El Cambiazo. Bajawa, Indonesia

Hoy la fiesta en Bema empezó bien temprano. Se inaugura una nueva casa en esta aldea de los ngada y, aún siendo todos muy católicos, el culto a los espíritus y a los antepasados sigue muy vivo. Es en ocasiones como la de hoy en las que honrarlos debidamente se convierte en algo indispensable para mantener el buen orden de las cosas. Ya temprano en la mañana se sacrificaban búfalos y cerdos a golpe de machete, y a machetazos se descuartizan en el centro de la aldea hasta hacerlos picadillo. Rituales, baile de machetes, ofrendas y oraciones, sangre escarlata salpicando la tierra seca y fuego en los tres calderos humeantes. ¿Y nosotros? ¿Dónde andan Eva, Guillem y Franc que se lo están perdiendo?

¿Qué dónde andamos? Pues al principio pensábamos que estábamos de camino pero pasada la primera hora nos dimos cuenta que andábamos atrapados en una espera infinita dentro de un bus-camión al ritmo del Waka-Waka de Shakira dando vueltas por los alrededores de Bajawa para acabar volviendo irremediablemente al mismo callejón junto al mercado. Nuestra alegría tempranera por haber encontrado fácilmente bus hacia Bema se va apagando minuto a minuto al vernos atrapados en este bucle de locos sin pies ni cabeza. El Día de Marmota de Bill Murray queda en nada en comparación con las 3 horas que me tiré en este viaje a ninguna parte. Una prueba de titanes en la que puse a prueba toda mi paciencia para mantener la calma cada vez que irremediablemente acabábamos llegando de nuevo al callejón.

No sé si fueron 10 o 15, pero si dijera que fueron hasta 20 vueltas las que dimos puede que no estuviera exagerando. Guillem perdió la paciencia al cabo de hora y media, y yo, por hacerme el machote curtido en esperas absurdas aguanté el suplicio hora y media más. ¿Qué porqué? Pues porque cada vez que arrancábamos de nuevo el conductor de me aseguraba que sí, que ahora sí que nos íbamos de verdad. ¿Qué porque aguanté? Por puro morbo. Ya fascinado por la capacidad de absurdo de este Mr. Driver me preguntaba hasta dónde sería capaz de llegar. Y llegó, vaya que si llegó, pero no lejos en espacio que siempre acabábamos en el mismo sitio. Lejos en el tiempo y en el consumo más tonto de gasolina que jamás se haya visto. Ni todos los Waka-Waka, ni todas las sonrisas ante mi mirada desencajada hicieron mella en el ánimo de estos chavales que tenían claro que vaciarían el depósito las veces que hiciera falta, pero que ellos a Bema no iban hasta que el bus-camión no estuviera a reventar.

Y finalmente llegamos, y me descolgué como pude por el lateral poniendo el pie en la rueda del camión ante la mirada de medio pueblo a la espera que el patoso del bulé -extranjero en jerga local- rodara por los suelos –poco faltó-. Bema ¡Hola Bema! ¡Al fin Bema! Y vaya sol de justicia que cae sobre el pueblo a esta hora del ángelus. Dos hileras de casas dispuestas a lado y lado de una calle central rota en varios niveles, salpicada de tumbas, graneros y monumentos megalíticos. Un pueblo que me recordó a las aldeas de Pulau Nias. Parecidas pero distintas.

Salvo los tres calderos de bruja piruja en los que llevan horas cociendo pedazos de cerdo y búfalo, y los pocos hombres que siguen picando carne bajo un toldo, todos los demás han corrido a la sombra de sus porches. Yo no me veo dando vueltas bajo esta solana y me llego hasta el mirador al final del pueblo, para echarme una siesta a la sombra de unos árboles y para ver el mar que asoma a lo lejos enmarcado en colinas verdes de jungla espesa. Todo ello bajo la imponente mirada del volcán Wawo Muda que preside la aldea.

Ronroneo, me desperezo y me doy un paseo, pero nada, ni un alma en la calle. Algunas mujeres tejiendo los tradicionales ikats -telas que visten a modo de faldas-, otros hombres de parlamento en los porches vistiendo sus ropas tradicionales y luciendo sus machetes a la espalda, y los nenes jugando por los patios traseros de las casas mientras los mayores siguen reunidos en familia bajo los porches dándose un atracón.

Habrán pasado un par de horas desde que llegué cuando el sistema de audio -siempre desmesurados y espectaculares en estas latitudes- anuncia algo. Tras un ritual de escalada suicida en el tejado de la casa a inaugurar en cuestión, se da el pistoletazo de salida y todas las gentes salen de sus casas para tomar asiento sobre unos troncos de bambú que resultaron ser banquitos. Al final de la intensa jornada matando carne, cortando carne, cocinando carne e hirviendo gigantescas cantidades de arroz, toda la aldea se reúne para celebrar la generosidad de los anfitriones. Grandes, pequeños, hermanos, primos y turistas de paso. Todos carretean una cesta tejida con hojas de palma para recibir la carne y yo, algo desbordado por la súbita procesión y por el implacable azote de este sol que no afloja me enzarzo en una conversación con Eric, que me endiña una cestita y me invita a sentarme en cuclillas junto a él y sus hermanos. Una cestita que me llenarán de arroz y de suculentos pedazos de carne de búfalo. Mientras Eric me invita a cenar a su casa tras el reparto intento recordar cuándo fue la última vez que comí un buen trozo de carne fresca y me relamo los labios pensando en lo que viene. Uno, el otro y el de más allá y al fin me toca a mí. Dos paladas de arroz blanco y un buen manojo de suculenta carne grasienta. Dicho y hecho.

Ya tenemos el botín y Eric moviliza a la tropa dirección al porche de la casa familiar. En un momento veo a Eva y Guillem, con sus respectivos cestitos caminando sonrientes hacía sus respectivos porches –que no quede ni un bulé sin su parte-. Eric me cuenta que lleva una moto en Bajawa, que sus hijos tendrán que estudiar sí o sí. Que él es católico y que claro, yo como me llamó Franc, pues soy Franciscus, como el santo amigo de los animalitos. Se ríe a carcajadas mientras charla con la familia pero cuando se dirige a mi adopta un perfil de lo más formal. Las mujeres de la familia han pasado recogiendo nuestros cestos –para acabar de cocer bien la carne, me comenta Eric- y mientras andan trajinando dentro de la casa los hombres esperamos en el porche tomando Arak –un espeso menjunje alcohólico casero de jugo de palma, ajo, cebolla y jengibre… ligerito…- y charlando de “cosas de hombres”.

Se acerca la traca final, nos rugen las tripas y las mujeres empiezan a desfilar hacia el porche con los cuencos llenos a rebosar de comida. Yo estoy encantado de haberme conocido, más que entusiasmo por cómo ha ido la jornada, por la compañía de Eric y de su familia, y claro está por el exultante efecto del Arak. Borracho de una gratitud infinita alzo mi plato con las dos manos, mientras sonrío a los cuatro vientos y repito religiosamente y sin parar el Terima Kasih -muchas gracias- mirando a los ojos de todos y cada uno de mis anfitriones, para acabar mirando a mi plato de vuelta y darme cuenta de el cambiazo.

En estos lares lo de la carne es cosa seria y siempre escasa, y supongo que será por eso que los suculentos pedazos de carne fresca cocida en su grasa se me han convertido en unos tristes trozos de intestinos –pura goma imposible de mascar que me produce alguna arcada- que salpican el abundante arroz blanco simple así sin más. Levanto de nuevo la vista y sonrío ante las miradas expectantes: Terima kasih, terima kasih, terima kasih y el plato acaba quedando limpio y reluciente, pues no podía ser de otro modo.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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