El descenso del Nam Ou. Norte de Laos

Es difícil moverse por un mundo de espesa jungla recubriendo empinadas colinas que se encadenan unas tras otras. Y aún así es bien fácil desplazarse a través de él, tan solo hay que ir montaña abajo, siguiendo el curso de los riachuelos que acaban por convertirse en arroyos que tarde o temprano nos llevarán al Río. Y una vez allí se abren de nuevo los horizontes y las copas enmarañadas de los árboles dan paso al cielo azul, al baile nubes y a las estrellas. Y es por allí por donde me he movido y he podido conocer otro Laos, alejado de las nubes de polvo y de los enjambres de turistas del sur. Desde Hatsa hasta Luang Prabang, casi una semana bajando por el río Nam Ou, de bote en bote y disfruto porque me toca.

Lo pude vivir en Myanmar y lo he vuelto a revivir aquí en Laos: cruzar un país por el río, usando las líneas regulares de botes que vienen y van, río arriba río abajo. Viajar de este modo te permite tomarle el pulso a la vida del país de una manera especial, muy distinto al que siento cuando viajo en autobús, por muy lleno de locales que vaya y por muy secundarias que sean las carreteras. Tengo la sensación de ver como se representa la función de la vida diaria, pero no desde el patio de butacas, sino des del escenario, entre bambalinas. Vibrando con la intensidad de las rutinas del día a día y sin el glamour del plano perfecto estudiado para cumplir con las postales mentales con las que cargamos los turistas y que hay que satisfacer para que el espectáculo siga funcionando.

Viajar en el bote de línea, durante jornadas de 6 o 7 horas, con el trastero dolorido sobre un tablón de madera y las rodillas del de atrás clavadas en tu espalda, como se las clavas tú al de enfrente. Es tremendamente incómodo, pero te regala escenas impagables. Como la de aquel chico que recogimos y que apenas tendría los veinte años. Dejó amarrada su barquita de bambú a una roca, junto al cruce con el arroyo que debía pasar junto a su aldea. Y cargó a bordo sus bultos de pescado seco sonriendo y saludando al personal, dejando allá solita y abandonada su barquita a la merced de los elementos y de los humanos. Sabiendo de antemano que allí le esperaría cuando regresara.

O el trío calavera de los guays del pueblo de Muang Khuan, a los que yo ya daba por perdidos cuando paramos a comer y el bote arrancó sin ellos. Y resulta que los muy frescos andaban de parranda, bebiendo y jugando a voleibol en una fiesta en la playa al otro lado del pueblo. Y esos grupos de niños que navegan por el río sin la supervisión de un adulto, y que se bañan desnudos chapoteando y saludando al personal de paso. Rebaños de búfalos de agua de cháchara con bandadas de cuervos negros. Aquellos señores que han salido a pescar la cena al atardecer y los otros que siguen buscando su dorado filtrando quilos y quilos de gravilla en medio de la corriente.

Muang Khuan me encantó porque el hostal donde dormí estaba al lado de un puente colgante como los de las películas. Sí, compartía el baño con la familia de los dueños, pero al mirar por la ventana del cuartucho veía un puente colgante que volaba cincuenta metros sobre el vacío. Y luego por la noche, mientras paladeaba zumo de cebada de las bodegas BeerLao, la luz del pueblo entero se fue. Y se calló la voz estridente del karaoke de al lado, y los camiones a la vera del río encendieron sus motores y con la luz de sus faros iluminaron la negra noche del norte de Laos.

De Muang Ngoi Neua me enamoré porque sencillamente es un lugar bello. Porque en el trayecto conocí a Serge, un quebecuá muy buena gente con el acabaría viajando durante 3 semanas por Laos. Muang Ngoi Neua me gustó porque no había nada que hacer, porque los locales habían encontrado ese punto exacto de equilibrio donde los turistas son fuente de negocio, pero su estilo de vida y su arte para la parranda no han pasado a un segundo plano. Muang Ngoi Neua me gustó porque su estampa no tiene precio, porque no me cansé de contemplarla a todas horas: por la mañana, al atardecer o durante la noche, cuando la luna y la niebla envolvieron las colinas y me hicieron sentir que soñaba despierto en aquella víspera de año nuevo.

Y el Río, y el Río. Siempre río abajo, siempre esos paisajes monumentales de una belleza a rabiar que salpican el norte de Laos. Telón de fondo a las vidas sencillas y honestas de esta gente corriente que los da por sentados por haberlos tenido en frente toda la vida y por no conocer nada más. Y entonces me ocurrió lo que me ocurre cuando algo me fascina: me pongo a reír. Es la risa tonta del que cae en la cuenta que es afortunado, que tuvo suerte, que no lo esperaba y seguramente tampoco lo merecía. El descenso por el Nam Ou fue como un regalo caído del cielo y la antesala perfecta a una pequeña joya llamada Luang Prabang.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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