El Árbol de Buda. Bodh Gaya, India

Puede que esta escena no haya cambiado en siglos: Al alba, bajo un cielo sin nubes, pequeños grupos de mujeres y niños caminan sobre los arenales del lecho seco de un gran río, uno más de esos muchos grandes ríos marchitos ‘sin nombre conocido’ que surcan la India.

Entre jirones de bruma y cañaverales se entrevén las siluetas espigadas de ellas, envueltas en sus saris y muselinas, tan irreales como los contornos de niños que corretean con el magro ganado desvaneciéndose en la neblina entre risas. Al alba, los colores mustios y las voces lejanas de las madres que llaman a sus hijos, confunden al viajero y le invitan a soñar que sigue soñando. De no ser por el viento templado que te azota la cara, y por algún que otro bache en el camino desde Gaya, es posible que no supieras decir si dejaste ya de soñar o sigues atrapado en el anhelo de la India que temes no llegar a conocer nunca.

Dos mil quinientos años atrás, otro hombre saludaba al nuevo día junto a este mismo río, el Nairañjana. Fue aquí donde se encontró con la joven Sujata que, tomándolo por un dios, le dio a comer gachas dulces de arroz cocido con leche. Fue en un bosquecillo que había cerca de este río ahora seco, donde al atardecer de ese mismo día se topó con el segador Svastika que le dio los ocho puñados de hierba aromática con los que aquel hombre dispondría el Trono del Diamante bajo un gran árbol Bodhi. El hombre que se sentó a meditar bajo aquel gran árbol se llamaba Siddhartha Gautama, príncipe heredero del reino guerrero de los Shakya a los pies de los Himalayas. Pero el hombre que se alzó al alba del nuevo día era ya otro. Tras su lucha contra Mara y sus demonios –la duda y el miedo, el hambre, la sed y la pereza-, ganó la batalla sobre sí mismo y, poniendo a la Tierra por testigo, reclamó su nueva condición de Buddha.

Bodhgaya_37_Franc-Pallarès-LópezAndo algo cansado tras una larga noche en tren, pasando mucho frío en la sleeper class y apenas habiendo pegado ojo por temor a pasarme mi parada. A las 5 de la mañana llegaba a una alborotada estación de trenes en medio del estado de Bihar. Demasiada gente para una ciudad pequeña como Gaya: los andenes atiborrados, y los vestíbulos y también todo el frente de la estación. Gente durmiendo en el suelo entre bultos y más bultos por todas partes. En Gaya no hay nada remarcable pero a escasos 11 kilómetros al sur se encuentra el Templo Mahabodhi, el lugar en el que el Buddha Shakyamuni alcanzó la iluminación y que pasados más de dos milenios sigue siendo lugar de peregrinación para budistas y no tan budistas. Así es la India, capaz de dar a luz a una religión universal como el Budismo; hacer que prácticamente desaparezca de su territorio; y acabar absorbiendo sus lugares de culto como si le fueran propios a su religión hinduista. Son tan pocos los monjes budistas que se hacen casi tan raros como nosotros, los turistas. Todos los rincones del templo y sus cuidados jardines están copados de peregrinos hindúes, siempre en grupos y siempre dirigidos por un brahmán orquestando las pujas -rituales-. Hoy han venido a Bodh Gaya para celebrar el Shraaddha, el festival de los ancestros, y como para los hindúes Buddha no es más que otra reencarnación de Visnhú, a final todo sigue dentro del guión. ¡Infinita capacidad de la India de absorber y asimilar la heterodoxia!

Los peregrinos de hoy son gente muy humilde. Gentes sencillas de campo que han visto muy poco de este mundo: todo les sorprende, todo les fascina. Hay en todos ellos una mansedumbre, un desconcierto y una candidez tal, que resulta imposible no empatizar con ellos. Se les ve desconcertados e ilusionados a la vez. Siguen con devoción incondicional las palabras y los gestos del pujari –sacerdote del templo- y en sus rostros se lee a ratos incomprensión, a ratos esperanza. Y luego están rus ropas sencillas, y sus cuerpos delgados y fibrosos, con los tendones marcándose bajo una piel oscura apergaminada.Y están también las prisas del que no se siente en casa, que contrastan con la calma de los escasos monjes budistas –todos extranjeros- que se toman su tiempo leyendo y meditando en los alrededores de árbol Bodhi.

Bodhgaya_21_Franc-Pallarès-LópezLa prisa y la calma, ambas opuestas y ambas complementarias. Puede que ésta sea una de las diferencias más remarcables entre los laicos y los religiosos. A unos les basta con pasar por allí, cumplir el ritual y a fin de cuentas, fichar para acumular algo de buen karma que les ayude en la próxima reencarnación. Pedir un favor al Buddha, a la Virgen Negra o besarle los pies al santo de turno. A los otros, los religiosos, no les basta con pasar por allí. Meditar y reflexionar les es tan vital como respirar, comer o dormir. Dos mundos que también en  Bodh Gaya se cruzan sin llegar a tocarse. Éste es un centro espiritual que, como todo centro espiritual –independientemente del credo, en España los tenemos a montones-, al final siempre se ve mancillado por su hermano gemelo bastardo, superpuesto o suplantado por el ambiente de feria y mercadillo de baratijas religiosas que poco o nada tienen que ver con ese fin último más elevado que fue su razón de ser. Y a lo que aquí, a más a más, se le añade el hecho de contar con un pequeño ‘parque temático’ del budismo con varios templos cada uno de un país y una escuela distinta.

Así que paseando por sus calles lo mismo te encuentras con el Templo Butanés, con otro Japonés, con un Tailandés y así suma y sigue. Un ‘parque temático’ –de poco interés y poca calidad arquitectónica comparados con sus originales- que ofrece imágenes impagables como la de la venerable anciana hindú adorando a un Buda en un templo de estilo zen. Suma y sigue, y un buda es un buda, sea éste un templo japonés y yo una devota hindú. Y por si la fusión de credos y estilos no fuera suficiente, al no encontrar alojamiento en la zona de bien, acabé pasando un par de noches en el pequeño barrio musulmán, justo detrás del Templo Chino. Un pueblito de gentes muy humildes que, aún viviendo justo al lado de la espiritual Bodh Gaya, quedaban años luz en tiempo y en el espacio, si bien no en cuerpo, si en el alma.

Bodhgaya_46_Franc-Pallarès-LópezLa contradicción y la paradoja no son sólo cuestiones exclusivas de nuestros tiempos, la cosa viene de lejos y Bodh Gaya tan solo es un ejemplo más. Lo importante, supongo, es no resistirse, dejarse llevar, pero sin perder el norte. Ese norte, en Bodh Gaya, lo marca un árbol bajo el cual se sentó un príncipe que teniendo todo lo que se pueda desear, le pareció prescindible. Conmovido y atormentado tras haber entrevisto tras los barrotes de su jaula dorada la vejez, la enfermedad y la muerte, decidió renunciar al mundo dejando atrás mujer, hijo, amigos y riquezas, para buscar un camino que pusiera fin al sufrimiento propio y al ajeno. Esto es lo que encontró dentro suyo y bajo este árbol hoy sagrado: Las Cuatro Nobles Verdades. Sobre ellas meditó durante 7 semanas antes de levantarse y emprender de nuevo su marcha hacia su próximo destino, mi próximo destino: Kashi, La Ciudad de la Luz, la mundialmente conocida como Varanasi.

Si te gustó, no te pierdas los tres ‘Cuentos Chinos de la India’,
una mini-selección de tres cuentos que contó Buda
y que siempre me acompañan.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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