El alba de tu sonrisa. Bromo, Indonesia

Yo ya viví este momento, y no fue en otra vida, fue en ésta, un recuerdo que yacía guardado en el fondo del baúl. También era de noche. Noche negra, cerrada y fría. También subíamos cuesta arriba, hacia la montaña, también había niebla en el valle y también brillaba una luna creciente en el cielo que apagaba con su luz las demás estrellas del firmamento. Aquella montaña de mi adolescencia se llamaba Montserrat, una roca de leyenda que se alza sobre las llanuras del Bages en “la meva catalana terra” –mi tierra catalana-. La que hoy subimos es un trozo desgajado de caldera que se alza frente al Mar de Arena, una enorme herida abierta en la tierra donde vive un gigante llamado Bromo, un volcán vivo, postrado y roto, un gran ojo azul turquesa que contempla impávido al eterno cielo mientras sigue llorando lágrimas de azufre.

Seguimos subiendo, hace frío y es mejor no parar. Arrancamos la marcha a las dos y media de la madrugada pues dicen de los amaneceres de Bromo que bien valen su peso en oro. Pero a falta de oro no tomamos el jeep y decidimos pagar con nuestro sudor. Y pagamos, vaya que si pagamos. Pero atento a esto el gigante Bromo, que es sabio y generoso, nos ofreció a cambio algo más que amaneceres.

Yo ya viví este momento, pero éste es distinto. El mar que ayer por la tarde era de arenas negras hoy lo es de espesa niebla. Fantaseo, imagino que debe ser en lugares como éste, donde al caer la noche vienen a dormir las nubes pasajeras que surcan los cielos durante el día. Un caldero gigantesco en el que flotan como islas el Gunung Bromo y el Gunung Batok. Un caldero gigantesco repleto de nubes que se mecen como olas al vaivén de la brisa, suavemente. Nubes cuyas entrañas brillan en la noche al paso de la caravana de jeeps cuyos faros iluminan la espesa niebla. Su andar a tientas entre las nubes poco tiene que ver con el solemne espectáculo que se despliega ante nuestros ojos aquí arriba. Un escenario épico, de leyenda, un paraíso frío hecho de roca, luna y niebla. Un paisaje que se desdibuja a cada paso bajo el peso del cansancio. Hace frío y estoy empapado. Elisabeth, Fiona y Allan van por detrás pero no puedo detenerme porque el viento me hiela.

Llegamos a la cumbre del Gunung Penanjakan ya atestada de jeeps a ambos márgenes de la carretera y aún siendo noche cerrada corremos con Allan a la búsqueda de un buen lugar donde apostar los trípodes. Ahora sólo queda esperar.

El amanecer de Bromo es uno de esos hitos viajeros en los que uno sabe perfectamente lo que viene a ver. Es más, arrastraba ya desde mi querida Baraka la postal que tengo ante mis ojos. Y a pesar de ello, la sorpresa ante la belleza de este momento ha sido y será sin lugar a dudas un hito en mi paso por Indonesia. Durante el par de horas que dura este espectáculo de luz y colores el paisaje va mutando. Es la danza de las nubes en el suelo, de las nubes en el cielo. Es una danza de sombras deslizándose sobre los pliegues de la montaña, sobre las llanuras de la caldera, sobre los surcos del cono casi perfecto del Gunung Batok y sobre las grietas desgarradas de Bromo. Son las humaredas de que despide el Gunung Semeru al fondo. Es el gigante Bromo, que sigue llorando sus lágrimas de azufre. Y son sobrretodo sus colores. Un canto celestial a dos voces, un dúo entre los rayos del sol que avanzan implacables sobre el paisaje y la respuesta del paisaje a este baño vida.

Durante las dos horas de espectáculo una multitud de turistas invade el mirador. Pero no importa, porque apostado en primera fila y armado con mi música puedo vivir el momento cómo si sólo estuviera yo. Ha amanecido pero yo sigo tiritando y ya no puedo aguantar más; con una sonrisa en la cara corro hacia los rayos del Sol. Adiós Bromo, ha sido un placer.

Pagamos con sudor nuestra ascensión y al gigante Bromo que es generoso no le bastó con regalarnos la subida, tenía también guardaba para nosotros la bajada. El paisaje va cobrando vida y es deshaciendo camino cuando contemplamos la fértil campiña donde pasamos la noche en Cemoro Lawang y por donde anduvimos esta madrugada. Un vergel que con un corte tan precioso como quebrado se solapa al Mar de Arena. El Mar de Arena en el que pasamos la tarde anterior. Caminando, explorando, escalando. Fascinados por la inmensidad del paisaje, por las texturas y los colores, por el azul del cielo y la nubes que se derramaban sobre la caldera desde las montañas.

Junto a Elisabeth, Fiona y Allan –compañeros de viaje y mejores amigos durante 24 horas- disfruté de un atardecer casi a solas en la cresta del ojo del volcán, en una mezcla de alegría, vértigo y serenidad, un atardecer de fin del mundo que sería el preludió de la noche que habría de vivir. La vida quiso que pasaran casi 15 años y quiso que yo estuviera en la otra punta del mundo. Quiso esperar a que la luna estuviera en lo alto para que un escalofrió recorriera mi cuerpo. Fue entonces cuando recordé un verso que recité hace media vida y que decía así: “M’agrada veure els estels dins la nit dels teus ulls, però m’agrada més encara veure com es dibuixa l’alba del teu somriure”. (“Me gusta ver las estrellas dentro de la noche de tus ojos, pero me gusta todavía más ver como se dibuja el alba de tu sonrisa”.)

El alba de tu sonrisa, el alba de su sonrisa, el alba de mi sonrisa. El gigante Bromo es generoso y esto que os he contado fue su regalo.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

2 Comentarios

  1. Ma.Angels Roig

    La noia que fa de recepcionista al càmping, es una fan de viatges i s´ha anotat el teu blog. Molts petons.

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