La Carga. Kawah Ijen, Indonesia

Al final tuvimos que madrugar y no le creí hasta que dejamos atrás los campos de arroz; nunca lo habría logrado por mi cuenta con una moto de alquiler. Una vez dentro de la exuberante jungla tropical la calzada está hecha unos zorros, llena de baches y pedruscos en medio del camino, totalmente impracticable a menos que vayas montado en un jeep como el nuestro. A medida que ascendemos por la meseta van quedando atrás las costas orientales de la isla y asoma sobre el horizonte la vecina Isla de Bali. Pero Bali es el mañana, hoy todavía estoy en Java, camino del Kawah Ijen, mi última parada antes de tomar un vuelo a Kuala Lumpur para renovar por dos meses más mi visado indonesio.

De las costas de Banyuwangi a las terrazas de arrozales y bosques de canela y café. De las plantaciones a la jungla, y de la jungla a un paisaje de bosques. En apenas una hora hemos salvado un desnivel de más de 2000 metros hasta llegar a la entrada del parque en el Valle de Paltuding. El lugar donde pagamos peaje los turistas, donde viven y duermen los cargueros, donde están los almacenes. Parece que vayamos de paseo al campo pero aquí todos sabemos que vamos a su encuentro. Antes de subir pasamos por la tienda para comprar agua para nosotros y cigarrillos para Ellos. ¿Ellos?

Son todos hombres, son de aquí y de allá, buscavidas con casa y familia que vienen a pasar dos semanas porque dormir en casa cada noche sería una ruina –demasiado poco lo que ganan para pagarse el autobús a diario-. Son tipos tan duros como afables que llevan años subiéndole y bajándole las dos caras al cráter del Kawah Ijen. A una cara las romanas que marcan el peso de la carga, unas balanzas moralmente desequilibradas incapaces de establecer una relación justa entre el coste de la carga –un trabajo de titanes- y su valor –unos pocos euros al día-. Al otro lado las fumarolas que regurgitan azufre directamente desde el infierno.

Ambas son caras de una misma moneda y ambas son bellas, cada una a su manera. Por un lado el camino zigzagueante -3km de subida constante- que discurre entre frondosos árboles y olor a tierra húmeda. La cara verde, suave, esponjosa donde las rocas de azufre parecen objetos venidos de otro planeta. Por el otro la roca pelada y agrietada. Áspera y rota por el paso del tiempo. El lago turquesa al fondo -tan bello como tóxico- y las columnas de vapor de azufre señalan el camino, el destino, el punto concreto en el que las entrañas de la tierra se encuentran con los hombres de carne y hueso que, a pesar del peligro y la dureza, guerrean con ella a golpe de pico para arrancarle sus tesoros y ganar el pan para los suyos.

El entorno atrapa; los pozos de azufre te atraen. Y mientras más turistas de los que esperaba bajamos por el empinado sendero nos vamos cruzando a cada rato con Ellos. Sonríen, se paran, te piden un cigarrillo y se dejan tomar una foto. Se sientan, se relajan y se lo fuman o se lo guardan en el bolsillo. Yo ni me siento ni me relajo. Estoy tenso porque siento que compro el peso de su carga a un precio demasiado barato. Pero ellos me responden con una sonrisa, con una pregunta “¿De dónde eres?” Se saben protagonistas de la obra ¿Una tragedia? ¿Griega? Sísifos de tez oscura condenados a subir la carga cuesta arriba hasta su último suspiro. Hay orgullo en muchas de sus miradas, sí, pero en otras hay una extraña resignación. Una resignación limpia de reproche donde aún hoy sigo creyendo que debería haberlo. Repaso las fotografías y les vuelvo a mirar a la cara, a sus ojos y sigo viendo lo mismo. Miradas cansadas pero limpias. Miradas conscientes de la dureza de sus vidas pero, creo que, inconscientes de su injusticia.

La realidad es ésta: Viene al Kawah Ijen porque hace muchos años vi un reportaje de James Nachtwey que –como todo lo que él hace- se grabó con fuego en mis recuerdos. Tras venir aquí y subir y bajar, para luego volver a subir, pero justo antes de volver bajar, traté de levantar un par de cestas cargadas de azufre que esperaban en la cima al margen del camino. La realidad es ésta: no pude con la carga, ni un mísero milímetro. Ni por un atisbo fui capaz de levantar los aproximadamente 80 kilos de roca fosforesecente que estos hombres –como tú y como yo- carretean día sí, y día también por un sendero de tierra y rocas, en el que yo sudé la gota gorda, ligero de equipaje y calzando mis botas de montaña, cuando ellos calzan sandalias baratas de plástico. Jugándose la vida a riesgo de despeñarse y dejándose la salud a la merced de las nubes de gases venenosos en las que laboran. Algunos con máscaras, sí, pero muchos otros con pañuelos o camisetas atadas al cuello como única protección. Todo por unos 5 o 6 euros al día a cambio de un azufre que servirá para cosméticos…

La realidad es ésta: He pasado dos meses viajando por Java y Sumatra, dos islas tan bellas como dolorosas. Yo las he disfrutado, y mucho, pero mi última parada en el Kawah Ijen me recuerda que la belleza de este país va a la par de una injusticia social imposible de argumentar; la de otro país rico cuya población sigue siendo pobre.

Indonesia, mañana marcho a Kuala Lumpur, salgo un momento a por un visado nuevo. Pero no te preocupes porque en menos de una semana ya me tienes de vuelta. Y es que todavía nos quedan muchas aventuras por compartir y muchos caminos que recorrer, juntos.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Un atículo muy interesante al igual que sobrecogedor! 80kg??? es impresionante lo que han de hacer para ganarse la vida y encima para cosméticos¿? me has dejado impresionada con esa info. (suerte que no gasto de eso…)
    Gracias por mostrarnos las diferentes realidades. Hay que ver lo bueno y lo malo de allá a donde se va…
    Sigue así! Que continuis amb un bon viatje!!

    • Realmente es impresionante lo que tienen que hacer para ganarse la vida, y en cierto modo son los “afortunados” que pueden hacerlo y poder dar un nivel de vida “mejor” a sus familias :(

      Salut Verónica ;)

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