De Mandalay me quedo con sus calles. Myanmar

Me lleva ocurriendo ya varias veces desde que llegué y me ha vuelto a pasar hace tan solo un momento: De repente salgo a la calle a toda prisa y tomo consciencia de lo que está ocurriendo a mi alrededor, y pienso “¿¡Vaya sarao!?”. Es la vida, su vida, su realidad cotidiana. De repente veo a la vez y por unos segundos las 200 cosas fascinantes que están ocurriendo a mi alrededor en ese preciso instante, tomo consciencia de las gentes y sus ropas, de las casas, del bullicio. De repente me siento como si hubiera despertado en los ojos de otro y entonces me digo que no, que ésta es mi vida, que estoy aquí y ahora, en éste otro mundo. Es cercano porque tampoco somos tan distintos. La diferencia está en sus rutinas, sus ritmos, en el escenario que hace las veces de telón de fondo. En la densidad sobre la que se representa su realidad. Barcelona para un birmano -supongo- no sería mucho más clara o inteligible, sorprendente y desconcertante, de lo que fue para mi Yangon y, durante estos últimos 3 días, ha sido Mandalay.

La segunda ciudad del país sorprendentemente parece mucho más ordenada, limpia, lógica, y parece estar muy lejos de la decadente Yangon. Antes de llegar al país, Michael, un americano con 10 años de vida a sus espaldas en Bangkok y con varios viajes a Myanmar, ya me comentó que en el 2008 después del ciclón Nargis que mató a unas 140.000 personas, las gentes de Yangon se habían empobrecido notablemente. Comparadas con las gentes de Mandalay, los habitantes de Yangon son claramente mucho más humildes y la ciudad parece desmigajarse por momentos.

Mandalay me recuerda un poco a las ciudades chinas de provincias en lo que a su arquitectura nueva se refiere. Cierta mediocridad y edificios de poco interés. Por algunas calles todavía se cuela algún que otro edificio del pasado colonial, pero resulta que esta ciudad sufrió, y mucho, durante la Segunda Guerra Mundial, donde ingleses y birmanos lucharon contra los japoneses.

En Mandalay hay cosas para ver, por supuesto. Por un lado la Mandalay Hill, una colina a las afueras, salpicada de templos y escaleras interminables, que ofrece unas vistas deliciosas al atardecer. La llanura donde se asienta la ciudad, el enorme rió Ayeryawady que define su límite por el oeste, y al fondo las montañas. Subir andando, cruzando los templetes, las tiendas de souvenirs y las sonrisas birmanas vale realmente la pena. Arriba se encuentra una última pagoda y hordas de turistas como yo, pero aun así merece la pena, mejor ir con tiempo y subir perdiéndose hasta llegar a la cumbre.

En Mandalay hay cosas para ver, pero a mi me ha encantado perderme buscando una pagoda memorable, para acabar en un barrio de la periferia, que parece más un pueblito con sus casas de madera y paredes de esteras de palmera. Y andando y andando, entrar en otros templos que ya no salen en las guías, y que ciertamente son menos memorables, pero que muestran el día a día de la vida en la ciudad. Y de una callejuela se pasa a un mercado, y uno se siente nuevamente desbordado, por la variedad, por los olores, por las caras de las gentes. La mujeres elegantemente maquilladas con thanaka, los hombres con su piel oscura y sus rasgos tibetanos y esbeltas siluetas.

El tercer escenario sobre el que ha pivotado mi visita a la ciudad han sido los monasterios. Están por todas partes, pero en el suroeste se concentran la mayoría. Entrar, ver, pasear y responder a la curiosas preguntas de los monjes más jóvenes. Al final no dejan de ser chavales, con una vida bastante rutinaria, y la presencia de un guiri en su “casa” puede convertirse en el evento del día Algunos me mandan a paseo, los menos. Otros me invitan a subir a su clase para presentarme a sus compañeros. La palabra clave en este proceso y en muchos otros aquí en Myanmar es BARCELONA. Todo se relaja, se abren las puertas, todo el mundo te ubica. A mi y a Mesi y a Xavi y a Iniesta. Yo, que no soy muy futbolero y que abomino de la desproporción mediática del fútbol en España, me alegro de ser de Barcelona. Nuevamente el sentido práctico me domina, así que llámenme chaquetero si quieren.

¿Fútbol? Claro, y es que al final, de tanto andar acabo pasando por un campo de fútbol y tengo el honor de convertirme en el fotógrafo oficial de ADG Bank Fútbol Club para la temporada 2011-2012, ya ves tú que cosas.

Mandalay en sí, esto es lo que tiene para ver. La vida de la gente y algunos monumentos singulares. Pero la parada en la ciudad se justifica también por un par o tres de escapadas a las afueras. Yo opté por Amapura y Mingun, pero esto mejor se lo cuento en el siguiente post.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

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