¡Hello India! Kolkata, India

Los muros alicatados, blancos y brillantes. Las luces frías, feas y fluorescentes. Los ventiladores rugiendo a todo trapo y cubiertos de una incomprensible mugre trémula. El tronar de los altavoces mezclado con los gritos, los murmullos y las ‘pūjās’ -rituales-. Camino descalzo –este pedazo de tierra es sagrado- por un suelo cubierto de restos de flores de hibisco muertas, rojas. De restos de comida y ofrendas mezcladas con efluvios negros y aguas infectas de incierta procedencia. Bordeando a trompicones una gran jaula plateada, atrapado en una fila india, desconcertado, repitiendo las fórmulas sagradas incomprensibles que el brahmán de turno que me cazó a la entrada nos canta a mí y a mi compañero de enfrente. Por cuarenta ruppias tienes una flor marchita de segunda mano, un poco de arroz y una marca de color bermellón en la frente. Y de ahí a un peldaño más arriba, camino de una vida mejor en este ciclo eterno de reencarnaciones.

Dentro de la jaula plateada está Kali, la diosa, el avatar destructor de la Madre, la patrona de Kolkata. Kali, una efigie de piedra tan naif como terrorífica, una imagen perturbadora, más cercana a un garabato infantil que a la divinidad, y puede que por eso aún más divina. Negra, con tres ojos rojos y con una grotesca lengua dorada, enorme. Una visión que no te deja indiferente. Tosca y extraña, conmovedoramente primitiva, envuelta en mantos de colores y guirnaldas mil, y la luz blanca de los fluorescentes y el chapoteo de las aguas infectas y el bramido y las prisas de los brahmanes que ofician pūjās con la misma diligencia que exprimen la cola haciendo fluir miles de ruppias que caen como una lluvia pétalos a los pies de Kali.

Del sanctum sanctorum al patio de este Templo del Kalighat, un lugar a medio camino entre lo sagrado y una feria de pueblo alocada. Una espiritualidad vivida como fervor, jaleo -mucho jaleo- y ritual. Y de ahí, tras recoger mis zapatos y pasar los arcos de seguridad y los guardas con ametralladoras y palos, de nuevo a las calles de Kolkata. Ciudad también con nombre de mujer; exhausta, vibrante, que sigue palpitando con la insistencia –puede que tozudez- de una gran dama que se vino abajo pero que se supo guapa en algún momento de su atormentado pasado de hambrunas, odio y violencia.

Hoy era lunes por la mañana y algunas nenas con largas trenzas negras e impolutos vestidos blancos de colegio privado me acompañaron en el vagón medio vacío hasta el sur de Kolkata, pero yo llegué el sábado, desde Bangkok, pensándome curtido por más de once meses por el sureste asiático, preparado para todo, dispuesto a todo. El calor nada más bajar del avión: abrasador. El aeropuerto de una ciudad de 14 millones de habitantes: pequeño, vetusto y con un penetrante olor a lejía. Y a partir de ahí, yo valiente como el que más, me propuse la tarea titánica de llegar al centro en transporte público con el sol prendido en las doce. Cruzar el aparcamiento semidesierto, con más hierbajos que coches, y un par de solares abandonados hasta llegar a una carretera cualquiera. “Hello India” me digo sonriendo para mis adentros. Esto va a doler -lo sé- pero será divertido -también lo sé-. Tengo uno de esos momentos de lucidez en los que comprendes que estás viviendo algo distinto a todo lo vivido hasta el momento, que paseas por un plano vital gobernado por otro orden.

Todo está cubierto de un polvo pardo indefinible, el desbarajuste es monumental, todos me miran y sin perder la compostura pregunto por el bus a los parroquianos apostados junto a un puesto de chucherías varias montado con cuatro palos y una lona. Tras cinco intentonas llega mi bus, me subo, me hago un hueco al fondo por casualidad y clavo la mirada por la ventanilla cubierta de mugre. Los arrabales periféricos de una megalópolis venida a menos que sigue creciendo desfilan por la ventana como un carrusel. El ruido, el caos, el desorden y la superposición de escenas cotidianas me mantienen en suspenso.

Me dicen que me baje, me bajo, me lío, me pierdo y me encuentro de nuevo. Directo al tren en medio de riadas de gente, en hora punta, atiborrado, en un “súbase quien pueda”. Pero a pesar de ello todos son amables; me sonríen extrañados y divertidos y se aseguran de que me baje en la estación correcta. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos” insistía Huma Rojo. La mayoría hombres bien peinados, con camisas blancas relucientes y sus maletines de piel sintética -el cuero es impuro para los hindúes-. Me asalta el chaval de al lado preguntándome por mi vida y milagros -con sus intimidades- para en escasos minutos contarme la suya: que trabaja y vive a las afueras, que tiene veinte años y que va al centro a cursar su MBA. Ok, perfecto, encantado y nos despedimos con sonrisas y apretones de manos como si nos conociéramos de toda la vida. Y al fin, ahora -mientras subo los últimos peldaños de la boca del metro en Esplanade- pienso: “Hola Kolkata”, “Buenas Kolkata”, “Todavía no te conozco pero ya me gustas”.

Caminar por Park Street bajo una portalada colonial atiborrada de puestos y de gente. Llegarme hasta Sutter Street –el guirigueto occidental- y encontrar alojamiento decadente pero glamuroso en Stuart Lane: una habitación estrecha, de techos altísimos y paredes de un intenso color rojo vino. Tras una ducha en el baño infecto común y una pequeña siesta en cueros bajo un ventilador asesino a máxima potencia para combatir el calor sofocante ya estoy listo para mi primer paseo por esta ciudad que a pesar de sus muchos males –demasiados- me ganó para su causa des del primer momento. No vengan a Kolkata buscando lugares de postal o monumentos gloriosos –alguno hay-. Aquí en esencia no hay nada que ver ya que Todo está por ver.

Todavía hoy no sabría cómo definir ese primer contacto, ése sentirse desbordado por todo porque todo ocurre al mismo tiempo. Como si en cada palmo de esta ciudad tuvieran lugar miles de cosas a la vez y, consciente de ello y muy a tu pesar, no tuvieras tiempo de asimilarlo. ¡Todo, todo, todo! Estas calles son la antítesis a la nada o al vacío. Las fachadas de los edificios, las caras de la gente, sus ropas o harapos, el tráfico absurdo, alocado, copado hasta lo inimaginable: el bus, el taxi, el coche, el auto-ricksaw, la moto, el ricksaw, la bicicleta, el transeúnte, el señor que carga con una cesta gigantesca en la cabeza. Una ciudad saturada que fluye ¿¡Fluye!? Un orden superior lo gobierna todo -siempre ese Todo-, algo que es mayor a la suma de sus partes y que procesa millones de trayectorias, interacciones  y cabriolas para que cada cual acabe llegando a su destino sin tropezarse con los otros miles que se cruzó en el camino y que también querían llegar a casa a la hora de la cena.

Los negocios que se amontonan los unos sobre los ostros. Las gentes en la calle, bañándose, hablándose, vendiendo, comiendo, comprando, meando, cagando. Muchos otros miles sentados en cuclillas con la mirada clavada en el vacío, a la espera de ocurra algo sin que realmente pase nada. Deambulo sin saber a dónde voy, intoxicado, borracho de jaleo -el jaleo me pone, y mucho-. No entiendo cómo pueden crecer los árboles sobre las fachadas, como tampoco alcanzo a comprender a dónde llevan esos portales sumidos en una penumbra demasiado oscura. ¿A Yangon? ¡Claro que sí! Porque en este primer paseo es Yangon quien me viene a la cabeza, porque ambas son ciudades hermanas dispuestas en cuadrículas junto a un río por los mismos amos conquistadores. Agotado y exhausto enfilo una última avenida, apurando los últimos rayos de sol, sin arriesgar demasiado por hoy, cuando en este universo cacofónico cruzo la mirada con una mujer en esta ciudad en la que sorprendentemente escasean. ¡Saltan chispas! En ese instante en el que ella, sorprendida, me esboza una sonrisa picarona al comprender que yo no soy como los otros –un extranjero- y yo, sorprendido, comprendo en ese instante que ella tampoco es como las otras, porque en realidad no es ella sino él, una ‘hijra’, una mujer atrapada en un cuerpo de hombre.

Esta ciudad no se basta con una sola realidad, son múltiples por no usar la palabra infinitas. Amontonadas, superpuestas y solapadas a codazos las unas sobre las otras sin ton ni son. Universos paralelos desfilan ante ti a cada momento, y basta con fijar la mirada en un punto concreto en medio del jaleo más monumental que tu mente pueda concebir para darse cuenta que aquella dama en realidad era un caballero, que aquella ruina fue antes una suntuosa mansión del tiempo de los ingleses y que aquel mendigo tirado en la cuneta que se clava una aguja en el antebrazo -si le miras a la cara- tiene en realidad los delicados rasgos de un príncipe…

¡Hello India! ¡Hola Kolkata!

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Dicen que la India cambia a las personas que la visitan, nos ha encantado tu blog, muchas gracias por compartirlo con todo el mundo. Nosotros estamos empezando con nuestro pequeño blog de viajes y nos gustaría dejar un enlace para que quién quiera haga click y nos visite :) blog.weareroamers.com

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