Espejismos. Kolkata, India

Naranjas. Miles de naranjas. Centenares de miles de naranjas. ¡Qué despropósito! Ni un melón, ni una papaya y ni un solo mango. Tan sólo todos los millones de naranjas que parecen haber podido reunir en un insensato ejercicio de exhibicionismo.

En mi quinto día en la ciudad creía haberle tomado ya el pulso, haber comprendido que aquí, por cada metro cuadrado, sencillamente ocurren 20 cosas más al mismo tiempo que en una ciudad, pongamos, como Barcelona. Así que para pasar una tarde tranquila ideé un plan sencillo: Tomar el metro hasta MG Road y girar la primera calle a la derecha en dirección al río. Tras andar escaso kilómetro y medio me encontraría con el gran Puente Howrah y con el Mercado de Flores del Mullik Ghat al atardecer. Sobre el insulso mapa de la guía no se podía anticipar ningún inconveniente a tan asumible hoja de ruta. Pero ay de los imprudentes que caminen por la India sin esperar lo más inesperado a cada vuelta de la esquina.

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No ando más de cien metros antes de advertir que la supuesta avenida gris del mapa que debería llevarme directo al río está cortada. Cortada por camiones tuneados al más puro estilo hindi de los que penden tendales de lona azul. Y el suelo todo cubierto de paja. Y entre el suelo de paja y el techo azul de los tendales millones de naranjas amontonadas. Centeneras de hombres vendiendo naranjas. Y otros centenares carreteando sobre la cabeza cestas enormes que cargan, evidentemente, más naranjas. La sensación de irrealidad se impone y mientras avanzo con la boca abierta todo el mundo me saluda y me pide la foto para el compañero –nunca para ellos mismos, son tímidos estos indios-. Y yo pregunto ¿Porqué naranjas? ¿Porqué no otras frutas? ¿Y porqué compran éstas y no las otras? Porque a mí, al fin y al cabo, ¡Todas me parecen iguales! Y ellos se ríen y me piden otra foto meneando la cabeza como sólo ellos saben hacerlo. Y yo no me detengo, sigo adelante, porque a fin de cuentas esto era sólo una triste línea gris en el mapa y a mí me está esperando el río Hooghly al atardecer.

¿Les suena aquello de salir del fuego para caer en las brasas? Pues aquí fue justo al revés: Salí de las brasas para saltar -con los dos pies- directo a las llamas. Al desbarajuste del Mercado de las Naranjas le siguió el desbarajuste del Mercado de las Alhajas, el del Mercado de las Especies, el de los Herreros, el de las Ropas, y una secuencia interminables de bazares dispuestos en calles de apenas pocos metros de ancho colapsadas hasta los topes –y un poco más-. Un magma espeso y burbujeante de seres humanos que parecen salir de todas partes y al que se le suman los ricksaws, las motos, los carros cargados hasta la bandera, y por si fuera poco algún coche iluminado que se ve con la ¿Valentía? ¿Osadía? ¿Falta total de sentido común? de pretender circular por la calle con semejante algarabía.

Doy vueltas sobre mí mismo –literalmente- con la cámara en mano, arrastrado por remolinos de gente vociferando en plena ebullición. Totalmente desbordado por este bombardeo inmisericorde de estímulos a cada cual más sugerente, más estimulante. Deliro por unos instantes y fantaseo con que esto no es real: tiene que ser un montaje. No puede ser que todo el mundo esté aquí, lo mismo que no puede ser que hubiera tantas naranjas todas juntas tan solo unas calles más atrás. El resto de la ciudad debe estar ahora mismo vacío y en las despensas de media Kolkata tampoco quedan naranjas. Pero no es así, ésta es su realidad en estado puro: intensa, desbordante, caleidoscópica y abrumadoramente apabullante. Un día cualquiera, así, sin más.

Kolkata_109_Franc-Pallarès-LópezSe acaba Cotton Street, llego a un cruce y no hay más calle por donde seguir ¿Me he perdido? Pregunto por el Mullik Ghat y veinte manos me señalan al frente, a la no-calle. Ante mi mirada incrédula -y mi insistencia- a las veinte primeras manos se le suman otras veinte manos más que me insisten meando al unísono la cabeza como sólo los indios saben hacerlo. Se retiran los carros, los camiones y la riada de gente y por un instante se asoma una minúscula puerta al otro lado: el camino. Debo cruzar aquel umbral para adentrarme en las entrañas de ladrillo de la mole de azul pálido. ¡Y en las entrañas de la ciudad encuentro otro bazar! Más estrecho si cabe, más denso, más irreal. Un bazar lleno hasta los topes pero sin el consuelo del cielo abierto. Serpenteo por el hormiguero intentando mantener el rumbo hasta que finalmente llego a la desembocadura. Un delta, tan fértil de vida y frenética actividad que hace las delicias de mi atormentada alma. Las calles, los viaductos, los camiones de carga y descarga que alimentan y se alimentan de los bazares. Tranvías rellenos de gente en plena hora punta. Porteadores paseándose con sus descomunales mercancías sobre la cabeza y al fondo, omnipotente, el gran Puente Howrah: poesía de los ingleses hecha de pura lógica y metal.

Ya está cerca, ya está aquí el río. Cruzar unas cuantas calles más, jugarse la vida un par de veces anticipando las trayectorias de media docena de vehículos dispares que parecen coincidir precisamente donde a uno le da por pararse a tomar aliento, y ya estamos listos: Mercado de Flores, de color y un ambiente inevitablemente descafeinado después del desbarajuste del que vengo.

Terriblemente agotado –es más mental que físico pero me pesa en el cuerpo lo mismo- no me queda otra opción que emprender el camino de vuelta, esta vez por la avenida principal, Mahatma Gandhi Road. No menos caótica, con aceras porticadas tan desbordadas que de hecho, andar por en medio la calle se me presenta como la opción más razonable –en última instancia, así lo hacen ellos-. La ciudad palpitando de forma espasmódica pero acompasada; un par de paradas más para tomar algunas fotos a unos encantadores señores que regentan una sastrería del tiempo de los ingleses, o de otros chicos que venden pantalones tejanos. Fachadas de edificios coloniales sobre las que incomprensiblemente siguen naciendo árboles; todas ellas cubiertas por una capa de tiempo y mugre. Algunas de ladrillo, muchas de hormigón mohoso que resiste mal a los monzones, y de vez en cuando alguna joya de marquetería venida a menos: balcones con aires mogoles que le dan sabor de oriente de las mil y una noches.

Kolkata, una ciudad tan exasperante como emocionante. Una ciudad que al rato te noquea con sus histerias y miserias, y al rato deja con el paso cambiado sorprendiéndote un domingo por la mañana con avenidas desiertas de hombres, que no de pollos…

Kolkata_066_Franc-Pallarès-LópezPollos. Miles de Pollos. Centenares de miles de Pollos. Todos los millones de pollos que parecen haber podido reunir en otro insensato ejercicio de exhibicionismo. Subiendo por Mirza Ghalib Street hasta Market Street los domingos por la mañana sólo encontrarás cestas y más cestas de pollos. Algún que otro humano también -claro-, vendiendo o carreteando manojos de pollos atados a lado y lado de su bicicleta. Y dentro del mercado más pollos si cabe. Y también enormes pescados –el mar no anda tan lejos-. Y también alguna que otra cabeza de ¿!Vaca!? -habría que ser hindú para comprender las connotaciones religiosas y humanas que tiene jugar con la cabeza de una vaca en Kolkata-. Y a pesar de todo este hombre juguetea con la vaca sagrada y exige su foto.

Perderse por los diferentes mercados es un macabro salto a una dimensión paralela tan repulsiva que te atrapa. Aunque pueda que la exquisita amabilidad de la gente ayude algo –estos rincones quedan lejos del trajín turístico y todos aquí son encantadores- y puede que ayude también la atmósfera de inframundo que se experimenta dentro de estos edificios neoclásicos, con sus órdenes y ritmos, impregnados de una densidad que se masca y remojados en una luz cenital etérea que a ratos tiene algo de místico. Lo repulsivo, con lo amable, con lo etéreo. Un cóctel de buenas sensaciones que me catapulta hasta la zona administrativa alrededor de Lal Dighi y a los márgenes del río. Otro mundo, neoclásico también, pero vacío, yermo. Todavía es demasiado pronto y Kolkata, la ciudad impracticable, se hace la remolona bajo las sábanas de domingo para seguirme deleitando con sus avenidas vacías.

Avanza la mañana, sigue subiendo el sol imparable y me acerco para echar un vistazo a ese río que dio sentido a la fundación de la ciudad, allá en la zona de los embarcaderos donde hay poco que ver más allá de la gente bañándose en las aguas color chocolate del Hooghly -a falta de agua, limpiarse en aguas sucias es mejor que no limpiarse-. De aquí al norte, serpenteando entre calles coloniales decadentes salpicadas de chabolas –tristes plásticos contra un muro- y talleres en plena vereda. Busco la Iglesia Armenia, vestigios de una Kolkata multicultural que una vez existió, y me sorprendo al encontrar el pequeño edificio impoluto sepultado por la ciudad nueva que se ve tan y tan vieja. Irrumpo discretamente por el lateral en pleno sermón del domingo, lleno hasta los topes de fieles de tez clarita. Un edificio mágico, tan blanco en una ciudad tan gastada; con el piso alfombrado en una ciudad de asfaltos desmigajados; alumbrado por decenas de lamparitas que caen del cielo. Cantan, ofician misa media docena de sacerdotes siguiendo el ancestral rito armenio y me maravillo al contemplar por este ventanuco otro pedazo de pasado atrapado en el tiempo.

De Armenia a China en sólo tres manzanas, en una China Town que brilla por la ausencia de ojos rasgados y hanzis –caracteres chinos- y en el que abundan las barbas largas y los trazos estilizados del Corán. Alguna mujer sepultada bajo un niqab negro destaca sobre una mayoría aplastante de hombres en plena zona musulmana –curiosamente en la Kolkata hindú también cuesta ver mujeres por la calle-. Retratos de la Meca presidiendo todas las tiendas y restaurantes, y en el momento de la oración, un estallido atronador de almuecines compitiendo fieramente por la clientela no hacen más que alejar los pocos vestigios que pudieran quedar de esta supuesta colonia China. El barrio es de lo más intenso y sugerente, pero se me acabó el tiempo: el implacable sol del trópico ha alcanzado su cenit dejando las calles sin sombra bajo la que refugiarse.

Huyo al sur de la ciudad, de vuelta a mi glamurosamente decadente habitación roja. Huyo a por mi ducha de agua fría y mi siesta en cueros bajo las aspas del ventilador que baten sin parar a la espera de que llegue la tarde, y con ella el cielo se vuelva negro y descargue la nueva tormenta proveniente de las aguas del Golfo de Bengala. Las aguas de las que bebe el Maidan, el gran parque de Kolkata, un jardín asilvestrado, un gran manto verde salpicado por grandes árboles que cumple la precisa función de devolver algo de esperanza a una ciudad que se ahoga sobre si misma. El lugar para pasear a caballo oliendo a hierba fresca tras el chaparrón; prados donde revolcarse y celebrar las victorias de cricket; algunos arbustos tras los que esconderse en compañía de las discretas mujeres que ofrecen sus servicios al mejor postor.

Kolkata_094_Franc-Pallarès-LópezTodos llegan al Maidan en busca de un respiro, huyendo de la obstinada la ciudad arisca, porque soñar sale barato y en el Maidan es más fácil: a lo lejos, sobre un mar alborotado de copas verdes, tintinean contra el cielo azul cúpulas de mármol blanco. Un espejismo que aún siendo físicamente real es, por su concepción y su entorno, reflejo de una pantomima de vanidades vagas. Un monumento a una emperatriz muerta, que siempre estuvo vacío y que llegó tarde a una ciudad pobre faltada de casi todo. El Victoria Memorial es el espejismo que completa Kolkata, la paradoja última que da sentido a ese todo. Al igual que el espejismo del oasis es precisamente la ilusión que manifiesta la realidad última de la crudeza del desierto, así el Monumento a la reina Victoria es, en su absurdidad, la culminación que pone en evidencia la brutalidad y la precariedad de Kolkata. Una ciudad exhausta que es al mismo tiempo esperanza y desazón para los millares que día tras día siguen llegando del campo en busca de ese futuro mejor que sencillamente no existe. Esperanza y desazón también para los que ya nacieron atrapados en esta maraña de la que posiblemente nunca lograrán escapar.

Intentando hacerle comprender a una buena amiga de Barcelona mi paso por Kolkata, le contaba algo tal que así:

“Imagínate que te colocaran en el centro de una habitación cuyas paredes, techo y suelo, estuvieran todas forradas de pantallas. Imagina que todas estas pantallas encendidas al mismo tiempo proyectaran a todo volumen cada una algo distinto, e imagínate por un instante que para colmo todas y cada una de esas pantallas emitieran algo que a ti te pareciera irresistiblemente interesante: dulce, brutal, bello, angustiante, putrefacto, alegre, decadente, elegante, tierno,… ¿¡Te lo imaginas!?”

Pues así es como me sentí en Kolkata cada vez que salí a la calle durante los 10 días que pasé en esta ciudad, que a pesar de sus muchos pesares, fue mi bautizo en la India y uno de mis grandes amores en este viaje.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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  1. By Entrevista a Franc Pallarés de Outteresting 6 Feb ’14 at 12:15 pm

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