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Descubriendo del Territorio de Kham. Litang, China

La vida no deja de ser una cosa extraña. Acabo de llegar de una reunión en la planta 25 de un rascacielos de Shanghai con unas vistas espectaculares de esta metrópolis en expansión. Antes de ayer fue un día genial en el hostal de Chengdu: mega-sesión de pelis (Avatar, Lost in Translation y rematamos con un Into The Wild), cervezas y noddles. Y el viernes pasado dormíamos en un prado a 4500 metros de altura en una tienda de lana de yak con una familia nómada tibetana encantadora. Todo en menos de una semana, todo a la vez natural e irreal. Como si las 3 películas que habíamos visto en Chengdu se mezclaran y se superpusieran las unas sobre sin ninguna línea argumental. Extraño y divertido, las 1000 figuras del “lobo estepario” de Herman Hesse. Supongo que ésta es una de las cosas que tanto me gustan del viajar: se llegan a interpretar muchas vidas diferentes en muy poco tiempo, sin dejar de ser uno mismo, pero siendo un “yo mismo” nuevo y diferente en cada ocasión.

En el último Post hablaba de la entrada a la provincia de Sichuan, de una travesía en bus de 11 horas por paisajes que supuestamente serían espectaculares y que ciertamente lo fueron. Tierra de nadie, entre bosques y montañas, prados y rocas de tamaños colosales, yaks y cabras. Es una sensación curiosa ésta de ir ganando altura. Una sensación parecida a la que experimenté cuando nos acercábamos por la carretera a los confines del mundo en el Cabo Norte de Noruega. Saber que se está llegando a un lugar remoto donde no hay nada, una nada que es precisamente lo que se anda buscando. En el caso de la zona de Daocheng y Litang la nada se define por valles verdes cruzados por ríos perezosos que se pliegan sobre sí mismos en meandros imposibles. Una nada de montañas cubiertas por un manto de hierba fresca moteada de puntitos negros que son yaks que deambulan arriba y abajo en busca de hierba. Y un poco más arriba de la escena, esas mismas montañas convertidas en pura roca sobre la que el frío y la temperatura matan toda vida que se arriesgue a aventurarse.

Fuimos ascendiendo por puertos de montaña, cruzando valles y pueblecitos, siempre pueblecitos tibetanos, con su arquitectura típica común y variada. Me sorprendió ver como un mismo pueblo con unas supuestas condiciones de vida similares es capaz de desplegar tanta variedad formal en su arquitectura, manteniendo la esencia pero variando en los materiales y los modos de construir. En los valles del oeste de Sichuan las casas son cubículos de piedra que se funden con el paisajes. Un paisaje sembrado de invocaciones al Buda histórico, literalmente trazadas sobre las montañas, sobre la hierba, con letras gigantes hechas de piedras recogidas en los márgenes de los ríos. Una forma religiosa de Land Art.

En Litang estuvimos 4 días y desde el minuto cero las sorpresas fueron generosas. Tan solo llegar al hotel la recepcionista nos comenta que se está celebrando el Festival de Caballos en la zona, que se termina mañana y que viene a ser algo como “El Evento del Año” para las gentes de toda la región. Al cabo de media hora ya estamos en un taxi camino del campamento situado en medio de un prado rodeado por colinas que en realidad son montañas de más de 6000 metros de altitud.

Tiendas de campaña, motos (los nómadas tibetanos tiran de la moto como si fuera su moderno caballo) y todo a rebosar de khampas vistiendo sus mejores galas. Y caballos y más caballos compitiendo en carreras, exhibiciones de tiro de arco y pruebas de destrezas varias. Ningún chino Han y algunos occidentales. Y toda una hilera de monjes budistas que presencian y bendicen el evento. Me paseo con la mandíbula desencajada y con los ojos como platos, totalmente hipnotizado per todo lo que me rodea y en especial por los increíbles tocados y peinados de las nómadas tibetanas. Una bienvenida insuperable que no fue más que la antesala de las buenas cosas que estaban por llegar.

El siguiente día despertó nublado pero el sol acabó por asomarse justo al llegar a los muros de la gompa (monasterio tibetano). Mucho mejor y más virgen que la que visitamos en Zhongdian. Pudimos ser espectadores de la vida de los monjes, de los peregrinos que la circunvalaban y de los pequeños novicios que con sus ropas tradicionales juegan y corretean entre los templos. Que compran dulces y chucherías en la tienda del monasterio y que más tarde forman filas y se reúnen en el patio con el maestro para recitar y aprender los mantras (plegarias budistas). Pero este paraíso tampoco parece poder escapar a la china Han que se expande como una gota de aceite, lenta pero constante. Visitamos un par de templos en construcción y de nuevo el cutrerío y el mal gusto son la pauta. La falta de criterio y la ignorancia, voluntaria o no, hacen que estos nuevos templos ya no tengan nada de aquello que hace especiales a los antiguos. Tampoco es necesario ser un experto para apreciarlo, bastaría con estarse 5 minutos sentado, disfrutando de aquellos lugares especiales que están por todas partes, para poder entender qué los hace mágicos y poderlos reproducir en las nuevas construcciones. Pero no es así. La mediocridad, la torpeza y las aspiraciones de nuevo rico son los sentimientos que me despiertan estos templos del siglo XXI.

Los últimos dos días en Litang consistieron en largos paseos a caballo por paisajes deliciosos, a veces majestuosos, otras suaves y delicados. Poco árbol y mucho prado lleno de rebaños de yaks y algún que otro caballo pastando a su aire. Baba fue nuestro guía y el cabeza de la familia con la que convivimos esas dos jornadas. Colina arriba colina abajo fuimos haciendo camino por aquellos paisajes, con toda la calma de mundo, ahora descansando aquí, al rato echando una siesta allá, o esperando pacientemente bajo un árbol un par de horas hasta que la tormenta pasase de largo.

En la tienda que era su hogar nos habían recibido por la mañana un rebaño de niños geniales (Ganze el más majo de todos), el Lama Oku que pasó la noche anterior con ellos y, cómo no, Baba y Mama, los cabezas de familia. Al atardecer, alrededor del hornillo que hacía de cocina y de estufa, nos secamos las ropas empapadas y cenamos unas verduras con arroz y tocino que me supieron a gloria. Y seguimos bebiendo más y más leche de yak.

La puesta de sol, con los gritos de fondo de niños correteando por las colinas para reunir los rebaños y pasar la noche, y una luna creciente que se dejó ver un instante entre las majestuosas nubes y que me hizo pensar en Barcelona. Toda una postal idílica de una manera de vivir dura, precaria, pero claro está, con sus ventajas y sus muchas alegrías. Tan sólo había que mirarles a la cara, esas caras llenas de sonrisas generosas y sinceras.

Y ahora en Shanghai, la nueva metrópolis de Asia, la que renació de su pasado, la que se está reinventando desde principios de los 90 y que tan lejana y hostil sentí la primera vez que pasé por aquí. Supongo que a las ciudades les pasa como a las personas: falta que alguien te entre mal, en un mal día, para que la juzgues como “no válida”. Pero supongo que como a las personas, a las ciudades también se les puede dar una segunda oportunidad. La Shanghai que me recibió ayer es muy guay: solete a raudales y humedad infernal, y un lugar increíble en el que dormir al que llegué gracias a CouchSurfing. Un apartamento de los años 20, todo renovado, techos altos y maderas oscuras, y mucha luz y mobiliario moderno. ¡Gracias Dena!

Y ahora a disfrutar de la ciudad un par de días, que mañana por la noche viajo en tren nocturno dirección a Pekín donde cenaré con mi amiga Nazuki y su clan para celebrar su cumpleaños. El domingo vuelo de vuelta hacia Barcelona con parada técnica de 14 horas en Bruselas, perfecta para hacer repaso de este mes, visitar algo de la obra del Sr. Víctor Horta y tomarme, finalmente, una buena cerveza fresca, bien densa y con mucha graduación.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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