La Carretera a Namhsan. Hsipaw, Myanmar

Llegamos al lugar en la moto de David. Hace ya una hora que es noche cerrada y casi todo el pueblo está a oscuras, pero la casa donde tendrá lugar el ritual está iluminada y ya se oye el ruido de los tambores y los gongs. Hay un grupo de gente y en el centro alguien salta y baila al son de la música y al ritmo de gritos de alegría. Esto Namhsan, un pueblo perdido en las montañas de Myanmar, el centro del territorio Shan y hoy es el último día del Festival Kahtain. Quién me habría dicho tan solo hace unas horas, cuando mi moto estaba totalmente clavada en el barro, que el día acabaría siendo tan especial. La carretera a Namhsan no fue fácil, pero la recompensa bien valió la pena.

Llegué aquí viniendo de Hsipaw, a medio camino entre Mandalay y la frontera China. Ir a Namhsan fue una recomendación especial de Fred. Teniendo en cuenta que era la tercera vez que estaba en Myanmar y que había visto medio mundo, no podía desaprovechar su consejo. El único problema era cómo llegar. Namhsan está fuera del circuito turístico y el principal motivo es su acceso. Tardé unas 7 horas, con algunas pausas, en recorrer apenas 55 millas. El primer tramo de carretera es aceptable, pero pasado el primer gran puente la cosa se complica y la carretera se convierte en un camino de piedras que cruza la jungla entre subida y bajada.

Pasado el segundo puente el paisaje empieza a mejorar al tiempo que comienza la ascensión hasta alcanzar los 1800 metros de altitud. A medida que avanzo encuentro más y más piedras, arenilla, pero lo peor está por llegar: el barro. Unas 4 o 5 veces se me queda clavada la moto, se cae, la levanto, se cae, no arranca. Después de invocar a medio santoral ibérico lo único que me repito es “qué valga la pena, qué valga la pena”. Por suerte juegan a mi favor el buen tiempo y el escaso tráfico. Para más suerte mía he llenado el depósito el doble de lo que me habían recomendado, por si acaso, y justo se me termina el carburante a las puertas del pueblo. La verdad es que el paisaje se lo vale: montañas y montañas en el corazón de Myanmar, lomas coronadas por pueblecitos en medio de jungla y bosques de bambú y plantaciones de té. Y en la parte baja del río, arrozales de un color amarillento que contrasta con el intenso verde del entorno y el marrón de las aguas turbias.

Lo primero al llegar es llenar el depósito. Pregunto, me miran, me dicen que sí, me dicen que no, y al final un birmano simpático dice que me acompaña. El birmano simpático coge su metralleta, se monta en mi moto y me lleva a la tienda donde me venden una botella de gasolina. Creo que me la están colando, que me cobran el doble, y me temo que el militar en cuestión se va a quedar con la mitad del dinero. Pero claro, a ver quién le discute a un personaje con metralleta colgada del cuello y a sus colegas que están a escasos 20 metros. Al final da igual, tengo carburante para llegar al único hostal del pueblo. El único hostal y yo el único turista. Esto pinta genial y el primer feeling del pueblo es muy positivo. Dejo mis cosas en el cuarto y salgo a la calle cámara en mano y mi mochila a la espalda. Son pasadas las 3 y el sol empieza a caer, así que tengo por delante la mejor luz para las fotos y me acabo de comer un par de bollos dulces que están tremendos.

Namhsan es una calle larga que recorre la cresta de una montaña dejando a lado y lado verdes valles y bellas vistas de la comarca. Resulta ser mucho más grande de lo que esperaba y mucho más pintoresco. La gente está encantada de saludar al mono peludo blanco que se pasea armado con una cámara. Fotico por aquí, sonrisa por allá, un bye bye y un minglaba a cada paso. Al rato oigo follón, algo pasa. Empiezo a ver gente y más gente vestida de gala, con trajes tradicionales, pero de los de domingo. Por un momento pienso que hay una boda, pero al cabo de un rato me dejo caer por un monasterio donde se oye jolglorio y… Bingo! Dentro hay festival y un montón de señoras encantadoras vistiendo sus mejores galas. En cuanto me ve el monje que parece ser el director de orquesta me hace una señal, y en vez de echarme a patadas me invita a subir al pequeño altillo y me insiste en que lo fotografíe todo. Pues venga, “your happyness is my happiness” reza mi mantra particular. Estoy encantado con mi suerte, y el barro y la carretera me quedan ya muy lejos.

El Festival de Kahtain se celebra una vez al año y básicamente, a parte de los bailes, las ropas y la visita en tropel de todos los aldeanos de la zona, consiste en un sinfín de ofrendas a los monjes y monjas del pueblo. Uno tras otro se hacen ofrendas de dinero, mantas y otos objetos básicos de un monje. Los billetes andan montados como si fueran arbolillos de navidad, haciendo figuras o sencillamente composiciones geométricas. Lo mejor, como siempre, las ropas, las caras, las sonrisas orgullosas del que antes de salir de casa se ha dicho eso de “hoy sí que voy guapo”. Me doy un hartón de retratar y a pesar de la falta de luz, creo que alguna foto hará justicia al evento.

Salgo del templo, me dejo perder un poco más y subo por el final de la calle a la cima de una colina que, cómo no, está coronada por un bosque de pagodas. Genial. El atardecer, el pueblo a mis pies y rodeado de valles y montañas. El día ya ha valido la pena, pero lo mejor todavía está por llegar. Bajando la última cuesta se me acerca un chico que me pregunta en perfecto inglés las preguntas estándar: ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?, pero éste, a diferencia de los 153 birmanos que ya me ha preguntado antes, habla un perfecto inglés. Al minuto ya me ha invitado a casa de sus abuelos que está en frente, y ya estamos sentados alrededor del fuego tomando el té y comiendo unas pastas. Todo riquísimo, cómo, y tras charla que te charla, un poco de aquí un poco de allá, David (el nombre inglés que se ha asignado) me comenta que esta noche hay un evento, un ritual, que si quiero me recoge en el hostal y vamos a verlo. Faltaría más!

A las 6.30, después de haber descansado del intenso día me recoge y vamos para la casa. Es de noche, la música suena, y se oyen gritos, y nada más llegar se retiran los notables y los vips de la aldea al piso superior. Bingo! Nosotros podemos subir, y en condición de guiri de la aldea con cara de “esto es la leche” se me presenta al mandamás que me pone al día de la relevancia del evento. Todo es muy austero, estas gentes no son ricas, pero la autenticidad y la honestidad lo recubre todo de una solemnidad de suple las carencias materiales. Las hombres y las mujeres más importantes del pueblo y de las principales aldeas están reunidos para hacer sus ofrendas al monje y a la monja superiores del pueblo. A cambio reciben su bendición y después de varios parlamentos por parte del jefe de la aldea deseando felicidad y prosperidad a todos los asistentes se da por concluída esta parte del ritual. Rezos, mantras y música de tambores y gongs ponen punto y final a la escena, por el momento.

Los bailes y los rezos proseguirán durante toda la noche, intercalándose unos con otros, y mientras, esperamos a bajo en el patio. La casa en cuestión resulta ser la cooperativa del pueblo donde se procesa el té. Y es que la vida en Namhsan gira alrededor del té. Los valles verdes que lo rodean están repletos de plantaciones de té y de opio, pero eso no me lo cuentan. Las calles que recorrí por la tarde estaban cubiertas de esteras sobre las que secaban al sol las hojas previamente tostadas. Aprovecho la ocasión y entre foto y foto (todo el mundo quiera la suya y llegan a ponerse muy insistentes) me cuentan todo el proceso con todos los cachivaches necesarios desplegados ante mi. No puedo dejar de repetirme que esto es genial. Estoy muy muy cansado, y al día siguiente he quedado en que me apuntaba a la excursión de David con sus amigos a no sé qué monasterio perdido por no sé dónde. La verdad es que me da igual con tal que me dejen acompañarlos.

Amanece y el pueblo está patas arriba. Si el día anterior me había parecido la bomba, resulta que el día grande es hoy. Festival para todos, y todos con sus mejores galas. La lástima es que ya había apalabrado el día con David y al final lo que parecía ser un planazo acabó en un sinfín de esperas interminables hasta que estuviéramos todos y siempre faltaba alguien. Al final todo quedó en una excursión relámpago al monasterio en cuestión por una carretera con tramos bastante malos. No siempre se puede acertar y atrás queda el evento del año de la comarca, en un lugar remoto y de difícil acceso donde la vida tradicional de estas gentes se mantiene en estado puro y relativamente sin interferencias.

Por delante queda de nuevo la carretera a Namhsan. Con los ánimos altos y 5 litros de sangre fría corriéndome por las venas hago el viaje de vuelta en 5 horas y media. El barro se ha secado y supongo que la experiencia también cuenta. Llego a Hsipaw con el culo totalmente dolorido, la espalda y las cervicales hechas polvo y los tendones de las manos tan hinchados por la tensión que se me transparentan a través de la piel.

Namhsan valió la pena, la carretera también. Al venir a Asia sabía que tenía pendiente aprender a ir en moto para poder disfrutar de algunos momentos impagables. El caso es que en mi vida nunca había conducido una moto y tampoco tengo permiso de conducir para coche. Ahora, después de mi bautizo y del máster acelerado en conducción de alta montaña con motocicleta urbana ya me veo listo para el Loop de Laos, el interior de Bali o lo que me echen.

De momento me despido con las manos todavía doloridas escribiendo desde un bus averiado en medio de ninguna parte camino de Mandalay y a riesgo de perder la conexión con Bagan. Lo que pasará sólo lo saben los dioses, pero la verdad es que da un poco igual. Con el gusto de los pasados días, la verdad es que todo da igual: Llegaremos cuando hayamos llegado.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

6 Comentarios

  1. xevi

    Plas plas plas! La mama ja deu estar super preocupada amb això de la moto! ajajajaja… Una abraçada!

  2. Félix

    Una vez fallecido Michael Jackson, eres mi nuevo ídolo.
    Abrígate

    • haha Seguiré practicando el paso “moonwalker” para estar a la altura del astro. A ver si en uno de esos viajes que periódicamente te marcas por el mundo te dejas caer por estos lares. Yo tengo para largo, así que margen tienes ;) Un abrazo :D

  3. Josefina

    Tens unes magnífiques fotografies captant ambients i persones, m’encanta la mirada de la gent. Pots entrar en conversa amb ells, o cal ensenyar dents d’anunci de dentífric o gesticular com els italians per obtenir una relació gratificant?

    • Bones! Doncs a vegades si, pero en aquestes zones costa molt trobar gent que parli angles. Tot i aixi, en aquest poble en concret va ser genial trobar el David, un noi birma que parlava angles perfectament, i que em pogues explicar tot plegat. Un luxe que no passa gaire sovint ;)

Leave a Reply

Tu email no será publicado
Los campos necesarios están marcados con *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title="" rel=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>