Kalighat Road. Kolkata, India

¡Con las pocas mujeres que parece haber por las calles de Kolkata y aquí no hago más que ver cuerpos voluptuosos a cada esquina! ¡Qué caderas más espléndidas! ¡Anchas y tan bien contorneadas cómo para perderse en ellas una y mil noches! ¡Y esos pechos redondos como naranjas desafiando las leyes de la gravedad! ¡Y ya puestos les ponemos ocho brazos que con dos no bastan! …¿Y ellos?… ¡Qué no luzcan tampoco menos de un par de buenos pectorales subrayados por unos perfectamente definidos abdominales sustentados sobre un buen par de firmes nalgas hercúleas!

Que no mal piense nadie, que no ando de paseo a media noche por ningún distrito rojo: es lunes por la mañana y esto es Kalighat Road, un lugar especial de Kolkata donde docenas de artesanos trabajan a destajo y a contra reloj para tener listos todos los ‘murtis’ que desfilarán por las calles durante el festival del Durga Puja.

Vine a parar aquí por una pequeña reseña en la guía de viajes y al leerla supe al instante que esto era para mí; así que, ya que estaba en la zona -y tras mostrar mis respetos a la diosa Kali-, me lié a dar vueltas por los callejones de los alrededores. Tras algunos pasos en falso no tardé mucho en darme de bruces con la puerta entreabierta de un taller. El artesano que trabaja en su última obra me mira sorprendido y me invita a pasar con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Qué bien me saben estas pequeñas delicias! Son estos los momentos por los que vale la pena arriesgarse a perderse un poco.

Un patio y un tendal y unas cuantas esculturas a medio hacer: Un Ganesha –dios con cabeza de elefante- casi terminado, algún héroe épico con cuerpazo de estrella de Bollywood y muchas Durgas con curvas de vértigo moldeadas con paja. Todo ello tan sagrado como efímero, hecho con materiales humildes: bambú para la base y el esqueleto; paja para moldear las carnes y definir volúmenes; y barro para concretar los contornos y las facciones. Son murtis –ídolos sagrados- que reencarnarán a la deidad y servirán para las pūjās y las procesiones del próximo festival y cuyo último destino común es el lecho del río Hooghly. Tras unas cuantas fotos me sonríe de nuevo el artesano y -como me debe leer en los ojos que estoy encantado por lo que veo- me invita a entrar por la puerta que tiene tras de sí. ¡Dhanyavaad Mister! ¡Dhanyavaad! (-¡Gracias Señor! ¡Gracias!-).

Otro par de artesanos trabajan en silencio en la penumbra del taller. Uno talla un tronco y el otro se encarga de moldear en barro el rostro de Durga. Me miran tranquilos, sonríen y me indican con la mano que pase, como si estuviera en mi casa, que al fondo hay más y más y más. Y encuentro más y más y más, todo un panteón divino a la espera del gran día. Gesticulando en exceso ellos. Todas ellas dignas y serenas. Con dos brazos, con ocho, con cuatro. Con cabeza de hombre, de mujer, de elefante. Con un león rugiendo, con un tigre pegándole un bocado a otro héroe de tipo Bollywoodiense. Qué rincón de mundo tan extraño, la inquietante tensión petrificada de dioses y héroes suspendida en un silencio tan amable como absoluto.

Me despido de mis encantadores anfitriones con un buen puñado de sonrisas agradecidas y muchos más Dhanyavaads. Salgo al callejón y tras unas vueltas doy finalmente con Kalighat Road. La calle principal salpicada a lado y lado de talleres y esculturas, y de callejones que llevan a más talleres que llevan a almacenes copados hasta los topes de murtis. Todo un ejército de terracota que monta guardia en las entrañas de Kolkata, conteniendo el aliento y en posición, a la espera del gran día en el que se rompa el conjuro que los tiene presos y suene el chasquido de la claqueta al grito de ¡Acción! Y entonces, tal coreografía delirante de Bollywood, todas esas miles de Durgas de barro y paja inundarán las calles de Kolkata y romperán a bailar envueltas en nubes de polvos de colores y música atronadora. Pero esa, ya es otra historia…

continúa  en el post “Topicazo”

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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