El Ritual. Bali, Indonesia

Todo el día dando tumbos en la moto, con un destino claro per sin un camino a seguir; torciendo a cada recodo que me pareciera más interesante que lo que tuviera por delante. En la cresta de la caldera del Gunung Batur me eché la siesta sobre un banco de piedra esperando a que bajara el sol y mejorara la luz. Me desperté y conducí cuesta abajo hasta la orilla del lago para darle la vuelta al cono del volcán cuyas caras sur y oeste son pasto de gigantescas lenguas de lava que se convirtieron en roca pelada. Ensimismado en la luz del atardecer se rompe el encanto y caigo en la cuenta que está anocheciendo y que ando todavía en la otra punta de la isla. Agotado, exhausto y tras la puesta de sol tras las montañas emprendo el regreso cuando, por casualidad, paso junto a un ritual en Kintamani… Demasiada gente, demasiada bulla. Mi olfato de niño trastoso y curioso me susurra que tras la tapia están ocurriendo demasiadas cosas, que algo bueno se cuece, y que seguramente valdrá demasiado la pena como para pasar de largo.

Pero reacciono, y en un ejercicio de sentido común y autodisciplina me digo que no. Que estoy muerto, que hay que volver. Que no voy a parar ni tan sólo un minuto, ni para echar un vistacito. ¡Qué no! Grito con voz de perdedor para mis adentros ¡Estoy agotado y llevo ya casi 10 horas de ruta! Pero nada… ¡Cómo si le hablara a la pared! La moto frena suavemente y ya estoy girando hacia el parking cuando me cuento el cuento chino de “sólo un minuto, nomás, un vistazo rápido y nos vamos para casa”.

No se puede comprender Bali sin su religión –una versión del hinduismo que sobrevivió a los embates del budismo, del islam y del cristianismo-; un complejo sistema de rituales y festivales que empapan el día a día. La vida de los balineses se rige por esta espléndida coreografía sagrada cuyas ramificaciones se extienden a la danza y al arte de la escultura. Pero más allá de estas artes clásicas, esta sofisticación y esta espiritualidad las sobrepasan y se desbordan inundando su día a día en una puesta en escena que tiene lugar a cada momento, en cada rincón de la isla y a diferentes escalas. Desde las pequeñas ofrendas diarias en los negocios o en los altares de los familiares en el patio de cada casa, hasta todo un sinfín de ceremonias que marcan y acompañan a todo balinés a lo largo de su paso por esta vida. Rituales practicados de forma individual, rituales practicados en familia o rituales que implican semanas de preparación por parte de todos los miembros de la aldea.

Bali siempre está de gala, de fiesta, de celebración. La mayoría de las veces de forma callada, un susurro en la intimidad. Otras, como cajas de truenos abandonas a su voluntad: ruidosas, caóticas, turbas de fieles devotos que toman las calles por asalto, extasiados, ebrios de jarana. Del nacimiento a la muerte. Pidiendo protección y fortuna a los dioses y a los buenos espíritus que habitan en todos los rincones de esta isla exuberante. Trazando laberintos de símbolos para confundir a los demonios y proteger a los seres queridos o a las cosechas. Cada mañana al alba, en cada rincón de esta isla, se preparan con esmero miles de ofrendas efímeras de una delicadeza exquisita. Miles de ofrendas hechas con hojas de palma trenzadas y flores, frutas, arroz, galletas, no hay límite, o puede que sí lo haya; uno solo, y es preciso: todo debe ser bello y elegante. Una elegancia y un gusto por las cosas bien hechas tan extendido que se aprecia en sus ropas, en las telas que visten ellas, en los pliegues de los tocados que portan ellos. En la sistemática sobriedad barroca de sus templos y templetes. Bali será hindú, sí, pero paseando por sus aldeas y por sus templos no pienso en la India, pienso en otra isla, pienso en Japón y en esa cultura tan suya donde la belleza, como fin último y en sí mismo, se manifiesta en cada acto y en cada gesto.

El Ritual vertebra la vida de esta isla y de estas gentes más allá del implacable avance del turismo durante los últimos 30 años. El ritual se vive con devoción, con orgullo, con una pasión y un frenesí que se contagian. Contagiado y borracho de frenesí corría yo aquella primera noche fría en la cresta del volcán en la que decidí no parar para acabar parando. Desbordado, fascinado, ensoñado en medio de una función que no comprendía, pero cuyo principio atisbé que pasaba por la sistemática ofrenda a cambio de una bendición. Una noche helada en la que corría borracho, embelesado por el efecto narcótico del sonido del chambelan -un instrumento balinés que en realidad son muchos sonando al mismo tiempo- y cuyo misterio hipnótico no fui capaz a descifrar. Un festival por el que andaba suelto el loco del pueblo con una toalla atada a la cabeza; los nenes que me exigían el peaje por estar allí: que les tomara un retrato. Con toda esta gente aldeana que me recibe con sorpresa y con los brazos abiertos, y con sonrisas, muchas sonrisas y algunas carcajadas entre los grupos que se sientan alrededor de un fogoncillo a pasar la noche, a esperar eso que todos vinieron a ver y que yo sigo sin saber qué es. Es noche fría y esto está lejos de acabar, tengo por delante casi dos horas en moto y abandono la partida.

La abandoné, sí, pero ella no me abandonó a mí. Al día siguiente y al otro y al otro, me seguí cruzando con los lugareños atareados en sus preparativos, ellos a lo suyo y ellas con sus asuntos, todos en pleno frenesí, esta vez a la luz del día, ocupados en la preparación de los Ngaben, las cremaciones anuales de sus muertos. Porque es el funeral, que no la muerte en sí misma, el momento clave en la existencia de todo balinés. Un correcto funeral con su correspondiente cremación garantizará la liberación del alma del cuerpo amortajado. De lo contrario el espíritu quedaría errante, nunca más podría volverse a reencarnar, se perdería en una nada que es peor que los infiernos. Es por eso que este dispendio imprescindible y costoso. Y a falta de tiempo para ahorrar el dinero suficiente, las familias entierran temporalmente a sus muertos hasta que reúnan los ahorros para todo el festejo.

Llegada la fecha, toda la aldea se pone en marcha. Desentierran a los suyos, corren a por los preparativos, todos efímeros todos hechos con delicadeza y esmero. Altares de caña y bambú presididos por retratos con guirnaldas de flores del paraíso que honran a los difuntos y guardan sus cuerpos. Se construyen pasos coronados con palios bajo los que se portan animales sagrados: Lembus -toros negros y rojos-, leopardos, engendros mitológicos, leones escarlata con colas de pescado y coronas verdes ¿Serán dragones? Todo preparado con el esmero de lo que se hace para siempre aún a sabiendas que su destino es la hoguera, pasto de las llamas y del fuego purificador.

Si la ceremonia del Ngaben es el ritual por excelencia, por encima de todas las cremaciones está el Palabon, el funeral de un miembro de la familia real. Los planetas se alienaron, y puestos que en mi travesía por Indonesia pasaba por Bali durante esta semana, los dioses dispusieron que el ritual de los rituales, el Palabon, tuviera lugar a escasas tres calles de mi hospedaje durante mi último día en la isla.

…continúa en el siguiente post, El dorado siempre luce

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

Leave a Reply

Tu email no será publicado
Los campos necesarios están marcados con *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title="" rel=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>