona de confort me siento incómodo. Así que mientras espero que me toque mi turno para registrarme como voluntario, hasta en tres ocasiones apuntito estoy de darme la vuelta e irme. Al final puedo conmigo mismo y me llega el turno. La hermana que me atiende es amable y tiene poco de radical. Me toma los datos, me hace las preguntas pertinentes y me presenta a Carmen y Ana, un par de voluntarias mejicanas que tampoco tienen mucha pinta de fanáticas devora almas y que me calman un poco la paranoia atea.

Las jornadas como voluntario pueden empezar pronto, o muy pronto. Con una misa para los creyentes –muy pronto-, y para los no creyentes –sólo pronto- un desayuno sencillo entre charla y charla con los demás voluntarios. Una plegaria todos juntos y un canto de agradecimiento para los que ya se van. Sencillo, sin pretensiones y muy emotivo, honesto. Todo eso, por supuesto, bajo la atenta mirada de los cristos piadosos que siguen sedientos de almas. Se reparten los grupos, se sale y se va a tomar el bus local cada uno hacia la casa que le hayan asignado.

Las casas de las Hermanas, como era de esperar, están en el corazón de los slums –barrios de chabolas-, lugares malditos que un turista nunca pisaría. Chozas amontonadas las unas sobre las otras, construidas con un revuelto de desperdicios, madrigueras oscuras como la boca del lobo de las que salen niños pedigüeños y madres con la mirada perdida cargando bebés sobre las caderas. A través, entre chacos de aguas infectas y montones de basuras nauseabundas, desfilamos nosotros, los impolutos salvadores de almas que lo dejaron todo –por un ratito, pero no demasiado- para venir a echar una mano. Me siento confuso y sigo perdido, sin tener nada claro a qué vine aquí. Y mi confusión aumenta tras cruzar el portón… Un mundo “perfecto”, limpio, ordenado, a miles de kilómetros de distancia del callejón por el que acabamos de andar. Espartano pero muy digno. Y mi confusión no para de crecer mientras cruzamos el patio hasta llegar a donde moran los de la casa…

Sin tiempo para asimilar nada dejamos las cosas en una cuartito y nos mandan para la azotea: se está secando la ropa de la colada y una cadena humana tiende decenas de mudas empapadas. Sin tiempo para asimilar nada bajamos abajo y otra nueva cadena humana, otra vez mezcla de voluntarios y residentes, limpia el patio entero a cubazos. Sin tiempo para asimilar nada ha llegado la hora de repartir agua al grito de ¡Pani!¡Pani! y sin tiempo de asimilar nada ya estamos recogiendo todos los vasos metal y alguien ordena que empecemos a repartir bandejas con comida. Sin haber tenido tiempo de asimilar nada me doy cuenta de que aquí en realidad nadie manda, que en cierto modo, son los propios residentes –los menos impedidos- los que organizan -sin llegar a organizar- las rutinas, y que nosotros –los voluntarios- nos limitamos a seguirles el paso como bien podemos.

Sin tiempo de asimilar nada, entre viaje y viaje la mirada se va posando en las decenas de rostros que esperan sentados a la sombra su vaso de agua y su bandeja de comida. Heridas imposibles, mutilaciones, verrugas, cicatrices y muchas miradas perdidas y mandíbulas desencajadas. Esta casa en concreto es el hogar de hombres y mujeres con problemas de salud mental. A medida que pasan las horas, los rostros, sin tener nombre propio, se van volviendo recurrentes y como se suele decir te vas quedando con la cara de la gente. Y ellos con la tuya. Hay buen humor y un muy buen ambiente, y yo no entendiendo a nadie y me entiendo con todo el mundo. Y a pesar de las miradas perdidas y esas cicatrices imposibles se va fraguando una pequeña red de complicidades pasajeras: Con aquel que tampoco está tan mal y que chapurrea inglés y te cuenta su vida. Con el otro que te toma el pelo y te pide agua tres veces hasta que al final comprendes que lo único que quería era jugar un rato, que le hicieras caso, que estuvieras por él. Con otro señor que tras varias veces tratando con él y mirándole a les ojos, me doy cuenta que le falta un brazo. ¡Qué le falta un brazo y no lo vi!

Otros muchos esperan pacientemente su afeitado. Un voluntario australiano experimentado se ha hecho con la cuchilla y la bacía del barbero, ejerciendo de maestro de ceremonias en un ritual cuanto menos sorprendente que me hace comprender muchas cosas: El anhelo inherente de todo ser humano de sentirse guapo. La necesidad del contacto con otros, la necesidad de cariño y atención que todos ansiamos. El orgullo de sentirte el rey de la fiesta, ni que sea al menos por un día, a más apurar, tan sólo durante ese ratito que dure el afeitado con cuchilla de usar y tirar. Y de ahí salto de nuevo al slum, a los callejones que cruzamos al venir para acá. Y viendo a estos hombres pienso en lo afortunados que son los de afuera -todos esos que viven en las madrigueras hechas de restos de cosas- por tener sus dos piernas con sus dos brazos. Porque no tienen estas cicatrices que sabrá dios de qué heridas vienen y porque pueden hablar sin balbucear ni babear, y porque a pesar de todo tienen a alguien a quien llorarle sus penas.

Los hombres de aquí dentro están muy tocados, pero las mujeres… Ay de las mujeres de este centro… Ay de esos rostros totalmente idos, de esas muchas miradas que ya no miran nada… Tan tristes, tan apagadas, tan marchitas… Una señora llora desconsolada sin parar. Llora, gime, atrapada en mundo de dolor y tinieblas. Ay de estas mujeres… ¿Qué males habrán sufrido en esta ciudad inmisericorde azotada por la miseria? ¿Qué calvarios habrán tenido que padecer para llegar a este punto sin retorno? La India -como la mayoría de este mundo- no es lugar para mujeres, y mucho menos si son pobres, y mucho menos si por azares de la vida nacieron con algún impedimento. Presas fáciles, carne de cañón para desvaríos varios.

Suena música por los altavoces, algunos bailan mientras lavamos los platos y cerramos la jornada. Al medio día todos para casa y mañana más. Aunque uno que mandara mucho e hiciera poco –suele ser siempre así- se pregunte para qué volver si mañana si total será igual que hoy. Curiosamente es el único indio –de Chennai- y creo que si la casta nos pesa a nosotros a él, por ser de aquí, todavía parece pesarle más.

La Lepra,

Hoy iremos de excursión a visitar una leprosería. Hoy iremos de EXCURSIÓN a visitar una leprosería…

La fundaron las Hermanas en 1953 pero la regentan los Hermanos. Está lejos, 25km al norte de Kolkata, que traducido a estas latitudes es el típico tormento de polvo, ruido y calor.

La leprosería en si es el ejemplo más claro de lo que significa esta enfermedad: 2 edificios partidos por la vía del tren. A un lado, junto a la ciudad, el dispensario. Al otro lado de la vía, aislado del mundo, los talleres con los telares, las camas de los enfermos, las granjas, los huertos y por último las viviendas de las familias. Al otro lado, separados, aislados, lejos, al otro lado, que quede bien claro. Tan claro que tenemos que esperar casi una hora para poder cruzar, porque hay un tren parado en la vía y sencillamente no se puede pasar hasta que se vaya. Antes de entrar nos recalcan por activa y por pasiva que no hagamos fotos -¿¡Era necesario!?- pero obviamente siempre hay un idiota que se ve de safari. Curiosamente los Hermanos tampoco le dan más importancia, al fin y al cabo, supongo, el que se humilla es él mismo.

Y finalmente termina la eterna espera y cruzamos las puertas y vamos directos a los talleres con el taca-taca de los telares artesanales, de las mujeres hilando, los hombres tejiendo, al son del taca-taca de las agujas yendo de un lado para otro. Un salto en el tiempo, la fascinación de contemplar un proceso tan complejo cuyo resultado es tan sencillo. Fascinación por pura ignorancia; por los rostros tímidos y esquivos de los trabajadores que pacientemente soportan a nuestra miradas, que a la vez son los responsables de tejer los hábitos que por todo el mundo visten las Hermanas de la Caridad: el sari blanco con las tres líneas azules.

De los talleres a la guardería donde los niños aprenden lo básico para no engrosar las filas de analfabetos y tener alguna oportunidad. Y de las risas de los niños a las salas donde descansan los pacientes. De menos a más, de menos a más. Ana –la doctora mejicana que no devoraba almas- me confiesa lo incómoda que se siente. Le parece que estamos de safari, de visita al zoo. Entiendo lo que dice pero no comparto su sensación. Todos se incorporan a nuestra entrada y todos buscan nuestro saludo. Juntan sus dos manos, no siempre completas, y se tocan la frente mientras entonan el “Namasté”. Sonríen, buscan ansiosos nuestras miradas. Sonríen alegres de veras y se les tuerce una mueca cuando alguien se los salta. Y uno intenta hacer lo mismo y devolverles el cariño con la mirada, intentando no saltarse a nadie y asegurándose de mirar bien a los ojos. Yo no me siento de safari porque no vine a eso. ¿Porqué sonríen? ¿Porqué buscan nuestra mirada? ¿Porqué les duele no encontrarla?

La Lepra, más allá de la enfermedad, es esto: Repudio, marginación, desprecio, el destierro. Lo peor de la Lepra -nos cuenta el hermano que nos guía- no son ni tan siquiera los muñones y las cicatrices –que duelen lo mismo-. Lo peor es el repudio de la familia, de la casta. El abandono más absoluto a la suerte de uno mismo en este mundo inmisericorde. La muerte en vida. Y es por eso -creo- que tantos sonríen alegres aún teniendo muchos motivos para no hacerlo. No tanto porque sepan que nosotros les podremos ayudar en algo, o que les devolveremos los rostros desfigurados, las manos o las piernas. Sonríen -quiero pensar- porque por unos instantes vuelven a existir para el mundo que les repudió, el que está más allá de la puerta, el de al otro lado de la vía. El mundo del que cayeron sin ser culpables de nada cuando la lepra –enfermedad de los tiempos bíblicos que aún sobrevive en las bolsas de miseria de este mundo mal repartido- les echara el guante encima.

Hombres, mujeres, algunos mejor y otros mucho peor. De menos a más, pues a medida que avanzamos los casos se complican y el brillo en los ojos se apaga y sólo hay tristeza y vacío y silencio. Ya nadie alza las manos ni se entonan “Namastés”. Personas con cuerpos envueltos en gasas que cubren más que heridas. Cubren vidas de dolor, de humillaciones, y por suerte, ahora, de algún consuelo, de algún cariño, y de lo más importante, de un poco de dignidad: una cama con sábanas limpias, un techo para cuando lleguen los monzones, de un baño y de un plato de comida caliente.

Dignidad es lo que emana de cada rincón de este pequeño mundo aparte. La dignidad de los que con una mano y un muñón levantan la azada para cultivar su huerto u ordeñar sus cabras y sus vacas. Dignidad de los que trabajan en los telares ganándose su pan. Dignidad de los que saben que sus hijos no pasarán hambre, ni nadie los señalará por ser la hija de la leprosa. Dignidad, nada más. Nada de salvar almas para un supuesto sediento cristo rey.

La Mirada del Otro,

Segundo día de voluntario y sube el tono de las tareas. La misma cacofonía, el mismo caos perfectamente organizado, y por esos azares hoy me toca “dentro” del dispensario, nada de patio, hoy toca todo lo que el otro día no vi, o no quise ver.

Los que peor están están dentro. Donde está el Doctor y la mayoría de las Hermanas que el otro día brillaban por su ausencia. No estaban de parranda, estaban donde se las necesitaba: Dentro.

Me veo empujando sillas de ruedas, llevando a enfermos de un lado para otro. Ayudando a otros a incorporarse para tumbarlos en la camilla y que el Doctor los pueda atender. Los casos más duros, si cabe. ¿Qué infiernos hay que pasar para llegar a este estado? No puedo evitar preguntármelo. Aquí dentro hay cierta calma, cierto desasosiego, y de nuevo, austera dignidad. Si estando atendidos están así -me sigo preguntando- ¿Cómo estarían cuando llegaron? ¿Qué ocurrió? ¿Porqué ocurrió…?

Sigo Dentro, arriba y abajo hasta que una Hermana me indica que debo llevar a un señor a la ducha para bañarlo, cambiarle los pañales y ponerle una muda limpia. El cuerpo del señor en cuestión es la viva imagen del dolor hecho carne, una grabado goyesco. No puede andar, no puede hablar, pero sus ojos saben. Espero a que alguien venga a ayudarme, que me dé instrucciones, pero aquí, una vez más, se espera que yo haga lo que toca. Pregunto, pido auxilio y muy amablemente me dicen que me busqué la vida, que ellos andan más ocupados en cosas más urgentes y más importantes –y bien cierto que es-. Así que me toca hacerlo a mí.

Le ayudo a desnudarse, le bajo de la silla, le baño, él hace sus necesidades, lo limpio, le pongo una muda nueva y lo vuelvo a montar en la silla. Al final no ha sido para tanto y ahora se puede decir que después de esto ya somos íntimos. Y cuando lo vuelvo a acompañar al patio y lo siento de nuevo en el banquito a la sombra, el bueno del señor me devuelve una mirada que lo dice TODO… Que me lo dice todo, a mí, y yo le entiendo. Es en esa mirada en la que -por extraño que pueda parecer- me veo reflejado, y comprendo que este señor y yo no somos tan distintos. De hecho, por un instante me veo en él. En ese instante este señor que nunca sabré como se llama me sonríe con la mirada, me da las gracias con la mirada y yo me veo en él.

Cariño, respeto, dignidad. ¿Qué más se puede pedir? Leí hace un tiempo en una entrevista esta frase de una mujer que se lamentaba diciendo “Es la mirada del otro lo que me hace diferente”.  Hoy finalmente la he comprendido: El brazo amputado que no vi; la sonrisa que este señor nunca esbozó pero que sí vi. Y todos tan distintos muchos siguen clamando hoy en día a los cuatro vientos. Y todos tan iguales no puedo yo dejar de pensar. Que tampoco es que lo piense ¡Qué caray! Que es lo que machaconamente este viaje se empeña en mostrarme, día sí y día también.

La niña aquella que creció, la que partió y cambió, dejando atrás el colegio de monjas de señoritas indias de bien para dar consuelo a los moribundos que agonizaban en la cuneta de las calles de Calcuta. La que abrumada por la miseria de la hambruna del 43, la violencia del 46 o la catástrofe de la partición, fundó una orden cuyo objetivo eran los desesperados de los desesperados, los miserables de los miserables, los olvidados de los olvidados. Los hijos repudiados de nadie a los que ofreció una muerte digna en una cama, un último suspiro amable que no fuera en una cuneta para acabar picoteado por los cuervos o mordisqueado por las vacas.

La niña, la fanática, con la que no se podrá estar de acuerdo en muchas cosas, y la que desde luego no ofrece la solución final a los problemas del mundo, la salvadora de almas que al menos comprendió algo tan sencillo: que el miserable no lo es por gusto, y que qué mínimo que darle un último consuelo al moribundo. Que lo inhumano no son las llagas monstruosas que les puedan supurar, que lo más inhumano es verlos sufrir y no sentir que en realidad somos nosotros mismos.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

4 Comentarios

  1. 1. Lee algún libro de Gabi Martínez. ¿Lo conoces? Creo que va a gustarte.
    2. Escribe un libro tú.
    Felices fiestaas :)

    M

  2. Una de las entradas más tristes o duras que leo en mucho tiempo.

    Es triste darse cuenta que existen otras realidades dónde las enfermedades que han sido erradicadas en países con dinero, afecten a la población más pobre. Cada vez estoy más convencido, pese a lo que digan, de que vivimos en un mundo poco desarrollado. Y creo que mientras el dinero sea lo que hace mover el mundo, las cosas seguirán igual o incluso peor.

    Un saludo.
    Diego Moreno.

    • Buenas Diego,
      Sí, ciertamente triste y dura realidad, pero créeme que había algo de alegre y positivo en todo ello. Jode pensar que su situación era totalmente evitable, y estoy de acuerdo contigo que el desarrollo de este mundo se mide por parámetros tan absurdos como considerar revolucionarios a Steves Jobses cuando hacer, lo que se dice hacer, no han hecho mucho.
      Totalmente de acuerdo que el desarrollo que es sólo para unos poco nunca se puede considerar como desarrollo. Privilegio sería una palabra más adecuada.

      Un saludo,
      Franc

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