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Khawakarpo, la montaña sagrada de Kham. China

Hoy cierro la segunda etapa del viaje. Dejo atrás Yunnan para saltar mañana hacia la provincia vecina de Sichuan. El trayecto todavía no está claro cuánto durará pero para llegar a Daocheng tendremos que cruza puertos de montaña de hasta 5000 metros de altitud a través de paisajes impresionantes en pleno territorio tibetano de Kham.

¿Y ahora? Pues escribo estas líneas desde Shangrila, o Zhongdian que es como realmente se llamaba esta ciudad antes de que los chinos Han la rebautizaran y la convirtiesen, una vez más, en un Circo para turistas. Y es que esta tarde estuvimos visitando la gompa (monasterio tibetano) de Ganden Sumtseling  y ando todavía un poco bastante decepcionado con lo que me encontré. Convirtieron un lugar mágico en un parque temático de lo más mediocre. Una ciudad monástica asentada en un lugar privilegiado y que durante siglos fue un lugar clave en la religión y la cultura en la región tibetana de Kham. Pone los pelos de punta la insensibilidad de las autoridades, de los monjes y de los turistas chinos, todos ellos encantados con el resultado. Y le entran a uno las ganas y las prisas de recorrerse este país antes de que arrasen con todo. Por suerte, los días pasados los pasamos disfrutando de uno de esos lugares mágicos que esconde este país-mundo y donde por suerte el turismo de masas chino y el desgaste que implica todavía no han llegado. Eso sí, trabajan a marchas forzadas para llegar hasta allí y sufrimos las consecuencias.

La historia comienza con un viaje infernal de 18 horas en autobús que incluye 6 horas parados en medio de la nada, una avería a las 10 de la noche a unos 4500 metros de altitud y casi todo un recorrido por una carretera en construcción que no era más que una pista de tierra sobre un precipicio. Todo esto para acabar llegando a las 3 de la madrugada a Dequin, un pueblo de mala muerte fronterizo con el Tíbet. Todo oscuro, todo cerrado y en inquietante silencio solo roto por sombras ebrias que se tambaleaban en la oscuridad. Estoy en tensión y no tengo ni idea de cómo va acabar esta historia cuando la gracia de los dioses recae de nuevo sobre mí y acabo llegando a destino y encontrando habitación en Feilai Temple. Toda una odisea que acabó con final feliz.

¿Una imagen que sintetice estos 5 días? Un servidor sobre una Roof (terrado) con una cerveza fresca en la mano. Pero en vez de tener a La Gran Vía de Barcelona a los pies fluye frente a nosotros el tramo superior del Mekong, ese río mítico que arranca en China para desembocar en las costras del sur de Vietnam. Al frente, en vez de edificios del Ensanche barcelonés, se levantan montañas peladas agrietadas que me recuerdan a los paisajes de Afganistán. Y a nuestro lado del valle se asienta este pueblito tibetano, Xidang, que es verde y fértil como un oasis en medio de este paisaje tan árido y que está lleno de gente encantadora que no para de saludarnos. Campos de maíz, cebada y árboles muy antiguos que hacen de trasfondo a las casas-fortines tibetanas tradicionales construidas con barro prensado y pintadas de blanco.

Y todo este espectáculo lo contemplamos desde la Roof de una casa de huéspedes regentada por una finlandesa que ha sido adoptada por una familia tibetana que nos trata como a reyes y que visten una sonrisa franca como pocas se ven estos días. Y el cielo, ¡ah el cielo!, un firmamento que no entiende de contaminación lumínica y que a 3500 metros de altitud se muestra sencillamente espectacular. El descenso desde el otro lado del valle donde pasamos la noche anterior ha sido precioso, y poco nos esperábamos que sería tan mágico cuando a primera hora de la mañana se planteaba como un puro trámite. Y la guinda ha sido acabar cruzando el bravo y terroso Mekong por un puente colgante como los de las películas donde el atasco lo provocaban las cabras y las vacas.

Al día siguiente nos esperaba una dura jornada de seis horas de marcha con un buen desnivel a salvar. Sufrimos un poco y los pies no paraban de quejarse hasta que llegamos al collado y al ver el valle que nos esperaba al otro lado se nos quitaron todos los males. La visión del Khawakarpo, con sus 6740 metros de altura, rodeado por sus hermanos pequeños de más de 6000 es solemne. Y de este manojo de cumbres nevadas descienden un ramillete de glaciares que se abren paso a través de bosques frondosos. ¡Qué paisaje tan radicalmente distinto al del día anterior! Al fondo del valle ya veíamos Yubeng, el destino donde haríamos noche. A dormir temprano porque el día ha sido duro y porque mañana queda la última ascensión y la vuelta a Xidang.

Al día siguiente me desperté con los pies hechos polvo y llenos de ampollas, las piernas con agujetas tremendas y con todas las ganas y la ilusión del mundo. El amanecer en el valle es precioso, es idílico, y tras algunos mechones de nubes se entrevé nuestro próximo destino: El Lago del Glaciar, a unos 3900 metros sobre el nivel del mar. Son dos horas de camino a través de bosques tupidos, con el camino marcado pero lleno de barro, piedras y raíces que hacen la ascensión penosa. Nos vamos acercando, cruzando estos bosques antiguos de árboles fuertes y gruesos, cubiertos de musgo. Y cuando parece que no acabamos de llegar, que esa última peña es demasiado empinada y que nos falta el aire, entonces, detrás de un recodo aparece finalmente El Lago. La visión que tenemos ante nosotros nos arranca una sonrisa y nos ilumina la cara: Un glaciar que se desmigaja a media montaña porque la pendiente es demasiado inclinada para retener al río de hielo, mientras una docena de cascadas le surgen por debajo la falda, resbalando por la roca y alimentando las gélidas aguas del Lago.

Con esta imagen me quedo. El resto es una vuelta a Xidang en un tiempo récord toral de más de 10 horas de subidas y bajadas. Los pies no pueden más y suplican clemencia, pero el corazón anda alegre, entre satisfecho y orgulloso. Ya estamos de vuelta a en la Roof de Xidang y pienso en lo inesperados e increíbles que han sido estos días y en la nueva jornada maratoniana de furgonetas que nos espera al día siguiente. Un viaje de locos para volver a Zhongdian que comenzará a las 7 mañana y que acabará a las 3 de la madrugada del día siguiente. Pero esa, ya es otra historia.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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