Los Destinos se cruzan en el Misisipi. Hsipaw, Myanmar

Hace un cuarto de hora que esta encantadora tailandesa de fuerte carácter nos está contando lo genial que es desvivirse por su novio belga. Lo razonable que es trabajar las mismas horas que él, para luego llegar a casa y hacérselo todo, mientras él sonríe y se lo mira. Todo esto se justifica y vale pena por momentos como éste. Romeo ha salido a buscarle a nuestra Julieta sus dulces favoritos, aquellos que de pequeña le hacía su abuela, y que venden a escasos doscientos metros del hotel. Romeo tarda, pero la tardanza está más que justificada, pues en el arte del amor, la espera es la antesala del éxtasis.

Y se presenta Romeo. Los dulces no los supo encontrar, pero su botella de medio litro de cerveza sí. A nuestra Julieta se le han puesto los ojos en blanco y las venas de la sien le palpitan a ritmo de cha-cha-cha, y desbordada por un ataque de cruda realidad increpa en flamenco a nuestro pobre Romeo.

Los planetas se han alienado y es un momento perfecto para preguntarle al bueno de Mike aquello de: “Tell me something about your childhood?” (cuéntame algo de tu infancia). La respuesta se precipita al instante: “When I was a kid I canoed down the Missisipi” (cuando era un crío descendí el Misisipi en canoa).

Mike, mi compañero de platea en este delirante Romeo & Julieta comtemporáneo, es un americano de Minessotta que luce corona de rastas y un rosario de tatuajes sin orden pero con mucho sentido a lo largo y ancho de su cuerpo. Cuando tenía 14 años andaba muy metido en mundo de la canoa, y ni corto ni perezoso, decidió con su mejor compañero de armas, embarcarse en su cascarón de nuez para descender río abajo, ni más ni menos, que el todo poderoso Misisipi. Los dioses quisieron que diluviara, que el río desbordara y que al quinto día, al amparo de un puente de autopista, tuvieran que abandonar la aventura.

Han pasado los años y Mike se ha convertido un auténtico hippie trotamundos, a punto de cumplir 50 países visitados en apenas 26 años. Estudió filosofía y su sentido común y experiencia vital le hacen reconocer que puestos a aprender un oficio, que sea uno que te sirva para ganarte el pan. Y aún así, sigue viajando, tatuándose y madurando.

La buena noticia es que su amigo se casó, tuvo hijos, y ahora que Mike vuelve a Minessotta, está listo para unirse a él y culminar la aventura que empezaron cuando eran tan solo unos críos. Con los pies en suelo, y la cabeza en las nubes, dos mundos y dos modos de entender la vida, aparentemente opuestos, se cruzan de nuevo para hacer realidad el sueño de dos chavales. Y es que nunca es tarde si la dicha es buena.

Una de Huevos & Tacones

La respuesta de Timmy fue inmediata: “My heels used to bleed at Easter” (Por Pascua me sangraban los talones). No pude no alucinar, por un momento pensé en pasos de Semana Santa y penitentes ensangrentados.

En los Estados Unidos, a los niños les regalan huevos de pascua, algunos de chocolate, otros de plástico con pequeños regalos dentro. El pequeño Timmy pareció haber encontrado en esas mitades de plástico la mejor manera de imitar el taconeo de su madre y su tía. El precio a pagar era la sangre en los talones al romperse el plástico bajo sus pies.

Timmy me contó esta historia con apenas 19 años recién cumplidos, unos 19 años que debo decir me impresionaron, no tanto por su discurso como por su coherencia. Tim ya sabía que para poder ser uno mismo siempre hay un precio que pagar.

Cielos & Banderas

El origen de esta pregunta tan tonta se remonta a tiempos inmemoriales, no porque hayan pasado muchos años, sino porque a buen seguro era un día de juerga, en alguna fiesta o en algún bar, la conversación agotada, un silencio incómodo. Es entonces cuando debió surgir la preguntita:

“Tell me something about your childhood?”

¿Cúentame algo de tu infancia? ¿Original, verdad?. Para mi sorpresa, mi interlocutor/a -quién se acuerda- me regaló un pedacito de poesía, sin pensar, rápido, su respuesta era una pequeña joya. Fue de lo poco que sobrevivió en mi memoria a esa noche, la preguntita.

Con los años, aleatoriamente fui repitiendo el experimento y las respuestas me siguieron sorprendiendo… Como aquella chica finlandesa que de pequeña estaba convencida de que los cielos de los países tenían los colores de sus banderas. Así pues, si en Finlandia el cielo era azul y blanco, en Suecia tendría que ser amarillo y estar poblado por nubes azules. Al dar por supuesto que así era la naturaleza de los cielos y las banderas, nunca lo había comentado con nadie, ni con sus padres ni sus amigas. Aquella noche, en medio de aquella fiesta, todavía recordaba la desilusión que se llevó en su primer viaje a Estocolmo, por unos instantes, una mirada triste y tierna cruzó su rostro.