Guapa. Bali, Indonesia

Aterricé en Kuta con un pie en Bali y otro en la vecina Lombok, por si acaso. Por si todo lo que había oído cierto. Por si era terreno trillado de turismo de borrachera o pantomima de alto standing, tan edulcorada, tan maquillada y tan diluida que de la Bali de siempre quedaran tan sólo las migajas. Más de 30 años de intensa actividad turística procedente de todo el mundo entero habría tenido que hacer mella en el alma de esta isla y ya mucho había leído y mucho me habían contado en el camino como para hacerme ilusiones.

Y todo lo que me contaron era cierto, lo que pasa que no era todo. Se dejaron la mitad del libro, la película sin terminar. La otra media Bali que sigue viva, que sigue bella, que sigue alegre. Una Bali guapa e intensa, una Bali de ensueño que se esconde justo tras la cara torpe del que querer gustar a los foráneos a cualquier precio. Venía por 4 días, me quedé 7, y si no hubiera quedado con Eva y Guillem para subir a la cima del Rinjani, de buen seguro habrían sido no menos de 10 días en Bali, esta isla tan soñada como denostada. ¿Qué dónde está? ¿Dónde se oculta esa otra Bali que ha sobrevivido a lo previsible y a lo rancio? ¿Cómo encontrarla? Con suerte y con muchas ganas.

Con la suerte que tuve de que el Allan de Bromo me viniese a recoger al aeropuerto de Kuta pasada la media noche para llevarme a su casa en Denpasar. Con la suerte de que Allan, este balinesio de veinte-y-pocos y estudiante de diseño gráfico en Bandung, hiciera gala de la generosidad local. Pasé la noche en una buena cama –mi plan era dormir otra vez en el suelo del aeropuerto- con aire acondicionado y con un rico desayuno, y no contento con esto me llevó en su moto hasta Ubud, mi campo base para la semana que venía por delante.

Con la suerte que no encontré la habitación barata que la guía mandaba, sino que encontré otra más barata aún, más bonita si cabe, y con la pega, sí, de tener un piscina en construcción al umbral de mi puerta. Y que me digo yo que cuando por 7 euros duermes con un príncipe y desayunas como un rey, qué más da tener que saltar montones de arena para llegar a la cama. ¿Desayunos? ¿Alguien habló de desayunos? ¡Ai los desayunos! ¡Ai de mis desayunos en Bali…!

Yo, hombre amante de estructuras y de planes de ataque de quita y pon, organicé mi paso la isla en torno a un desayuno glorioso, sencillo y con unas vistas exquisitas desde una atalaya donde contemplar el despertar de Ubud, esa guardería gigantesca para adultos occidentales de la que sólo puedo hablar bien. La bruma matutina, las tapias, los árboles y los musgos que todo lo cubren; el bosque con sus árboles tropicales y las copas desmelenadas de las palmeras al fondo. Un homenaje a los sentidos y al buen gusto que sistemáticamente se repitió día tras día y que saboreé intensamente con la plena consciencia del que se sabe y siente privilegiado.

¿Y luego? Y luego Bali, luego una moto y un destino y déjate perder. ¿Qué como sé visita Balí? Pues así, escogiendo un destino e improvisando el camino. 4 jornadas en moto que al final fueron 3 porque la otra quedé atrapado entre una buena conversación con Pablo y esa diabólica terraza de la Guesthouse.

Mi primer destino, el volcán Gunung Batur pasando por el templo Gunung Kawi. Mi segundo destino, el templo Pura Luhur Bakaratu al que no conseguí llegar tras cruzar media isla por caminos que no te sabría decir. Y para el final, el Pura Besakih que yace a los pies del imponente volcán Gunung Agung. Mis destinos fueron importantes pero fue sobretodo fue por sus caminos por lo que Bali me enamoró.

¿Que qué vi? ¿Que qué me sedujo? ¡Ai, si yo te contara!… Interminables trozos de monte sesgado, un mar de olas verdes superpuestas, de crestas mullidas cubiertas de hierba. Eran las terrazas de arroz de Bali, envueltas en selva y palmerales, jardines del edén más que graneros para humanos. Bosques y más bosques que separan aldeas, y aldeas sin nombre con casas que parecen templos y de las que más de una vez me echaron a grito pelado. Porque de tan bonitas que eran y de tan decoradas que estaban y de tan sagradas que me parecieron yo pensé que eran templos mientras cruzaba el umbral y me metía dentro, y me salía al paso el señor de turno en pijama para decirme que qué hacía yo en su casa echando fotos.

¿Que qué vi? Vi caminos que no llevaban a ninguna parte, arriba en las montañas, y también vi a media aldea vestida de gala para honrar a sus seres queridos. Vi a los miles de artesanos que pican piedra, tejen y pintan en todos los rincones de esta isla. Me perdí y me volví a perder para ver a los centenares de cometas que inundan los cielos al atardecer, mastodónticas, con silueta de escualo, de 2 por 3 metros, que surcan los cielos de la isla  sin llevarse milagrosamente por los aires a los nenes que las comandan desde tierra. Vi ¿Qué vi? Vi el templo de mi Baraka, el Gunung Kawi, la postal que adornó la pared de mi habitación en Helsinki durante las noches negras de invierno y las noches blancas del verano. Siendo poco dado a la idolatría –un poquito en verdad- pasearme por el Gunung Kawi fue un no va más de mi paso por esta isla.

Y siempre Ubud, la vuelta a Ubud al final de la jornada. Un pueblo que supo crecer manteniendo el encanto en sus márgenes. Un pueblo que creció como un pulpo espatarrado, extendiendo sus tentáculos en todas direcciones sin mancillar el trozo de paraíso que quedó entre tentáculo y tentáculo. Y así es como si te sales de las tres calles principales de Ubud te sientes como si hubieras ido a parar a un pueblo de la montañas. Tranquila y rodeada de campos verdes y pequeñas gargantas por las que corren arroyos. Un encanto puede que saber algo enlatado, sí, pero bien mantenido, fresco, un gusto para los sentidos y paz para el alma trotamunda dada al cutrerio por falta de medios.

Y la gente, siempre su gente, porque mi paso por Bali no hubiera sido lo mismo de no haber tenido suerte también con esto. Primero con Allan, que se fue el mejor anfitrión y el mejor embajador de Bali. Luego con el patriarca que regentaba la Rumah Roda Guesthouse, una buena mezcla entre tendero de pueblo, hombre de negocios y sabio conocedor de los secretos de la isla y de sus rituales. Y luego los mozos del restaurante que se reían de mí ya al tercer día cuando me apostaba en mi rincón para escribir mis notas o mis relatos y adivinaban mis deseos sin tan siquiera mirarme: “One Bintang,please  -Una cerveza, por favor-”. Y mi amiga, la balinesa que regentaba 1 de los 3 únicos lugares de comida local –y no exorbitadamente cara- de todo Ubud. ¿En el menú? Lo de siempre y viva la divina rutina del arroz con tempe, picante y más tempe y más picante hasta reventar por 12000 rupias -1euro- las dos raciones.

Y ¿Y? Y Joaquín, y Ana, y Pablo y otra Ana que con una no basta. Pablo y Ana, una pareja argentina emigrada a Australia tan encantadora e interesante que qué les voy a contar: un lujo de gente con la que uno se pasaría horas de charla, guapos por fuera y por dentro. Y Ana y Joaquín, pareja vagamunda -guapa también- con los que nos reencontramos en Bali tras nuestra última quedada en Hanoi, cuando con Joaquín nos conocimos en la cima de la Montaña de la Luna a la afueras de Yangshuo, China, hará ya 3 años ¿Para cuándo, por fin, un buen vino y un buen jamón en la madre patria?

Me voy de Bali, habiendo comprendido que la mitad de esta isla son sus paisajes, y que la otra mitad son sus rituales. Y que lo que une a ambas mitades y les da sentido son sus gentes. No la bulla y los pesados de turno que te puedan atosigar en algún momento –fueron los menos-, sino los otros muchos balineses que te sonríen a cada momento, que son amables, que cuando andas perdido se ríen de ti –a buenas- y te muestran el camino –no siempre el correcto-. Me voy de Bali repitiéndome para mis adentros aquello de “¡Pero qué guapa eres!”. Qué guapa es Bali, cuánto cariño y devoción profieren sus gentes en los detalles más nimios de la vida diaria. Qué guapos son sus muchos templos anónimos en los que te pierdes a la hora del ángelus y por los que no corre ni una alma. Qué guapos fueron mis anfitriones y qué guapos fueron –y son- las dos parejas con las que compartí mis veladas al final de mis jornadas ciclomoteras.

Bali, que digan de ti lo que quieran, que será cierto y tendrán razón pero que sepas que yo, por ti, me parto la camisa cuando haga falta, porque Bali -a pesar de todo lo que le ha caído, y que no es poco- sigue siendo guapa, sí, y pa’ colmo, si la buscas se deja encontrar.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

4 Comentarios

  1. Andreu

    Espectacular!
    Gràcies Franc!

  2. nuria

    Moltes gràcies per l’article! Estem preparant el viatge a Indonesia i començava a replantjar-me parar a Bali després de sentir els comentaris però és casi obligat passar per allà!! El teu escrit m’ha tornat a deixar amb moltes ganes de Bali!

    • Bones Nuria,

      Jo crec que sí que val molt la pena, això sí, agafeu la moto i a l’aventura! ;D Una cosa que és important i a mi ja em van avisar molt i al final vaig tenir sort, és que a Bali i hi ha molts-masses policies que tenen ganes d’afagir-se un sobresou a final de mes a costa dels turistes que van amb moto i no porten el carnet de conduir internacional. Si teniu la possibilitat de portar-lo anireu més tranquils ;)

      ps. Jo me’ls vaig trobar però els vaig fotre un rollo patatero i al final vaig acabar marxant sense haver de pagar ni una ruppia ;D

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