Cuando las piedras tienen Alma. Angkor, Camboya

Mil son los caminos que pueden llevarte a descubrir el alma de Angkor. Acertar con el correcto no es fácil pues son muchos y dependen de cada cual, pero aventurarse y apostar por uno es casi imposible, y aún así me atrevo con Angkor y digo que la mejor manera de maravillarse ante ella es viviéndola como un niño de 11 años.

Angkor, un gigantesco complejo de ruinas enmohecidas por el tiempo bajo el techo de la jungla, montañas de piedra tallada y ennegrecida por el implacable sol de Camboya. Angkor, un lugar único en la tierra que empecé a visitar con apenas 13 años cuando llegó a mis manos un libro sobre las maravillas del mundo y en sus páginas aparecieron las caras de Bayon, las raíces que desmigajan Ta Prohm o los reflejos en el lago de las cinco solemnes torres que se elevaban hacia cielo en el corazón del más famoso de todos los templos, el Angkor Wat.

Como buen peregrino de la piedra y devoto de la foto perfecta cumplí con el ritual de “los Madrugones de Angkor”. Religiosamente me levanté a las 4 de la madrugada, me vestí y bajo un cielo de estrellas pedaleé hasta Angkor Wat. En la oscuridad de la noche apareció ante mí el impresionante foso que lo rodea e imaginé que veía sus cinco torres tras el muro de selva que arropa el recinto. Pero no era así, Angkor Wat es un complejo extenso pero relativamente plano, y hay que cruzar la vía procesional de entrada sobre las aguas del foso para atravesar el muro de piedra por una pequeña puerta que contrasta con la grandiosidad del conjunto.

Fue entonces cuando la silueta del templo, desdibujada por la noche, apareció al final de la avenida. Serían las cinco de la mañana, quedaba una hora para que saliera el sol y esto se llenara de turistas. Una marea humana con su cacareo gallináceo y una lluvia de flashes ingenuos que pretenden iluminar la inabarcable superficie de la mole. Sólo hay una manera de huir de ello y es estando en primera fila, a la orilla del agua y con mi banda sonora particular consigo escapar de todo ello y relajarme para disfrutar del momento. Por un instante me emociono, emborrachado por la música y el recuerdo de cuando era un crío y miraba y remiraba las hojas de aquel libro. Y leía y releía la historia de aquellos grandes reyes que ni entonces ni ahora recuerdo. Ver como los recuerdos llegan del pasado para mezclarse con el presente siempre me provoca una sonrisa.

Y a pesar de la magia del momento y de dos madrugones, debo decir que la victoria de Angkor no está en la foto perfecta, está en los detalles. En la soledad, en el silencio, en las infinitas figuras que danzan y luchan sobre quilómetros de frisos olvidados por el tiempo. En los rincones que sin aparecer retratados en las postales contienen en sí mismos la magia de la ciudad perdida. En los montones de piedras que surgen por todos lados, derrumbadas y apiladas de tal modo que sólo cabe pensar que sufrieron el ataque de titanes enfurecidos por la vanidad de reyes y hombres. Y al cabo de un poco uno descubre que los titanes no se fueron, siguen ahí, están por todas partes y su morada no es la jungla, su guarida se llama Ta Prohm. En este lugar en la tierra, el templo de Ta Prohm, donde altivos y orgullosos se elevan contra el cielo azul los impresionantes árboles que con sus raíces desmigajan sin piedad las ingenuas ambiciones de eternidad de los hombres. Es esa combinación de orden humano y desorden natural lo que fascina año tras año a millones de almas venidas de todos los rincones del planeta. Fascinante.

Pero el alma de Angkor también se hallaba escondida en las pequeñas joyas desparramadas en los lugares menos visitados, en las horas más intempestivas, cerca del ocaso y del amanecer. Es entonces, en medio de esos lugares y esos momentos, en los que el alma de un adulto se transforma de nuevo para volver a ser, una vez más, un chiquillo de 11 años. Saltar, explorar, perderse. Sentarse, descubrir, esconderse. Explorar y Descubrir. Angkor es un lugar que hay que saber buscar para poder encontrar. Angkor es un lugar que no sólo existe fuera sino que también depende de lo que haya dentro. No sé cuántas veces me detuve ante las puertas de Angkor Thom. O cuántas vueltas di sobre mí mismo en el Preah Khan. Lo que sí recuerdo a ciencia cierta es que estuve 3 veces en Bayon.

Fue Bayon quien me robó todas las sonrisas y acaparó todas mis miradas y mis suspiros. El universo vertical de torres de piedra de las que brotan infinitos rostros sonriendo a los cuatro vientos. Bayon es como esas personas que por fuera agradan pero no sorprenden. Basta con cruzar el umbral de su presencia para descubrir un universo finito pero inabarcable. Así sentí que era Bayon, desde el primer instante en mi primera visita: un universo finito pero inabarcable. Es un templo pequeño si lo comparamos con sus hermanos mayores pero su sutil constitución hizo que a cada vuelta, a cada recodo se desplegaran infinitos puntos de vista, a cada cual más bello, más misterioso, más sugerente. El corazón que descubre Bayon ya no tiene 11 años, tiene 30, y siente que podría tener 60. De esas piedras mana una sensación de inalterable cambio constante. A cada vuelta el sol ha variado su posición y siento que siendo lo mismo me parece distinto.

Le visité 3 veces y cada una de ellas fue distinta y todas la misma. ¿Porqué sonríen esas caras que todo lo ven y que nada miran? ¿Qué oculta el universo subterráneo de galerías sobre las que se levanta en templo? ¿Qué simboliza la torre en ruinas sobre la que gravita todo el conjunto?

Al tercer día, mi madrugón no fue para Angkor Wat. Dejé atrás los enjambres de turistas y me regalé un momento a solas con Bayon. Después de tres jornadas de exploración había encontrado mi lugar entre todos los templos y las ruinas, y aún ahora me pregunto el porqué. Y sin saberlo sé que el mío es Bayon, porqué en cierto modo Bayon es como yo.

¿Alguna vez has soñado con dejarlo todo para viajar por el Mundo? ¡Yo también! Trabajaba de Arquitecto en Barcelona, tenía estudio propio y una vida que me encantaba. Pero un día tuve que plantarme y aceptar mis sueños: Quería vivir otras realidades, sin horarios ni calendarios. Viajar, escribir y fotografiar para conocer el mundo y para conocerme a mí mismo.

6 Comentarios

  1. CRU

    ets tu un “universo finito pero inabarcable que a cada vuelta, a cada recodo se despliegan infinitos puntos de vista”? …. podria dir que hi estic força d’acord ;)
    aquesta última frase em torna a ubicar a Tailàndia (no recordo exactament el lloc), quan deies que volies ser capaç de veure tots els diferents punts de vista d’una mateixa cosa… keep on doing!
    Petó!

    • No sé si recordes que et vaig comentar que havia fet un post que estava guay però que al final era una mica pretenciós i que no sabia com acabarlo. Era aquest…

      El cas és que li vaig donar mil voltes, i no sé perquè seguia pensant/sentint que aquest temple i jo tenim alguna en comú, tot i que no sé si exactament és la frase que cites o alguna altra cosa que encara no he sapigut com anomenar :)

      Keep on doing… ;)

  2. Vicenç

    Frankie! Quan tornis dels viatges haurem de quedar, no només per veure aquestes fotos una a una sinó perquè m’expliquis com les estàs processant :) es nota tota la pràctica que estàs adquirint :) brutals!

  3. silvia

    Vívidos relatos que emocionan. Transportan al lugar descripto, sin mochila pero con los sentidos alertas para percibir cada roce, olor, sonido, sabor, suave o rugosas superficies de esas piedras y esos árboles ancestrales, donde quizá despertamos los duendes y las hadas. Eso creo y lo vivo contigo.GRACIAS!

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