“El Doctor” Pi Jo. Tailandia

Pi Jo pulveriza la conversación con la implacable sencillez de su lógica. Y es que su lógica no bebe en fuentes abstractas sólo aptas sabios o eruditos. Su lógica nace de la experiencia, y no de la del vecino o de la lectura de aquel u otro libro. El sólo se limita a contar lo que ha vivido y a partir de ahí, quien pueda y quiera, que abra el debate. Estamos en la Pun Pun Farm, a las afueras de Chiang Mai, epicentro de arquitecturas transversales y sentido común.

La parábola es tan sencilla como lo que sigue: “Dos chicos se conocieron en la Universidad donde estudiaron y se formaron juntos. Acabados los estudios sus destinos se separaron, y por esos azares, Pi Jo pasó por Nuevo Méjico, concretamente por el poblado de Taos. Y vio lo que había y se maravilló, tanto como a mi me puedan maravillar las casas de bambú en la selva o a otros los rascacielos de Nueva York. En Taos, las casas eran de barro. Y Pi Jo se hizo la siempre osada pregunta: “¿Y porqué no?”.

“Volvió a su hogar, un pequeño pueblo en el noreste de Tailandia, y decidió que de ese modo construiría su primera casa. Durante tres meses, al acabar su jornada laboral, levantó, ladrillo a ladrillo su primer hogar. Día tras día las gentes del pueblo venían a visitarle, a reírse de él y darle “ánimos”. Le llamaban “El Doctor”. Y es que para las gentes del pueblo “El Doctor” era un perdedor, un fracasado. Alguien que fue a la gran ciudad para estudiar y triunfar, que incluso visitó los EEUU, para al final acabar volviendo a la aldea derrotado para construirse una casa de barro”.

“El Doctor” terminó la casa. No era perfecta, ni la mejor que se podía hacer, pero era un hogar y no se detuvo ahí. Algunos de los aldeanos, aquellos que tantos “ánimos” le habían dado, empezaron a construir sus casas con adobe también. Y Pi Jo decidió ayudarles, y de tanto construir y construir lleva ya 14 años levantando edificios (van 300) y enseñando a otros cómo hacerlo. La parábola llega ya a su fin, y nada sabemos de aquel compañero de universidad que siguió su propio camino, éste sí, como Doctor “de verdad”. Pi Jo le da la puntilla a ésta parábola con una pícara sonrisa: Su amigo el Doctor necesitará 30 años para pagar su casa, a él tan sólo le hicieron falta 3 meses de sus ratos libres”.

A un servidor, degenerado Arquitecto de oficio y profesión, hijo de la Escuela de Barcelona, estas arquitecturas transversales siempre le causaron cierta cándida simpatía. Cuando Albert me propuso acompañarles en este fin de semana de Arquitecturas de Adobes y Bambúes dije que sí sin pensarlo. Me pareció que podría resultar interesante aprender algunas “palabras nuevas” de vocabulario formal y constructivo. Como si esto del barro y del bambú sólo fueran nuevas poses que poder adoptar. La llegada a Mae Sot y la primera tarde con Albert me dejaron bien claro que había algo más detrás.

Detrás y más allá de lo bonito que pueda quedar en la foto y del qué dirán las visitas cuando vengan a cenar, queda el sentido común. La necesidad de tener un hogar para poder vivir, sin que el hecho de tenerlo implique una vida de esclavitud para poder pagar un préstamo, o la comúnmente dicha, hipoteca. Detrás y más allá de lo bonito que quede en la foto, está el hecho que pocas cosas hay que eleven más la autoestima de cualquier ser humano que el hecho de poder construir su propia casa, y la casa que será de sus hijos y de sus nietos. Detrás de todo esto está descubrir que las casas, al igual que las vidas de las personas, se pueden construir de muchas formas distintas y que mientras sirvan a su propósito dignamente, realmente qué importa cuales sean los medios.

Siento como si el fin de semana hubiera transcurrido alrededor de aquella mesa donde desayunamos el primer día, al tiempo que Pi Jo respondía a nuestra lluvia de preguntas. Con aquellos angelicales críos endemoniados revoloteando alrededor. Aprendí un montón de todas aquellas cosas que ya sabía de la universidad sobre el arte de levantar un muro. Que las sabía como el que sabe de un cuadro que vio en un libro, pero nunca contempló en la realidad, con calma, y con el maestro autor a su lado.

El perdido de “El Doctor” ahora ha sido elevado a erudito del arte de hacer las cosas fáciles, sencillas y baratas. Le invitan a dar conferencias por el mundo y tiene la oportunidad de interactuar con colegas suyos, doctos maestros en el milenario arte del barro. Y nos cuenta como le fascina y le maravilla la sutil y sofisticada capacidad que tienen algunos bienintencionados maestros occidentales, a los que no les basta con comprobar como se hacen las cosas de forma sencilla, que necesitan complicar el proceso, para poder escribir libros que casi nadie entienda.

No es un reproche, ni un grito al cielo, ni perderá un minuto rasgándose las vestiduras cuando se pregunta y nos pregunta “¿Porqué insisten en hacer difícil lo que es tan sencillo?”. Y ahí da en el meollo de la cuestión: “El rey anda desnudo”, y es que en occidente nos cuesta horrores no complicarnos la vida con tal de sentirnos “vivos, necesarios o especiales”. Nos complicamos queriendo tener más y mejor de lo que seguramente necesitaríamos. Nos complicamos buscando y esperando que nuestra pareja, amigos o familiares sean más y mejores de lo que seguramente merezcamos. ¿Saben a lo que me refiero?…

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

1 Comentario

  1. CRU

    Sabem a què et refereixes…
    Un altre cop “touché!”, ahí dando en el clavo…

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