El Encantador de Serpientes. Varanasi, India

Los encantadores de serpientes en realidad no encantan serpientes. Es todo más sencillo. La cobra –un animal defensivo que no atacará sino es atacada- reacciona ante el movimiento del encantador que sopla su ‘pungi’ sin parar, meciéndolo constantemente desde una distancia prudencial. Son los vaivenes de la flauta lo que sigue la cobra y no la música –perciben las vibraciones, pero no la música como nosotros la entendemos-.

La cobra parece estar bajo un hechizo y el público nos quedamos fascinados por la esbelta figura desplegada del animal, por la textura y las marcas de su piel, por el atuendo del faquir y por el exotismo del entorno en general. Pero no hay magia ni hay hechizo, tan sólo una dinámica bien aprendida y unas respuestas ya conocidas de antemano, lo demás, el embrujo, lo ponemos nosotros, o mejor dicho: nuestra ignorancia del asunto sumada a nuestras ganas de creer para tener qué contar.

Varanasi está lleno de encantadores de serpientes. Las calles y los ghats están atiborrados de ellos. Lucen sus mejores galas e interpretan a la perfección su papel. La pose, la mirada entornada al infinito, los gestos lentos y delicados. Estos encantadores seducen y hechizan a millares de personas.

Tras una semana en Varanasi no he podido sacudirme de encima esa sensación de que todo lo que ha ocurrido a mi alrededor, al final se podría resumir en un ‘sálvese quien pueda’. Todo es rito, pero un rito que me suena hueco. ¿Cargado de simbolismo? Sí, puede, y seguro que muy antiguo y muy complejo, no lo dudo. ¿Que mis percepciones y valoraciones se apoyan en la ignorancia y la novedad? También lo asumo. Pero en general, el ambiente en los ghats y en las calles no exhala valores, no se perciben valores. No hay hermandad, no hay reflexión, no hay compasión. Es un torbellino de gentes venidas de todos los rincones de la India y del mundo entero para ver, cumplir y partir. ¿Cumplir con qué? Con lo que mande el brahmán de turno si hay suerte y recursos –aquí al menos tendremos unos conocimientos sólidos-. O cumplir con lo que bhaddars y yatrawals –cazadores de peregrinos- manden a cada momento en un tour guiado por el ‘TOP 10′ de la santidad en Varanasi. Puede que tampoco ayudara el que mi hostal estuviera junto a la calle que une el Templo de Kashi Vishwanath y con el Lalita Ghat. Y puede que al pasar no menos de cinco veces al día por esa calleja y verme atropellado sistemáticamente por estampidas de peregrinos abriéndose paso a codazos y empujones, yendo ahora al río ahora al templo, pensará más en unos San Fermines que una experiencia íntima y espiritual.

Pero no me resigno. Sigo deambulando por la ciudad y sí que en algunos casos, un hombre mayor, aquella anciana sentada rezando frente al río, algo sí se ve. Y es entonces cuando entramos los turistas y extranjeros variopintos. Unos con un hambre voraz por devorar todo momento fotogénico, por raspar algún instante mágico más allá del atropello y la marabunta –que también cotizan en los álbumes de recuerdos, pero en otra categoría-. Y luego están los otros también, esos que vinieron aquí de ‘turismo catártico’, con esas ansias de ser más místicos que los más místicos, más papistas que el Papa, hasta rozar absurdos que sorprenden hasta a los indios.

Puede que con estas palabras me delate, pasando a engrosar las filas de esos peregrinos sedientos y desorientados que buscan ver y cumplir para poder partir con la conciencia tranquila a riesgo de no haber comprendido nada. Lo sé y lo asumo. Porque pasados los meses tras mi primera visita me enteré de que más allá de la Varanasi de romería, la de postalita y estampita, la del circo de sadhus de pastiche y encantadores de serpientes que en realidad no encantan serpientes, más allá de toda esta parafernalia, Varanasi es -y siempre ha sido- meca del conocimiento; y que esa mitad suya tan desconocida es en realidad tan intrínsecamente esencial como la otra de las postales.

Ciudad de conocimiento, ciudad de poesía, de medicina, de danza, de música, de literatura. Ciudad de artistas y eruditos que han conservado e innovado saber humano durante milenios. Por aquí pasó Buda, Sankara, Ramananda, Trailinga Swami, Kabir, Guru Nanak, Tulsidas, Ananda Mayi Ma y muchos muchos más. Todos ellos grandes nombres de los que apenas sabemos nada en occidente, y todos ellos grandes nombres que hablaron precisamente de lo que cojeamos en occidente. El saber en Varanasi sigue vivo aunque se enfrente al dilema de los tiempos modernos. Por un lado la muerte lenta de las tradiciones frente a la imparable invasión cultural de occidente -remasterizada por el potente tamiz indio-: los jóvenes se miran en espejos muy distintos a los de sus padres. Por el otro lado, una nueva avalancha de occidentales huyendo precisamente de lo que los jóvenes indios abrazan y buscando aquello que estos jóvenes repudian: saber y tradiciones milenarias que puedan dar respuesta a la desazón que se cuece en sus siglos XXI particulares. Otra paradoja más a añadir a la infinita lista que ya acumula la ciudad.

Me fui de Varanasi sin saber lo que sé ahora. Me entero por K. Chandramouli que “el Ganga Aarti -ritual frente al río que reúne multitudes a diario- ha sido reintroducido recientemente, más con fines comerciales a modo de representación teatral, que a fines sagrados”, y caigo en la cuenta de que pasé por Varanasi con lo ojos muy abiertos, pero poco más. Me quedé embobado con la simpleza de la serpiente, con la mirada fija en el ir y venir de cachivaches varios que trajinaban siete mozos bienintencionados en siete escenarios muy bien dispuestos en Dasaswamedh Ghat. Embobado por la música y el incienso, por el atrezo en general. Pero durante mi estancia en esta ciudad sin parangón en el mundo entero -y probablemente en la historia de la humanidad y eso es mucho decir- pasé de largo de las escuelas música y danza, no conocí a ningún pandit -erudito del sánscrito- y ni tan siquiera me dejé caer por la venerable Universidad para echar una ojeada. Le di la espalda sin saberlo a una de las principales fuentes que alimentan esta ciudad sin parangón, para quedarme sólo con la postal de los que se limitan a beber de ella.

A Varanasi hay que venir con tiempo y sin prisas, y en última instancia y sobretodo, con algo más que un par de ojos bien abiertos y demasiadas tarjetas de memoria. ¿El qué? No lo sé… Tendré que volver.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Hola! Creo que describes a la perfección lo que suele ser una primera visita a Varanasi. Le pregunté a un turista el pasado diciembre qué le parecía Varanasi. Me dijo que todo le parecía mentira, un teatro. A mi esa ciudad me tiene enganchado y siempre que voy encuentro un momento o experiencia que me hace sentir que volveré de nuevo. Cuando escarbas y pasas de largo Dasaswamed como si de una parada de chai se tratará empiezas a ver Varanasi de verdad. A conocer auténticos hombres que se han desquitado de todo por alcanzar el moksha, a encontrar ese espíritu de centro religioso de la India en el tendedero que cierra su tienda con emotivos rituales, a luchadores en el Akhara que veneran a su entrenador como a un dios o peregrinaciones hindúes a Vindyachal que te cambian por completo.

    Volverás!

    Saludos

    • Pues ya me consuela lo que dices, porque mientras estuve allá, me quedé sólo siempre hablando del tema. A todo el mundo le parecía de lo más auténtico y espiritual, y yo creyendo que era el frívolo.

      Lo dicho, a Varanasi volveré, con calma, con más libreta que cámara y a disfrutarla en low-profile ;)

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