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La escalera a Huangshan. Anhui, China

Finalmente salgo de la ciudad para ir al campo y la primera parada es Huangshan, las Montañas Amarillas. Fue toda una apuesta logística viajera invertir 4 días y un incremento presupuestario para desviarme de mi ruta y venir a las que posiblemente sean las montañas más bellas de toda la China. Para llegar aquí decidí seguir apostando fuerte y compré billete en clase turista para uno de los trenes de provincias chinos en un trayecto de 13 horas desde Shanghai en un vagón donde el único “demonio blanco” fui yo.

En todo momento estuve flanqueado por 3 abuelitas chinas, que podrían haber sido encantadoras pero que resultaron ser bastante cerditas. “Las 3 abuelitas cerditas y sus 6 nietos encantadores pero también cerditos”. Éste podría ser el título de un cuento, pero fue una cómica pesadilla en la que los 9 miembros del clan se debatían en un tragar y regurgitar comida sin parar. Patas de pollo, pipas, verduras y restos de arroz pasaban de los platos a las bocas y de las bocas al suelo del vagón. Entre tanto y a cada rato una sufrida limpiadora barría y cual artistas contemporáneos enfrentados al desafío del lienzo en blanco, las abuelitas y los nietos recomponían nuevas constelaciones y ensayaban nuevas variaciones de basura en el piso.

Este happening espontáneo tan solo se interrumpía al paso del vendedor de calcetines ambulante con su carrito y sus dramáticas y sentidas demostraciones de uso y resistencia. Y este happening tan solo se interrumpía por el paso del carrito de la comida. Todo era susceptible de ser comprado y devorado por este clan incapaz de saciar sus ansias por comer.

Y todo esto tenía lugar de forma aislada y tangente al resto de la vida del vagón que permanecía en condiciones decentes y que asqueados y fascinados miraban de reojo a nuestra hilera y se cubrían las narices al tener que pasar junto a nosotros. Fue agotador pero fue divertido, y cuando pasada la media noche llegué exhausto a Tunxi mi sentido común me decía que me duchara, pero fueron mis entrañas las que asqueadas se retorcieron cuando tras la ducha reolfateé mi camiseta.

El primer trayecto en minivan hasta llegar a la base de la escalera fue precioso. Me encontraba por primera vez en medio de una zona rural china, con sus montañas tapizadas del verde de bosques de bambú, de plantaciones de té y de pinos. Y aguas en forma de ríos y niebla y lluvia. ¿Lluvia? Y es que resulta que en China hay tifones, los mismos que me recibieron en Shanghai, pero que no satisfechos con aguarme la fiesta allá, pensaron también que podrían añadir colorido las anécdotas de mi paso por estos parajes. Y se cebaron, vaya que si se cebaron…

Vista desde afuera, mi ascensión por “La Escalera” podría definirse como penosa. Vivida desde dentro tuvo momentos de rabia, desesperación y determinación ibérica. Fueron 3 horas casi sin parar subiendo por una escalera eterna. 3 horas en las que no paró de diluviar, haciendo de cada escalón un salto de agua y de cada tramo una cascada. 3 horas en las que mi visibilidad fue cero por la niebla, por las gafas empapadas y por la capucha de un chubasquero de usar y tirar que me protegió de la lluvia pero que me coció en los vapores de propio mi sudor. Con toda la ropa completamente empapada de agua y de sudor llegué finalmente a la cumbre, deshidratado y dispuesto a pagar cualquier precio por una botella de agua. Y bebí y bebí, y pensado que ya había llegado pregunté por el hotel donde había hecho la reserva suponiendo que las cumbres de las montañas son siempre una. Pero en Huangshan son varias, muchas, demasiadas. Durante un hora más deambulé por los caminos, malprotegiendome del viento y de la lluvia con un paraguas barato y maldiciendo los elementos a viva voz. En algún momento, en la nada en la que te deja la niebla, el cansancio y los brotes de desesperación, me crucé con un par de occidentales vestidos de los pies a la cabeza con la última tecnología en ropas de montaña, y maldiciendo mi no-previsión y mi estupidez llegué finalmente al hotel.

La habitación con su ducha de agua caliente, sus toallas limpias y sus sábanas calientes había sido el único rayo de esperanza al que me había aferrado durante las 4 miserables horas, pero resultó ser un cuarto de literas en un edificio anexo. En el pasillo se apilaban montones de zapatos empapados que pretendían secarse. Todos me miraban sorprendidos con una mezcla de lástima e incredulidad. Allí estaba yo, a las 5 de la tarde, goteando y jadeando y sin ropa de recambio. En un acto de soberbia ignorancia había decido cargar con lo justo, y lo justo no planteaba tifones en la cumbre ni mudas secas, ni toallas. Me quité las ropas, las escurrí como pude en el baño y en calzoncillos de estrellitas me quedé en aquella habitación con siete hombres más y un televisor que no dejaba de tronar. Me envolví en las mantas para intentar entrar en calor y me aislé en mi burbuja musical mientras esperaba a que pasaran las 14 horas hasta el nuevo amanecer.

Iluso de mí no perdí al esperanza de un día soleado. Iluso de mí creí que los tifones se iban como se va una tormenta de verano. Amaneció más gris que el día anterior y no me quedó otra que ponerme de nuevo las prendas empapadas y salir al paso para conseguir llegar al teleférico y salir de ese infierno en las nubes. Me hice con un mapa nuevo, pues el viejo se había deshecho en mis manos el día anterior, y aún así tardé una hora en encontrar el maldito teleférico. Escaleras arriba, escaleras abajo. La desesperación de la tarde anterior había hecho que este último tramo en la montaña me pareciera más corto de lo que realmente era.

Destruído y encantado de la vida por haber escapado del infierno, me vuelvo a reconciliar con el mundo y con China. Primero con mi compañera de cabina. Una señora que emigró y que después de pasar por Lyon ahora vive en Minesota pero que ha vuelto para ver a su padre de 80 años, arquitecto también, y que por el aspecto que tiene podría pasar por 65. Su consejo cuando le pregunto por el secreto: ”No estresarse”. Lo tomo como una broma de los dioses y pienso en lo bien me habría ido este consejo unas 16 horas antes cuando andaba maldiciendo absolutamente todo en medio de esa Escalera me llevaba directa hacia el infierno en las nubes.

Ya luego en el bus de regreso a Tunxi, mi compañero de asiento es un chaval que viaja con su novia por el país y que empezará la Universidad en septiembre. Después de charlar un rato abre su bolsa y me obsequia con una barrita de chocolate. Como un niño chico me relamo los labios manchados de cacao mientras miro por la ventana y ya me río de lo que me pasó en la montaña, y me relajo y me re-enamoro de este país y de esta gente.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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