La Ciudad Frígida. Singapur

Espectacular, recauchutada, tensa, de piel lisa, limpia, sin mácula, impoluta. Con todo en su sitio, con sus medidas perfectas. Mujer de relucientes escamas de cristal y muslos de acero. La ciudades tienen nombre de mujer y Singapur es una joven dama de oriente que nació de padres occidentales –en 1819 por el británico Stamford Raffles y la Compañía Británica de las Indias Orientales- pero que alcanzó su mayoría de edad en 1965 cuando fue expulsada de la Federación Malaya por desavenencias raciales.

Tras este doloroso portazo en las narices -la malaya Malasia exigía a la china Singapur que renunciara a derechos básicos en favor de la minoría malaya- y tras un fulgurante resurgir económico la nueva dama quiso ser tan o más divina que Nueva York, y no contenta con ello le quiso pisar los talones a la híbrida de las híbridas: Hong Kong. Pero hay algo en esta mujer espectacular que lejos de atraer te deja indiferente, hay un algo en ese “todo tan demasiado bien puesto” que cuando te dispones a tomarla entre tus brazos para zambullirte en sus misterios te echa para atrás. A pesar de las curvas de sus edificios futuristas y de los labios carnosos de su infinidad de parques, a pesar de ese rostro perfecto de acero y cristal, a pesar de todo ello la tomas y su cuerpo no responde. Un bloque de hielo, rígido y sin vida, sin deseo. El amor y la fascinación por las ciudades se rigen también por las leyes de la erótica y de la atracción, y Singapur -a pesar de todas sus bondades objetivas- es una ciudad frígida.

Me paseo por su Little India y todo está en un sitio, ligeramente indio pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Me paseo por su Chinatown y todo sigue en su sitio, ligeramente chino pero perfectamente empaquetado y encapsulado. Aterrizo en su flamante aeropuerto que brilla en cada rincón y que luce unos suelos impolutos en los que se podría comer –mucho más higiénicos que la mayoría de vajillas en las que vengo comiendo-. El impacto viene acrecentado porque tres noches atrás dormía en la jungla en Batutumonga, pero el impacto se mantendrá fresco incluso a mi llegada al flamante aeropuerto de Bangkok que comparado con éste sabe a vecino humilde de recursos limitados. En Singapur hay mucho dinero y se gasta copiosamente en un afán por hacer que cada rincón de esta ciudad esté libre de mácula.

Y la prueba de fuego no está en el centro financiero, ni en las turísticas Chinatown o Little India, o en la nueva flamante Marina Bay. La prueba de fuego está en las barriadas, en los barrios periféricos que separan el centro del aeropuerto. En esas tierras donde nunca hay nada que ver y en las que viven las clases obreras. Son estos barrios los que en cualquier gran ciudad del planeta te dan una medida más exacta de la situación social de un país más allá de las imágenes de postal. Así pues ¿Cómo son sus barrios obreros? Bloques enormes de hormigón sin gracia alguna, todos impolutos, como recién pintados y rodeados de parques y vegetación. Decentes e intachables, humildes y sencillos pero espléndidos. Nada dejado al azar, nada de lo que avergonzarse ante las visitas. Una fachada impecable e implacable.

Impecable e implacable… Ésta podría ser una buena definición de cómo se ha llegado hasta aquí. Antes de que yo llegara me lo pensé bien un par de veces: porque es ciudad cara y yo pobre, y porque ya me habían contado… Al final opté por hacer lo de siempre: comprobarlo por mí mismo.

Joaquín y Ana me hablaron de ella en Ubud como la encarnación del mal. Un lugar sin alma, opulento hasta el insulto construido con los dineros más negros del planeta –Singapur es un paraíso fiscal, y como tal es destino de fortunas turbias hechas a expensas del sufrimiento de otros-. Un lugar que como todo lugar esplendoroso –sirva cualquier gran gloria occidental o nuevas urbes asiáticas o pérsicas- funciona gracias a una clase social esclava que trabaja mucho por muy poco. Un lugar que se pasa muchos de los derechos humanos por el arco del triunfo y cuyos índices de libertad de expresión y democracia están muy por dejado de naciones diabólicas como la China comunista. Y aún así, Singapur está muy lejos de cualquier eje del mal o de cualquier condena occidental. Lo dicho, Ana y Joaquín la veían como la encarnación del mal, donde el dinero es el valor supremo y lo demás -las personas, lo importante- es prescindible.

Me hablan de ella Ido y Roten que han estado unos días en casa de unos familiares que viven aquí desde hace unos años. Me comentan que el índice de suicidios de jóvenes en Singapur es de los más altos del mundo –a pesar de los altísimos estándares de vida, nadie aquí se mata por falta de comida en el plato-. La presión en la existencia de todo ciudadano de esta ciudad-estado por triunfar es tan grande, la competitividad a estas tempranas edades tan salvaje, que muchos no pueden con la presión. Me recuerda a las historias que me contaba Randal en Barcelona sobre su natal Hong Kong, donde los jóvenes dejaron de tener amigos –friendships- para centrarse en tener contactos –networking-.

Argumenta Astrid –gala y profesora de francés aquí durante un año- que el modelo penitenciario en Singapur es un éxito. Fruto de un sistema legal de los más restrictivos y brutales que incluye la pena de muerte y hasta la prohibición de los chicles, o si lo prefieres latigazos por vandalismo callejero -con rayar y pintar un coche basta-. Todo un sin fin de leyes que regulan la vida diaria de la ciudad. Argumenta que los índices de criminalidad en esta ciudad son de los más bajos del mundo entero, y no puedo no contestarle que suele pasar también en el mundo entero que en lugares tan ricos y con tantos medios económicos la gente suele tener alternativas más viables a la delincuencia y la cárcel. No tienen tanta suerte los que nacieron pobres en las barriadas de la vecina Jakarta, en ambientes hostiles que les empujan inevitablemente a verse en situaciones donde la delincuencia es la menos mala de la opciones.

Y me lo cuenta mi amigo Hans –una de las razones por las que al final decidí hacer escala en Singapur en mi camino a Bangkok-. Con Hans hacía 8 años que no nos veíamos –desde que partí de Helsinki- y parece mentira qué poco pueden llegar a cambiar las cosas en tanto tiempo. Hans, un tipo finlandés medio sueco y medio koreano que en este intervalo de tiempo ha vivido en Nueva York, Nairobi y en Tokio. Un ciudadano del mundo, culto e interesante, y despierto, sorprendentemente despierto. Descubro tras sus lentes Le Corbusierianas unos ojos rasgados que te observan desde muy adentro. Descubro mientras acompaña sus precisas y meditadas explicaciones con sus manos de pianista que las mueve exactamente igual que Félix, otro apátrida de los tiempos fineses, cuya mirada -también muy precisa- venía desde muy adentro.

Hans ha vivido durante casi dos años en Singapur trabajando como mercenario de la arquitectura -quién no lo es- y ya está listo para marchar. ¿La razón? No es ni el sueldo –es bueno-, ni el piso –es bonito y bien ubicado-, ni el clima –donde antes viviera fuera tan o más extremo que aquí-. Hans se quiere ir porque la vida en Singapur es reguladamente estéril y asfixiante, culturalmente luce un espléndido encefalograma plano a golpe de talonario, y más allá del ambiente afterwork de clubs sofisticados se cuece muy poco en esta ciudad muy cosmopolita pero vital e intelectualmente poco estimulante. Hans -un devoto de su amada Tokio- me confirma con sus otras palabras y con su experiencia directa lo que yo ya venía sintiendo mientras intentaba enrollarme con la despampanante Singapur por sus callejones y por sus caras más punkies hypermaquilladas. Singapur estará todo lo buena que tú quieras, pero es frígida, todo fachada: de tan impecable te resbala.

Y todo esto Hans me lo va contando a ratos. Un rato en el court food del barrio junto a su casa –la comida en toda la ciudad es excelente, variada y barata-. Y me lo cuenta en otro rato mientras nos hacemos los divos en el bar del Marriott Hotel, él con una copa de vino blanco y yo con mi gin&tonic de hendricks y su rodaja de pepino. Y me lo sigue contando mientras pacientemente espera a que tome las fotos de la espectacular Singapur en su momento de máximo esplendor: la Noche, cuando todos los gatos son pardos. Pero la Singapur nocturna es de todo menos parda: divina, brillante, vibrante y multicolor. La mujer perfecta de día lo es más noche cuando viste su traje de luces y lentejuelas tras su máscara de maquillaje ¿Una máscara que enfatiza o que oculta?

“Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.” Italo Calvino, en Las Ciudades Invisibles.

No lo oculto: ¡Me fascinan las ciudades! Me fascinan porque las veo como lo que son: el objeto más gigantesco y más complejo fruto de los seres humanos. La expresión última -consciente o inconsciente- de unas aspiraciones, de unos deseos. De unos deseos, o de sus reversos, de unos miedos. Las ciudades pueden ser como las personas -y tiene su lógica porque son hijas las unas de las otras-. Y porque las ciudades son como las personas no puedo dejar de preguntarme porqué Singapur es frígida ¿Porqué cuando eras una cría te rechazaron y aún a pesar de eso -y de muchos sacrificios- ahora brillas como una gran dama? ¿O porque buscando obsesivamente tu pureza y tu perfección, acabaste por olvidar tu impureza y tu imperfección, condiciones sin las cuales resulta casi imposible enamorarse de las ciudades o de las personas?

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

10 Comentarios

  1. Qué interesante, y la metáfora del erotismo es buenísima. Hace poco se me ocurrió también a mí que Barcelona era como una mujer voluptuosa y escribí un textillo pequeño sobre ella. A ver si lo recupero y lo subo al blog. Mientras tanto, te leo!!

    Que continúe bien tu viaje!!

    M.

    • ¡Ai sí qué bueno! ¡Barcelona como una mujer voluptuosa, algo engreída a pesar de ser de provincias, que te guiña el ojo y luego hace como que no te ha visto! Franc loves BCN ;) Marina, cuando lo cuelgues me das un toque ;)

      saludos,

      F.

  2. darder

    Dones i ciutats, cuixes i acer, llavis i jardins, mmmmh….no sé si és original però amb les teves paraules me vas a poner morcillón! Ben trobat amic!
    Salut!

  3. darder

    Uh, escrit ha quedat!! No deixis d’avisar company!!

  4. Elena

    Me encanta siempre leerte aunque nunca acabe comentando, pero tu descrición de Singapur bien lo valía ;)
    Las ciudades tienen tantas personalidades diferentes! Buenísima la imagen que utilizas…
    Saludos y te voy siguiendo la pista.

    • Buenas Elena,

      Pues me alegra que haya cuajado la “Dama” Singapur porque al dejar la ciudad y falta de experiencias intensas no tenía muy claro qué contar de ella :O

      Un saludo y nos vemos en la blogosfera ;)

  5. Diego

    Singapur es un gran ejemplo de ciudad

  6. Cici

    Estuve en Nueva Zelanda por 9 meses, me enamore de su bohemio verde pero egoista que es… igual volvere y esta vez sere yo la que se haga de rogar. De alli brinque a Samoa por 2 meses, sus aguas me hipnotizaron pero en lo que desperte me di cuenta que el paraiso es maquillaje y slogan. Ahora voy a Fiji por 2 dias de escala no mas y de alli a Singapore, esperando quedarme un mes, veamos que tal…

    • Ufff ¡Qué ganas le tengo a Nueva Zelanda! Todo el mundo me ha hablado tan bien (y soy un freaky de Lord of the Rings) que no veo la hora de viajar allà ;D

      Un abrazo y felices viajes! ;)

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